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Responder a este mensaje
Asunto:Re: [GAP] Carta del Gran Jefe Seathl
Fecha:Lunes, 18 de Septiembre, 2006  13:26:58 (-0500)
Autor:Listas Decorreos <bodegalistas @.....com>
En respuesta a:Mensaje 12247 (escrito por helenares)

Hola: con respecto a la "carta" del Jefe Seattle, nunca escribió nada. Pongo 
la verdad sobre 
el asunto y opino que para mí, es mejor éste, el verdadero "discurso" que 
dio en 1854. 
Saludos de poder. 
*Yeitekpatl 
**www.kinam.org* <http://www.kinam.org>; 
 
 
*CRÓNICA DE UN ENGAÑO* 
 
*LA CARTA QUE EL JEFE SEATTLE NUNCA ESCRIBIÓ* 
 
 
 
   - Sealth (en lengua salish se pronunca See-at-la, *Seattle*) nació en 
   1786 y murió en 1866 y JAMÁS escribió carta alguna a presidente alguno, en 
   esa época Franklin Pierce. 
   - Fue bautizado por misioneros católicos franceses como Noah en 1838 
   que estaban impresionados por su porte (medía 1.80) y su autoridad, 
   pues era un *Tyee*, autoridad suprema en su tribu. 
   - En 1854, el gobernador Isaac Stevens, conocido por su brutalidad 
   contra los indios se presentó en la incipiente ciudad (hoy Seattle) y fue 
   cuando Sealth dio su extraordinario discurso. 
   - Un colono, Dr. Henry Smith, tomó nota del discurso y lo publicó 
   recién 3 años después, en 1887, en un periódico local. 
   - Durante más de un siglo, su discurso fue tomado como oración por su 
   gente y fue en 1931 que volvió a ser publicado (basado íntegramente en el 
   reportaje del Dr. Smith) por Clarence Bagley. 
   - Otra versión, ya "un poco mejorada" fue publicada en 1969 por el 
   poeta William Arrowsmith -que fue el que le agregó las dos últimas frases- 
   pues profesaba los ideales contraculturales de los 60´s. La leyó en público 
   durante un acto estudiantil el 22 de abril de 1970, en el Día de la Tierra. 
   - Entre los muchos asistentes a esta lectura de Arrowsmith, estaba Ted 
   Perry que creó la versión que todos conocemos en 1972 como texto para la 
   banda sonora de la película Home, producida por un equipo con tendencias 
   evangelistas, la Southern Baptist Television. De ahí en adelante se 
   convirtió en leyenda. Ocurre que su trabajo o encargo era redactar un guión 
   "legendario" sobre ecología y contaminación ambiental y el texto leído por 
   Arrowsmith le vino de perlas. Los productores de la película, además, 
   retocaron el texto con tintes cristianos, muy diferentes a lo que Sealth 
   había dicho casi un siglo antes. 
   - Miles de afiches o volantes con la ya denominada "Carta de Seattle" 
   salieron en todas direcciones y jamás se detuvo la confusión. 
   - En noviembre de 1972, la revista *Enviromental Action* publicó el 
   nuevo texto, titulándolo "Carta al presidente Pierce". 
   - Poco después, esta versión fue adoptada en el Consejo Mundial de 
   Iglesias y el pastor Bruce Kent la llamó "casi un Quinto Evangelio". 
   - En 1991, la ilustradora estadounidense Susan Jeffers convirtió esta 
   "carta" en el libro Hermano Águila, Hermana Cielo y vendió millones de 
   copias, que hoy están en las bibliotecas de todo EEUU. 
   - La frase "nuestro Dios es el mismo Dios" la agregaron los bautistas, 
   se queja Perry, hoy maestro de cine y teatro en Nueva Inglaterra. 
 
 
 
*TEXTO ORIGINAL DEL DISCURSO U "ORACIÓN" DE SEALTH* 
 
* * 
Publicada en el Seattle Sunday Star, el 29 octubre de 1887 
 
 
 
"Que el cielo que lloró lágrimas de compasión sobre mi pueblo durante siglos 
mudos, y que para nosotros luce como inmodificable y eterno, pueda cambiar. 
Hoy el día está bueno. Puede ser que mañana aparezca cubierto con nubes. 
 
Mis palabras son como las estrellas que nunca cambian. En lo que Seattle 
diga, puede fundarse el Gran Cacique, Washington, con tanta certeza como 
puede hacerlo en el retorno del sol o de las estaciones. 
 
El jefe blanco nos dice que el Gran Cacique Washington nos envía saludos de 
amistad y buena voluntad. Esto es gentil de su parte, pues sabemos que tiene 
poca necesidad de nuestra amistad a cambio. Mis gentes son pocas. Parecen 
árboles dispersos en una planicie barrida por la tormenta. El Gran –y yo 
presumo- buen Cacique Blanco, nos manda decir que quiere comprar tierras 
nuestras pero que desea permitirnos la suficiente para que podamos vivir 
confortablemente. Sin duda, esto parece justo, y hasta generoso, pues el 
Hombre Piel Roja ya no tiene derechos que él necesite respetar, y la oferta 
podría ser sabia, también, pues ya no necesitamos un país tan extenso. 
 
