| Asunto: | [BoletinAndaluciaLibre] nē 120 - Gibraltar (II) - Memoria de Andalucia - Aic ha Embarek | | Fecha: | Sabado, 1 de Junio, 2002 14:54:48 (+0200) | | Autor: | Andalucia Libre <andalucialibre @.......es>
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nē
120
En este Correo:
LA CUESTIÓN DE GIBRALTAR (y
II)
* Gibraltar: Génesis y
naturaleza de una cuestión
colonial en
Andalucía. Javier González
Pulido.
*
Bibliografía.
*
Enlaces sobre la Colonia de
Gibraltar.
*
Enlaces sobre otras Colonias y
casos coloniales:
Diego García, Malvinas,
Hong-Kong, Macao,
Enclaves portugueses en India,
Enclaves franceses en
India.
*
Memoria de Andalucía: El
Pacto Autonómico de Antequera
- Perlas estatutarias
* Nación Andaluza y
Asamblea de Andalucía
anuncian Acuerdos unitarios.
Opinión: Interrogantes ante
un acuerdo
*
Sahara, El tormento de
Aicha - Enlaces.
*
Argelia, Mascarada electoral
- Enlace.
*
Túnez, La dictadura de Ben
Ali-RCD se pretende vitalicia -
Enlaces tunecinos
*
Directorio, Música,
--oOo--
La Cuestión de
Gibraltar (II)
Gibraltar: Génesis y naturaleza de una cuestión colonial en
Andalucía
Javier González
Pulido
Gibraltar
desde La Linea, siglo XX
"¿A quien pertenece legítimamente
Gibraltar?". ¿A los llanitos?. ¿A Gran Bretaña?. ¿Al Estado español?.
¿A Andalucía?. Por encima del curso actual de las negociaciones
hispano-británicas sobre el destino del Peñón y de
los diferentes pronósticos sobre sus resultados, responder
adecuadamente a esta pregunta es esencial para entender los
acontecimientos y sobre todo para fijar una posición coherente cara al
futuro. Hacerlo requiere realizar un repaso sobre la génesis, desarrollo y
naturaleza de la presencia colonial británica en Andalucía y su relación
con la dominación española sobre nuestra
nación.
Gibraltar fue tomado en 1704 durante la llamada Guerra
de Sucesión por una escuadra angloholandesa al servicio del pretendiente
Habsburgo. Cuatro mil andaluces residentes en el Peñón hubieron de abandonarlo
a raíz de su conquista, instalándose en villas vecinas del Campo de Gibraltar,
en lo que en un principio creyeron una mudanza temporal. Setenta antiguos
vecinos continuaron viviendo en Gibraltar bajo el nuevo poder; a los que se
sumaron otros afines a este bando e inmigrantes genoveses y hebreos
marroquíes, atraídos por las necesidades de servicio de la nueva guarnición de
la Plaza. Llegada la hora del Tratado de Paz de Utrecht (1713) el pujante
imperialismo británico obtuvo de la Monarquía española la cesión de la
propiedad del castillo y la ciudad de Gibraltar, sin jurisdicción ni soberanía
y sin comunicación terrestre con su entorno, a cambio del reconocimiento
británico de la dinastía Borbón en el trono español. Como es obvio, en este
trato entre las coronas británica y española ni participaron ni fueron
consultados en absoluto los habitantes originarios del Peñón ni el resto de
los andaluces.
Con todo, las
leyes civiles anteriores a la presencia colonial británica siguieron vigentes
hasta varias décadas después y como contraprestación al permiso de residir en
la Colonia fue practica habitual durante años que, al objeto de evitar
deserciones de soldados británicos, el anillo exterior de puestos de guardia
de la Colonia estuviera servido por milicianos andaluces, residentes en el
Peñón.
Gran Bretaña
obtenía una base militar para controlar el estrecho -un eslabón en su cadena
de enclaves necesarios para asegurar su hegemonía marítima mundial- desde la
que, además, podía permanentemente amenazar directamente a la declinante
Monarquía española. Los británicos resistieron con éxito los intentos
militares de la Monarquía española por recuperar el Peñón en 1725 y 1779. Más
aún, ante la mirada entre impotente y cómplice del Estado español, el
colonialismo británico consiguió a lo largo del siglo XIX ampliar irregular y
fraudulentamente el territorio de la colonia, usurpando por la vía de los
hechos sucesivos trozos del istmo en 1809, 1814, 1829 y 1859 hasta apropiarse
del territorio donde hoy se encuentra su aeropuerto, construido en 1938 en
plena Guerra civil. Previamente, en 1909, los británicos levantaban la Verja
al objeto de consolidar sus anexiones territoriales y facilitar su control de
la raya fronteriza. En varias ocasiones (a principios del siglo XIX y en 1883;
nuevamente en los primeros años del siglo XX y en las postrimerías de la I
Guerra Mundial) militares, marinos y diplomáticos británicos estudiaron con
detenimiento la posibilidad de ofrecer la permuta de la colonia de Gibraltar
por la colonia española de Ceuta (sola o con Melilla), descartando finalmente
el cambio por los problemas diplomáticos que conllevaría con Francia.
Colonialismo sobre Andalucía.
A la misión inicial prioritariamente
militar encomendada a Gibraltar, pronto hubo de sumársele otra mercantil y
económica, aunque su población al terminar el siglo XVIII no superaba las
3.000 personas, buena parte de ellas andaluzas. Gibraltar pasó a convertirse
durante la primera mitad del siglo XIX en la base principal de entrada del
capitalismo imperialista británico en Andalucía, merced al contrabando masivo.
Mientras que las exportaciones legales británicas a todo el Estado español
rondaban, por ejemplo en 1828, las 300.000 libras anuales, Gibraltar -entonces
ya con unos 12.000 habitantes- importaba el solo más de un millón. Estas
mercaderías -textiles de algodón, lana e hilo y tabaco, entre otras- estaban
destinadas a traspasar ilegalmente la frontera e inundar el mercado andaluz,
eliminando con su competencia a las nacientes industrias andaluzas; con el
visto bueno de Londres, naturalmente. La incapacidad del Estado español y sus
prioridades políticas y económicas, facilitaban por su parte -a través de la
miseria y el mantenimiento de la estructura latifundista que corroía
Andalucía- las precondiciones sociales que hacían posible la extensión del
contrabando y la participación en sus redes de distribución. El contrabando
desde Gibraltar contribuyo decisivamente a la capitulación española ante el
librecambismo, manteniéndose activo y pujante como una constante de la vida
colonial, incluso cuando se alteraban las directrices de la política aduanera
fijada por Madrid.
Políticamente,
si bien las circunstancias históricas no hicieron necesaria su
utilización, como en el caso de otros
enclaves coloniales, Gibraltar fue durante toda esta época una cabeza de
puente estable fijada en territorio andaluz, preparada para servir como
plataforma desde la que defender al Estado español que protegía las cuantiosas
inversiones e intereses británicos en Andalucía (sólo hay que recordar, por
ejemplo, a Río Tinto).
La población
colonial sufría en este periodo un doble proceso. Si por una parte su
volatilidad natural y el impacto de las sucesivas epidemias, forzaba
repetidamente a los británicos a promover nuevas instalaciones provenientes de
Italia, Marruecos o Malta, de otra, el impacto del hecho colonial sobre la
comarca y el conjunto de Andalucía atraía progresivamente más andaluces a la
zona y a la Colonia en búsqueda de sustento. Este proceso acabaría dando lugar
al nacimiento de La Línea como suburbio obrero de Gibraltar, al otro lado de
la raya. Aún cuando el mando militar británico -omnipotente en la Colonia-
mantuvo buen cuidado en dificultar al máximo la residencia de andaluces en el
Peñón, sus reiterados intentos de favorecer el establecimiento permanente de
ingleses en la Roca -considerados más fiables y leales a la Corona que la
abigarrada inmigración mediterránea, demasiado propensa a fundirse con los
andaluces en todos los sentidos- tuvieron escasos resultados. De hecho, la
cultura dominante en la colonia seguía siendo la andaluza y el castellano
hablado en andaluz su lengua habitual; hechos favorecidos por la constante y
renovada mezcla entre autóctonos e inmigrantes mediterraneos. El ingles hubo
de esperar a 1830 para -al hilo de la declaración de Gibraltar como Colonia de
la Corona- ser establecido formalmente como lengua oficial; aún así, el
gobernador británico tuvo que mantener hasta 1868 la prohibición estricta de
editar un diario en castellano en Gibraltar. Como en otras colonias del tipo
enclave, fue una orientación estable del poder colonial británico establecer
una diferenciación de estatus entre unos y otros gibraltareños y entre estos y
los británicos y aislar y diferenciar en todo lo que estuviera en su mano a la
colonia de su entorno nacional natural. A ello se encaminaron las sucesivas
normas de residencia dictadas en 1873, 1885 y 1962 que prohibían la
pernoctación en Gibraltar de quienes -incluso habiendo nacido en la colonia y
aún cuando trabajaran en el Peñón- no disponían de la consideración colonial
de gibraltareños.
