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Asunto:[GAP] El zapatismo y Am érica Latina: profunda revolución cultural
Fecha:Sabado, 3 de Enero, 2004  01:20:31 (-0600)
Autor:Anáhuak Net <redanahuak @..........org>

EL ZAPATISMO Y AMÉRICA LATINA: PROFUNDA REVOLUCIÓN CULTURAL 
Raúl Zibechi * 
 
El neozapatismo es el emergente de una nueva generación de movimientos 
sociales y populares que vienen madurando y creciendo en las pasadas tres 
décadas. Con su aparición pública el primero de enero de 1994 se cierra un 
largo ciclo signado por la transición, desde un tipo de movimiento social 
caracterizado por la centralidad de la clase obrera y los partidos de 
izquierda. A grandes rasgos, esa transición se inició hacia finales de los 
años 60 con el ascenso de los nuevos movimientos y el paralelo declive del 
movimiento sindical. 
 
El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) forma parte de la 
generación de los nuevos movimientos sociales, pero es la expresión más 
acabada de la ruptura con las viejas formas de hacer política, referenciadas 
en el Estado. Estos movimientos representan una doble respuesta al 
agotamiento de los movimientos clásicos y a la restructuración del proceso 
de acumulación, con la que el capital respondió al desborde obrero y popular 
de los años 50 y 60. Las clases dominantes intentaron resolver la crisis de 
dominación, que atravesó todo el continente desde la revolución cubana hasta 
que consiguieron reimponer su orden, combinando represión y profundización 
del capitalismo.  
 
LOS IMPACTOS DEL ZAPATISMO EN AMERICA LATINA 
 
Dado este panorama, podemos establecer cómo el zapatismo se inserta en el 
proceso continental que llevó a la formación de los nuevos movimientos, y 
también podemos vislumbrar las razones de su resonancia y los impactos que 
ha tenido en el conjunto. 
 
 
Indígenas zapatistas recordaron en el caracol de 
Oventic el décimo aniversario del levantamiento 
del EZLN 
FOTO MARIA MELENDREZ PARADA Indagar acerca de la influencia del neozapatismo 
en los movimientos sociales de América Latina supone ir más allá de sus 
aspectos visibles y de las prácticas institucionales. En los nuevos 
movimientos, las rupturas respecto a las tradiciones heredadas de los años 
60 y 70 no son tan evidentes como las continuidades. Para descubrirlas hay 
que ir más allá de las expresiones públicas y de los programas, adentrarse 
en las prácticas, las formas de vida y las relaciones sociales que se 
construyen en el interior de los movimientos, ya que son las que van 
conformando las nuevas formas de hacer política y prefiguran la sociedad que 
los nuevos sujetos anhelan. 
 
Las huellas del zapatismo pueden rastrearse, por un lado, en algunos de los 
movimientos más frescos y menos institucionalizados, e incluyen, por otro, 
algunos temas que los nuevos actores sociales han ido colocando en el centro 
de los debates: el poder, la autonomía y la autogestión, los tiempos del 
"afuera" y del "adentro" y la forma de entender el cambio social, entre los 
más destacados. Estos impactos, sin embargo, se encuentran mezclados a 
menudo con ideas y actitudes más "tradicionales" y, salvo excepciones, como 
la Mesa de Escrache Popular de Buenos Aires, algunas asambleas barriales y 
grupos piqueteros, la pauta dominante parece ser un impacto relativamente 
fuerte en los temas relacionados con el poder estatal, y otros más 
superficiales, en particular los vinculados con los tiempos interiores y la 
forma de concebir el cambio social. 
 
El zapatismo resuena -como señala John Holloway- porque es parte de lo 
mismo. O sea, si resuena es porque hay cambios que han provocado que ciertas 
miradas estén ya habituadas a otra forma de mirar; porque, como hemos 
comprobado líneas arriba, el zapatismo es parte de un movimiento más amplio, 
con el que tiene múltiples lazos y aspectos en común. Si no fuera así, no 
podría haber resonancia. 
 
En este aspecto sería conveniente introducir un matiz: el zapatismo no 
"influye", no "baja línea", simplemente resuena porque la intensidad de su 
experiencia es capaz de conmover a otros y otras aun a grandes distancias. 
Su manera de expandirse es sinuosa y subterránea, cala en nosotros por la 
profundidad de la experiencia. Trabajan la autonomía de tal manera, que nos 
interpela. No esperan del Estado una ley, sino que se ponen a construir los 
caracoles, potenciando la autonomía indígena que interpela nuestra falta de 
autonomía.  
 
