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Asunto:[gap-argentina] HERMETISMO CRISTIANO
Fecha:Domingo, 10 de Abril, 2005  21:02:18 (-0300)
Autor:Monica Barbagallo <monicaba @..........ar>

 
----- Original Message -----
From: Antonio Jesús®+
 

Querida Hermana,.
Saludos de Paz,
 
   Te envio este material , por considerarlo de interés
 
  Recibido de Laura Su
 
   Antonio Gaspar

HERMETISMO CRISTIANO SEGÚN LOUIS CATTIAUX 
                              
 
1. La Piedra filosofal
Para profundizar sobre el contenido hermético del cristianismo, proponemos en este artículo el
estudio del libro XXV del Mensaje Reencontrado de Louis Cattiaux, dedicado a este tema. La
perspectiva en la que se sitúa el autor, nos aparta del dédalo de palabras y conceptos que
confunden los espíritus, sin aportar nada respecto a la actualización del misterio. En una de sus cartas, Louis Cattiaux plantea las ideas básicas que después analizaremos detenidamente, escribe:
Los cristianos predican la muerte de Cristo, pero ninguno es realmente consciente del misterio de la resurrección. La Iglesia acepta la muerte mística de los santos, pero rechaza la resurrección hermética del sabio adepto, oponiéndolas, sin darse cuenta de que uno precede y engendra al otro y que el Cristo muerto en la cruz es el mismo que resucita gloriosamente. El místico engendra al adepto, al igual que la oruga, al morir, se convierte en crisálida y seguidamente en mariposa.
Desgraciadamente, Cristo es casi el único salido de la crisálida de la muerte; lo que no es razón para negar o rechazar esto al considerarlo posible solamente en el juicio final, como hacen muchos religiosos y predicadores mal instruidos. El Libro XXV está dedicado a poner todo esto en claro, y es muy importante, pues estamos llegando al alba del tercer día cósmico, en el que la resurrección empezará a manifestarse en el mundo.
El libro XXV lleva por título LA PIEDRA, aludiendo claramente a sentido fundamental de la
ciencia hermética, pues, tal como explica Pernety "el gran arte, la gran obra, la obra de la Piedra filosofal, el magisterio de los sabios, son todas expresiones sinónimas de la ciencia hermética", así pues, el hermetismo enseña, utilizando el lenguaje alquímico, el misterio según el cual la culminación de la búsqueda de Dios y de su obra se denomina Piedra filosofal.
Las consideraciones que durante el Renacimiento llevaron a designar la figura de Hermes
Trismegisto como el creador de la ciencia hermética, han suscitado todo tipo de especulaciones y discusiones, en las cuales de ningún modo quisiéramos participar, puesto que lo importante es justamente lo que se esconde detrás de esta "leyenda": Hermes es el dios de la palabra, de la iniciación y revela a los hombres las operaciones secretas que los convertirán en inmortales, tales son sus funciones en la mitología clásica, y, además, ejerce de "psicopompo", es decir, conduce durante la noche las almas de los muertos a través del Hades, para que con su ayuda lo puedan atravesar y así alcanzar los campos Elíseos. La ciencia hermética conduce al hombre a su salvación y a la unión con los dioses o Elohims. Desde esta perspectiva, no hay duda, el hermetismo es trascendente y no simplemente cosmológico.
La obra hermética parte de la idea de que nada ha sido creado definitivamente, en su estado final.
Todo se ha creado a partir de la prima materia y por medio del fuego filosófico del arte de la
Alquimia se transforma en su materia final. Así, Alquimia significa: llevar a su fin algo que no está acabado.
Uno de los más grandes cabalistas cristianos del Renacimiento, Blaise de Vigénere, en su Tratado del fuego y de la sal, explica que los hermetistas, utilizando el lenguaje alquímico, enseñan el misterio del nuevo nacimiento o resurrección y no solamente la manera de fabricar oro o crisopeya; he aquí sus palabras:
Cosa admirable es que estos Filósofos químicos, bajo el velo y la cobertura de este arte, tratando de las cosas materiales como los metales y lo que de ellos depende, con sus transmutaciones por el fuego, hayan comprendido los más altos secretos de los inteligibles, e incluso de la resurrección, a lo cual parece esto referirse, en la cual los cuerpos serán glorificados.
