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Asunto:[GAP] Discurso de Fidel del 8 de junio del 2002 / 'El mundo est á comenzando a ser regido por métodos y concepciones nazis...'
Fecha:Sabado, 8 de Junio, 2002  19:18:24 (-0600)
Autor:Ricardo Ocampo <redluz @...............mx>

 
---------- 
From: Pedro Gellert <pedro@...> 
Date: Sat, 08 Jun 2002 10:02:55 -0500 
To: pedro@... 
Subject: Discurso pronunciado por Fidel el 8 de junio del 2002. 
 
Discurso pronunciado por el Presidente de la República de Cuba Fidel Castro 
Ruz, en Tribuna Abierta en la Plaza de la Revolución “Antonio Maceo”, 
Santiago de Cuba, el 8 de junio del 2002. 
 
Compatriotas de Santiago de Cuba, Guantánamo y toda Cuba: 
 
Dije que todos le responderíamos al señor W. Bush.  Nuestros niños, nuestros 
adolescentes, nuestros jóvenes estudiantes; nuestros obreros, campesinos, 
profesionales;  nuestros periodistas, historiadores, artistas, 
intelectuales, científicos; los combatientes de ayer y de hoy;  los jóvenes, 
los adultos, los ancianos, y de modo especial las madres, los hijos, los 
familiares allegados de todos los que han sufrido en carne propia y en la de 
sus seres más queridos 43 años de brutal terrorismo, agresiones y el bloqueo 
genocida de los gobiernos de Estados Unidos contra nuestro pueblo, han ido 
demoliendo hasta sus cimientos las palabras del señor W. Bush en Miami. 
 
Se excedió en su discurso, fue grosero, insultó, mintió, amenazó. Sólo le 
falta ahora afirmar que las enormes y combativas multitudes reunidas en 
Sancti Spíritus y Holguín, y esta gigantesca concentración que tiene lugar 
hoy en Santiago de Cuba, del pueblo heroico que pretende “liberar”, han sido 
movilizadas por la fuerza. 
 
Nunca tal vez en ningún país se dio tan colosal, aguerrido y sólido 
movimiento político, como con toda seguridad nunca un país tan pequeño tuvo 
la entereza y el valor de oponerse a tan poderoso adversario.  Se trata de 
un enfrentamiento sin precedentes, en una nueva etapa de la historia, entre 
la fuerza de las ideas justas y las ideas genocidas de la fuerza bruta. 
Cuando el uso prepotente de la fuerza se impone por encima de todo derecho, 
toda ética y toda razón, el único sostén ideológico posible de esa fuerza es 
la demagogia y la mentira. 
 
La humanidad conoció, hace apenas dos tercios de siglo, la amarga 
experiencia del nazismo.  Hitler tuvo como aliado inseparable el miedo que 
fue capaz de imponer a sus adversarios.  Primero lo toleraron como trinchera 
y aliado potencial contra el comunismo.  Le hicieron concesiones.  Recuperó 
el Ruhr, zona vital para el rearme, anexó  Austria al Tercer Reich alemán y 
conquistó sin disparar un tiro gran parte de Checoslovaquia.  Ya poseedor de 
una temible fuerza militar, pactó con la URSS un acuerdo de no agresión el 
23 de agosto de 1939 y 9 días después estalló una guerra que incendió al 
mundo.  La falta de visión y la cobardía de los estadistas de las más 
fuertes potencias europeas de aquella época dieron lugar a una gran 
tragedia. 
 
No creo que en Estados Unidos pueda instaurarse un régimen fascista.  Dentro 
de su sistema político se han cometido graves errores e injusticias —muchas 
de las cuales aún perduran—, pero el pueblo norteamericano cuenta con 
determinadas instituciones, tradiciones, valores educativos, culturales y 
éticos que lo harían casi imposible.  El riesgo está en la esfera 
internacional.  Son tales las facultades y prerrogativas de un presidente y 
tan inmensa la red de poder militar, económico y tecnológico de ese Estado 
que, de hecho, en virtud de circunstancias ajenas por completo a la voluntad 
del pueblo norteamericano, el mundo está comenzando a ser regido por métodos 
y concepciones nazis. 
 
No está en mi ánimo exagerar ni dramatizar.  Es muy real que la existencia y 
el papel de la Organización de Naciones Unidas están siendo cada vez más 
cuestionados e ignorados. 
 