La ya célebre propuesta zapatista que dice "no queremos tomar el poder", ha 
sido retomada por intelectuales y dirigentes políticos y sociales, pero 
también impregna buena parte de los debates de algunos importantes 
movimientos del continente. Llama la atención, sin embargo, que el conjunto 
de los partidos políticos de izquierda de la región -que confluyen en el 
Foro de Sao Paulo- sigan ignorando la importancia estratégica de este 
debate: desde las corrientes más moderadas cercanas a la tercera vía, hasta 
los movimientos guerrilleros, pasaron por alto durante una década la 
posibilidad de reconsiderar su propuesta de conquistar el poder estatal como 
eje desde el cual articular los cambios, y siguen enfrascados en la vieja 
polémica acerca de las vías, revolucionarias o reformistas, para conseguir 
el "objetivo final". Entre los intelectuales las cosas no son muy 
diferentes. Los más encumbrados, o los más institucionalizados, han optado 
por eludir el debate. Otros ingresaron en tono acusador, reprochando a 
quienes defienden la tesis de no tomar el poder estatal de mostrar signos de 
"debilidad" (es el caso de James Petras) o de defender ideas que "conducen a 
la derrota" (como sostiene el filósofo argentino Rubén Dri). Menos 
frecuentes han sido los desacuerdos francos no destinados a satanizar al 
adversario, como la polémica entre Atilio Borón y John Holloway. 
 
En los casos en los que el debate fue retomado por las izquierdas 
partidarias, el resultado ha sido poco alentador. El Partido Comunista 
Revolucionario de Argentina (PCR), maoísta e inspirador de la piquetera 
Corriente Clasista y Combativa, el grupo de desocupados más numeroso y mejor 
estructurado, se emplea a fondo contra el libro Cambiar el mundo sin tomar 
el poder, de John Holloway, pero, al igual que los demás partidos de la 
izquierda, se manifiesta en favor del EZLN. Sin poder abandonar los esquemas 
más clásicos, el PCR sostiene que la tesis de no tomar el poder es 
"funcional a las clases dominantes", ya que se propone "alejar a las masas 
del poder para poder preservarlo en manos de las clases dominantes". El tono 
empleado por el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), organización 
trotskista que tiene fuerte presencia en las fábricas recuperadas Brukman y 
Zanón, es más agresivo aún: Holloway y los defensores de la no toma del 
poder estatal serían víctimas de "eclecticismo metodológico", "reformistas" 
y "pequeño burgueses", entre los adjetivos más suaves que les endilgan. La 
influencia del zapatismo en Argentina, y el impacto mediático de sus 
principales tesis provocó un contramovimiento que abarca desde los espacios 
académicos hasta los más importantes movimientos sociales, pero que tiene su 
punta de lanza en algunos intelectuales y en los partidos de la vieja 
izquierda.  
 
Por el contrario, la polémica sobre el poder estatal está presente en 
importantes movimientos, sobre todo en el ecuatoriano y el argentino. En 
ocasiones, el debate se presenta de forma lateral, quizá para evitar 
rechazar de plano las propuestas zapatistas, quizá por el enorme prestigio 
que tiene el subcomandante Marcos y la comandancia indígena. En ambos casos, 
el debate surge por razones diferentes. En Ecuador, como veremos, fue 
resultado de la experiencia del 21 de enero de 2000, cuando el movimiento 
indígena y militares nacionalistas tomaron durante algunas horas el poder 
estatal en descomposición. Ese breve asalto al Estado generó una situación 
de crisis en las principales organizaciones del mundo indio. En Argentina, 
los hechos del 19 y 20 de diciembre de 2001 dispararon lecturas 
ideologizadas de la realidad: desde quienes creyeron ver una situación pre 
revolucionaria, que habría que encauzar hacia la revolución-toma del poder, 
hasta quienes pretenden dejar abiertas las preguntas formuladas por sucesos 
que desafían los saberes de los revolucionarios, como forma de mantener 
activa la creatividad social. 
 
El impacto del "no tomar el poder estatal" en el movimiento piquetero y 
asambleario puede verificarse de forma muy directa: Argentina es el país 
donde tanto las tesis de Holloway como las del EZLN han traspasado las 
fronteras de la intelectualidad y la militancia para hacerse carne en 
amplias franjas del movimiento social, contando con una difusión inusitada 
en otros países latinoamericanos. 
 