Como hemos apuntado, es por medio del fuego central que se realizan las operaciones que
conducen a un cuerpo nuevo e imperecedero. Se trata de un fuego que purga y que fija, que separa lo puro de lo impuro y gracias a esta separación se puede manifestar el cuerpo sin mácula. La diferenciación entre el cuerpo animal y el cuerpo glorioso es fundamental, y se ha de subrayar para que no se confundan, e igualmente, para recoger el testigo de la tradición universal que insiste en que la deificación no es solamente un estado espiritual, sino que también es una manifestación corporal. Escribe al respecto Emmanuel d'Hooghvorst: "El espíritu sin cuerpo no puede adquirir el saber sensible de Hermes".
Paracelso escribió un interesante tratado sobre estos dos cuerpos titulado La Filosofía sutil; en el segundo capítulo de dicha obra explica "cómo se debe entender que el hombre está compuesto de un cuerpo mortal y de un cuerpo inmortal", y de él recogemos los siguientes fragmentos:
La carne mortal debe ser abandonada, ya que sólo la carne vivificante, la que resucitará, entrará en el reino de los cielos; tenemos mucho que decir sobre esta nueva criatura o creación. Si debemos conocer completamente lo que somos, también debemos explicar la nueva generación, a fin de que sea completa y seriamente explorada la cuestión, a saber: quién es el hombre en todas las cosas, de qué proviene y qué es. Todo esto será claramente expuesto a fin de que se comprenda bien quién es el hombre, lo que es y lo que puede llegar a ser. [...] La carne de Adán no sirve para nada. Es así desde el principio: el nuevo alumbramiento nace de la Virgen y no de la mujer. [...] El hombre debe ser, pues, carne y sangre para la eternidad. Por ello la carne es doble: la adámica, que no sirve para nada, y el Espíritu Santo, que hace la carne viva: éste se encarna de arriba y dicha encarnación es causa de su retorno al cielo a través nuestro. [...] El hombre debe renacer una segunda vez de la Virgen, por el agua y el espíritu, y no de la mujer. El espíritu, en efecto, vivifica esta carne en la que no hay muerte, ni siquiera posibilidad de muerte. En cuanto a esta carne en la que está la muerte, no es de ninguna utilidad y no confiere nada al hombre para la salvación eterna. Por esta razón, el hombre renace y recibe otra carne del espíritu que es eterno, y esta carne circulará en el reino de Dios, como lo hace sobre la tierra la carne mortal; la virtud de
esta carne también lo hará distinto y más excelente de lo que fue la descendencia de Adán.
Los hermetistas han identificado inequívocamente, aunque no siempre de un modo explícito, a
Jesucristo con la Piedra filosofal, es decir, el final definitivo y perfecto de la Creación. Leemos al respecto en el Acuario de los sabios:
Ya desde el comienzo del mundo los ancestros, los santos patriarcas y, después de ellos, todos los hombres iluminados por Dios, esperaron con toda la fuerza de su deseo esta piedra probada, bendita y celeste: JESUCRISTO; sus más ardientes plegarias iban dirigidas a que Dios se dignara comunicarles, también a ellos, a Cristo, bajo su forma corporal y visible. [...] Esta piedra celeste y bendita ha sido dada por Dios a todo el género humano, tanto a ricos como a pobres, gratuitamente, sin ningún mérito por parte de nadie. Aunque pocos hombres, desde el comienzo hasta nuestros días, hayan podido descubrirla y comprenderla en este mundo, no obstante, subsiste en todos los tiempos, siempre oculta, como pesada piedra de tropiezo y de escándalo para la mayoría de los humanos.
A partir de identificación de Cristo con la Piedra filosofal, podemos hablar del sentido hermético del cristianismo y, a su vez, de la necesaria relación existente entre el hermetismo y el esoterismo, pues si bien el hermetismo no constituye una doctrina tradicional completa, sin duda fundamenta todas las doctrinas. Antoine Faivre explica que el hermetismo propone que "más allá de las formas religiosas exteriores, la divinidad está en el hombre", y que ésta se manifiesta con la muerte del hombre viejo y el nacimiento del hombre nuevo. En muchas tradiciones, sobre todo la hebrea y la islámica, se ha tenido sumo cuidado en no confundir el hombre viejo con el hombre nuevo, pues si así acontece, se cae inevitablemente en la peor de las idolatrías, y para evitar tal equivocación nunca hablan abiertamente de la divinización del hombre, aunque indiscutiblemente este sea el fundamento del esoterismo y el sentido de por qué este secreto se guardaba en estricto silencio.
