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Asunto:[GAP] Brasil-Argentina
Fecha:Jueves, 7 de Agosto, 2003  17:29:17 (-0500)
Autor:RedLUZ/LUXWeb <redluz @...............mx>

 
---------- 
From: ALAI <info@...> 
Date: Thu, 31 Jul 2003 16:02:19 -0500 
To: alai-amlatina@... 
Subject: [alai-amlatina] Brasil-Argentina 
 
- - - Servicio Informativo "Alai-amlatina" - - - 
 
 
Brasil-Argentina 
Las sociedades civiles: impulsos y límites 
 
Raúl Zibechi 
 
ALAI-AMLATINA, 31/07/2003, Montevideo.  Más allá de las 
diferencias entre los estilos personales de Lula y Kirchner, de 
las sorpresas e incredulidades que sus gobiernos están 
generando, no debe soslayarse que gestionan dos países que se 
nos presentan como universos sociales y culturales que les 
imponen límites y los empujan en direcciones, quizá, divergentes. 
 
Para empezar, parece necesario deshacer un malentendido: por 
más fuertes que sean los gobiernos, aún los más autoritarios, 
tiene límites impuestos por la cultura política heredada y por las 
actitudes de las respectivas sociedades civiles.  Incluso las 
dictaduras militares, por más impopulares que fueran, no podrían 
haber sobrevivido sin contar con cierto respaldo social, por lo 
menos durante los primeros tiempos.  En el extremo opuesto, 
algunas sorpresas positivas en las gestión del gobierno de 
Kirchner sólo pueden comprenderse en el marco de reclamos 
sociales muy arraigados, que se insertan en corrientes profundas 
que atraviesan la sociedad. 
 
Así, el gobierno de Luiz Inacio Lula da Silva es enormemente 
dependiente de su alianza con el empresariado paulista, sector 
que no sólo no vetó su acceso a Planalto sino que aceptó de buen 
grado un gobierno del PT.  El poderío industrial de Brasil - 
sector que aportó a la fórmula Lula al vicepresidente José 
Alencar- hace virtualmente imposible cualquier gobierno que no 
cuente con un mínimo respaldo del empresariado industrial.  Y 
esto va mucho más allá de la propia voluntad de Lula, de su 
gabinete y su partido. 
 
En Argentina, por el contrario, la experiencia previa marcó un 
rumbo totalmente diferente: la década menemista desarticuló el 
Estado y produjo cambios sociales -y culturales- de larga 
duración, en tanto las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, 
que derribaron al presidente Fernando de la Rúa, mostraron los 
límites que por derecha tendría cualquier gestión posterior que 
pretendiera, siquiera simbólicamente, erigirse como continuadora 
del menemismo. 
 
 
Dos sociedades 
 
Pese a la debacle argentina, las diferencias sociales, culturales 
y hasta económicas con Brasil muestran un abismo.  Aunque la 
economía norteña creció bastante más que la argentina en los 
noventa, y pese a que ésta se desbarrancó en ese lapso, el 
producto per cápita brasileño es hoy el 62 por ciento del de 
Argentina.  Y eso que, según el economista Claudio Lozano, del 
Instituto de Estudios y Formación de la CTA, Brasil "presenta una 
economía más dinámica, menos financierizada y extranjerizada y 
con una tasa de ahorro más elevada (en cinco punto del producto), 
lo que es, en buena medida, expresión de la distinta magnitud de 
la fuga de capitales.  Esto indica la presencia de una burguesía 
local en gran parte transnacionalizada, pero que lleva adelante 
un proceso de acumulación significativo prevaliéndose de la 
extensión del mercado interno y que tiene, al menos una parte de 
la misma, un proyecto de país y de inserción en el mercado 
mundial distinto al impuesto por el neoliberalismo". 
 
Pese a ello, y al enorme deterioro de los salarios y del empleo 
que sufren los argentinos desde la última dictadura, los ingresos 
medios están un 50 por ciento más alejados de la línea de pobreza 
que los brasileños, diferencia que es especialmente elevada para 
los trabajadores por cuenta propia, los no técnicos ni 
profesionales.  En el terrible año 2002, las zonas urbanas 
argentinas tenían al 23,7 por ciento de la población bajo la 
línea de pobreza y al 6,7 por ciento bajo la línea de indigencia, 
frente al 32,9 y 9,3 por ciento de Brasil, respectivamente, según 
datos de la Cepal.  En Argentina, la canasta básica para no ser 
considerado pobre es de 231 dólares frente a sólo 154 en Brasil, 
lo que revela pautas de consumo bien distintas. 
 
Otros indicadores hablan de forma aún más clara sobre dos 
sociedades diferentes: sólo el 36 por ciento de las mujeres y el 
31 por ciento de los varones brasileños acceden a la enseñanza 
secundaria, frente al 81 y al 73 por ciento en Argentina.  El 
acceso a la Universidad es tres veces mayor, en porcentaje, en 
Argentina que en Brasil.  Las demás tasas, por no abrumar, 
presentan diferencias aún mayores.  En 1996 se vendían en 
Argentina 123 diarios cada mil habitantes, frente a sólo 40 en 
Brasil. 
 
