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Asunto:[gap-argentina] Fw: Juan Pablo II, Opus Dei, CIA, USA
Fecha:Lunes, 11 de Abril, 2005  21:45:24 (-0300)
Autor:Monica Barbagallo <monicaba @..........ar>

 
----- Original Message -----
From: Pilar Nieto Gigirey
 

detrás de tanto circo mediático...
 

Luciani: el Papa que debía morir

La trama CIA-Opus Dei-mafia financiera en el Vaticano

Cómo llegó al poder de Roma el Papa Juan Pablo II. Cuál fue el papel de
Washington, la CIA, la ultraderecha clerical y la mafia
italo-norteamericana en su designación y en el asesinato del Pontífice que lo
precedió. Cómo se ligan los intereses estratégicos de EEUU con su papado, y
cuál fue el rol del Vaticano en la financiación del aparato paramilitar
que asesinó y torturó a militantes y a sacerdotes católicos rebeldes en
Latinoamérica. Cómo se inserta el Opus Dei en la estructura del poder
clerical de Roma, y cuál es el escenario de poder real que se movía
detrás del "Papa mediático" mitificado y endiosado por los gobiernos y las
multitudes.


      El ascenso al sillón de Pedro de Albino Luciani, en 1978, con sus
postulados "renovadores" representó un golpe inesperado para los
sectores más ultra-reaccionarios -vinculados con Washington, el Opus Dei, la
mafia y el lavado de dinero-  que recorrían los pasillos vaticanos
intrigando para imponer al conservador arzobispo genovés Giussepe Siri. 


      Juan Pablo I, un "revolucionario" de la Iglesia Católica, según
los "vaticanistas", fue el primer Papa con dos nombres, gesto que adoptó
para honrar la memoria de sus dos predecesores, Juan XXIII y Pablo VI. 


      La apertura de la Iglesia hacia su "izquierda renovadora" produjo
los pontificados de Juan XXIII y de Pablo VI, y amenazaba su
continuidad expansiva con el apostolado de Albino Luciani, que chocaba con los
intereses entronizados de la cúpula del poder mafioso encaramado en el
Vaticano, de los cuales se valía Washington para irradiar sus estrategias
de expansión en el seno de la Iglesia Católica.


      Contrariamente a lo que pronosticaban los conocedores de las
intrigas vaticanas, Luciani accedió a la jefatura de la Iglesia Católica en
1978, por encima del polaco Wojtyla al que, muchos, incluido el propio
Luciani, consideraban número puesto como futuro Papa impuesto por el
establishment del poder curial. 


      El secretario de Estado del Vaticano Jean Villot, un operador de
Washington y de la mafia financiera en la "Santa Sede", declaraba
públicamente antes del ascenso de Luciani:“he encontrado al futuro papa:
será el cardenal Wojtyla”. 


      En septiembre de 1978, Mino Pecorelli, un periodista que fue
miembro de la logia P2 escribió un artículo titulado El Gran Alojamiento
del Vaticano, dando los nombres de 121 presuntos Francmasones de la mafia
vaticana. 


      La lista, en gran parte, estaba integrada por cardenales,
obispos, y prelados de alto rango. Los nombres de Jean Villot, su Ministro de
Asuntos Exteriores, el cardenal Paul Marcinkus, jefe del Banco del
Vaticano, y Pasquale Macchi, su secretario personal estaban en la nómina.



      Gracias al trabajo realizado por Giovanni Bennelli, que había
sido hombre de confianza de Pablo VI, el 89% de los votos del cónclave
fueron a favor de Luciani (Juan Pablo I), cuyo perfil continuador de la
política de su antecesor provocó la desilusión y la indignación del lobby
de los cardenales más derechistas. 


      Por suerte para estos sectores, el "papa de la sonrisa" sólo duró
33 días en el pontificado, lo que dio lugar a versiones de un complot
contra su vida, algunos basados en simples rumores y otros sustentados
en las declaraciones públicas de personajes clave que desmintieron la
versión oficial sobre el súbito deceso de Luciani. 