Un reciente documento de varios MTD (movimiento de trabajadores desocupados) 
de la Coordinadora Aníbal Verón, uno de los grupos piqueteros autónomos de 
los partidos y las centrales sindicales, señala que "tomamos distancia de 
las visiones que limitan la idea del poder a la conquista del aparato del 
Estado, como objetivo y fin último", y enfatiza en un concepto del poder que 
parece extractado del ideario zapatista: "El poder no es una 'cosa' que nos 
resulta ajena, sobre la cual tenemos que estar en favor o en contra: 
preferimos entenderlo como una relación social. El poder popular se 
construye desde y en las bases, con democracia y participación consciente, 
con relaciones que prefiguren la sociedad que anhelamos". 
 
Vale la pena destacar que buena parte de los referentes de la Coordinadora 
Aníbal Verón son jóvenes que se formaron en lecturas zapatistas, cuando a 
mediados de los años 90 los comunicados del subcomandante Marcos cautivaban 
a los jóvenes, desde los estudiantes universitarios hasta los desocupados de 
barrios marginales. Una de las peculiaridades del caso argentino respecto al 
zapatismo es la identificación de un sector del público rockero, y de las 
bandas de rock, con Marcos y el EZLN. 
 
Pero las influencias de este debate son más vastas y llegan a otros rincones 
del continente, sobre todo a aquellos donde la población indígena es 
importante. La experiencia reciente del movimiento ecuatoriano, el más 
potente del continente junto con el argentino, mostró una inflexión a raíz 
de la insurrección que derribó al presidente Jamil Mahuad en enero de 2000. 
Luego del levantamiento, el debate sobre el concepto de poder volvió a 
instalarse con fuerza en el movimiento indígena. Luis Macas, dirigente de la 
Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), recordó que 
en lengua quichua ushay, poder "es la capacidad de desarrollarnos 
colectivamente". El aserto de Macas tiene notable coincidencia con la 
propuesta de Holloway de diferenciar el poder-hacer (como capacidad humana 
básica) del poder-dominación. 
 
Reflexionando sobre la misma experiencia, el trabajo del economista Pablo 
Dávalos concluye que la insurrección del 21 de enero cierra un ciclo, ya que 
en él se incorporó "la dinámica del poder a un movimiento cuyas coordenadas 
de acción siempre estuvieron dadas por la capacidad de convertirse en el 
contrapoder social". 
 
Los dirigentes de la Conaie se fueron apartando del proyecto original de los 
indios, que descansa en la defensa de un Estado plurinacional que garantice 
la autonomía de los pueblos y naciones indígenas. La disolución de los tres 
poderes del Estado, hacia enero de 2000, llevó a que buena parte de la 
dirigencia cayera en la "tentación" del poder estatal. En ese momento, la 
Conaie traspasó el umbral entre movimiento social y movimiento político, 
pero, al hacerlo, puso en juego "todo su acumulado histórico", ya que 
"convertirse en poder significaba dejar de lado su proyecto más estratégico 
y más a largo plazo: construir una sociedad verdaderamente plurinacional". 
La Conaie dejó por un tiempo de ser el "contrapoder más efectivo que existía 
en la sociedad, que fue capaz de ejercer un poder de veto efectivo sobre las 
iniciativas más antipopulares de las elites". 
 
Más grave aún es que la opción por el poder (breve en el tiempo, pero con 
consecuencias dramáticas para el movimiento) implicaba dejar de lado "las 
dinámicas propias de la resistencia y construir formatos más institucionales 
que sirvan a la larga como mecanismos de control al surgimiento de posibles 
resistencias por parte de otros actores sociales". En suma, que no puede el 
movimiento convertirse en poder sin dejar de lado su experiencia como 
contrapoder.  
 
Un año después, en enero de 2001, un nuevo levantamiento de las bases, no 
convocado por la dirigencia, retoma el proyecto original con una plataforma 
de lucha más modesta. Los dirigentes que se habían destacado un año atrás 
adoptaron un perfil bajo por la presión de las bases, que comprendieron que 
convertirse en opción de poder llevaba a la fractura del movimiento. Una 
conclusión se impuso: "Más importante que acceder al control del gobierno es 
transformar a un país desgarrado por el racismo, el autoritarismo y la 
prepotencia".  
 
