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Asunto:[GAP] LA IMPORTANCIA DE LA HISTORIA
Fecha:Martes, 8 de Abril, 2003  11:32:10 (-0500)
Autor:Alfredo Jaramillo <alfedo @...........co>

La importancia de la Historia.

Así habló Hermann Goering, Mariscal del Tercer Reich de Hitler, en el

Juicio de Nüremberg:


"Naturalmente, la gente corriente no quiere la guerra, pero en
definitiva son los líderes de un país los que determinan la política,
y arrastrar a las personas es una de las cosas más sencillas, ya sea
en una democracia, en una dictadura fascista, en un parlamento o en
una dictadura comunista. Con o sin voz, siempre es posible poner a la
gente a las órdenes de los dirigentes. Resulta sencillo. Lo único que
se tiene que hacer es decir que están siendo atacados y denunciar a
los pacifistas por falta de patriotismo y por poner a su país en
peligro. Funciona igual en cualquier país."

===============================

8 de abril del 2003


Sin humildad ni honor entra la tropa de EE.UU a la ciudad


Fuego a mansalva sobre civiles en Bagdad
Robert Fisk
La Jornada


Bagdad, 7 de abril. Comenzó con una serie de vibraciones masivas,
como una gran pisada que sacudió mi habitación. Tump, tump, sonaba.
Aún acostado en mi cama, traté de imaginar la causa. Fue como ese
momento en Parque Jurásico en que los turistas escuchan por primera
vez las pisadas del dinosaurio, el estruendo cada vez más fuerte y
espantoso de latidos acompasados y monstruosos. Por la ventana, que
da a la margen occidental del Tigris, vi un arma antiaérea iraquí
emplazada en la azotea de un edificio blanco de cuatro pisos, situado
a unos 400 metros, disparando hacia algún objetivo ubicado al otro
lado del río.

Tump, tump, escuché otra vez un ruido tan enorme que disparó las
alarmas contra robo de un millar de autos en la ribera del río.

Sólo al amanecer, cuando llegué a la avenida, me di cuenta de lo
ocurrido. Desde la guerra del Golfo de 1991 no había oído el ruido
del fuego de la artillería estadunidense. Y ahí, a unos cientos de
metros en la ribera del Tigris, los vi. Al principio parecían
minúsculos ciempiés blindados, que caminaban y se detenían, extrañas
criaturitas de color café y gris que habían llegado a una tierra
extraña y buscaban agua.

Había que mantener la vista en los ciempiés para interpretar la
realidad, para darse cuenta de que cada criatura era un vehículo de
combate Bradley, que su cola era un puñado de marines estadunidenses
que corrían protegiéndose con la armadura, avanzando juntos cada vez
que su protección aceleraba y maniobraba para acercarse al Tigris.

Hubo un estallido de fuego de ametralladoras del lado estadunidense y
un rápido tableteo de granadas impulsadas por cohetes y columnas de
humo blanco del lado de los soldados y milicianos iraquíes, ocultos
en trincheras sobre la misma ribera, más al sur. Fue así de rápido,
así de simple y así de espantoso.

De hecho la vista era tan extraordinaria, tan inesperada -pese a
todos los alardes del Pentágono y las promesas de Bush-, que uno se
olvidaba de los precedentes que estaba sentando para la historia
futura de Medio Oriente.

Entre el tableteo de las ametralladoras, las balas trazadoras que
cruzaban el río y los enormes fuegos petroleros que los iraquíes
encienden para cubrir su retirada, uno tenía que desviar la mirada
-hacia los grandes puentes situados más al norte, hacia las aguas
verde pálido de ese antiquísimo río- para caer en cuenta de que un
ejército occidental empeñado en una cruzada moral había llegado hasta
el corazón de una ciudad árabe por primera vez desde que el general
Allenby entró a Jerusalén en 1918. Pero Allenby ingresó a pie, en
reverencia al lugar del nacimiento de Cristo. Este lunes los
estadunidenses irrumpieron sin humildad ni honor.