      Sus ideas de "cambio" nunca llegaron a hacerse realidad ya que
murió el 28 de septiembre de 1978, apenas 33 días después de haber sido
electo, en lo que fue el segundo papado más breve de la historia desde
León XI, quien murió en abril de 1605, menos de un mes después de su
elección.


      La muerte de Luciani, se produjo en pleno desarrollo de la Guerra
Fría que libraban Washington y Moscú por áreas de influencia.
Principalmente en el contexto latinoamericano donde la teología de la liberación
-nacida al calor del reformismo eclesiástico- se había convertido en la
biblia de los llamados "curas rebeldes" del tercer Mundo. 


      En América Latina, las dictaduras militares "anticomunistas"
formadas en la Escuela de las Américas y en la "Doctrina de Seguridad
Nacional", desarrollaban su "guerra antisubversiva" comulgando en la
iglesias de la ultraderecha católica.


      La jerarquía católica conservadora latinoamericana, imbuida de la
"Doctrina de Seguridad Nacional" impulsada por Washington y el
Pentágono, acompañaba y santificaba las andanzas represivas de las dictaduras
militares nacidas por golpes de Estado impulsados desde el Departamento
de Estado norteamericano, tal como se demostró en los documentos
revelados recientemente.


      Toda esa política del Vaticano, fue avalada y consentida por el
sucesor de Albino Luciani, Juan Pablo II, quién se prestó al exterminio
militar del "comunismo ateo" en América Latina, de la misma manera que
se plegó a la "guerra anticomunista" que Washington y la  CIA habian
lanzado para desestabilizar a la burocracia soviética y establecer el
mercado capitalista en las repúblicas socialistas de Europa del Este.


      Años después, el  Papa polaco que sucedió a Luciani avaló con su
silencio los feroces bombardeos y la invasión a Yugoslavia, punta de
lanza de la conquista de los mercados de Europa del Este, lanzada por la
administración Clinton al principio de los 90.


      Con la llegada de Ronald Reagan al gobierno de EEUU, al principio
de los 80 (teniendo como vicepresidente al padre del actual presidente,
George Bush) se profundiza la relación de las mafias de las drogas y
las armas con la estrategia de Washington, en cuyo entramado la CIA
transplantó, con los Contras nicaragüenses, la metodología operativa del
Irangate en América Latina.

      Tras su muerte en 1978, la teoría del "envenenamiento" de Luciani
(el Papa Juan Pablo I) comenzó a circular off the récord  por los
pasillos del Vaticano convirtiéndose en la comidilla secreta y a media voz
de los grandes círculos del poder internacional.

      Los rumores siguieron acumulándose y casi se convirtieron en
evidencia al negarse Jean Villot, secretario de Estado del Vaticano, a
realizar la autopsia al cadáver del Papa Albino Luciani.

      "Debo reconocer con cierta tristeza que la versión oficial
entregada por el Vaticano despierta muchas dudas", señaló el cardenal
brasileño Aloisio Lorscheider a The Time, el 29 de septiembre de 1998.

      Diez años antes, el irlandés John Magree, que había sido
secretario privado de Luciani, negó que él hubiese encontrado el cadáver del
papa muerto, sino la hermana Vicenza.

      Según sostiene Cristóbal Guzmán en su libro Opus Dei, la
entronización del fanatismo,  la historia fue recogida por John Cornwell en A
thief in the night, donde sostiene que nadie en el Vaticano se preocupó
de la enfermedad de Luciani. Por su parte, el investigador británico
David Yallop va más lejos y es partidario de la versión del asesinato.

      Según sus biógrafos, desde el momento en que accedió al trono de
Pedro, Juan Pablo I hizo constantes y obsesivas "predicciones" -a sus
amigos y colaboradores más fieles- de que su papado sería corto.

      El obispo irlandés John Magree (señalado en un principio como el
descubridor del cadáver de Luciani), recuerda en el libro Un ladrón en
la noche: la muerte del Papa Juan Pablo I: “Estaba constantemente
hablando de la muerte, siempre recordándonos que su pontificado iba a durar
poco. Siempre diciendo que le iba a suceder el extranjero”. El
"extranjero" era el polaco Wojtyla.