Aún así -y
mientras la economía de Gibraltar sumaba al contrabando orientado a Andalucía,
el comercio mediterráneo y luego al servicio de la flota británica,
especialmente tras la puesta en funcionamiento del arsenal en 1894- la fuerza
de la realidad volvía a imponerse sobre las necesidades de seguridad y
legitimación colonial. Si de una parte el poder colonial británico dificultaba
el establecimiento de andaluces en la colonia, no podía impedir que, por
causas y razones obviamente muy distintas, tanto la burguesía del Peñón como
buena parte de su clase trabajadora mudara su vivienda habitual al otro lado
de la raya, acudiendo a la colonia sólo a trabajar. Si unos invertían sus
capitales en fincas y empresas y querían disfrutar de sus beneficios,
superando la claustrofobia de una plaza sometida a estricto control militar;
los otros obtenían un cobijo especialmente difícil de obtener en la colonia
dadas sus reducidas dimensiones y su insuficiente caserio. El propio
Parlamento británico, todavía en 1889, se hacía eco de esta situación
concluyendo que ante una eventual evacuación de la población civil
gibraltareña en caso de guerra. “la mejor solución, de lejos, sería
trasladarla al Campo de Gibraltar, no sólo por su cercanía, sino porque 'se
hallaría entre unos habitantes de idéntica religión, idioma y
costumbres'”
Entretanto, el
Estado español -cliente a su vez del imperialismo británico- se limitaba a
beneficiarse de las migajas de la relación colonial, a través de las divisas
ingresadas por los trabajadores andaluces en el Peñón que sostenían la
economía de la colonia cruzando cada día la raya; adelantando lo que luego
-cuando la gran emigración andaluza de los sesenta a Europa- sería un fenómeno
general, esencial para financiar el desarrollo económico español, sin que los
sufrimientos de estos andaluces revirtieran en beneficios palpables para su
país. La dependencia de la colonia de la fuerza de trabajo andaluza se hizo
evidente en 1940, durante la II Guerra Mundial, cuando los británicos
decidieron evacuar a Gran Bretaña y a sus colonias antillanas a toda la
población con status gibraltareño, residieran tanto a uno como al otro lado de
la verja, lo que dejó en manos de estos trabajadores andaluces el
sostenimiento de los servicios a la base y a la guarnición.
Tras el
conflicto e iniciada la guerra fría, Gibraltar encontró nuevos ingresos como
base militar al servicio de la OTAN, complementaria de las pronto instaladas
en otros puntos del territorio andaluz merced a los acuerdos entre el régimen
franquista español y EEUU. Gibraltar, junto a Rota, Morón y durante años San
Pablo en Sevilla, formó la red de presencia militar imperialista en Andalucía.
Con todo, el contrabando continuaba siendo durante todo este periodo un
recurso clave para la colonia: baste decir que aún durante la primera mitad de
los años sesenta, Gibraltar importaba anualmente más tabaco americano que todo
el Estado español junto y más del doble que la República Federal de Alemania.
Durante este periodo, los trabajadores andaluces debían soportar
simultáneamente, de una parte, no sólo la ausencia de derechos en la colonia
(una parte de su salario era pagado habitualmente en especie, con mercaderías
destinadas a venderse a este lado de la verja) sino que además estaban
obligados a dedicar parte de sus ingresos a contribuir forzosamente a las
arcas del sindicato vertical franquista, sufriendo constantes vejaciones y
teniendo que sobrevivir aglomerados en una ciudad de La Línea despojada de los
más elementales servicios públicos. Sólo la miseria reinante en la Andalucía
bajo soberanía española puede explicar la trashumancia cotidiana en estas
condiciones al lado británico de la Verja.
El
Colonialismo en el Peñón y los mecanismos coloniales
británicos.

Afirmar que en
el Gibraltar británico siempre ha habido "democracia y libertad"
-como dicen ahora algunos defensores del estatus colonial- significa
desconocer la propia historia del Peñón. Durante la inmensa mayoría del
periodo colonial lo que hubo allí fue el dominio absoluto del poder británico
(situación interior coherente con la naturaleza militar de la Plaza). El
City Council (Ayuntamiento) sólo fue instaurado en 1922, con cuatro
electos por cinco miembros designados por el Gobernador británico. Hubo que
esperarse a 1945 para que el City Council tuviera mayoría de miembros
electos y aún así el Poder ejecutivo siguió en manos del Gobernador británico
de hecho hasta que Londres considero oportuno en 1969 otorgar a Gibraltar su
carta constitucional, manteniéndose -no obstante- el grueso de las cuestiones
básicas bajo directa supervisión británica. Esa carta otorgada recoge en su
preámbulo, dos compromisos políticos británicos bien medidos
y que conviene rescatar: 1ē. Gibraltar forma parte de los
dominios de Su Graciosa Majestad británica y así seguirá
hasta que la correspondiente Ley del Parlamento británico establezca
otra cosa; 2ē. El Gobierno de Su Graciosa Majestad afirma
que los ciudadanos de Gibraltar no pasaran a estar bajo la soberanía de
otro Estado sin contar con sus deseos. Resulta llamativo que incluso
en ese momento Londres se prevenga contra cualquier futura contingencia,
dejándose abiertas diversas vias. En el mismo momento que aparentemente fija
una posición que va a ser constantemente recordada e interpretada como
una garantía de supeditación de Gran Bretaña a la opinión gibraltareña,
Londres establece una disociación entre el territorio de Gibraltar -cuyo
estatus puede modificarse por una Ley del Parlamento británico, por
ejemplo, para ser devuelto en aplicación del Artē X del Tratado de
Utrecht- y el estatus de su población, a la que asegura que seguirá
siendo británica en tanto lo desee.
Recordar estos
hechos, por supuesto, no significa atenuar en absoluto el carácter despótico
de la Monarquía española o el represivo y criminal del fascismo franquista o
incluso olvidar que el Peñón sirviera de refugio a represaliados políticos del
otro lado (siempre en la cantidad y según las conveniencias de los
británicos). Que a la población residente en Gibraltar -entre 1714 y 1945,
como mínimo- no le importara mucho vivir bajo esas condiciones políticas
descritas era absolutamente lógico dadas las motivaciones de esa residencia y
especialmente dado que, por entonces, era algo meridianamente claro para todos
que Gibraltar era propiedad británica y que los que habían accedido al estatus
de gibraltareños reconocidos por el poder colonial bastante tenían con vivir y
sobrevivir a su amparo. La
democratización progresiva y limitada del régimen colonial del peñón no es
previa sino posterior a las reclamaciones en la ONU y a las resoluciones
consecuentes y –al igual que en el caso de Ceuta y Melilla- llegó en el
momento histórico y con las condiciones que le eran convenientes a la potencia
colonial respectiva
De hecho, es
notorio que los británicos durante la mayor parte de su dominio sobre la Roca
consideraron que lo fundamental de Gibraltar era lógicamente su condición de
base militar británica y que la población gibraltareña era un añadido
accesorio al hecho colonial, que se justificaba sólo en tanto en cuanto
sirviera al sostenimiento de la base. De ahí que, administrativamente, una vez
declarada colonia y tras pasar de depender de la oficina de guerra a la de
colonias, incluyeran rutinariamente a Gibraltar entre sus territorios de
ultramar, lo que luego daría lugar a su inclusión en la lista de territorios
no autónomos de la ONU. Sólo una vez que el Estado español convirtiera el
asunto de Gibraltar en un elemento de autolegitimación interna y trasladara la
cuestión a la ONU, el imperialismo británico comenzó a caer en la cuenta de la
conveniencia de destacar a esos anteriormente ignorados y despreciados
gibraltareños, como pantalla tras la que defender el mantenimiento del hecho
colonial. Consecuentemente, aún cuando dentro de la Roca no se había
manifestado todavía la menor reivindicación política y era ampliamente
dominante el conformismo con el estatus colonial, Gran Bretaña pasó a
principios de la década de los sesenta con toda desenvoltura de justificar su
presencia en el Peñón por su derecho histórico de conquista a argumentarla
como un servicio pretendidamente desinteresado a la preservación de unos
presuntos "derechos gibraltareños", anteriormente ignotos,
auspiciando y fomentando su protagonismo. Paralelamente, en 1964 y sin
ningún escrúpulo, Gran Bretaña se anexiona formalmente el Istmo, ya
ocupado. Al respecto, un Informe confidencial del Foreign Office, elaborado en 1971 y
desclasificado recientemente, reconoce que “hasta 1922, los gibraltareños
sólo controlaban los asuntos municipales y no aspiraban a ejercer otras
responsabilidades, que, gustosamente, dejaban en manos británicas. Pero en
1950, al igual que hicimos con la Educación, le concedimos a esta diminuta
fortaleza unas instituciones copiadas de las nuestras, a pesar de que el
entonces primer ministro laborista [Clement Attlee] defendía que sería mucho
más realista mantener el modelo municipal (...). En la década de los 60
aceleramos ese proceso con la vana esperanza de impresionar a las Naciones
Unidas, otorgando a los gibraltareños una Constitución que les viene grande
varias tallas, lo que les animó a comportarse de forma arrogante y poco
realista”. En el Peñón por entonces lo único que estaba suficientemente
claro era que, comparativamente, no había color entre permanecer bajo la
prospera soberanía colonial británica -aun sobrellevando discriminaciones en
relación a la ciudadanía de la metrópoli- o pasar a la mísera y represiva
condición de la Andalucía bajo soberanía española, conocida directisimamente
por toda la población con estatus gibraltareño, sea por lazos familiares, por
residencia o por beneficiarse de ella a través de sus múltiples negocios. La
situación política y social a ambos lados de la Verja favorecía que este
proyecto británico de reformulación del pacto colonial encontrara eco y sostén
entre la población radicada en el Peñón. Así es como, en resumen, se pasa
del lado británico sin solución de continuidad de la internacionalmente
impresentable reivindicación explicita de mantenimiento indefinido de la
situación colonial a la apropiación formal de un derecho como el de
autodeterminación, previsto y destinado para situaciones de otra naturaleza
(en el caso de la ONU, para realidades coloniales y no colonialistas y en el
de los principios de la izquierda, también para situaciones de opresión
nacional) como mecanismo oportunista para perpetuar precisamente esa situación
colonial.