Hubo una época en la que nuestro pueblo cubría la tierra como las ondas con 
que un mar rizado por el viento cubre su fondo revestido de conchillas, pero 
esa época pasó hace mucho tiempo, y la grandeza de las tribus no pasa ahora 
de ser un recuerdo luctuoso. 
 
No ostentaré ni lamentaré nuestra prematura decadencia, ni haré reproches a 
mis hermanos carapálidas por acelerarla, pues también nos cabe a nosotros 
una parte de la culpa. 
 
La juventud es impulsiva. Cuando nuestros jóvenes se enfurecieron por una 
injusticia real o imaginaria, y desfiguraron sus rostros con pintura negra, 
ello denotó que sus corazones son negros, que a menudo son crueles e 
implacables, y que nuestros ancianos y ancianas no son capaces de 
refrenarlos. 
 
Así ha sido siempre. Así ocurrió cuando el hombre blanco empezó a empujar a 
nuestros antecesores hacia el Oeste. Pero tengamos la esperanza de que las 
hostilidades entre nosotros jamás retornen. Tenemos todo para perder y nada 
para ganar. 
 
 
 
Cierto es que la venganza, para nuestros bravos jóvenes, es considerada una 
victoria, aun al precio de sus propias vidas. Pero los ancianos que 
permanecen en sus casas en tiempos de guerra, y las ancianas que tienen 
hijos para perder, saben mejor la cosa. 
 
Nuestro gran padre, Washington, pues supongo que ahora es también nuestro 
padre así como lo es de vosotros, puesto que George (*se refiere al rey 
Jorge de Inglaterra*) ha mudado sus fronteras hacia el Norte, digo, nos 
manda decir por su hijo –quien, sin duda, es un gran jefe entre su gente- 
que si actuamos como él desea, va a protegernos. 
 
Sus bravíos ejércitos serán para nosotros un erizado muro de fortaleza, y 
sus grandes buques de guerra llenarán nuestros puertos para que antiguos 
enemigos del Norte, los Simsiams y los Hydas, no aterroricen más a nuestras 
mujeres y a nuestros mayores. Entonces, él será nuestro padre y nosotros 
seremos sus hijos. 
 
¿Pero esto podrá acontecer? Vuestro Dios ama a su pueblo y odia al mío. 
Envuelve amorosamente con sus poderosos brazos al hombre blanco y lo conduce 
así como un padre conduce a su hijo pequeño, pero se ha olvidado de sus 
hijos de piel roja. 
 
Cada día hace que su pueblo se vuelva más fuerte y muy pronto ellos llenarán 
la tierra, mientras la marea de mi gente retrocede a gran velocidad y nunca 
refluirá de nuevo. 
 
El Dios del hombre blanco no puede amar a sus hijos pieles rojas, pues si no 
los protegería. Parecen ser como huérfanos y no tienen hacia dónde procurar 
auxilio. Entonces ¿cómo es que podemos ser hermanos? ¿Cómo puede vuestro 
padre volverse nuestro padre y traernos prosperidad y estimular en nosotros 
sueños de una grandeza que regresa? 
 
 
 
A nosotros, vuestro Dios nos parece parcial. El advino para el hombre 
blanco. Jamás Lo vimos: nunca siquiera escuchamos Su voz. Él le dio leyes al 
hombre blanco pero no tuvo palabra alguna para sus hijos pieles rojas cuyos 
rebosantes millones llenaban este vasto continente así como las estrellas 
llenan el firmamento. 
 
No, somos dos razas diferentes y deberemos seguir así para siempre. Hay poco 
en común entre nosotros. Las cenizas de nuestros antepasados son sagradas, y 
su lugar final de reposo es el suelo consagrado; mientras vosotros 
deambuláis lejos de las tumbas de vuestros padres, aparentemente sin 
lamentarlo. 
 
 
 
Vuestra religión fue escrita sobre tabletas de piedra por el dedo de hierro 
de un Dios iracundo, y con miedo de que vosotros lo olvidéis, el hombre de 
piel roja no podrá nunca recordarlo ni comprenderlo. 
 
 
 
Nuestra religión consiste en las tradiciones de nuestros antecesores y en el 
sueño de nuestros ancianos, dada a ellos por el Gran Espíritu y las visiones 
de nuestros caciques, y está escrita en los corazones de nuestro pueblo. 
 
 
 
Vuestros muertos dejan de amarles y de amar los hogares de su natalicio 
cuando traspasan los portales de la tumba. Deambulan lejos, más allá de las 
estrellas...pronto son olvidados, y jamás regresan. 
 