      El propio Magree, secretario personal de Juan Pablo I, y amigo
del poderoso cardenal Paúl Marcinkus, cuenta que, poco antes de morir, el
papa le dijo: “Yo me marcharé y el que estaba sentado en la Capilla
Sixtina en frente de mí, ocupará mi lugar.

      Luego se dijo que fue el propio Wojtyla, ya convertido en Juan
Pablo II, quién confirmó a Magree que, en el momento de la elección papal
, él se encontraba casi de frente a Luciani.

      Los hermanos Gusso, camareros pontificios y hombres de la
confianza del Papa Luciani, fueron destituidos unos días antes de su
fallecimiento, a pesar de la oposición del secretario papal, Diego Lorenzo.

      Al parecer, también por esos días una persona logró introducirse
en los aposentos del Papa, dejando en evidencia la falta de seguridad
en el Vaticano. 
      Complementando estas extrañas señales, un médico vaticano
advirtió al Papa días antes de su muerte que “tenía el corazón destrozado”.

      Albino Luciani -dicen sus biógrafos- no tomó en cuenta este
diagnóstico y continuó desarrollando sus actividades en los que serían sus
últimos días de vida. 


    
La "Santa Mafia" y la CIA


      No bien asumió su apostolado el Papa Juan Pablo I (Albino
Luciani) , elegido en ese mismo año 1978, había decidido que la Iglesia no
debía entrometerse en asuntos políticos, despegando al Vaticano de la
trama del dinero sucio que ingresaba por vías de la política italiana,
principalmente de la democracia cristiana, que tradicionalmente se valió
del Vaticano para acceder al gobierno.


      Según denuncia el periodista alemán Jürgen Roth, desde 1983 
“Bettino Craxi, ex presidente italiano socialista, también fue corrompido
con millones de dólares de la P2. De acuerdo con los planes de la P2, en
sus cuatro años en el cargo aseguró mediante decretos del Gobierno,
entre otras cosas, el imperio mediático del miembro de la P2, Silvio
Berlusconi”, hoy en la riendas del gobierno italiano.


      William Colby, jefe de la CIA entre 1973 y 1976, declaró en sus
memorias que “la mayor operación política asumida por la CIA fue
prevenir el avance comunista en Italia en las elecciones de 1958, impidiendo
así que la OTAN fuese amenazada políticamente por una quinta columna
subversiva: el PCI”. 


      En 1972, ejerciendo como cardenal de la diócesis de Venecia,
Albino Luciani toma acabada conciencia de la corrupción mafiosa imperante
en el Vaticano, durante un encuentro con el poderoso monseñor Paúl
Marcinkus. 

      El jefe de la administración vaticana había vendido la Banca
Católica del Véneto al Banco Ambrosiano de Roberto Calvi sin consultar al
obispado de esa región, es decir, al obispado comandado por el propio
Luciani. 


      Cuando se convirtió en Papa, Luciani preguntó por qué la Iglesia
se desprendía de una banca que se dedicaba a ayudar a los más
necesitados con préstamos a bajo interés. 


      El entonces secretario de Estado, Giovanni Benelli, le contó de
la existencia de un acuerdo secreto entre Roberto Calvi, Michele Sindona
y Marcinkus para aprovechar el amplio margen de maniobra que tenía el
Vaticano para realizar evasión de impuestos, movimiento legal de
acciones, etc. 


      La reacción de Luciani, recogida en el libro “Con el corazón
puesto en Dios: intuiciones proféticas de Juan Pablo I”, es de una enorme
decepción: “¿Qué tiene todo esto que ver con la iglesia de los pobres?
En nombre de Dios...” preguntó Luciani. Benelli, le interrumpió con un
“no, Albino, en nombre del dividendo”. 


      Unos años antes, a principios de los setenta, Roberto Calvi,
había comenzado una exitosa ascensión en el mundo de las finanzas italianas
de la mano de su benefactor, Michele Sindona, miembro de la logia
masónica P2. 


      Según diversas investigaciones, fue Sindona quien introdujo a
Calvi en los círculos del poder vaticano, en asociación con monseñor
Marcinkus, uno de los más firmes aliados de la mafia italo-norteamericana en
el Vaticano.