El
colonialismo británico, por otra parte, ya tenía sobrada experiencia histórica
en generar escenarios que, una vez convenientemente prefigurados, pudieran
justificar su continuidad bajo nuevas fachadas arguméntales falsamente
democráticas. Así había diseñado -por ejemplo- a principios de la década de
los años veinte, una Irlanda del Norte mayoritariamente
unionista, escindiendo la región histórica irlandesa del Ulster, para
asegurarse una mayoría probritánica que le permitiera mantenerse directamente
en una parte de Irlanda y condicionar políticamente el desarrollo del resto y
que todavía en marzo de 1973 le permitía organizar un referéndum en el Norte
(boicoteado por republicanos y nacionalistas) para relegitimar la opción
unionista probritánica. Previamente, en 1965, sólo el nuevo contexto
internacional le había impedido validar semejantes procedimientos en la
Rhodesia racista, no reconociendo formalmente su
independencia unilateral tras el pretendido ejercicio de la autodeterminación
por los colonos blancos, pero tolerándola de hecho. Con el mismo método, el
imperialismo británico organizaba en 1967 un referéndum en el Peñón -limitado
a los ciudadanos con estatus gibraltareño y que obviamente no incluía en la
consulta siquiera a los andaluces con pasaporte español que trabajaban desde
hace decenios en el Peñón- destinado a apoyar su presencia en la Roca. Esta
maniobra británica provocaba la aprobación en la ONU de la Resolución 2.353
(XXII) de 8 de enero de 1968 (con 73 votos a favor -de América Latina, África,
países árabes y del Este-, 19 en contra -Gran Bretaña y la Comomwealth- y 27
abstenciones -EEUU y Europa occidental-), en la que la ONU, tras considerar
"que toda situación colonial que destruya parcial o totalmente la unidad
nacional y la integridad territorial de un país es incompatible con los
propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas y específicamente
con el párrafo 6 de la resolución 1514 (XV) de la Asamblea General"
denunciaba la operación británica declarando que "la celebración por la
Potencia administradora del referéndum de 10 de septiembre de 1967 contraviene
las disposiciones de la resolución 2231 (XXI) de la Asamblea General y las de
la resolución aprobada el 1ē de septiembre de 1967 por el Comité Especial
encargado de examinar la situación con respecto a la aplicación de la
Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos
coloniales".
No habría que
esperar mucho para ver de nuevo en acción el cinismo del discurso colonial
británico en casos similares al de Gibraltar. Simultáneamente a estos hechos
desde 1965 -y mientras Londres se llenaba la boca de
autodeterminaciones en Gibraltar- se dedicaba, primero, a separar
arbitrariamente al archipiélago índico de Chagos de su colonia de Isla
Mauricio; luego, en 1966, alquilaba por 50 años su isla mayor de Diego
García a los EEUU para que construyeran allí una gran base aeronaval,
sin consulta alguna ni a sus habitantes ni a los del conjunto de su colonia de
Mauricio. Más aún, entre 1969 y 1970, Gran Bretaña se dedicaba a
deportar a toda la población autóctona chagosiana, forzándola a emigrar a
Mauricio y las Seychelles, imponiendo sobre el episodio un telón de silencio
con la colaboración de la gran prensa internacional. No satisfecho con este
despojo, el colonialismo británico -y sus socios yanquis- se dedicaría durante
años a afirmar falsamente que Diego García "estaba deshabitada" hasta la
instalación de la base militar angloyanqui. Está claro que el tan diferente
trato a chagosianos y gibraltareños sólo mostraba la tradicional hipocresía
imperialista y cómo Londres mantenía la costumbre de sólo recordar presuntos derechos cuando
estos coincidían con sus intereses.
En el caso de
las Islas Malvinas, los británicos pasaron a su vez, de
sustentarse en el derecho de conquista (1936) a la referencia a los deseos de
los colonos malvinenses al estilo gibraltareño (1964) para luego, a partir de
1966 y especialmente de finales de 1968, acordar con la Argentina una
transferencia de soberanía aplazada hasta 1978, opción de la que se
arrepentirían; transformándola primero en una oferta de Co-Soberanía (1974) y
posteriormente de Arrendamiento temporal argentino a Gran Bretaña (1980), para
terminar, en 1981, retornando a la posición de 1964, al hilo del avance en las
prospecciones de los yacimientos de la zona y en el conocimiento de sus
recursos; postura consolidada tras la derrota de la dictadura argentina en la
guerra angloargentina de 1982. Precisamente en ese año, comenzaban
también las negociaciones sobre Hong-Kong entre Gran
Bretaña y la Republica Popular de China que culminarían en 1985; acordándose
la retrocesión de la colonia (Isla y Nuevos Territorios) a la soberanía
china en 1997, sin que Londres se atreviera siquiera a plantear la posibilidad
de consultar al respecto de ninguna manera a la población china hongkonesa.
Prueba adicional de esta duplicidad británica se puede encontrar en el ya
citado Informe del Foreign Office relativo a Gibraltar cuando explica que
“Durante las conversaciones celebradas en Londres en 1966 ofrecimos a
España la vuelta de Gibraltar al modelo municipal, y España no se opuso a
ello. La ruptura de las conversaciones nos liberó de mantener esa oferta, pero
ello no nos obligaba a hacer justamente lo contrario, como fue la convocatoria
del referéndum en 1967 y la aprobación de la Constitución gibraltareña en 1969
(...). En realidad, las nuevas instituciones políticas representan poco más
que un estuco decorativo y podrían ser reconstruidas siguiendo el modelo
municipal, sin causar por ello un gran daño a la estructura de la sociedad
gibraltareña (...).”
Evolución del contencioso (1967-2001).
La
reivindicación sobre Gibraltar formaba parte esencial de la demagogia
españolista del franquismo y le servía además como coartada y cobertura para
intentar encubrir su enfeudamiento y dependencia del imperialismo.
A partir de
1966, comenzaron a ponerse en vigor algunas restricciones al trafico aéreo
británico desde la Colonia que estaba obligado por las dimensiones del Peñón a
sobrevolar espacio aéreo español. La posición del régimen español era reclamar
la devolución -rechazando expresamente cualquier co/soberanía- a cambio de
mantener la base militar británica y diversas ofertas economicas. Tras la
concesión por Gran Bretaña de la Constitución interna a Gibraltar en mayo de
1969, el Estado español retiró a primeros de junio los permisos de trabajo a
los cerca de cinco mil andaluces que todavía cruzaban cotidianamente la verja
para trabajar en Gibraltar y a finales de ese mismo mes la cerró y suspendió
el ferry que unía Gibraltar con Algeciras. El 1 de octubre de 1969 cortó las
comunicaciones telefónicas y telegráficas.
El cierre
español separó a familias andaluzas con miembros a ambos lados de la Verja y
llevó al campo de Gibraltar a una profunda crisis económica porque si bien la
Colonia subsistía parasitando su entorno, no por ello dejaba de provocar a la
vez, ante la ausencia de otros recursos de subsistencia, una honda
dependencia entre su comarca y su cabecera colonial. La decisión tomada en
Madrid dejó sin alternativas laborales a miles de andaluces, forzando una
nueva oleada emigratoria, en tanto las promesas de desarrollo compensatorio
quedaban en casi nada, como por otra parte ocurría también en el resto de
Andalucía. Dentro de la Colonia, la mano de obra andaluza con pasaporte
español fue sustituida por inmigrantes marroquíes y la economía fue sustentada
desde Londres a partir del servicio a la flota británica.