En otros casos, como el del movimiento juvenil y estudiantil uruguayo, la 
empatía de los jóvenes con movimientos como los sin tierra y el zapatismo, 
fue visible en el tipo de organización que crearon: una coordinadora que 
llevó adelante las ocupaciones de centros de estudio en el invierno de 1996. 
Definieron que la coordinadora "no es la dirección del movimiento, porque la 
dirección depende del movimiento mismo"; discutieron durante horas y días 
las propuestas, pero eligieron a sus representantes por sorteo y colocaron 
las asambleas de centro por encima de la coordinación. Algo similar sucedió 
en abril de 2000 durante la insurrección por el agua en Cochabamba. Allí, 
"la multitud reunida delibera directamente", derogando el "hábito delegativo 
del poder estatal", al punto que la multitud redefine el papel de los 
dirigentes, que en adelante se vuelven sólo transmisores. En ambos casos, la 
organización del movimiento (ambas asumieron la forma de coordinadoras) se 
construyó sobre la doble lógica de la mayor dispersión posible del poder y, 
en paralelo, de reflejar en su seno las redes sociales de los sectores 
sociales implicados. Esta doble característica ha ganado espacio, cabezas y 
corazones en la mayoría de los movimientos sociales del continente. 
 
NUEVAS IMAGENES DEL CAMBIO: HORIZONTALIDAD Y COMUNIDAD 
 
El cambio social empieza a relacionarse cada vez más con la capacidad de 
hacer qué con la conquista del poder. De ahí la insistencia de los 
piqueteros de la Verón en que sus iniciativas de producción "prefiguran" la 
sociedad que anhelan. Una imagen que va ganando terreno entre los nuevos 
movimientos es la que muestran numerosos medios: grupos de vecinos, 
desocupados o campesinos trabajando en emprendimientos colectivos o 
comunitarios, entre los que destacan las mujeres de los sectores populares. 
La gama incluye desde clínicas de salud autogestionadas hasta panaderías 
comunitarias, desde huertas vecinales hasta pequeñas fábricas de conservas 
y, en ocasiones, como en un barrio del sur de Buenos Aires, los propios 
desocupados (que sobreviven con 40 dólares al mes) instalaron una fábrica de 
bloques con los que construyen sus viviendas cada vez menos precarias. 
 
 
Como siempre, las mujeres 
indígenas tuvieron un papel 
protagónico en los actos 
conmemorativos de los zapatistas 
FOTO MARIA MELENDREZ 
PARADA Estas imágenes sencillas, mucho menos "heroicas" que las que 
conocimos en los años 60 y 70, forman parte del nuevo paisaje del movimiento 
popular. Incluyen la idea de potenciar la autonomía, asentada en la creación 
de hecho de territorios donde los colectivos van construyendo su nuevo 
mundo, ganando espacios en los que buscan asegurar el sustento cotidiano, 
pero también establecer relaciones solidarias e igualitarias. 
 
Una de las preguntas que atraviesan al movimiento piquetero (denominado 
"zapatismo urbano" por Holloway) es "cómo" producir su subsistencia. Un 
debate, aún inconcluso, abarca todo un conjunto de organizaciones sobre la 
necesidad de la rotación en los cargos, que los equipos de trabajo no tengan 
capataces, sobre cómo suavizar la división del trabajo y la jerarquía de 
conocimientos. Algunos colectivos, como el MTD de Solano, rechazan inclusive 
la idea de que puedan existir dirigentes, estableciendo de ese modo una 
diferencia radical con movimientos como los Sin Tierra, a los que consideran 
hermanos e inspiradores. 
 
Desde mediados de los años 90, gracias al doble influjo de la experiencia 
zapatista y de las nuevas culturas juveniles, fue ganando terreno la idea de 
horizontalidad. En un principio se trataba de un rechazo visceral de las 
prácticas centralistas y jerárquicas de la izquierda y los sindicatos. 
Puesta a andar, la propia horizontalidad fue ganando espacios, 
expandiéndose, y terminó enriqueciendo la vida cotidiana de grupos de 
mujeres, de jóvenes y cada vez más de desocupados y campesinos. Merece 
destacarse el caso de la organización HIJOS (de desaparecidos por la 
dictadura) de Argentina. La profundidad de sus definiciones corre pareja con 
la profundidad de sus acciones: en pocos años se ganaron el respeto del 
conjunto del movimiento popular, de los medios y los intelectuales, y, sobre 
todo, consiguieron que la acción que los caracteriza, el escrache 
(concentración frente al domicilio de un genocida para que lo conozca toda 
la comunidad), haya sido adoptada por amplias franjas de la sociedad en los 
periodos de mayores movilizaciones. 
 