El apóstol Pablo predicaba durante sus viajes en las sinagogas que iba encontrando, para anunciar a los judíos que según sus propias Escrituras, "el Ungido debía padecer y resucitar de entre los muertos" y que éste era el Cristo Jesús que él anunciaba. Según Pablo en los textos del Antiguo Testamento ya se enseñaba el misterio de la muerte y la resurrección, como el sentido más profundo de la revelación mosaica. En el sagrado Corán el enviado de Dios dice a María: "Yo soy sólo el enviado de tu Señor para regalarte un niño puro".
El cristianismo nació como una escuela esotérica dentro de la tradición hebrea, pero en la
actualidad, sólo se han conservado los ritos y las manifestaciones exteriores del misterio central que identificaba a Cristo con la Piedra filosofal, de manera que fácilmente se puede caer en la idolatría. Por esto, para comprender el sentido hermético del cristianismo se debe, en primer lugar, intentar comprender su origen. Sobre él se ha escrito mucho, aunque al final las explicaciones racionalistas parecen apoderarse de todas las justificaciones. Ante ello, la opinión de René Guénon nos importa especialmente, pues lo contempla estrictamente desde la perspectiva tradicional. En un célebre fragmento comenta:
Lejos de ser la religión o la tradición exotérica que conocemos actualmente bajo este término, en sus orígenes el Cristianismo tenía, tanto en sus ritos como en su doctrina, un carácter
fundamentalmente esotérico y por consiguiente, iniciático. Encontramos confirmación de ello en que la tradición islámica considera al Cristianismo primitivo propiamente como una tariqah, es
decir, una vía iniciática y no como una shariyah o legislación de orden social dirigida a todos; lo cual es tan cierto que posteriormente se tuvo que suplir esta falta con la constitución de un
derecho "canónico" que en realidad no fue más que una adaptación del antiguo derecho romano, o sea, algo que vino enteramente del exterior y no un desarrollo de lo que estaba contenido en el Cristianismo en sí.
Y en otro lugar, aunque siguiendo la misma línea de pensamiento, escribe en relación a la
actualidad del misterio cristiano:
No parece dudoso que el Cristianismo original tenía sobre todo los caracteres de un esoterismo, no es menos cierto que los perdió muy pronto, sean cuales hayan sido las razones, y que los ha llegado a perder de una forma tan completa que el Catolicismo, especialmente, en su estado actual, es el exoterismo más rígido y el más exclusivo que se pueda concebir, hasta tal punto que sus representantes niegan expresamente la existencia de todo esoterismo, de lo cual quizás no hay ejemplo en ninguna otra tradición (los mismos judíos no niegan la Cábala incluso cuando reconocen no comprender nada o no querer ocuparse de ella). Por supuesto que ello no impide que exista el sentido profundo y esotérico, pero está completamente fuera del dominio de la religión cristiana como tal.
Ante la última afirmación de Guénon cabe preguntarnos, cuál es el sentido profundo y esotérico que todavía existe, tan explícitamente negado por el exoterismo "rígido y exclusivo". Creemos que es en el propio ritual de la misa de los fieles donde se puede encontrar el vínculo con la Gran Obra alquímica y, según nuestro planteamiento, el "sentido profundo", pues justamente aquí se encuentra el sentido esotérico del cristianismo, reservado en la Antigüedad solamente a los iniciados.
Emmanuel d'Hooghvorst escribe lo siguiente sobre la relación el misterio de la Gran Obra y la misa La misa tradicional católica era como un recuerdo de la Gran Obra. Después del bello canto del Prefacio: Dignum et justum est, aequum et salutare..., cantado por el sacerdote sólo y que introducía el misterio del Señor, la muchedumbre contestaba a coro cantando: Sanctus, sanctus, sanctus Dominis Deus Sabaoth, 'Santo, santo, santo es el Señor Dios Sabaoth'. Quien es Cristo.