Entre 1977 y
1982, sucesivos Gobiernos españoles se plantearon la reapertura de la verja a
cambio de la simple promesa británica de estudiar todos los aspectos del
contencioso. Hasta principios de 1982 el Gobierno británico no aceptó el
principio de reciprocidad para los andaluces con pasaporte español en la
Colonia en cuanto a sus derechos a poder pernoctar en el Peñón y a la igualdad
en materias de empleo, salarios, seguridad social y derecho a formar parte de
sindicatos. Gran Bretaña amenazó con vetar la entrada del Estado español en la
Unión Europea y el Gobierno español se plegó, reanudándose el trafico peatonal
en la raya a finales de 1982 y el total sin restricciones en 1985. Pese a lo
que superficialmente pudiera haber sido previsible, tanto la entrada del
Estado español en la UE como en la OTAN sólo afectaron a la situación colonial
en cuanto que la consolidaron, ya que los intereses esenciales del Estado y la
burguesía españolas por su incorporación subordinada a ambos organismos
primaron -según las previsiones de Londres- sobre cualquier demanda previa,
sacrificándose también en este asunto los intereses andaluces. El Gobierno
español del PSOE se limitó a condicionar en Bruselas las directivas
comunitarias (como la del transporte aéreo) que pudieran implicar algún
reconocimiento formal del hecho colonial. Como consecuencia de ello y para
evitarse molestias y gastos innecesarios, Gran Bretaña recuperaba en 1987 su
vieja oferta de veinte años atrás de doble terminal conjunta en el aeropuerto
gibraltareño que terminaría finalmente inaplicada por el bloqueo y oposición
del Gobierno colonial, prioritariamente preocupado por preservar el status-quo
colonial a cuyo amparo se producían en la colonia cambios económicos y
sociales significativos. En 1991, el Gobierno español de Felipe González
planteaba -sin eco alguno- la oferta de co-soberanía, lo que suponía reconocer
un evidente retroceso, tras la impotencia demostrada por influir sobre la
posición británica. Siguiendo esta tónica, el Gobierno español del PP ofrecía
en 1997 -sin ningún resultado- mantener las ventajas fiscales y aduaneras de
la colonia durante otros 50 años de co-soberanía con Gran Bretaña, es decir,
continuar con la relación colonial y parasitaria, con el compromiso de Londres
de cesar en esa lejana fecha en sus funciones en el Peñón. Habría que
esperar años para que se produjeran cambios significativos.
Durante todo
este tiempo, Andalucía sigue estando políticamente ausente de la cuestión por
expresa voluntad de los partidos españoles. Es oportuno recordar que en el
Anteproyecto de estatuto de autonomía para Andalucía de 1980, todavía su
Disposición adicional tercera establecía automáticamente la inclusión en
Andalucía del territorio de Gibraltar -citado con todas sus letras- una vez
descolonizado, "sin perjuicio del estatuto personal de sus
habitantes". A partir de ahí y a través de sucesivas modificaciones, esta
declaración acaba transformándose en una propuesta bien distinta que,
presentada por Soledad Becerril (UCD, ahora PP) contaría finalmente
con el apoyo de todos los partidos presentes. El texto definitivo dice que
"la ampliación de la Comunidad Autónoma a territorios históricos no
integrados en otra Comunidad autónoma se resolverá por las Cortes Generales,
previo acuerdo de las partes interesadas, sin que ello suponga reforma del
presente estatuto, una vez que dichos territorios hayan vuelto a la soberanía
española", con lo que no sólo se remite la decisión sobre la
reunificación del territorio andaluz a las Cortes españolas o se abre la
posibilidad del mantenimiento de su escisión en relación al resto de
Andalucía, aún en el caso de volver a soberanía española, sino que, sobre
todo, se pretende remarcar que la cuestión de Gibraltar es algo en que no
tiene nada que hacer, decir o actuar el propio país sobre cuyo territorio se
instaló la colonia o el propio pueblo al que pertenecen las personas
directamente afectadas, a un lado y otro de la verja.
Evolución en la Colonia
Activistas de Greenpeace abordan el submarino
nuclear
británico averiado Tireless, atracado en
Gibraltar (Enero 2001)
En
1988 la alcaldía de Gibraltar pasó de las manos de sir Joshua Hassan
-representante de la burguesía tradicional de la Roca- a las de Joe Bossano,
un populista al estilo de los radicales pied-noir de la Argelia francesa, que
impulsaría con éxito la reorientación de la economía colonial a su
presente situación de paraíso fiscal, aprovechando las peculiaridades de su
estatuto en relación tanto con la UE como con Gran Bretaña. Este pretendido
socialista, entendió pronto que la continuidad de la situación
privilegiada de la población del Peñón estaba ligada al mantenimiento de los
lazos coloniales con Gran Bretaña pero que, estos a su vez, debían engrasarse
con una economía saneada y que no fuera directamente tan dependiente como
hasta entonces del presupuesto público de la Metrópoli y estuviera, por
contra, más ligada a los intereses del capital financiero británico. Para
ello, optó por potenciar a Gibraltar como refugio de capitales, aprovechando
su legislación opaca, obteniendo así los recursos directos e indirectos
esenciales sobre los que sostener la economía del Peñón. A Gibraltar afluyó el
dinero negro, los fondos del narcotráfico internacional y los capitales
evadidos del fisco, especialmente de la propia Andalucía. Se constituyeron,
según afirma el dirigente del Partido Liberal gibraltareño Joseph
García, 80.000 sociedades de las que 50.000 mantienen actividad y los
fondos depositados en los bancos del Peñón subieron a 5.000 millones de libras
(8.100 millones de euros/1,34 billones de pesetas) provocando siete millones
de visitas al Peñón a lo largo de estos años. Los bufetes, agencias, bancos y
entidades financieras radicadas en Gibraltar, a su vez, procedieron a
reinvertir sus ganancias en territorios aledaños de Andalucía, tomando
posiciones en la hosteleria, el comercio, las propiedades rusticas, los
transportes etc. Este nuevo maná sobrevenido -renta per capita quintuplicada
en veinte años, desde la apertura de la verja; más del doble que la de sus
vecinos andaluces de los otro lado- le dio a la colonia una renovada capacidad
de presión en la Metrópoli británica y consolidó logicamemente la querencia
mayoritaria de la población colonial por el mantenimiento de su estatus
privilegiado. Los provechos para el capital metropolitano fueron también
obvios. Por todo esto, no le fue costoso al propio Gobierno Bossano tomar la
decisión política de erradicar el contrabando de droga a principios de
los noventa, cuyos beneficios -aún siendo importantes- resultaban ridículos al
lado de los derivados de su carácter de plaza financiera y no compensaban
ni las tensiones sociales internas dentro de la Colonia ni los costes de
imagen exterior que implicaban.
Gibraltar, con
unos 500 militares, un puerto y un aeropuerto, sigue siendo un punto clave del
despliegue militar británico, resto de su antiguo imperio, como demostró
durante la guerra de las Malvinas, en 1982. Además, la base del Peñón (que
ocupa el 40% de su territorio), en un extremo, y las de Chipre, en el otro,
otorgan a Gran Bretaña carácter de potencia mediterránea. Gibraltar cuenta con
una galería de túneles subterráneos que amplía considerablemente su superficie
útil. Allí tiene su sede el Royal
Naval Comunications Centre que mediante una red de sensores sumergidos,
capaces de discernir la más liviana alteración en medio de las fuertes
corrientes del Estrecho, controla el tránsito de submarinos. Su papel fue
esencial durante la Guerra Fría, ya que Gibraltar era paso obligado para los
buques soviéticos de las flotas del Báltico o el Mar Negro que pretendían
entrar o salir del Mediterráneo. Además ayuda a los submarinos propios a
transitar sin riesgo, y sin emerger a la superficie, por un zona de orografía
especialmente difícil. Los británicos comparten estas capacidades con los
Estados Unidos, que son su verdadero beneficiario.