Los marines y las fuerzas especiales que se dispersaron a lo largo de
la margen occidental del río irrumpieron en el mayor de los palacios
de Saddam Hussein, filmaron sus inodoros y baños y descansaron en sus
prados antes de reanudar el avance hacia el sur, hacia el hotel
Rashid, y tirotear a soldados y civiles por igual. Cientos de
hombres, mujeres y niños iraquíes fueron llevados agonizantes a los
hospitales de Bagdad en las horas que siguieron, víctimas de balas,
esquirlas y bombas de racimo. De hecho pudimos ver los A-10
estadunidenses, de motores gemelos, lanzar sus descargas de uranio
empobrecido al otro lado del río.

Desde la margen occidental observé a los marines correr hacia una
zanja con el rifle al hombro, en busca de combatientes iraquíes. Pero
sus enemigos siguieron disparando desde las casas de adobe que están
al sur, hasta que finalmente corrieron para ponerse a salvo. Salían
de las trincheras, entre los proyectiles estadunidenses, y corrían
aterrados por el borde del agua. La mayoría llevaba sus armas.
Algunos volvían a caer en una caminata que revelaba su agotamiento,
otros se metían al agua, hasta las rodillas y aun hasta el cuello.

Tres soldados salieron de una trinchera con las manos en alto, frente
a un grupo de marines, pero otros siguieron combatiendo. El tump,
tump, tump de las armas estadunidenses continuó más de una hora.
Luego los A-10 regresaron, junto con un cazabombardero F-18, que
envió una ráfaga de fuego a lo largo de las trincheras, tras lo cual
el tiroteo se apagó.

Parecía que Bagdad caería en cuestión de horas. Pero el día se
caracterizó por ese curioso atributo de la guerra, una mezcla loca de
normalidad, muerte y farsa. Porque en el preciso instante en que los
estadunidenses avanzaban combatiendo hacia el norte del río y los
F-18 regresaban a bombardear la ribera, el ministro iraquí de
Información se apareció para dar una conferencia de prensa en la
azotea del hotel Palestina, a 800 metros escasos de la batalla.

Mientras los proyectiles estallaban a su izquierda y el aire se
llenaba de poderosos jets estadunidenses, Mohamed-al-Sahaf anunció a
un centenar de periodistas que todo era un ejercicio de propaganda,
que los estadunidenses ya no estaban en posesión del aeropuerto de
Bagdad, que los reporteros deberían "corroborar una y otra vez los
hechos... Eso es todo lo que les pido".

Piadosamente los fuegos petroleros, las explosiones de bombas y el
humo oscurecieron la ribera occidental del río, de modo que ya no fue
posible corroborar los datos por el simple expediente de mirar tras
el hombro de Sahaf. Lo que el mundo quería saber, por supuesto, era
si Bagdad estaba a punto de ser ocupada, si el gobierno iraquí se
rendiría y -la madre de todas las preguntas- ¿dónde estaba Saddam?
Pero Sahaf empleó todo su tiempo en condenar al canal árabe de
televisión Al Djezairai por su complicidad con Estados Unidos y
excoriar a los estadunidenses por utilizar "los vestíbulos y salones"
de Saddam Hussein para hacer "propaganda barata". Los estadunidenses
"serán sepultados allí", gritó por sobre el fragor de la batalla. "No
les crean a esos invasores. Serán derrotados".

Apenas la semana pasada, Sahaf nos informó que los estadunidenses
tendrían sus tumbas en el desierto. Ahora su lugar de reposo eterno
se ha desplazado a la ciudad.

Y mientras más hablaba, más quería uno interrumpirlo para decirle "un
momento, señor ministro, eche una ojeada atrás de su hombro derecho".
Pero, claro, así no ocurren las cosas. Por qué no nos vamos todos a
dar una vuelta por la ciudad, sugirió.