El señor W. Bush, al proclamar el 20 de septiembre del 2001 que quien no 
apoyara su proyecto de guerra contra el terrorismo sería considerado 
terrorista y se exponía a sus ataques, desconoció abiertamente las 
prerrogativas de la ONU y asumió, en virtud de su poderío militar, el papel 
de amo y gendarme del mundo.  Para los que estamos familiarizados con la 
literatura marxista, ese día tuvo lugar el Dieciocho Brumario de W. Bush. 
Los historiadores futuros deberán hacer constar cuál fue la reacción de los 
líderes políticos de la inmensa mayoría de los países.  El pánico y el temor 
se apoderó de la mayoría de ellos. 
 
Tales concepciones y métodos están reñidos con la idea de un orden mundial 
democrático, basado en normas y principios que garanticen la seguridad y la 
paz a todos los pueblos. 
 
Ya mucho antes de los actos terroristas del 11 de septiembre, Bush había 
promovido enormes presupuestos para la investigación y producción de armas 
cada vez más mortíferas y sofisticadas, cuando no había ya guerra fría, el 
antiguo adversario no existía y el debilitado Estado que lo sucedió no 
contaba con los recursos económicos ni la voluntad de lucha para enfrentar 
la abrumadora fuerza de la única superpotencia existente. 
 
¿Por qué y para qué fue concebido ese colosal programa armamentista? 
 
En un reciente discurso, pronunciado al cumplirse el 200 Aniversario de la 
Academia Militar de West Point, muy conocida por su relevante papel en la 
historia militar de Estados Unidos, el señor W. Bush lanzó una encendida 
arenga con motivo de la graduación de 958 cadetes, correspondiente al año 
actual.  Habló también allí para Estados Unidos y el resto del mundo. 
 
Algunos conceptos vertidos en ese acto reflejan su pensamiento y el de sus 
asesores más cercanos desde mucho antes de los brutales hechos del 11 de 
septiembre, que ahora sirven de excelente pretexto para justificar lo que 
era ya una peculiar concepción del mundo, peligrosa, inadmisible e 
insostenible:  
 
“Si esperamos que las amenazas se materialicen plenamente, habremos esperado 
demasiado.” 
 
“En el mundo en el que hemos entrado, la única vía para la seguridad es la 
vía de la acción.  Y esta nación actuará.” 
 
[...] 
 
“Nuestra seguridad requerirá que transformemos  a la fuerza militar que 
ustedes dirigirán, una fuerza que debe estar lista para atacar 
inmediatamente en cualquier oscuro rincón del mundo.  Y nuestra seguridad 
requerirá que estemos listos para el ataque preventivo cuando sea necesario 
defender nuestra libertad y defender nuestras vidas.” 
 
“Debemos descubrir células terroristas en 60 países o más...  Junto a 
nuestros amigos y aliados, debemos oponernos a la proliferación y afrontar a 
los regímenes que patrocinan el terrorismo, según requiera cada caso.” 
 
[...] 
 
“Enviaremos diplomáticos a donde sean necesarios, y los enviaremos a 
ustedes, a nuestros soldados, a donde ustedes sean necesarios.” 
 
“No dejaremos la seguridad de América y la paz del planeta a merced de un 
puñado de terroristas y tiranos locos.  Eliminaremos esta sombría amenaza de 
nuestro país y del mundo”. 
 
“A algunos les preocupa que sea poco diplomático o descortés hablar en 
términos del bien y el mal.  No estoy de acuerdo.  [...] Estamos ante un 
conflicto entre el bien y el mal, y  América siempre llamará al mal por su 
nombre.  Al enfrentarnos al mal y a regímenes anárquicos, no creamos un 
problema, sino que revelamos un problema.  Y dirigiremos al mundo en la 
lucha contra el problema.” 
 
[...] 
 
“Generaciones de oficiales de West Point se han planificado y practicado 
para batallas con la Rusia soviética.  Acabo de llegar de una nueva Rusia, 
que es un país que busca la democracia y nuestro asociado en la guerra 
contra el terrorismo.” 
 