      De acuerdo a las investigaciones realizadas por Yallop, Gurwin,
Sisti, Modolo, Di Fonzo, Piazzesi, Bonsanti, Doménech y Rupert Cornweil,
la mafia italo-norteamericana utilizó las instituciones financieras del
Vaticano para blanquear dinero sucio procedente del tráfico de drogas y
de armas, así como de otras actividades delictivas. 


      Las investigaciones del proceso mafia-P2, emprendido por la
Justicia italiana, demostraron que el estado Vaticano sirvió durante más de
una década como paraíso fiscal, siendo el IOR (Instituto para las Obras
de Religión, también llamado Banco Vaticano), aprovechado por la
masonería para enviar el dinero a cuentas en Sudamérica (sobre todo
Argentina) y Centroamérica.


      Según quedó demostrado en el sumario contra la logia P2,
instruido en Italia a principios de los años ochenta, la conexión Banco
Ambrosiano-Banco Vaticano fue la vía a través de la cual Licio Gelli, jefe de
la logia masónica P2 y agente de la CIA, ingresó al núcleo de personas
influyentes en la Santa Sede. 


      El sacerdote católico español Jesús López Sáez relata en su libro
“El día de la cuenta”, que  Pablo VI en relación al ingreso de Licio
Gelli decía: “el humo de Satanás entró en la Iglesia”. 


      Según afirma López Sáez en su libro, la alianza
Vaticano-EEUU-masonería-mafia siciliana-Cosanostra se había gestado al comienzo de la
Guerra Fría impulsada por la necesidad de enfrentar al enemigo común: el
comunismo soviético. 


      Documentándose en libros como “El fantasma del pasado”, de
Flamigni, Sáez afirma que la mafia siciliana fue una especie de gobierno
secreto estadounidense al finalizar la II Guerra Mundial, establecido para
impedir la extensión del comunismo. 


      Según López Sáez la estructura mafiosa del Vaticano estaría
controlada directamente por la CIA, a la que habría pertenecido Licio Gelli,
el “príncipe de las tinieblas”, en aquella época de la historia
italiana. 


      Según el periodista italiano Ennio Remondino, el ex colaborador
de la CIA, Richard Brenneke, afirmaba que "Gelli y la P2 habían
trabajado para la CIA recibiendo a cambio enormes sumas de dinero" que el
propio Brenneke sostenía haber entregado al jefe masón. 


      Según esa versión, ese dinero era utilizado para financiar
operaciones especiales de la CIA con el terrorismo en  los años setenta, cuyo
origen eran  el tráfico de drogas y de armas controlado por la agencia
norteamericana,  y cuyo objetivo se orientaba a  desestabilizar o a
derrocar a gobiernos "pro-comunistas" u hostiles a Washington,
principalmente en el patio trasero latinoamericano.


      Una gran parte de las operaciones del "Contra-Gate" (según se
dice, dirigida en las sombras por el entonces vicepresidente de Reagan
George Bush, padre del actual presidente) se realizó mediante las redes
financieras de la mafia ítalo-norteamericana infiltrada en el Vaticano.


      En el sumario abierto contra Roberto Calvi, se habla de que el
Banco Ambrosiano habría sido un trampolín al servicio de la CIA y la
mafia para distribuir cantidades siderales a las formaciones paramilitares
"anticomunistas" controladas por la CIA, con la complicidad de las
ventajas fiscales del Vaticano. 


      Esas fabulosas sumas de dinero fueron canalizadas a través de
paraísos fiscales como Panamá o Nassau, que después servirían para
financiar todo tipo de operaciones secretas (asesinatos de militantes y
dirigentes de izquierda, golpes de Estado, desestabilización de gobiernos,
etc), fundamentalmente en América Latina. 


      El ex dictador panameño Noriega, un agente de la CIA que
integraba la logia mafiosa, intentó sin suerte que el Vaticano intercediera
para su liberación tras ser derrocado de la presidencia de Panamá.


      Según sus biógrafos, cuando llegó a Roma el Papa Luciani, quien
soñaba con una reforma profunda de la Iglesia, venía dispuesto a cortar
de raíz las conexiones financieras, políticas y doctrinales de la mafia
italo-norteamericana en el Vaticano.