Este triple sanctus estaba puntuado con tres golpes de campanilla agitada por el monaguillo, para recordar el sonido metálico corporal de la manifestación del Verbo divino, y en el campanario, la campana de bronce empezaba también a sonar. Asimismo, en el momento de la consagración del pan y el vino, cuando el sacerdote elevaba la forma, y luego el cáliz, la campanilla del monaguillo sonaba igual que la campana de la iglesia.
Muchos buscadores han intentado encontrar alguna escuela que, de modo secreto dentro de la Iglesia, haya mantenido vivo el conocimiento de su tesoro, pero sólo se ha entrevisto algún que otro vestigio, como las sociedades que conoció Charbonneau-Lassay: la Fraternité des Chevaliers du Divin Paraclet y L'Estoile Internelle que dentro de la Iglesia católica han mantenido el carácter secreto e iniciático desde el siglo XV.

2. El reencuentro con el misterio
Para reencontrar el tesoro que la Iglesia ha transmitido, parece inevitable que primero se profundice en su contenido, intentando apartarse de las trampas de todo tipo que nos tiende la historia, pues, el misterio de la encarnación la muerte y la resurrección crística, es intemporal y desde esta perspectiva es necesario contemplarlo. La lectura atenta del libro XXV del Mensaje Reencontrado, nos puede ayudar.
Estamos hablando de una obra muy especial. Está escrita en forma de aforismos o versículos
dispuestos en dos columnas; se acostumbra a leer primero el versículo de la columna de la
izquierda, que representa la tierra, y después el de la derecha, que representa el cielo.
Aparentemente la sucesión de versículos no tiene ninguna relación entre sí, sin embargo, una
cábala secreta los teje. En ningún momento las relaciones son deductivas, se trata de
afirmaciones o preguntas intencionadas que impiden cualquier intento de situarlas en coordenadas históricas concretas, pues sólo tiene valor la experiencia que llena de sentido las palabras.
El libro XXV, como los otros treinta y nueve que forman el conjunto, va precedido por dos epígrafes.
El primero es una cita del Corán, que dice: "El libro que has recibido del cielo aumentará la
ceguera de muchos de ellos, pero no te alarmes por la suerte de los infieles" y el segundo de los Evangelios: "Yo he venido a este mundo para un juicio, a fin de que los que no ven vean y los que ven se vuelvan ciegos". Las palabras coránicas recibidas del cielo, así como las pronunciadas por Jesús son dos maneras de expresar el origen revelado de las auténticas religiones, aunque las circunstancias históricas y la idiosincrasia de los enviados sea distinta. La revelación siempre es la misma, en ella está la salvación, fuera de ella sólo puede encontrase la muerte.
El Mensaje Reencontrado enseña el misterio hermético que como todos los misterios iniciáticos, se basa principalmente en los siguientes puntos, resumidos por Carlos del Tilo:
1. La naturaleza divina, la Divinidad, es un ser incognoscible, innominada.
2. El mundo está gobernado por unas potencias que rigen al hombre.
3. Éste lleva encerrado en sí mismo una simiente divina, una partícula de lo divino, de lo superior.
4. Esta partícula debe ser liberada para que el hombre vuelva a su morada celeste. Hay que morir para renacer.
5. Por sí mismo el hombre no puede lograr esta finalidad; necesita un redentor, un salvador, que haya realizado esta resurrección reanudando la cadena de la Tradición Primordial. Tal figura está representado por el hierofante o iniciador que transmite al neófito el secreto de su liberación. Es el bautismo del renacimiento.
Las palabras del Mensaje Reencontrado recuerdan al hombre actual que, por si mismo, no puede ser salvado, necesita de la ayuda del cielo. En las primeras vísperas del domingo de Pentecostés los monjes cantan el famoso himno Veni, Creator Spiritus, que empieza diciendo: "Ven, Espíritu creador, visita las alma de los tuyos, llena de la gracia celeste los pechos que tu creaste. Tú eres llamado Paráclito, don del Dios altísimo..."