En resumidas cuentas, Argentina fue (y en gran medida aún lo 
sigue siendo) una sociedad de consumo, la inmensa mayoría de 
sus habitantes fueron (¿son?) ciudadanos, integrados y con 
derechos reconocidos y, muchas veces, respetados.  En Brasil, la 
población rural nunca fue ciudadana (aún hoy más de la mitad está 
bajo la línea de pobreza y más de la cuarta parte es indigente), y 
estuvo siempre a merced de los hacendados.  Teresa Batista, 
cansada de guerra, la célebre novela de Jorge Amado, por 
mencionar apenas una de las obras que reflejan la realidad del 
campo brasileño, es un fiel retrato de esa realidad.  Por algo a 
Brasil se lo denominó como el "campeón mundial de la 
desigualdad" (aún hoy el uno por ciento de los propietarios poseen 
el 45 por ciento de la tierra). 
 
 
Historia y cultura 
 
Sobre este escenario estructural, se han movido los diferentes 
actores sociales que hicieron la historia de ambos países.  La 
solidez de las clases dominantes brasileñas, que impusieron 
desde una monarquía que duró medio siglo (1840-89), hasta el 
Estado Novo corporativista de Getulio Vargas en los años treinta, 
asentadas en el modelo emanado de las haciendas con mano de 
obra semi-esclava, comenzó a resquebrajarse recién hacia el final 
de la última y prolongada dictadura militar (1964-84), con el 
ascenso de nuevos sectores sociales y la lucha de los obreros y 
parte del campesinado por conseguir su lugar en el mundo. 
Espacio que las clases medias y los obreros argentinos ya tenían 
en las primeras décadas del siglo XX, aún a costa de sufrir 
terribles embates represivos del Estado y los grupos 
privilegiados. 
 
La historiadora brasileña Angela de Castro Gomes, apunta las 
dificultades que las masas de su país tuvieron para ganar 
espacios de autonomía, que se zanjaron a lo largo del siglo XX en 
los repetidos fracasos que experimentaron los procesos 
democráticos.  La modernización de la sociedad brasileña fue 
tardía e impuesta desde arriba, y recién en las dos últimas 
décadas se consolidan actores sociales autónomos. 
 
El sector más dinámico de la sociedad brasileña estuvo asentado 
en las áreas rurales.  Allí bebió la mayor parte de la disidencia 
social y política, muchas veces anclada en una suerte de 
"arcaismo" premoderno, como la célebre rebelión de Canudos en 
el nordeste pobre y marginalizado.  El actual Movimiento Sin 
Tierra, que recoge esas tradiciones, aún siendo el mayor 
movimiento del país y uno de los más potentes del mundo, incluye 
apenas a una mínima fracción de los brasileños y alcanza a 
menos del diez por ciento de los campesinos. 
 
Por el contrario, la clase obrera argentina, que configuró uno de 
los movimientos obreros más potentes del mundo, mantuvo sus 
rasgos de autonomía aún bajo el gobierno de Juan Perón, como lo 
testimonia la gran presión que los obreros ejercieron sobre el 
general, en 1951, para que colocara a su esposa Evita en la 
fórmula presidencial.  La clase obrera argentina ganó, a fuerza 
de batallas, un lugar en la sociedad.  Y cada vez que sus 
derechos y conquistas fueron agredidos, enfrentó abiertamente, 
aún a costa del genocidio, a los represores.  La conciencia de 
los derechos, aún persiste pese a que éstos se hayan convertido 
en papel mojado.   
 
 
Un futuro imprevisible 
 
Los llamados datos "estructurales" no caen del cielo, sino que 
son el producto de negociaciones, conflictos y de las más 
diversas interacciones entre los diferentes sectores sociales. 
Así, un reparto más equilibrado de los bienes refleja la fuerza 
de la sociedad civil frente a las elites.  En Argentina, el 90 
por ciento de respaldo que cosecha Kirchner (incluyendo un 64 por 
ciento que apoyan el envío de los genocidas a Madrid), parece 
estar indicando una suerte de "no va más" a la destrucción del 
país y al obsceno dominio de los más ricos.  Sin duda, el ciclo 
de protesta social de 1997 a 2002, que tuvo en el 19 y 20 de 
diciembre su clímax, ha modificado la relación de fuerzas con la 
misma intensidad que aquel 17 de octubre de 1945 que selló el 
crepúsculo de la vieja oligarquía autoritaria y excluyente. 
 
Lula y el PT se enfrentan a un escenario muy distinto.  En 
Brasil, aún se lucha por la ciudadanía, por la inclusión social y 
política de las mayorías.  La existencia de una burguesía 
nacional es, a la vez, impulso y freno a su política.  Por 
último, mientras en Argentina las clases medias se pauperizaron y 
buena parte de ellas rompieron sus viejos prejuicios clasistas 
acercándose ahora a los más pobres, en Brasil los sectores 
medios en ascenso -separados de las grandes mayorías pobres 
por distancias culturales y expectativas de ascenso social- no 
parecen tan dispuestos a considerar que los "otros" tienen 
también sus mismos derechos.  Los primeros parecen estar de 
vuelta del elitismo que modeló sus conductas antiobreras; los 
segundos, aún parecen alentar expectativas más allá de toda 
expectativa razonable. 
 
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