La demostrada
lealtad del Gobierno colonial a estos intereses militares del imperialismo
británico, conforman otra pata básica para el mantenimiento de los lazos
coloniales. El carácter de esta relación pudo demostrarse recientemente
en el escandaloso asunto del submarino nuclear británico Tireless, que pudo
permanecer atracado averiado un año en el muelle de la Colonia sin mayores
inconvenientes, en un ejercicio renovado de fidelidad y servilismo a Gran
Bretaña, permitiendo su reparación a una conveniente distancia de las costas
británicas. El resto del pueblo andaluz tuvo que limitarse a protestar desde
el otro lado de la verja ante el riesgo evidente de una operación que puso en
peligro la vida, los recursos y la salud de millones de andaluces,
manifestando de nuevo la intima e indisociable vinculación entre Gibraltar y
su entorno. El Gobierno español actuó, por enésima vez, como cómplice del
Gobierno británico, avalándole y respaldandole. Hace pocos meses, una unidad
de infantería de marina británica en practicas de combate se equivocó de ruta
y dada la estrechez del territorio de la colonia, confundió su playa con la
cercana de La Línea, donde procedió a desembarcar con toda la parafernalia
bélica propia de estos ejercicios. Al punto hubieron de retirarse apurados una
vez que los gestos y los gritos de los pescadores y vecinos les hicieron notar
que estaban invadiendo territorio andaluz a destiempo. Uno y otro episodio
-tan serio uno como chusco el otro- demuestran tanto que el carácter de cabeza
de puente de la Roca sigue vigente -según la vieja tradición británica- como
que el Gobierno de la Colonia entiende perfectamente que su apoyo a su
mantenimiento es una de sus condiciones de pervivencia.
La
coyuntura y las
negociaciones hispano-británicas
A
partir de mediados de 2001 se va a generar un nuevo escenario sobre la cuestión
gibraltareña que a la altura de Noviembre toma carta de naturaleza con el
anuncio de que los Gobiernos español y británico esperan poder llegar antes
del final de 2002 (luego acortado a finales del verano de ese año) a un
acuerdo sobre la Colonia, incluyendo la cuestión de la
soberanía.
El
espectacular anuncio sorprende a las fuerzas vivas gibraltareñas en medio de
un debate de reforma de sus instituciones que centra por entonces su atención
y que concluirán en febrero de 2002, por el que pretenden blindar su situación
y dar pasos hacia conseguir su objetivo de asimilar su régimen al de la Isla
de Man, aunque como para que entre en vigor depende del voto favorable del
Parlamento británico, mantendrán la reforma en el
congelador.
Como
suele suceder en estos casos, este giro responde a una convergencia de
procesos y causas.
De una
parte, Gran Bretaña acababa de verse forzada en la OCDE a hacerse
responsable y actuar para controlar y restringir las funciones de paraíso
fiscal del Peñón, al objeto de sacarlo de la "lista negra" internacional de
territorios fraudulentos. Aunque el Gobierno de la Colonia, meses después,
pretenderá que tiene disposición a hacer las modificaciones justas para
contribuir a este objetivo, desde el punto de vista de Londres parece ya claro
que el modelo económico gibraltareño vigente ha de reformularse necesariamente
para poder subsistir, dejando de funcionar como una plaza fiscal
extracomunitaria y asimilándose paulatinamente al régimen de los más
permisivos estados de la Unión Europea como Luxemburgo. La conciencia de este
hecho tiene evidentes consecuencias, no sólo para el mantenimiento de la
viabilidad social del Peñón sino también para preservar los intereses
metropolitanos que, como es sabido, tienen en Gibraltar una excelente
plataforma para su intervención en Andalucía y otras zonas aledañas. Los
británicos son conscientes que esta trasmutación requiere de la
connivencia del Estado español, tanto en lo inmediato como en
Bruselas.
A otro
nivel, Gran Bretaña considera que el constante recordatorio del caso
gibraltareño en la elaboración de directivas y acuerdos comunitarios, es un
elemento molesto que contribuye a dificultar la gestión de sus intereses
esenciales y que puede ser usado en su contra no sólo por el Estado
español sino por otros socios-rivales en el seno de la UE. El Gobierno
laborista de Blair, de otro lado, no sólo ha tomado nota de su alto nivel de
coincidencia política con el Gobierno español (modelo europeo, servilismo
hacia Washington, etc) sino que aspira a ganar un aliado estable en la UE que
pueda ayudarle a contrapesar el creciente poderío de Alemania y mantener
el marcaje sobre Francia. Resolver el contencioso de Gibraltar aparece como
condición necesaria para poder avanzar en este objetivo.
Además, el caso de Gibraltar se inserta dentro
del Gran Juego en curso en el área
del Magreb. Tanto el imperialismo francés como el yanqui o el español siguen
atentamente la evolución de los acontecimientos en Marruecos, Argelia,
Tunez... Comparten la preocupación por sostener a los regímenes neo-coloniales
de la zona: la Monarquía marroquí, el Régimen militar argelino y la dictadura
de Ben Ali, a la vez que disputan por preservar o incrementar sus respectivas
influencias.
En ese
contexto, entre otros datos y elementos, cabe recordar la propuesta de cooptación de las elites del
Polisario que subyacía en el primer Plan Baker sobre el Sahara (sostenido
por Francia y EEUU) que propone la autonomía saharaui bajo el Majzen marroquí
-en principio, no rechazado frontalmente por Argel- la subsiguiente propuesta
de división del territorio entre Marruecos y la RASD (aceptada por Argel y el
Polisario y rechazada por Rabat) y la ultima apuesta nítida de EEUU
y Francia en la ONU por su mantenimiento en Marruecos (que conlleva el fracaso
del Polisario en sus prolongados intentos de aparecer ante EEUU como una
opción alternativa, aceptable para sus intereses). Parece clara la
preocupación existente por la estabilidad de la Monarquía marroquí y la
convicción existente en la conveniencia de darle éxitos en el terreno exterior
que puedan contribuir a su consolidación en el interior. La
resolución del caso de Gibraltar, en ese marco, conduciría a la
devolución pactada en un plazo u otro de Ceuta y Melilla a
Marruecos, desactivando tentaciones de imprevisibles
consecuencias y una permanente amenaza de conflicto en la zona. Así
lo reconocía el diario EL PAIS
-rompiendo el uniforme discurso español al respecto- en su editorial del 3 de
Noviembre de 2001: "La perspectiva de una solución, aunque sea a largo plazo, del
secular contencioso del Peñón abrirá la cuestión de la soberanía de Ceuta y
Melilla. Son problemas histórica y jurídicamente muy distintos, pero la
psicología de los mapas lleva a pensar que por la puerta abierta del otro lado
del Estrecho, Marruecos intentará hacer entrar también su reivindicación sobre
las dos ciudades norteafricanas. Sin duda, el Gobierno de Aznar, como sus
predecesores, es consciente de ello, y también de que no cabe descartar
salidas imaginativas, siempre y cuando Marruecos avance por la vía de su
democratización.". A esto cabe añadir el proyecto
de asociación de Marruecos (y del resto del
Magreb) a la UE para consolidar su relación neocolonial (siguiendo el modelo
del ALCA en América Latina), proceso cuyos costes fundamentales en Europa
caerían nuevamente sobre las espaldas de Andalucía y que beneficiaria
especialmente a Francia. En este Gran Juego, en el que los
británicos van de la mano de EEUU, el Gobierno español actúa reforzando sus
posiciones en Argelia, estableciendo mayores lazos con Túnez y una vez que
EEUU -aun sin poner todo su peso sobre la mesa- y Francia se alinean
claramente con su aliado de Rabat en el caso del Sahara, redescubriendo en la
ONU un novedoso y sorprendente prurito ético en forma de compromiso con el
derecho a la autodeterminación del Sahara. El propósito español, cabe suponer,
es que el conflicto saharaui siga abierto y el régimen de Marruecos no
cierre sus debilidades en el Sur al menos hasta el momento en que el
Estado español, una vez encarrilado el asunto de Gibraltar, este en
disposición de afrontar el asunto de los Presidios de Ceuta y Melilla en
mejores condiciones y con menores costes internos. Por supuesto, el Gobierno
español sigue y seguirá públicamente defendiendo para consumo
interno la insostenible y ridícula posición que pretende diferenciar la
condición de los tres enclaves.
Las
conversaciones hispano-británicas parten del acuerdo de obtener una
Declaración conjunta entre ambos Estados que de paso a un nuevo
Tratado sustituya al Tratado de Utrecht, estableciendo la co-soberanía
del Estado español y de Gran Bretaña sobre el Peñón en su conjunto, incluida
la base militar -que sería concedida a Gran Bretaña según el modelo de Rota y
Morón- y el Istmo ocupado ilegalmente. En un principio lo que se transmite a
la opinión pública es que esta situación de soberanía compartida se
acordaría por un plazo de 50 o 100 años, para luego abrirse la posibilidad de
una retrocesión plena al Estado español que -como heredero de la Corona
española- conservaría su derecho de tanteo establecido en Utrecht. Una vez
pactados todos los términos del nuevo acuerdo y aprobado por los respectivos
parlamentos estatales, este sería declarado vigente, si bien su puesta en
practica requeriría el visto bueno de Gran Bretaña que, a su vez, lo
condicionaría a obtener el consentimiento de la Colonia de Gibraltar. No
habría que esperar a ese momento sin embargo para comenzar a ir ejecutando
otros aspectos como el apoyo español al mantenimiento de Gibraltar como puerto
franco, exento del IVA; la inversión de ayudas de la UE en la comarca para
potenciar la centralidad de Gibraltar y su complementariedad con otros
recursos estratégicos como el puerto de Algeciras, la eliminación de los
controles españoles en la Verja (una vez adherido Gibraltar al espacio
Schengen), la extensión a los gibraltareños de los beneficios de atención
sanitaria, etc, el pago de las deudas gibraltareñas de las pensiones a los
jubilados andaluces que antaño trabajaron en la Colonia y la utilización
conjunta del aeropuerto de Gibraltar, permitiendo su uso sin
restricciones. El acuerdo incluiría la perspectiva de la concesión de una
doble ciudadanía a la población del Peñón.