En El Mensaje Reencontrado no son motivo de atención la moral, la poesía, los ritos o la historia, ni, sobre todo, las realizaciones intelectuales, por ello está escrito en el versículo segundo: "Todas las realizaciones intelectuales son ilusorias, porque no expulsan la agonía de la muerte que nos estrecha aquí abajo". "Sólo la encarnación palpable del Señor de vida puede liberarnos de todo mal y de toda muerte". La revelación divina sirve para conducir a los hombres hacia su salvación y su regeneración, como se advierte en otro aforismo: "Las religiones establecidas por los hombres nos proponen la desencarnación en la eternidad del limbo. La religión revelada de Dios nos propone la encarnación en la eternidad de la vida manifestada".
Las religiones reveladas nos proponen la presencia real de Dios entre los hombres, y sólo la
experiencia de esta presencia constituye la gnosis hermética, y la posibilidad de salvación, de
nada sirven las organizaciones ni los esfuerzos del hombre. En el versículos 4 leemos lo siguiente:
"¡Oh, los bellos discursos! ¡Oh, los sutiles pensamientos! ¡Oh, el sabio edificio! ¡Oh, la vacuidad del espíritu! ¡Oh, la sabiduría del vacío! ¡Oh, la trascendencia de la nada!" y enfrente: "El sol y la luna nos iluminan, la lluvia y el rocío nos riegan, pero nadie comprende la prodigiosa doctrina de Dios que basta para todo".
En la iconografía tradicional encontramos una enseñanza directamente relacionada con el
significado de estos dos versículos. Según la tradición procedente de Egipto, la manera de
representar doctrina era mediante la imagen del rocío venido del cielo y el sol iluminando.
Cesare Ripa la describe de la siguiente manera:
Mujer de edad madura vestida con ropas de color morado, que está sentada con los brazos
abiertos, como si quisiera abrazar a alguien. Ha de sostener un cetro con la diestra, en cuyo
remate se ha de ver un sol, teniendo un libro abierto en el regazo. Y se ha de ver además cómo cae del Cielo sereno gran cantidad de rocío [...]. El cetro, sobre el que aparece un sol, es signo del dominio que tiene la doctrina sobre los horrores de la noche y la ignorancia. El que esté cayendo del Cielo gran cantidad de rocío simboliza a la misma doctrina.
El libro abierto en el regazo es el símbolo de la enseñanza de los sabios, la puerta de la sabiduría, la corporificación de la doctrina sutil que viene del cielo en forma de rocío, es el Espíritu creador.
Según Emmanuel d'Hooghvorst de este "dulce rocío nocturno, santamente recogido, crece la
gnosis de los filósofos y de los poetas instructores de los pueblos". El rocío nocturno revela y
despierta al oro terrestre que, al igual que el libro de la imagen propuesta por Ripa, contiene la
doctrina. Para los filósofos alquímicos el rocío es la verdadera primera materia, pues transporta el fuego del Alma del Mundo, que fecunda a la Virgen, hace madurar la Piedra en su seno y después la alimenta. Daniel Stolcius comenta que el alquimista Melchor Cibinensis, "aunque fue sacerdote, prodigó el oro, ha escrito la Piedra bajo la forma de una misa. Que cada cual juzgue por sí mismo si ha hecho bien. Esta Piedra de leche pura debe ser sustentada como un frágil bebé, en primer lugar amamantado".
En el versículo 17' del libro XXV que estamos estudiando, El Mensaje Reencontrado insiste sobre el sentido de la "doctrina que viene del cielo" en contraposición a las filosofías humanas; dice así:
"Las filosofías de hombre no son más que arreglos con el mundo donde agonizamos; son
incapaces de devolvernos la vida pura del comienzo. Más vale ignorarlo todo que obstaculizar con pretenciosas explicaciones la doctrina del cielo que nos resucita milagrosamente". Frente a este versículo está escrito: "Los clérigos han oscurecido la revelación prodigiosa del Único Esplendor de vida, pero la han conservado intacta, mientras que los ignorantes que han salido de ella han amputado y desfigurado la revelación profunda del secreto de la encarnación salvadora.
"Corresponde a los creyentes ahondar en el tesoro guardado, en vez de acostarse encima"".