Como puede apreciarse, en el discurso no aparece una sola mención a la 
Organización de Naciones Unidas, ni una frase referida al derecho de los 
pueblos a la seguridad y la paz, a la necesidad de un mundo regido por 
normas y principios;  solo  se habla de alianzas entre potencias y de 
guerra, guerra y guerra, en nombre de la paz y la libertad, palabras que en 
su boca suenan mentirosas y huecas como burbujas de jabón.  Todo el discurso 
envuelto en una melosa exaltación al chovinismo, a la superioridad de la 
cultura, la gloria y el poder de su país. 
 
Los miserables insectos que habitan en 60 o más naciones del mundo, 
seleccionadas por él, sus íntimos colaboradores, y en el caso de Cuba por 
sus amigos de Miami, no importan para nada.  Constituyen los “oscuros 
rincones del mundo” que pueden ser objeto de sus “sorpresivos y preventivos” 
ataques.  Entre ellos se encuentra Cuba que, además, ha sido incluida entre 
los que propician el terrorismo.  Y encima, la cínica invención de que 
producíamos armas biológicas, sin tener para nada en cuenta que todo el 
mundo sabe que se trata de una colosal mentira. 
 
¿En qué se diferencian esta filosofía y estos métodos de la filosofía y los 
métodos nazis? 
 
¿Por qué tantos gobiernos tiemblan y callan? 
 
No es casual que en varios países de Europa la derecha fascista incremente 
sus fuerzas. 
 
El pueblo norteamericano no querrá que sus hijos sean educados en semejante 
filosofía. 
 
Ante tanta cobardía, muchos pueblos del mundo pondrán sus mayores esperanzas 
en el propio pueblo norteamericano.  Es el único que puede frenar y poner 
una camisa de fuerza a los fanáticos del poder, la arbitrariedad y la 
guerra.  Muchos pueblos se solidarizaron con él de forma unánime a raíz del 
11 de septiembre, entre ellos el nuestro, noble y generoso, sin que ningún 
tipo de hipocresía o temor lo impulsara a ello. 
 
Deseamos que esos cadetes de West Point visiten a Cuba algún día como 
turistas, cuando los norteamericanos tengan libertad de viajar, y no como 
invasores. 
 
¿A quiénes benefició realmente el ataque terrorista del 11 de septiembre?  A 
los que el presidente Eisenhower llamó el complejo militar industrial;  a 
los que necesitaban un hecho que elevara su autoridad, cuestionada por el 
fraude electoral;  a la mafia terrorista de Miami;  a los que quieren 
destruir a la Organización de Naciones Unidas;  a los que conciben políticas 
hegemónicas dominantes y quieren remodelar el mundo a su antojo. 
 
No me pasa ni un segundo por la mente que alguien deliberadamente, sea cual 
fuere su cargo,  por ansia de popularidad, poder o cualquier otro objetivo, 
pudiéndolo impedir, permitiera el horrendo crimen de la Torres Gemelas. 
 
Llamando las cosas por su nombre, como afirmó el señor Bush gustar hacerlo 
en su discurso de West Point, pienso que quien ejerce el cargo de Presidente 
de Estados Unidos ha cometido serios errores en el manejo de la situación 
posterior al trágico hecho. 
 
Mencionaré sólo algunos de orden interno y externo: 
 
No debió nunca sembrar el pánico en el pueblo norteamericano. 
 
No debió perder la serenidad. 
 
No debió adoptar decisiones precipitadas sin reflexionar siquiera sobre 
opciones posibles, quizás mucho más prometedoras, que habrían contado con el 
apoyo unánime de todos los gobiernos, las más influyentes religiones y las 
corrientes políticas fundamentales de izquierda y derecha. 
 
No debió declarar enemigos, ni mucho menos terroristas, a más de la mitad de 
los países del Tercer Mundo. 
 
No debió seguir una línea que multiplicará el número de personas fanáticas y 
suicidas en el mundo, complicando seriamente la lucha contra el terrorismo. 
Lo ocurrido en Palestina lo demuestra:  por cada palestino asesinado, el 
número de suicidas se incrementó de forma impresionante, lo que condujo el 
problema a un callejón sin salida visible. 
 