      En el libro de Camilo Bassoto “Mi corazón está todavía en
Venecia”, se transcriben las siguientes palabras del Papa Luciani: “sé muy
bien que no seré yo el que cambie las reglas codificadas desde hace
siglos, pero la Iglesia no debe tener poder ni poseer riquezas". 


      Cuando Juan Pablo I accede a la jefatura de la Iglesia católica
decide destituir a Paúl Marcinkus y renovar íntegramente el Banco
Vaticano. 


      Según relata Camilo Bassoto, periodista veneciano y amigo
personal de Juan Pablo I, Luciani “pensaba tomar abierta posición, incluso
delante de todos, frente a la masonería y la mafia, publicar cartas
pastorales sobre la mujer en la iglesia y la pobreza en el mundo”. 


      Luciani se disponía, en definitiva, a revisar toda la estructura
de la Curia contaminada por la mafia y los servicios de inteligencia
con terminal en Washington.  


      “Aquella que se llama sede de Pedro y que se dice también santa
no puede degradarse hasta el punto de mezclar sus actividades
financieras con las de los banqueros.... Hemos perdido el sentido de la pobreza
evangélica: hemos hecho nuestras las reglas del mundo”, fueron sus
palabras al llegar, según el periodista.

      Eso lo convirtió inmediatamente en "el hombre que debía morir".

Washington, el Opus Dei  y el Papa "anticomunista"


      Eliminado (por "muerte súbita") el Papa Luciani, y con la
promoción del polaco  Wojtyla al trono de Pedro se favoreció, "casualmente", 
la salida que buscaban el Opus Dei y otros movimientos integristas
vinculados a la mafia italo-norteamericana para seguir  expandiendo su
control sobre el cuerpo corrupto de la plana mayor del Vaticano.


      Cuatro años después, el Opus Dei y sus socios de la ultraderecha
clerical vieron disiparse el último nubarrón con la desaparición de
Giovanni Bennelli , el último opositor a la influencia creciente de la
organización de Escrivá con sus redes mafiosas extendidas hasta
Washington.


      Tras la muerte de Luciani, Juan Pablo II alcanza la jefatura del
Vaticano en el año 1978, en pleno desarrollo de la Guerra Fría por
áreas de influencia entre Washington y Moscú. 


      El perfil "anticomunista" de Wojtyla, su apostolado "anti-rojo"
en Polonia, calzaba a la medida de los intereses de Washington y de las
mafias financieras y de las drogas que hacían sus negocios con los
gobiernos ultraderechistas embarcados en la "guerra contra el comunismo",
tanto en América Latina como en el resto de los llamados países del
Tercer Mundo.


      Con la muerte de Luciani, el polaco Juan Pablo II, el "Papa del
Opus Dei",  ya tenía el paso libre para acometer su involución doctrinal
y perseguir los dos principales objetivos políticos trazados: impartir
la extremaunción a los regímenes de Europa del

      Este y bendecir a los militares golpistas y represores que
perseguían  a los Teólogos de la Liberación en América latina.


      En esa persecución feroz fueron asesinados, entre otros, 
monseñor Oscar Romero (1980) e Ignacio Ellacuría (1989), éste junto a otros
cinco jesuítas de la UCA y dos mujeres,quienes fueron masacrados por los
escuadrones de la muerte con complicidad del ejército salvadoreño. 


      Juan Pablo II, nunca escuchó a Monseñor Romero en sus súplicas
para que intercediera ante sus verdugos.


      Curiosamente, Juan Pablo II había despedido a Monseñor Romero,
unos meses antes de su muerte, después de una audiencia en torno a las
violaciones de los derechos humanos con un “no me traiga muchas hojas que
no tengo tiempo para leerlas... Y además, procure ir de acuerdo con el
gobierno”. 


      Como relata López Sáez en su libro, Monseñor Romero salió
llorando de la audiencia papal, mientras comentaba “el Papa no me ha
entendido, no puede entender, porque El Salvador no es Polonia”. 


      La conexión entre el Vaticano, EEUU y la mafia
italo-norteamericana con el Papa Juan Pablo II, fue favorecida por  a obsesión que
atenazó a Wojtyla desde mucho antes de su llegada al poder: acabar con el
comunismo "ateo", el sistema en el que había vivido y que todavía seguía
vigente en su patria polaca.