Detenerse en la experiencia de los HIJOS supone iluminar una forma de 
pararse en las luchas sociales muy similar a la del zapatismo. HIJOS se 
define como una "organización horizontal con voluntad de consenso". Ha hecho 
de la asimetría una seña de identidad: "No tiene sentido referenciarnos todo 
el tiempo en el enemigo, y como el enemigo dice 'blanco' nosotros, para 
combatir al sistema, debemos decir 'negro'". No buscan que la justicia 
castigue a los genocidas ni proponen siquiera un "castigo popular", sino 
algo más profundo: que cada barrio en el que viven sea su cárcel; cada 
vecino, su carcelero. Al apostar por el castigo social, buscan implicar (y 
lo hacen) al conjunto de las redes y organizaciones de cada lugar en los 
escraches, de modo que trabajan durante meses con ellos, deslindando con los 
tiempos del sistema y de los medios, y atendiendo sólo los "tiempos 
interiores" del movimiento social. Los resultados son sorprendentes: no sólo 
decenas de asambleas vecinales realizaron a lo largo de 2002 cientos de 
escraches a militares genocidas, sino que muchos debieron trasladarse, toda 
vez que los vecinos les negaban el saludo y tenían grandes dificultades para 
comprar el pan y el diario en el barrio. 
 
Para HIJOS, la horizontalidad y la reconstrucción de los lazos solidarios, 
destruidos por la dictadura, son ejes tan importantes como el castigo a los 
genocidas. O sea, cuestiones de principios. 
 
La horizontalidad es una visión particular de la democracia. Podríamos decir 
que horizontalidad es un camino y, a la vez, una forma de caminar ese camino 
(...) La horizontalidad básicamente es un esfuerzo, una demanda a cada uno 
por poner lo mejor de sí, por no descansar en las habilidades ajenas, por 
avenirse a las decisiones y a los tiempos del colectivo. Todas las 
organizaciones expresan en su forma de trabajar el norte al que quieren 
llegar. La forma de hacer política es (o debiera ser) una muestra del mundo, 
la sociedad, en la que quieren vivir. 
 
HIJOS es, de alguna manera, la organización más "puramente" zapatista del 
mundo no indígena de América Latina. Ciertamente, se trata de un colectivo 
muy peculiar. Sus integrantes son todos hijos de militantes de los años 60 y 
70 o de desaparecidos, encarcelados o exiliados; son jóvenes activos y 
formados, muchos son estudiantes y entre sus textos de referencia figuran, 
en primer lugar, los comunicados del EZLN. 
 
VISIONES DEL CAMBIO SOCIAL: UNA FORMA DE CAMINAR 
 
De forma muy desigual va ganando terreno una idea diferente del cambio 
social. No se trata de una propuesta nítida, acotada y precisa, sino la 
convicción de que los cambios deben estar ligados a la reconstrucción de los 
vínculos que el sistema destruye a diario, desde hace siglos. Y, por otro 
lado, la sensación de que los cambios son "entre nosotros" o, sencillamente, 
no son.  
 
La reciente decisión del EZLN de terminar la experiencia de los 
Aguascalientes y construir en su lugar los caracoles como espacios de la 
autonomía local y regional serán inspiración estimulante. Los zapatistas 
decidieron poner en práctica la autonomía de hecho, sin esperar a que el 
Estado mexicano se las concediera. 
 
No es un camino muy distinto al que ya venían recorriendo, ni muy diferente 
del que llevan adelante los indígenas ecuatorianos (pero también de otras 
partes del continente y de México), que decidieron hacerse fuertes en los 
municipios donde mantienen una hegemonía étnica, para desde ellos crear las 
bases de la nueva sociedad. 
 
La idea de ir forjando una nueva sociabilidad, nuevas relaciones entre las 
personas y el ambiente, en los espacios-islas que controlan los movimientos 
sociales, ya es patrimonio de amplias franjas de personas organizadas en los 
más diversos frentes. La metáfora de Marcos, que señala que hay quien "se 
dedica a imaginar que el timón existe y disputar su posesión", mientras hay 
quien "hace de una isla no un refugio para la autosatisfacción, sino una 
barca para encontrarse con otra isla y con otra y con otra...", empieza a 
ser una forma de vida para una parte considerable de quienes dedican su vida 
a cambiar el mundo desde los movimientos sociales. * 
 
* Periodista uruguayo. Una versión más extensa de este artículo fue 
publicada en la revista italiana Carta. 
 
 
http://www.jornada.unam.mx/per-raul.html  
 
 
 
 
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