El tesoro conservado por la Iglesia está en los textos, los símbolos y los ritos que rememoran el misterio de su fundador, el ungido de Dios, por ello en el versículo 47 se lee: "La iglesia del Señor de vida nos es querida y preciosa como la piedra sobre la cual está fundada, y rogamos a Dios para que sus representantes vuelvan a la simplicidad de aquel que la ha establecido". Volver pues, a realizar la Gran Obra, tal es la opción para actualizar las enseñanzas de la Piedra fundadora, tal como está expresado en el versículo de la derecha: "Esto debe abrir los ojos a muchos de los que se aferran vanamente a las ruinas muertas y no ven el corazón vivo de su fundación". Por ello, dentro o fuera de la Iglesia, lo que realmente importa es poder estar en contacto con algún sabio hermético que haya experimentado el secreto de Dios, es decir, la
muerte y resurrección crística.
Veamos a continuación los aforismos que siguen al versículo 17, que hemos citado anteriormente, pues aunque a primera vista parece que nada tengan que ver con el tesoro guardado por la Iglesia, una lectura más atenta nos mostrará claramente su relación. Los citamos en dos columnas, según la disposición original:
 
18. El santo se desencarna de la muerte del mundo. El sabio se reencarna en la
vida de Dios. 
                                        18'. ¿Quién es el ignorante que los opone?
                                        ¿Quién es el conocedor que los une? 
19. Muchos espíritus débiles se paran en la muerte del Señor y no conciben clara­mente su resurrección gloriosa. Son sinceros, pero también son siniestros en extremo. 
                                        19'. Debemos seguir al Señor más allá de la muerte sobre la cruz del
                                         mundo, hasta la resurrección gloriosa y hasta la coronación celeste.
                                        ¿Está claro? 
 20. La humildad precede. 
                                        20'. El triunfo sigue. 
  21. La santidad prepara. 
                                        21'. La sabiduría realiza. 
  22. Las tinieblas incuban. 
                                        22'. La luz brota. 
  23. La muerte separa. 
                                        23'. La resurrección reúne. 
  24. El exilio nos instruye. 
                                        24'. El retorno nos fija. 
  25. Nadie puede ir a Dios sin renunciar voluntariamente a la parte del mundo mezclado que ha recibido en reparto. 
                                        25'. El que no muere al mundo no puede resucitar en Dios, es la ley
                                        que zanja pero que no reparte. 
  26. El misterio de Cristo es el misterio de Dios hecho hombre y el misterio del hombre rehecho Dios. 
                                        26'. El que pretende llegar al secreto de la resurrección divina sin
                                        pasar por la muerte del mundo mixto se precipita hacia el crimen y el
                                        desastre irrepara­ble. 
  27. La vida del sabio sale de la muerte del santo como la vida de la mariposa sale de la muerte de la oruga, que se vuelve crisálida y, después, milagro de resurrección. 
                                        27'. Igualmente, nuestras vidas volverán a salir del caos de la
                                        disolución tene­brosa, donde se renueva el divino miste­rio de la
                                        creación de Dios. ¡Que los que saben reflexionar examinen este
                                       espejo oscuro! 
 
Morir al mundo es, como acabamos de leer, una condición imprescindible para alcanzar la
resurrección y con ella la sabiduría hermética, pero nunca, como parece enseñar la Iglesia actual, una finalidad en sí misma. Los versículos del Mensaje Reencontrado que acabamos de citar dejan muy claro que son dos operaciones que se necesitan. A ello se refieren las dos manipulaciones básicas de la alquimia, la primera es la disolución, en la que el oro divino enterrado en la materia vil se desprende de su ganga, la segunda es la coagulación, en la que el mismo oro se fija en su pureza convirtiéndose en cuerpo de resurrección. Emmanuel d'Hooghvorst comenta al respecto: "El Arte Hermético tiene por objeto la metamorfosis completa del ser entero, alma, espíritu y cuerpo en una indisoluble fusión que hace el milagro de una sola cosa, la Piedra de los sabios. Provisto desde aquí abajo del cuerpo glorioso de la Resurrección, el adepto que ha acabado la Gran Obra puede salir de este mundo cuando le place sin pasar por ninguna muerte, o si muere, resucita al tercer día".