      La alianza del Vaticano con Washington -impulsada por los
lobbystas del Opus Dei y la Casa Blanca- ayudó a inclinar la victoria del
capitalismo sobre la URSS. Juan Pablo II fue el cruzado de la guerra contra
el "ateismo rojo" en los países bajo la órbita soviética y su prédica
contribuyó a legitimar "espiritualmente" la invasión capitalista a las
regiones comunistas de la ex URSS.


      Durante la gestión de Juan Pablo II  el Opus adquirió un enorme
poder en Roma. Su ascensión se vio coronada en 1992 por la beatificación
de Escrivá de Balaguer (el fundador del Opus Dei) por parte de Juan
Pablo II -amigo de larga data de la organización- apenas diecisiete años
después de su muerte y luego de un proceso expeditivo, donde sólo se
tuvieron en cuenta los testimonios positivos. 


      Sanjuana Martínez, en un artículo referido al libro Opus Dei, la
telaraña del Poder, señala que durante el papado de Juan Pablo II hay
un beneficiario: el Opus Dei. Su estatus de "diócesis supranacional"
institucionalizó su poder y radicalizó la guerra intestina en el Vaticano.


      Los ejemplos concretos -señala Martinez- son contados por el
grupo Los Discípulos de la Verdad en el libro A la Sombra del Papa Enfermo.
Los escándalos en el pontificado de Juan Pablo II y la lucha por la
sucesión, publicado por Ediciones B.


      En el capítulo titulado  Los pecados del Papa Wojtyla el libro
hace un recorrido por los escándalos de corrupción, los negocios ilegales
y los apoyos del Vaticano a los regímenes dictatoriales de, entre
otros, América del Sur.


      En el apartado titulado "El obispo 007" detalla las
responsabilidades de Juan Pablo II en el escándalo financiero del banco pontificio
IOR-Ambrosiano, dirigido por Monseñor Paul Marcinkus, confirmado en su
puesto por Wojtyla.


      "La quiebra del Banco Ambrosiano fue una colosal estafa que costó
a los acreedores y a los contribuyentes italianos 287 millones de
dólares y a los fieles de la Iglesia al menos 241 millones de dólares. La
estafa fue posible por la objetiva connivencia de la banca papal, y el
IOR sólo pudo ser cómplice gracias a la anuencia --implícita o
explícita-- de Juan Pablo II.


      El escándalo del IOR-Ambrosiano costó la vida a Roberto Calvi. Si
se trató de un suicidio, "monseñor Marcinkus estuvo entre quienes
empujaron a Calvi a su desatinado gesto". 


      En cualquier caso, "el pontífice polaco no pronunció una sola
palabra de cristiana congoja ni de humana piedad por la muerte violenta
del banquero católico-masón, que durante tantos años había negociado en
nombre y por cuenta de las finanzas vaticanas, señala Martínez en su
artículo.


      El misterioso poder del Opus Dei, sus tentáculos en las sombras,
es, según los expertos, el que impone la agenda dentro del sinuoso
mundo de los negocios y del control político sobre el Vaticano en la era de
Juan Pablo II.


      Su vinculación con la CIA y la mafia italo-norteamericana se
intensificó en la era de la administración Reagan-Bush, debido a sus
contactos con la curia ultraderechista latinoamericana, principalmente en
Chile, Argentina, Paraguay y Centroamérica.

      El cardenal Wojtyla era el candidato papal del Opus y en su
elección como Papa cumplió un papel determinante el cardenal König,
arzobispo de Viena y hombre cercano a la organización. 


      Siendo obispo de Cracovia, monseñor Karol Wojtyla ya viajaba a
Roma invitado por el Opus, que lo alojaba en la bella residencia del
viale Bruno-Bozzi N° 73, en un elegante suburbio de Roma. 


      Además de la categorización de la Obra y de la beatificación de
Escrivá de Balaguer -dos decisiones que levantaron una ola de críticas
en todo el mundo- el Papa Juan Pablo II se rodeó de miembros del Opus,
señalados como vinculados a los distintos vasos comunicantes de esta
organización con Washington y las  redes de la mafia italo-norteamericana.