De
hecho, lo que en un principio se vende, ya incluye una aceptación del veto
gibraltareño (que es una forma de reconocerle cierto derecho a la
autodeterminación) y supone la conformidad española del mantenimiento de la
presencia británica en lo político, económico y militar sobre una parte del
territorio andaluz, sostenida no ya en una victoria militar refrendada en
un tratado del siglo XVIII sino en un pretendidamente más presentable acuerdo
del siglo XXI, a cambio de poder colocar su bandera en el Peñón junto a la
británica.
Los dos gobiernos intentan conseguir la
participación del Gobierno de la Colonia -como en anteriores rondas- sin
exito. Las razones que expone el Gobierno colonial son claras: no solamente
exigen tener derecho de veto sobre el resultado final sino sobre todas y cada
una de las etapas, acuerdos y compromisos, que es la que forma en que
entienden que pueden bloquear mejor cualquier posible cambio. Hay que
comprender que desde la perspectiva gibraltareña -aparte la retórica sobre sus
presuntos derechos como pueblo- existe una postura firmemente asentada que
entiende que, incluso en el caso de tener que alterar en algo su actual
posición como paraíso fiscal, manteniendo la relación colonial con Gran
Bretaña pueden reactualizar con mayores garantías su papel de centro
financiero sin que, merced a la condición de aliado del Estado español en la
OTAN y socio en la UE, ello implique obstáculos sensibles, pudiendo preservar
todas las ventajas de su actual estatus, incluidas sus residencias a este lado
de la Verja. A este propósito se encamina el discurso y la incesante actividad
de su alcalde-ministro Peter Caruana y del lobby gibraltareño. Caruana se
niega a participar en las conversaciones sin derecho a veto; habla en Cataluña
y en Estrasburgo de la autodeterminación gibraltareña; en Londres reclama
primero nuevamente el régimen de la Isla de Man; a continuación recuerda en
dos ocasiones el paralelismo entre Gibraltar y Ceuta y Melilla (sin abusar del
argumento, para evitar sus riesgos de boomerang político en contra de sus
intereses) e incluso apunta que no vería mal que Gibraltar obtuviera un status
similar al de Andorra (un estado soberano con dos coprincipes) o lo que es
políticamente similar, convertir a Gibraltar en una nueva versión de Mónaco en
la costa andaluza.
Mientras el lobby gibraltareño invita a
una ristra de parlamentarios británicos con sus familias al Peñón e
invierte millones de euros, financiando viajes, publicando anuncios con
la bandera británica en la prensa londinense e implicando en su causa al
Partido Conservador británico, en la Colonia se genera un ambiente de repulsa
a "la traición de los ingleses". Tras varios actos organizados por la
oposición de Bossano (que suele acudir a la televisión con una corbata con los
colores de la bandera británica) destinados a preparar el ambiente, se convoca
mancomunadamente por patronal, partidos y sindicatos una Huelga
General y una manifestación en el Peñón en protesta por el proceso en curso
entre Londres y Madrid. Ese día la frontera se colapsa durante horas por
las colas de gibraltareños residentes a este lado de la raya que acuden en
masa a manifestar en castellano e ingles su condición británica.
Cuando posteriormente Straw, ministro británico de exteriores, acuda a la
Colonia en Abril -donde dice con todo descaro que el fundamento de la
presencia británica allí nace "del Tratado de Utrecht y la Constitución
gibraltareña"(sic) aprobada, recordémoslo, por el Parlamento
británico- estará a punto de ser agredido por una masa de encrespados
gibraltareños que, enarbolando banderas británicas y la más reciente del
Peñón, endilgaran al ministro una abigarrada, colorista y
bicultural colección de insultos en ingles y castellano.
Tras el viaje comienzan a aparecer en la prensa
anuncios de dificultades. Un día se dice que Gran Bretaña no se conforma ya
con que el Estado español acepte el carácter indefinido de la soberanía
compartida (cuando se empezó hablando de 50 años) sino que lo pretende
permanente. Otro aparecen fuentes del ministro de Defensa británico recordando
la importancia de la base y sugiriendo que se la excluya de cualquier
acuerdo -incluso en las condiciones de las bases yanquis- conservando sobre
ella plena soberanía a la manera que Gran Bretaña ejerce en sus bases en el
Chipre griego. Finalmente, el ministro Straw, a finales de mayo, se
descuelga con unas declaraciones a la BBC en las que, desdiciéndose incluso de
lo ya afirmado por el mismo en el propio Parlamento británico en febrero,
convierte la opinión gibraltareña en definitiva. Si en Febrero, la posición
del Gobierno británico era que la Declaración conjunta angloespañola seguiría
vigente aún inaplicada, incluso en el caso de recibir el previsible rechazo de
las instituciones y la población de la Colonia ahora dice que la oposición de
Gibraltar la haría decaer en su totalidad, invalidándola y retrotrayendo la
situación a la existente en julio de 2001. La satisfacción en Gibraltar ante
este cambio resulta comprensible y explica porque Caruana se opone con vigor a
las propuestas de los más ultras de convocar ya un referéndum unilateral a la
manera rhodesiana, prefiriendo esperar y eludir, al menos de momento, un
enfrentamiento directo con Londres.
A fecha de hoy, resulta difícil aclarar si
todos estos últimos hechos responden a intentos británicos por consolidar
y ampliar sus ventajas ya obtenidas tanto directamente en Gibraltar como en el
conjunto de la relación hispanobritánica, jugando con los costes de imagen que
implicaría al Gobierno español del PP un fracaso del proceso o si responde
realmente a una victoria del grupo de presión gibraltareño en Gran Bretaña.
Hay que tener en cuenta que el mero cambio británico desde el inmovilismo
anterior ya ha sido presentado por el Gobierno español ante la opinión pública
andaluza y española como un progreso; que no ha habido interés alguno por
informar de que la mayoría de las propuestas británicas no son novedosas ni en
relación al caso concreto de Gibraltar ni en lo tocante a otros casos de
enclaves coloniales británicos y que tampoco ni la oposición española ni
los grandes medios de comunicación han tenido el menor interés por constatar
que todo el marco de negociación en curso implica una consolidación de
facto y de iure de la presencia británica y el hecho colonial.
Un efecto secundario de la frustración del proceso sería destrozar uno de los
argumentos implícitos en la línea de explicación oficial: "que Londres
actuaba de esta nueva forma porque el peso internacional del Estado
español no es hoy el de antes sino el de una potencia emergente",
tesis con la que el Gobierno del PP continua precedentes
discursos de Gobiernos del PSOE.
La naturaleza del Conflicto y la posición
andaluza.
En 1936, en
pleno periodo colonial francés, Argel tenía 175.000 habitantes europeos y
76.000 argelinos. Orán, 148.000 europeos y 46.000 argelinos. Bone-Annaba,
45.000 europeos y 38.000 argelinos y sólo los colonos europeos disfrutaban en
la practica de ciertos derechos políticos. Según el actual criterio
gibraltareño y británico, estas ciudades podrían haber tenido derecho a la
autodeterminación para que su población colonial decidiera mantenerse bajo
soberanía de Francia tras la independencia de Argelia.
¿Absurdo, verdad?. Pues el colonialismo francés contemplo hipótesis similares
y por evitar esta circunstancia y la separación del Sahara, la guerra argelina
se prolongo años. Es el mismo criterio que se guarda el Estado español en la
recamara para legitimar hoy la presencia colonial española en Ceuta y
Melilla; dándose la paradoja de que un Estado opresor como el español
que niega el derecho a la autodeterminación a las naciones integradas en sus
fronteras se beneficiaria de su aplicación justo donde no es procedente. Pensemos que si en la base de
Guantánamo, los EEUU hubieran instalado población yanqui -o
simplemente caribeña anglófona o francófona- desde su apropiación en 1900 y/o
por ejemplo le hubieran sumado unos cuantos cubanos anticastristas después de
1959, estaría construido en Cuba un escenario similar al que existe en
Andalucía en relación a Gibraltar: los EEUU podrían decirle a Cuba que, aun
cuando su presencia deriva formalmente de la Enmienda Platt, ahora su
ocupación ha de mantenerse para proteger los deseos de estos hipotéticos
neoguantanameros. En 1948, India requirió a Portugal la devolución de los
enclaves de Goa, Diu y Damao. Tras una sucesión de incidentes
y reclamaciones, a la altura de 1960 un sector de las elites de Goa (indios de
confesión católica y casta brahmánica) auspiciaron un movimiento de autonomía
que cambiara el estatus de los enclaves, permaneciendo bajo soberanía colonial
portuguesa. La Dictadura fascista de Salazar rechazó el cambio por no caer en
contradicción con lo que era su política colonial en África (Angola, etc). La
contundente respuesta de India fue ocupar los enclaves con sus tropas en 1961.