René Guénon consideraba que en la Iglesia actual "es posible que se llegue, en el caso más
favorable, a obtener ciertos estados "místicos", o algo comparable a éstos, pero no, ciertamente, a la restauración del "estado primordial". Este es el misterio que encierran todas las tradiciones auténticas: el hombre regenerado, que triunfa sobre la muerte y vive por la eternidad de las eternidades junto al Creador, después de pasar por la muerte en el mundo. En la misa de difuntos, cuando en un momento del Dies irae, se dice: "La muerte y la naturaleza, quedarán estupefactos, cuando resuciten las criaturas".
En El Mensaje Reencontrado, en el versículo 30 del mismo libro XXV, se explica por qué son
necesarios estos dos pasos: "Hemos abandonado la vida celeste atravesando las tinieblas de la muerte. Es imposible alcanzar de nuevo la vida celeste sin volver a atravesar las tinieblas de la muerte".
Al igual que aquel que alcanza el estado de Buda, no tiene que volver a la "instrucción del exilio", así mismo, quien desprendido de la ganga de la muerte, llega a la resurrección y ya no necesita volver a encarnarse. Tal es, sin duda, la verdad del misterio hermético y de todo esoterismo, que en El Mensaje Reencontrado está escrito sin rodeos y en múltiples ocasiones, leamos, por ejemplo el versículo 49: "La caída del hombre tiene una finalidad divinamente elevada, que es la adquisición de un cuerpo bajo y su glorificación en Dios", y en versículo 49' " Los que predican el rechazo del cuerpo también pierden el espíritu y tienen que volver a soportar la encarnación en unas tinieblas todavía más opacas".
El Mensaje Reencontrado habla directamente de lo esencial de la Tradición. Pues, "Ahora
pregonamos lo que antiguamente se susurraba al oído, porque toda prudencia se ha vuelto inútil.
La ignorancia de los hombres en lo que concierne a las cosas santas y sabias, ¿no ha llegado al colmo?"
La perfección de las enseñanzas tradicionales se encuentra cuando se une la disolución y la
coagulación, pues, "es la edad de oro -escribe Emmanuel d'Hooghvorst- madurada en un pote. Los novios del Arte son pues como los dos sentidos, el solve y el coagula leídos en uno solo. Sin química no se regenera el oro vil". Por ello podemos entender por qué el texto que presentamos propone, en los versículos 40 y 40': "Cristo está vivo y vuelve algunas veces sobre la tierra, pero pocos lo ven, pocos lo reciben y pocos lo saborean en verdad. Revelación increíble, que nos hace temblar de alegría y de esperanza". "Los creyentes libres pueden recibirlo y vivir, los demás se escandalizan y rechazan el don divino, porque se han establecido en la muerte y han relegado la actualidad del Señor al limbo del olvido".
Cristo está vivo, si no se le encierra en la historia, en la idolatría de las personas, ni en
trascendencias de la nada. Y es él quien nos puede ofrecer el don de nuestra salvación, lo que en lenguaje hermético se denomina la primera materia, con la cual se empieza la Gran Obra
alquímica. Sin duda es una "revelación increíble" que al creyente que escuche las palabras del
Libro, de cualquier libro revelado, "hace temblar de alegría y de esperanza".
El libro XXV termina con la siguiente cita de Lao-Tse: "Sin nombre, está en el origen del cielo y de la tierra; con un nombre, es la madre de todos los seres". Sin nombre es la primera materia, con nombre es la manifestación total del ser.
 
Dibujo de Louis Cattiaux sobre el misterio de la crucifixión. La cruz representada nace sobre la
calavera de Adán, que simboliza el hombre viejo que será despertado por la sangre nueva venida del cielo en sacrificio santo. La cruz está representada como el árbol de vida del Paraíso, con siete frutos solares a su derecha y siete lunares a su izquierda. A su vez, la cruz está coronada por la luna y el sol, formando el símbolo del mercurio filosófico, que es la unión en el hombre de la parte física (la cruz), de la parte psíquica (la luna) y, en medio, la parte espiritual (el sol). El "hombre muerto" colgado de la cruz es sólo un perfil, que no oculta la imagen del sol radiante que está detrás suyo.