      Según diversas investigaciones reflejadas en el libro del
sacerdote católico López Sáez, con Juan Pablo II en el poder del Vaticano, se
desviarían fondos ilegalmente del IOR, vía Banca Ambrosiana, a la
financiación del sindicato polaco Solidaridad con 500 millones de dólares
entregados a Lech Wallesa, el equivalente político de Wojtyla en Polonia.


      El general Vernon Walters, antes de morir, y refiriéndose a
Ronald Regan, dijo que “fue quizá él quien ayudó al Espíritu Santo en la
elección de Wojtyla, y puede que colaborase en la muerte del Papa
Luciani”.


      Por su parte, Richard Allen, que fue consejero de seguridad del
presidente Reagan, afirmó que “la relación de Reagan con el Vaticano fue
una de las más grandes alianzas secretas de todos los tiempos”. 


      En realidad, y como queda expuesto en el  libro del sacerdote
López Sáez, el ascenso de Wojtila al trono de Pedro había sido decidido a
lo largo de la década de los setenta, en la Casa Blanca y en los
círculos del poder económico de EEUU. 


      López Saez señala que con la ayuda de una profesora universitaria
bien "conectada", Wojtyla fue introducido en los círculos próximos al
poder de Washington a través del cardenal de Filadelfia, Krol, y del
renombrado político Zbigniew Brzezinski (ambos, de ascendencia polaca). 


      Otras fuentes en el Vaticano señalan que la otra pata decisiva 
en la conexión de Juan Pablo II con Washington fue conformada por la
relación de su secretario privado, el arzobispo polaco Stanislaw Dziwisz
(señalado como el jefe del "grupo polaco" que controlaba a Wojtyla) con
el establishment de poder norteamericano "trilateralista" que giraba
alrededor de Brzezinski durante la administración Carter a fines de los
70.


      Brzezinski, un personaje de los "tanques de pensamiento" (Think
Tank) norteamericanos, ligado intelectualmente al republicano Henry
Kissinger, fue consejero de seguridad del presidente Carter y se comunicaba
epistolarmente con Wojtyla en forma regular, cuando éste ya era el Papa
Juan Pablo II.


      Gran admirador de Henry Kissinger, Zbigniew Brzezinski
preconizaba una teoría para debilitar y acorralar militarmente a la Unión
Soviética (tesis que siguió desarrollando tras la caída de la URSS) que
sostenía que la mejor manera era la desestabilización de sus regiones
fronterizas y la penetración ideológica, principalmente a través de la fe
católica postergada desde la instalación del comunismo en las repúblicas
soviéticas.


      En ese tablero estratégico encajaba perfectamente el ascenso del
"anticomunista" Wojtyla a la jefatura del Vaticano que Brzezinski y el
republicano Kissinger, en alianza con el Opus Dei y los sectores
conservadores de la Iglesia Católica,  operaron en Washington y en los
cenáculos del establishment de poder norteamericano. 


      La figura de Juan Pablo II, por decirlo de alguna manera,
"cerraba" los dos propósitos fundamentales de Washington: abrir el camino a la
expansión de sus trasnacionales en Europa del Este de la mano de la
prédica "anticomunista" de Wojtyla, y apuntalar con el Vaticano a la
Doctrina de Seguridad Nacional, sustento motriz de las dictaduras militares
latinoamericanas que combatían al peligro "subversivo rojo" en la
región.

      Con la llegada de Reagan al poder, la conexión entre el Vaticano
y la Casa Blanca se haría todavía más estrecha, cuando  el ex actor
designó entre  sus representantes de política exterior a católicos
militantes del Opus Dei, en una estrategia para aproximarse a la al estado
mayor que controlaba la política del Vaticano. 

    

El Opus tras la sucesión de Juan Pablo II


      Años más tarde de la ascensión del polaco Wojtyla al poder,  un
miembro del Opus Dei, el español Joaquín Navarro Valls, la cara
mediática y el hacedor de la estrategia comunicativa de Juan Pablo II, se
convirtió en uno de los nexos principales de la administración de George W.
Bush (el hijo del ex presidente, y vice de Reagan, George Bush) con el
Papa recientemente fallecido.