El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución condenando a India que
no entro en vigor por el veto de la URSS. India nunca había llegado siquiera a
plantear la cuestión en la ONU.
Las colonias
de tipo enclave -como es el caso de Gibraltar- tienen características propias.
Surgieron históricamente como bases militares o factorías comerciales (o una
combinación de ambas) desde las que controlar de forma indirecta el territorio
anejo (aún cuando, en algún caso, posteriormente también sirvieran de
retaguardia logística para su ocupación directa como ocurrió en
Marruecos). Las potencias
coloniales fueron las que decidieron quienes y cuantos se
mantenían dentro del perímetro de esos enclaves, según sus intereses y las
circunstancias de cada caso y a partir del hecho colonial configuraron
poblaciones, bien a través de la inmigración, bien a través de la cooptación
de elementos autóctonos favorecidos de forma desigual por la situación
colonial o por una combinación de ambas opciones. Cuando a la potencia
colonial le convino, no hubo escrúpulos en expulsar a los pobladores
autóctonos o deportar el numero conveniente para mantener los equilibrios
deseados o dificultar o impedir la residencia de personas del entorno que a
medio plazo pudieran suponer un peligro para la seguridad e intereses
coloniales. Siendo como son
colonias, durante la mayor parte de su existencia han actuado básicamente como
guarniciones, almacenes o presidios –según los casos- y han estado a
disposición de la potencia colonial para ser cedidos o intercambiados o
devueltos, sin consideración alguna a quienes vivían allá acogidos a esa
situación y a consecuencia de ella. Toda su vida ha girado en torno a dos
hechos: A. Su dependencia de la potencia colonial, porque sin
ella hubieran sido recuperados por los países y pueblos despojados.
B. Su relación colonial con su entorno que es tan intima como
desigual y que además, en casos como los de Gibraltar o Hong-Kong, incluía
además una apropiación ilegitima de terrenos posteriores a su primera anexión,
fundamentales para el funcionamiento de esas colonias (cabe imaginar que
pasaría en Gibraltar si la Verja volviera a los limites del Tratado de
Utrecht). Todas estas entidades son inviables si no se produce el
asentimiento, la explotación parasitaria o el sometimiento de su entorno, a
cuyo futuro están ligados (el ultimo ejemplo, las 100.000 líneas telefónicas
adicionales solicitadas por Gibraltar para menos de 30.000 personas con
estatus legal gibraltareño).
En el caso
concreto de Gibraltar son obvias la responsabilidad, la torpeza o
incluso los crímenes del Estado español. La situación de Gibraltar tiene,
desde su origen, mucho que ver con la dominación del Estado español sobre
Andalucía. Gibraltar no es un islote perdido en medio del océano. No se puede
entender la formación y funciones de Gibraltar sin Andalucía (de igual modo
que ocurre con Ceuta y Melilla y Marruecos, en este caso al servicio del
colonialismo español). De igual manera, la pervivencia de la presencia
colonial británica es inexplicable sin a la vez tomar nota de las
circunstancias históricas de la dominación española sobre Andalucía (como
ocurre, a su vez, con la persistencia de la española en Ceuta/Melilla, que no
se puede explicar separadamente, primero, de la intervención colonial española
en Marruecos y el Norte de África y luego de la naturaleza reaccionaria y
neocolonial del Régimen monárquico marroquí). La Monarquía
española entregó Gibraltar, pasando del deseo de sus habitantes andaluces
de la época; luego no fue capaz de recuperarlo; le permitió sobrevivir como
foco de contrabando a causa de su política de despojo y empobrecimiento de
Andalucía etc.
Afortunadamente, los
gibraltareños actuales son culturalmente andaluces, como resulta evidente para
cualquiera que visite el Peñón; por mucho que en sus linajes familiares haya,
en determinados casos, procedencias italianas, hebreas, maltesas... Gibraltar
no es una nación. No sólo Gibraltar forma parte del territorio andaluz sino
que su población, si pertenece a algún ámbito histórico y cultural es
indiscutiblemente al andaluz (con sus peculiaridades). De hecho su
población lo que habla usualmente en la calle es castellano en la modalidad
lingüística andaluza (aunque también tenga conocimiento y use el ingles en
otros ámbitos y para otras funciones publicas).
Otra cuestión
distinta es que, mayoritariamente, los gibraltareños defiendan
políticamente hoy el mantenimiento de las situaciones de privilegio económico
unidas a la dependencia colonial, al calor de las cuales se ha conformado
la forma de vida gibraltareña: ayer, a costa del contrabando masivo; luego del
servicio a los británicos durante el cierre de la Verja; luego del
narcotráfico; ahora a través del paraíso fiscal para lavado de dinero
negro y la evasión tributaria desde Andalucía... Gibraltar en relación al
Campo (donde, además, residen y tienen propiedades buena parte de las personas
con estatus gibraltareño) ha actuado y actúa como una City en relación a los
suburbios (el Campo); en el conflicto hay pues también un componente clasista
implícito, aún envuelto en diversos envoltorios. Lo singular de Gibraltar es
precisamente que esa condición cultural andaluza coexista con una
ampliamente mayoritaria posición política favorable al mantenimiento de una
situación colonial. Es evidente que en el rechazo gibraltareño hay junto a
resabios justos por lo que ven al otro lado de la Verja, otro tipo de
comportamientos que responden a la actitud e intereses de una
burguesía intermediaria que se ha configurado al calor de la situación
colonial y que impregna ideológicamente en Gibraltar incluso a muchos de
quienes no tienen directamente arte ni parte en sus negocios. Como es obvio,
la prosperidad gibraltareña en comparación con la pobreza andaluza no es algo
genético (no sólo sería un argumento racista afirmarlo, sino que además no
casaría bien con el hecho de la abundante cantidad de antecedentes,
antepasados y familiares andaluces de la actual población gibraltareña)
sino consecuencia de cómo se han formulado las relaciones económicas y
sociales en la Comarca al amparo de la ocupación británica en concreto, de un
lado, y la dominación española en general sobre Andalucía, de otro.
La capacidad
histórica de fusión y de asimilación cultural ha sido tan fructífera, que lo
que hoy hay allí no es un problema ni nacional ni étnico sino simplemente
político, ideológico, social y económico, que cristaliza del lado gibraltareño
en una defensa de un estatus. Una cuestión, complicada aún más si cabe
porque la nación a la que naturalmente pertenece el enclave
-Andalucía- no dispone de Estado nacional propio y es representada
en el contencioso por un Estado -el español- que no sólo tiene intereses
propios diferenciados a los de Andalucía sino que, además, es aliado del poder
colonial. Complejidad que se evidencia, además, al
comprobar, como las pretendidas reivindicaciones especificas
gibraltareñas se realizan bajo el amparo de la bandera británica (a la manera
de los unionistas norirlandeses), reclamando la protección de Londres y
aspirando a reproducir, tomándolos como modelos, a territorios británicos como
la Isla de Man, es decir, a perpetuar situaciones reaccionarias,
construidas a partir de simultanear la condición de paraíso fiscal y base
militar, destinados inevitablemente a afectar parasitariamente al resto
de Andalucía. De hecho, conviene recordarlo, el discurso político de los
portavoces políticos de la población colonial es múltiple. En unos momentos y
circunstancias -por ejemplo, al dirigirse a sectores de naciones oprimidas del
Estado español o en ámbitos europeos- intenta usar de forma torticera la
autodeterminación, afirmándose y presentándose como "pueblo" aunque
cuando concretan que demanda encierran con ello, aclaran que lo que pretenden
no es "una inviable independencia" (Caruana dixit) sino reproducir
los modelos citados. Simultánea y paralelamente, sin el menor reparo, no
tienen problema en definirse en Londres como "ingleses", cuando así
les conviene para articular apoyos mediáticos, políticos o comerciales en Gran
Bretaña de nostálgicos del Imperio. Aparte de consideraciones generales sobre
su inaplicabilidad a las poblaciones de enclaves coloniales, la pretendida autodeterminación en las circunstancias concretas de
Gibraltar reduciendo su sujeto decisorio a quienes tienen estatus
gibraltareños lo que significa, en síntesis, es preguntarles:
¿queréis seguir viviendo parasitando una nación como paraíso fiscal?.