Eso fue lo que hice. Los autobuses de dos pisos de la corporación
daban servicio. Y si las tiendas estaban cerradas, los puestos
callejeros estaban abiertos, y cerca de la calle Yasser Arafat había
hombres reunidos en las casas de té comentando la guerra. Fui a
comprar fruta y el tendero no se entretuvo en contar mis dinares -11
mil 500 en total- cuando un jet pasó volando bajo sobre la calle y
dejó caer su carga a unos mil metros, con una explosión que cambió la
presión en nuestros oídos.

Sin embargo, en cada esquina había un puñado de milicianos. Cuando
llegué al costado del Ministerio del Exterior, en la margen
occidental del río, pero aguas arriba de donde estaban los marines,
artilleros iraquíes disparaban un arma de 120 milímetros a los
invasores desde un autovía; la lengua de fuego brillaba entre la
niebla que se cernía a esas horas sobre Bagdad.

En hora y media los estadunidenses habían avanzado sobre la ribera
sur y amenazaban con doblegar el viejo Ministerio de Información.
Fuera del hotel Rashid abrieron fuego sobre civiles y militares por
igual, derribando a un motociclista que pasaba y disparando a un
fotógrafo de Reuters que escapó con sólo unos impactos de bala en el
coche. En toda Bagdad los hospitales estaban abarrotados de heridos,
muchos de ellos mujeres y niños alcanzados por fragmentos de bombas
de racimo.

Al anochecer, los estadunidenses volaban sus F-18 en apoyo cercano a
los marines, tan confiados en la destrucción de los cañoneros
antiaéreos que se les podía ver cruzando en parejas el cielo parduzco
del centro de Bagdad, virando perezosamente al sur y al oeste,
mientras el fuego cruzado de proyectiles continuaba en el río.

A media tarde los estadunidenses encontraron un depósito de
municiones en la margen occidental, no lejos del palacio presidencial
-uno de los tres que ocuparon hoy-, y lo hicieron volar en una
llamarada que alcanzó varios cientos de metros de alto. Durante
varias horas después fue posible oír el zumbido de proyectiles en el
enfrentamiento, y a veces explosiones en el cielo. Y al mismo tiempo
-en un claro intento por enfurecer a Saddam y a sus ministros- los
estadunidenses transmitían imágenes en vivo de su exploración del
Palacio Republicano en las márgenes del Tigris y videos que mostraban
el retrete presidencial, su baño de paredes de mármol con llaves y
candelabros chapeados en oro, y a soldados de las fuerzas especiales
tomando baños de sol - aunque no había sol- en el jardín
presidencial.

¿Es esto lo que llaman "rico en historia"? En 1917 el general Stanley
Maude invadió Irak y ocupó Bagdad. Repetimos esa acción en 1941,
cuando Rashid Alí decidió dar el apoyo iraquí al régimen nazi.
Ingleses, australianos y árabes "liberaron" Damasco de manos de los
turcos en 1918. Los israelíes ocuparon Beirut en 1982 y vivieron -no
todos- para lamentarlo. Ahora el ejército de Estados Unidos y muy
atrás el de Gran Bretaña -pálido fantasma del ejército de Maude-
avanzan con firmeza hacia ésta, la más nororiental de las capitales
árabes, para dominar una tierra que limita con Irán, Turquía, Siria,
Jordania y Saudiarabia.

Al caer la noche de este lunes llegué a un pequeño baluarte de
concreto en el extremo oriental del gran puente Rashid, que cruza el
Tigris. Sus tres defensores iraquíes habían colocado en línea sobre
el parapeto sus lanzagranadas de fabricación soviética. Se rumora que
cientos de tanques estadunidenses y vehículos blindados se acercan
hacia el Tigris desde el sureste de Bagdad y estos tres iraquíes -dos
milicianos baazistas y un policía- estaban ahí listos a defender la
costa occidental frente al más formidable ejército conocido por el
hombre.

Ese cuadro en sí mismo, pensé, dice algo tanto del valor como de la
desesperanza de los árabes.

© The Independent
Traducción: Jorge Anaya