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Asunto:[GAP] El imperio
Fecha:Jueves, 3 de Abril, 2003  03:09:41 (-0500)
Autor:Alfredo Jaramillo <alfedo @...........co>

 

 

 
  
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  >>  CRÓNICAS DE LA GUERRA DE AGRESIÓN  ( I I )

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>>     MÁS IMPERIO, MENOS SOBERANÍA

       • EEUU dinamita el principio de igualdad entre los estados

         nacido en Westfalia en 1648

Caterina García *


Hace 12 días, Estados Unidos y sus aliados iniciaron la ofensiva militar contra Irak para acabar con el régimen de Sadam Husein. Porque --a pesar de las múltiples causas e intereses que se hayan tras esa agresión-- éste fue el principal objetivo del ataque proclamado por el presidente George Bush a la vuelta de la cumbre de las Azores: tal como nos explicaban las primeras informaciones, el dictador iraquí fue el objetivo concreto al que apuntaron los primeros misiles.

La exigencia del cambio de régimen en Irak por parte de Estados Unidos y su decisión de lograrlo recurriendo al uso de la fuerza son el reflejo de un diseño imperial que conlleva consecuencias de extrema gravedad para la sociedad internacional contemporánea. Los planteamientos político-ideológicos en que se basa implican no sólo el fin del sistema internacional creado a partir de la segunda guerra mundial sino que, además, dinamitan los principios del sistema interestatal que rigen desde el siglo XVII.

Abierta la vía del unilateralismo

Destruir el sistema internacional entra dentro de los cálculos políticos de Estados Unidos. No es un error. Lo sabe: declarar la guerra a Irak en las condiciones en las que se ha hecho es contrario al ordenamiento jurídico internacional contemporáneo y es cerrar la vía del multilateralismo. Una vez consolidado su estatus de hegemón, sin rival alguno en el horizonte de la posguerra fría, está decido a sostenerlo: Estados Unidos sabe que cuenta con capacidades militares superiores a cualquier otro país y tiene intenciones de seguir manteniendo esa distancia.

Por otra parte, la Administración republicana estadounidense, dispuesta a emplear su poder imperial, amparándose en la amenaza terrorista y autojustificándose en los ataques del 11-S, ha abierto definitivamente la vía al unilateralismo. No descarta contar con sus aliados cuando sea posible pero, tal como reza la Estrategia de Seguridad Nacional (septiembre del 2002): "(EEUU) no dudará en actuar en solitario si es necesario para defender el interés nacional y la seguridad". Las últimas semanas han demostrado que el recurso a la diplomacia multilateral ha sido un simple juego para reducir los costes políticos, y quizá económicos, del unilateralismo. Un juego cuyo resultado no era definitivo para las decisiones estadounidenses.


Pero, tal como decíamos, la superpotencia hegemónica está decidida a más, está decidida a subvertir los cimientos del orden internacional cuestionando incluso el principio de soberanía, base del sistema de estados desde 1648. Desde la paz de Westfalia, el sistema de estados se ha articulado sobre el principio jurídico de igualdad soberana de los estados. La soberanía no se identifica con el poder. El sistema interestatal ha estado y está formado por entidades políticas jurídicamente iguales aunque con grandes asimetrías de poder. Es un sistema en el que los más poderosos han ejercido su influencia sobre los menos poderosos e incluso les han condicionado el ejercicio de sus derechos soberanos. Estas actuaciones --a veces inevitables y otras consentidas por los miembros del sistema--, resultado, en todo caso, del ejercicio del poder, eran consideradas violaciones de la soberanía, precisamente porque el principio organizativo del sistema seguía inalterado. Ya no es así.

Ya no serán iguales jurídicamente

Ahora la superpotencia está decidida a iniciar la construcción imperial de un sistema que elimina la soberanía como atributo que hace jurídicamente iguales a los estados. Como advierte el profesor estadounidense John Ikenberry (La ambición imperial de Estados Unidos, Foreign Affairs, otoño-invierno del 2002), en el nuevo sistema concebido por Estados Unidos la soberanía tendrá límites y esos límites serán impuestos unilateralmente por la superpotencia imperial. Su situación hegemónica le permite plantear un diseño en que esta acción limitadora sea de alcance global y ya no tenga nada que ver con las antiguas áreas de influencia en las que las grandes potencias se otorgaban el poder de limitar el ejercicio de la soberanía de otros estados menos poderosos. Otro elemento novedoso e importante de este diseño es que ni siquiera hará falta que los estados realicen actuaciones que vayan más allá de los límites de la soberanía: la superpotencia podrá actuar preventivamente, en bases a previsiones que no necesitará demostrar.

Un cambio de sistema

Así, en el sistema interestatal coexistirán diferentes soberanías (algo incompatible con la idea misma de soberanía): soberanía absoluta para la superpotencia imperial y soberanías relativas --condicionadas al cumplimiento de las normas impuestas por aquélla-- para el resto.
El problema es que la soberanía no admite límites ni es una cuestión de cantidad: no se puede ser más o menos soberano, ni puede haber estados que decidan que otros pierdan la soberanía porque no actuan conforme a sus intereses. Si deja de admitirse la igualdad soberana de los estados y se condiciona su corolario, el principio de no intervención, a la voluntad de la superpotencia los cambios en el sistema de posguerra fría quedarán atrás y estaremos realmente ante un cambio de sistema. El ataque contra Irak ya encaja en este diseño. Avanzamos hacia el sistema imperial.

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* Caterina García es profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

  Fuente: "El Periódico" - Barcelona.