¿Queréis seguir siendo una base militar imperialista?.
Ese sería el sentido y la consecuencia de aplicar la autodeterminación a un
colectivo que no tiene la entidad de los sujetos con derecho a
autodeterminarse.
Con
todo, siempre conviene recordar que, en ultima instancia y pese a la retórica,
la continuidad del hecho colonial es una decisión tomada en Londres y no en
Gibraltar.
En este punto
conviene anotar, que el hecho de que el nacionalismo español haya usado la
reivindicación de Gibraltar -despreciando de paso siempre las circunstancias,
derechos e intereses de la población andaluza campogibraltareña- no ha de
llevar frívolamente por reacción, a alinearse tras las posiciones
colonialistas británicas o los intereses espureos de la actual población del
Peñón como, por ejemplo, reiteradamente ha hecho de forma
irresponsable ERC o con todo cinismo Pujol. Sería un error de similar entidad
que negar el derecho a la reintegración territorial de Ceuta y Melilla a
Marruecos por oposición a la naturaleza reaccionaria de la Monarquía marroquí.
Hacerlo así, en el caso de Gibraltar, supone no sólo olvidarse de los derechos
nacionales de Andalucía, sino directamente colocarse contra ellos y reproducir
nuevamente esa costumbre, tan cara a algunos, de golpear a España en
el trasero de los andaluces.
De todo lo
dicho, se desprenden los siguientes principios:
-
La
situación colonial de Gibraltar es nacional y socialmente inadmisible para
Andalucía, ahora y en el futuro.
-
La
población con estatus gibraltareño residente en el Peñón no es
un sujeto colectivo que pueda reivindicar legítimamente poseer el
derecho a la autodeterminación.
-
La única
solución aceptable para el contencioso es la devolución de la colonia y su
reintegración territorial al marco institucional andaluz
existente.
Ciertamente, Andalucía se encuentra hoy ante
este conflicto sin voz soberana propia. Es una consecuencia más de no ser una
nación independiente y hallarse bajo el dominio del Estado
español. Incluso Chaves se ha negado expresamente a que la Junta de
Andalucía o la Mancomunidad de Municipios del Campo de Gibraltar reclamen su
derecho a estar presentes en cualquier proceso negociador, en un ejemplo más
de servilismo a Madrid y traición a los intereses andaluces. Desde una
posición nacional, es evidente que el conflicto político principal de
Andalucía hoy es con el Estado español y no con Gran Bretaña y que Andalucía
no se haya exactamente en la misma situación de otras naciones -como Euskadi-
divididas entre dos estados, pero también hay que asumir que no se puede
aspirar a afianzar una construcción nacional sólida abdicando de enfrentarse a
los desafíos internacionales que esta implica, de ser desarrollada consecuente
y victoriosamente, levantando una posición andaluza propia. Por tanto,
partiendo de esta realidad, esta apreciación de prioridades no ha de
impedirnos constatar también que para Andalucía es mejor tener que
combatir sólo al Estado español que a éste y a Gran Bretaña sumados, tanto
ahora como en el hipotético momento de una independencia andaluza en relación
a España. De ahí que desde un punto de vista nacional sea de nuestro interés
apoyar como situación transitoria el trasvase pleno de la soberanía en el
Peñón de Gran Bretaña al Estado español, sin que ello comporte en absoluto
ninguna coincidencia, apoyo o sostén a las diversas propuestas,
iniciativas o acuerdos concretos a los que pudieran llegar el Estado
español y Gran Bretaña (co-soberanía durante un periodo; mantenimiento de las
exenciones fiscales y privilegios económicos; preservación de la base
militar; separación de Gibraltar del resto de Andalucía, etc) que
pudieran perpetuar elementos de la actual situación colonial. Acuerdos todos
ellos, que habría que denunciar y que en absoluto comprometerían a una
Andalucía soberana, que como Estado heredero, seguiría siendo depositaria del
derecho a la devolución plena e incondicional de la colonia.
Simultáneamente, es de interés nacional y de
obligada coherencia democrática, tanto preservar y desarrollar todos los
derechos democráticos, sociales, culturales o lingüísticos de la actual
población gibraltareña -aún sabiendo que ello no atenuará de entrada su actual
posicionamiento- como dejar claro que los andaluces gibraltareños no merecen
por esa condición una consideración diferente a la del resto; diferenciando
con nitidez esos derechos de los privilegios que consolidan la presencia
colonial. La situación colonial y sus efectos sociales y el contexto político
nacional obligan a reconocer que la vía de búsqueda de contactos y
colaboración con las individualidades y colectivos progresistas de la Colonia
dará durante mucho tiempo menguados resultados, al menos hasta que la
izquierda y el movimiento nacionalista andaluz no se conviertan en
factores políticos efectivos en la realidad andaluza. Hay que aceptar
pues, de forma realista, la perspectiva de que, si ya en el conjunto de
Andalucía es previsible que hasta el ultimo momento queden algunos andaluces
comprometidos con la situación que la mantiene dominada, no hay porqué
extrañarse de que una minoría mantenga similares posturas en la ciudad de
Gibraltar y saber, por tanto, que en relación con ambos habría que actuar en
consecuencia llegado el caso. Y es que, como dice el refrán: "no se pude
hacer una tortilla sin romper algún huevo".
Javier González
Pulido
Bibliografía y
Enlaces
Reproducimos a continuación una
lista comentada de bibliografía y enlaces para quienes tengan interés en
profundizar en la cuestión de Gibraltar, que se suman a los ya incluidos en el
ANDALUCIA LIBRE nē 118. Excluimos los enlaces
sobre las colonias españolas de Ceuta y Melilla por haber sido reproducidos ya
recientemente en ANDALUCÍA LIBRE.
Bibliografía
-
Ministerio español de Asuntos
Exteriores, Razones de
España sobre Gibraltar, Aguilar S.A.
Ediciones, Madrid, 1966
-
Francisco Núñez
Roldán, "Los ingleses en
el Peñón - El Tratado de
Utrecht", HISTORIA16, nē 187,
Noviembre 1991, pp. 38-45.
-
Rafael Sánchez
Mantero, "Difícil
convivencia en el siglo XIX",
HISTORIA16, nē 187, Noviembre 1991, pp.
53-60.
-
Florentino Portero,
"El contencioso gibraltareño, 1936-1991",
HISTORIA16, nē 187, Noviembre 1991,
pp.60-72.
-
Tito Benady,
"Los
gibraltareños", HISTORIA16,
nē 187, Noviembre 1991, pp. 73-86.
-
Luis López
Puerta, "Gibraltar por
Ceuta", HISTORIA16, nē 135, Julio
1987, pp. 24-36
-
Enrique Carabaza,
Máximo de Santos,
Melilla y
Ceuta. Las ultimas
colonias, Talasa Ediciones SL, Madrid, 1993, ISBN
84-85781-90-2
-
Robert Rézette,
Les enclaves
espagnoles au Maroc, Nouvelles
Editions Latines, Paris, 1976
Enlaces sobre
Gibraltar
-
Textos
Básicos sobre
Gibraltar, Sitio del Ministerio de AAEE español en el que se
recogen declaraciones del Gobierno español y la Unión Europea; el Tratado de
Utrecht; las Resoluciones de la ONU sobre Gibraltar; discursos y comunicados
oficiales del Estado español sobre Gibraltar, etc.
-
-
-
-
-
-
Gibraltar
español,
Sitio elaborado desde la perspectiva españolista
tradicional. Recoge, no obstante, algunos documentos de
interes.
-
Gibraltar, Puertas
Abiertas.
Sitio de Gonzalo Arias
que defiende una posición de comprensión con la posición oficial
llanita, a partir de relacionar el caso de Gibraltar con los de Ceuta y
Melilla.
-
-
Self-Determination
Gibraltar,
Sitio del Grupo por la Autodeterminación de Gibraltar;
asociación que resume bien el discurso y las opiniones mayoritarias de la
población colonial en la actualidad.
-
Panorama, Semanario de Gibraltar. En su sitio
existe un Foro de debate sobre Gibraltar: Discussion
Enlaces sobre
Malvinas.
-
Islas Malvinas
On-Line, Sitio argentino elaborado por Pablo
Ruiz Díaz con artículos, bibliografía, comentarios y enlaces sobre la
historia de las Islas, el contencioso y la guerra angloargentina de
1982.
-
-
Enlaces sobre Diego
Garcia.
-
-
Chagos, Sitio del Comité Suizo de Apoyo al Pueblo de
Chagos (Francés-Ingles),
-
Diego
García Files, Enlaces a diversos artículos y textos en francés
sobre la historia y el caso de Diego García.
- L'Express-Dossier
Chagos, Informe del periódico L'Express de Isla Mauricio, sobre el
caso de Diego García (francés)
-
-
Enlaces sobre
Guantánamo
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