No debió ocultar los informes de inteligencia que llegaron a su poder, en 
especial el del 6 de agosto, lo que da lugar a especulaciones y dudas de 
todo tipo.  Hay que ser valiente y transparente con el pueblo. Nadie va a 
creer el argumento de que ello es imposible por razones de seguridad.  Quien 
ha vivido y luchado durante décadas contra miles de planes y acciones 
terroristas procedentes de Estados Unidos, conoce perfectamente bien cómo 
son los informes de inteligencia de ese carácter, en los cuales las fuentes 
son altamente protegidas por quienes los redactan y envían. 
 
No debió reunirse o admitir la presencia en aquel acto en Miami de conocidos 
personajes que han organizado, dirigido y realizado miles de actos 
terroristas en Cuba y otros países;  de ellos, varios cientos en el propio 
territorio de Estados Unidos.   La Fundación Nacional Cubano-Americana 
durante muchos años y hasta el 11 de septiembre financió, organizó y divulgó 
 incontables acciones terroristas y planes de asesinato contra dirigentes 
cubanos.  Hoy financia la defensa, protección e impunidad de los peores 
terroristas, en la espera de que la Revolución sea destruida por Estados 
Unidos.  Eso no lo ignora absolutamente nadie en Miami ni en la Casa Blanca. 
 Tal intimidad con esos terroristas priva al señor Bush de toda autoridad 
moral y lo descalifica para dirigir la lucha mundial contra el terrorismo. 
 
No debió permitir el invento de la estúpida mentira de que Cuba desarrolla 
armas biológicas. Sobre la supuesta capacidad teórica de producirlas,  si 
todos los gobiernos pueden mentir, no significa que todos los gobiernos sean 
mentirosos. 
 
No debió lanzar desafíos políticos a la dirección revolucionaria cubana 
porque no está en condiciones de responder a los desafíos políticos que Cuba 
puede hacerle.  Sería como navegar en un gran barco de papel, el de la 
mentira y la demagogia, que no resiste olas ni vientos. 
 
No debió plantear exigencias sobre cuestiones que tienen que ver 
exclusivamente con nuestra soberanía, ni lanzar amenazas contra Cuba, porque 
jamás el pueblo cubano ha sido ni podrá ser doblegado, y ni siquiera vaciló 
un instante cuando cientos de armas nucleares apuntaban contra nuestra isla, 
en octubre de 1962, amenazando con barrerla de la faz de la Tierra.   Nadie 
recuerda que un solo patriota cubano hubiese flaqueado. 
 
Ahora el señor Bush puede verse en el dilema de rectificar, o intentar 
barrer a Cuba del mapa, lo cual no resulta demasiado fácil. 
 
El señor W. Bush debiera estar mejor informado de qué es hoy y cómo piensa 
el pueblo de Cuba, su nivel de unidad, cultura política e inconmovible 
firmeza.   
 
Podría añadir más cosas a estas reflexiones sobre el infortunado discurso 
del 20 de mayo y otros temas, pero no deseo extenderme. 
 
Como habíamos prometido, nuestro pueblo, con su talento, sus verdades y su 
patriotismo ha estado dando cabal respuesta. 
 
Pero no ha concluido la tarea:  falta la respuesta de nuestras 
organizaciones de masas.  El lunes 10 se reunirán con ese objetivo sus 
direcciones nacionales en la capital de la República.  Y falta todavía la 
respuesta de la Asamblea Nacional, órgano supremo del poder del Estado. Ella 
seguramente le responderá con toda cortesía. 
 
Gracias, señor Bush.  Usted nos ha hecho el honor de reconocer que esa 
institución existe y que en el 2003 habrá elecciones de diputados. 
 
Quedaría, sin embargo, un punto por aclarar:  si todas las elecciones en 
Cuba han sido fraudulentas, según su discurso, ¿qué autoridad tendría la 
Asamblea para aprobar las modificaciones de la Constitución, como usted 
demanda?  Se nos ocurre que tal vez la solución consista en que el Tribunal 
Supremo de Cuba convalide a nuestros diputados.  ¡Es lo más democrático! 
 
Compatriotas de Santiago de Cuba y Guantánamo, inolvidables compañeros de 
lucha en el Moncada, en las montañas y llanos, de ayer, de hoy y de mañana: 
 
En nombre de los que han caído por la Independencia y la Revolución, a los 
cuales seremos fieles hasta el último aliento, los felicito por esta 
gigantesca concentración. 
 
¡Viva el Socialismo! 
 
¡Patria o Muerte! 
 
¡Venceremos! 
 
 
 
 
 
 
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