      Asimismo, Navarro Valls fue clave para que el Vaticano y la curia
española mayoritariamente "opudeísta" acogieran como suya, la alianza
del ex presidente de España, José María Aznar, con el gobierno de
Washington.


      En diciembre de 1984, Juan Pablo II nombró como nuevo director de
la Oficina de Prensa de la Santa Sede -y como único portavoz papal -al 
periodista español  Joaquín Navarro-Valls, miembro numerario del Opus
Dei.


      Esta designación-señalan los expertos vaticanistas- provocó
fuertes resistencias en el interior de la estructura del poder curial,
debido a que  la influencia del  Opus Dei sobre Papa Wojtyla se había
convertido en vox populi de los pasillos del Vaticano.

      El poder  e las facciones masónico-mafiosas se veía desbordado
por la estrategia del Opus, mediante la cual el "Papa mediático" se
dirigía al mundo a través de un portavoz del Opus Dei.


      "En efecto, la Oficina de Prensa de la Santa Sede se transformó
enseguida por obra de Navarro- Valls en un gabinete de dirección
mediática.


      Navarro-Valls se se convirtió así en el "hombre de confianza" del
Papa, manteniendo una situación de contacto permanente solo igualada
por el histórico secretario privado de Wojtyla, el llamado "jefe del
grupo polaco", monseñor Dziwisz.


      En los círculos del poder curial se señalaba que el responsable
del nombramiento de Navarro-Valls como vocero del Papa había sido
monseñor Martínez Somalo, operador político del Opus Dei, contando con la
anuencia del secretario Dziwisz. 


      Según los expertos, la Oficina de Prensa, en manos del Opus Dei,
se separó de la entonces Pontificia Comisión para las Comunicaciones
Sociales y se convirtió en un departamento autónomo de la Secretaría de
Estado, bajo las directas órdenes de Juan Pablo II.


      Joaquín Navarro-Valls reestructuró  las estructuras de la Oficina
de Prensa, que transformó en un instrumento opusiano dedicado a la
proyección de Juan Pablo II y a la  mistificación de las "verdades
oficiales" de su apostolado mediático.


      El vocero papal del Opus Dei se convirtió en el estratega
mediático de Juan Pablo II en el Vaticano, y sobre todo de sus giras por el
mundo, cubiertas  por el aparato de las grandes cadenas internacionales y
con millones de dólares provenientes de los fondos  de la Iglesia
católica.


      En un artículo el "vaticanólogo" Giancarlo Zizola afirma que:
"Con el favor del Papa Wojtyla, en los últimos tiempos el Opus Dei se ha
enriquecido con nuevos campamentos base a partir de los cuales proseguir
su escalada hacia más sólidas posiciones de poder".


      Expertos del Vaticano, señalan que la presencia del actual
Presidente Bush, y los ex presidentes Clinton y Bush padre, en el velatorio
de Juan Pablo II, fue una operación urdida por el Opus Dei, contando con
Joaquín Navarro Valls como organizador y ejecutor principal.


      El objetivo no sería otro que el de avalar -con la presencia del
establishment político de Washington- las operaciones secretas que
están realizando los miembros del llamado "cuadrilátero vaticano"  para
imponer un Papa controlado por el Opus Dei en el cónclave de cardenales a
realizarse dentro de dos semanas.


      El Opus se valió de ese lobby curial, la troyka del
"cuadrilátero" (también integrado por monseñor Dziwisz y el "grupo de los polacos"
que se convirtieron en custodios del Testamento del Pontífice fallecido) 
para controlar la mayoría de la decisiones políticas del Papa Juan
Pablo II desde que fuera instalado al frente de la Iglesia Católica en
1978.


      Sus operadores más representativos en el cónclave de elección
papal son los cardenales Sodano, Herranz, y Ratzinger, quienes se
encargarán de que en el Vaticano siga reinando un Papa (de la ideología que
sea) potable a las decisiones de la conexión Washington-Opus Dei-mafia
financiera italo-norteamericana, quien pretende seguir controlando los
destinos de la "Santa Sede".