Nuestros muertos nunca olvidan el hermoso mundo que les dio su ser. Siguen 
amando sus ríos sinuosos, sus grandes montañas y sus valles apartados, y 
siempre añoran con tierno afecto a los vivientes de corazón solitario, y a 
menudo regresan para visitarlos y reconfortarlos. 
 
 
 
El día y la noche no pueden morar juntos. El hombre de piel roja jamás 
rehuyó la proximidad del hombre blanco, mientras las cambiantes brumas de 
las laderas de las montañas se esfuman ante el ardiente sol de la mañana. 
 
Sin embargo, vuestra propuesta me parece justa y pienso que mi gente va a 
aceptarla y se retirará a la reservación que les ofrece, donde viviremos 
apartados y en paz, pues las palabras del Gran Jefe Blanco parecen ser la 
voz de la naturaleza hablándole a mi pueblo desde la espesa tiniebla que 
velozmente se acumula alrededor de ella como una densa neblina que flota 
tierra adentro desde el mar a medianoche. Importa muy poquito dónde 
pasaremos el resto de nuestras vidas, porque ya no somos muchos. 
 
 
 
La noche del Indio promete ser oscura. Ninguna estrella brillante asoma 
sobre el horizonte. Vientos de voz triste gimen a la distancia. Alguna fea 
Némesis (*justicia o venganza*) de nuestra raza se encuentra en la huella 
del piel roja, y donde quiera que vaya escuchará con seguridad cómo se 
aproximan los pasos de la fuerza destructora y se preparará para encontrarse 
con su perdición, así como el gamo herido oye que se acercan los pasos del 
cazador. Algunas pocas lunas más, algunos pocos inviernos más, y ninguno de 
todos los poderosos huéspedes que alguna vez llenaron esta inmensa tierra y 
que ahora vagan en bandadas fragmentarias por las vastas soledades 
permanecerá para llorar sobre las tumbas de un pueblo alguna vez tan 
poderoso y tan esperanzado como el vuestro. 
 
 
 
¿Pero por qué deberíamos afligirnos? ¿Por qué debo yo murmurar sobre la 
suerte de mi pueblo? Las tribus están hechas de individuos y no son mejores 
de lo que ellos son. Los hombres vienen y van como las olas del mar. Una 
lágrima, una mortaja, un funeral, y se van de nuestros anhelantes ojos para 
siempre. 
 
Hasta el hombre blanco, cuyo Dios caminó y conversó con él, de amigo a 
amigo, no está eximido de este futuro común. Tal vez seamos hermanos, 
después de todo. Ya lo veremos. 
 
 
 
Estudiaremos vuestra propuesta, y cuando tomemos una decisión, la 
comunicaremos. Pero en caso de que la aceptemos, aquí y ahora establezco 
esta primera condición: que no se nos negará el privilegio, sin ser 
molestados, de visitar a voluntad las tumbas de nuestros antecesores y 
amigos. Cada porción de este país es sagrada para mi pueblo. Cada colina, 
cada valle, cada llanura y cada arboleda ha sido reverenciada por algún 
recuerdo afectuoso o por alguna experiencia triste de mi tribu. 
 
 
 
Hasta las rocas que parecen yacer como idiotas mientras se achicharran bajo 
el sol a lo largo de las costas del mar con solemne grandeza, se estremecen 
con recuerdos de eventos pasados conectados con el destino de mi pueblo, y 
el mismísimo polvo bajo vuestros pies responde más amorosamente a nuestras 
pisadas que a las vuestras, porque son las cenizas de nuestros antepasados, 
y nuestros pies descalzos están conscientes del roce benévolo, pues el suelo 
está enriquecido con la vida de nuestros parientes. 
 
 
 
Los difuntos guerreros, las afables madres, las muchachas de corazón alegre, 
y los niños que vivieron y se regocijaron aquí, y cuyos nombres propios 
ahora se olvidaron, todavía aman estas soledades, y su honda rapidez en el 
crepúsculo crece sombríamente con la presencia de espíritus morenos. 
 
 
 
Y cuando el último piel roja haya sucumbido en la tierra y su memoria entre 
los hombres blancos se haya vuelto un mito, estas costas tendrán enjambres 
de los invisibles muertos de mi tribu, y cuando los hijos de vuestros hijos 
se crean solos en el campo, en la tienda, en los negocios, por los caminos o 
en el silencio de los bosques, no estarán solos. En ningún lugar de la 
tierra hay sitio alguno dedicado a la soledad. De noche, cuando las calles 
de vuestras ciudades y aldeas estén silenciosas y piensen que están 
desiertas, se hallarán atestadas por huéspedes que regresan, los que alguna 
vez colmaron y todavía aman esta hermosa tierra. El hombre blanco jamás 
estará solo. Dejemos que sea justo y trate bondadosamente a mi pueblo, pues 
los muertos no son impotentes... 
 
¿Muertos dije? No existe la muerte: se trata apenas de un cambio de 
mundos..." 
 
 
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