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Asunto:[GAP] Fidel en el 45 Aniversario de la Revolucion Cubana
Fecha:Domingo, 4 de Enero, 2004  04:13:41 (-0600)
Autor:Anáhuak Net <redanahuak @..........org>

 
Movimiento Mexicano de Solidaridad con Cuba 
From: pedro gellert / mmsc2002@... 
Date: Sun, 04 Jan 2004 00:44:26 -0600 
Subject: discurso de Fidel,aniversario 45 del triunfo de la Revolución 
Cubana 
 
Discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, Primer 
Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de 
los Consejos de Estado y de Ministros, en ocasión del aniversario 45 del 
triunfo de la Revolución Cubana, en el teatro 'Carlos Marx', el 3 de enero 
de 2004, 'Año del 45 aniversario del triunfo de la Revolución'. 
 
(Versiones Taquigráficas - Consejo de Estado) 
 
Queridos compatriotas; 
Distinguidos invitados: 
 
Muchos de los que tuvimos el privilegio de ser testigos de aquel emocionante 
día aún vivimos; otros muchos ya murieron;  la inmensa mayoría de los aquí 
presentes tenían menos de diez años, o no habían nacido, o estaban lejos de 
nacer el Primero de Enero de 1959. 
 
Nuestros objetivos nunca fueron la búsqueda de gloria, honores ni 
reconocimientos individuales o colectivos.  Los que hoy ostentamos el 
legítimo derecho de llamarnos revolucionarios cubanos nos vimos obligados, 
sin embargo, a escribir lo que ha resultado una página sin precedentes en la 
historia.  Inconformes con la situación política y social de nuestro país, 
estábamos simplemente decididos a cambiarla. No era algo nuevo en Cuba, 
había ocurrido muchas veces a lo largo de casi un siglo. 
 
Creíamos en los derechos de los pueblos, entre ellos el derecho a la 
independencia y a rebelarse contra la tiranía.  Del ejercicio de tales 
derechos en este hemisferio, conquistado a sangre y fuego por las potencias 
europeas -incluidas las matanzas masivas de los aborígenes y la 
esclavización de millones de africanos-, emergieron un conjunto de naciones 
independientes, entre ellas los Estados Unidos de Norteamérica. 
 
Cuando la Revolución Cubana libra su primer combate el 26 de julio de 1953 
contra un régimen ilegal, corrompido y sangriento, no habían transcurrido 
todavía 8 años desde el final de la Segunda Guerra Mundial, desatada por el 
fascismo en 1939, que costó la vida a más de 50 millones de personas y causó 
la destrucción de la economía de todos los países industrializados de 
entonces, con excepción de la de Estados Unidos, fuera del alcance de las 
bombas y los cañones enemigos. 
 
Las ideas del fascismo que dieron origen a tan colosal contienda estaban en 
total contradicción con los principios proclamados en la Declaración de 
Independencia de las 13 antiguas colonias inglesas de Norteamérica el 4 de 
julio de 1776.  En la misma se afirmaba textualmente: “Sostenemos como 
verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales;  que a todos les 
confiere su Creador ciertos derechos inalienables entre los cuales se cuenta 
la vida, la libertad y la consecución de la felicidad […] que siempre que 
una forma de gobierno tienda a destruir esos fines, el pueblo tiene derecho 
a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que se funde en 
dichos principios y organice sus poderes en la forma que a su juicio 
garantice mejor su seguridad y felicidad.” 
 
La Declaración Francesa de los Derechos del Hombre, a raíz de la Revolución 
de 1789, fue más lejos todavía sobre este tema, al proclamar: “Cuando el 
gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es para este el más 
sagrado de los derechos y el más imperioso de los deberes.” 
 
Las ideas fascistas chocaban también frontalmente con los principios 
consignados en la Carta de las Naciones Unidas después de la gigantesca 
batalla de la Segunda Guerra Mundial, entre los que se proclamaba, como 
prerrogativa esencial del orden político mundial, el respeto al derecho de 
los pueblos a la soberanía y la independencia. 
 
En realidad los derechos de los pueblos nunca han sido respetados a lo largo 
de la breve historia conocida de la humanidad, repleta de guerras de 
conquista, imperios y las más variadas formas de saqueo y explotación de 
unos seres humanos por otros.  Sin embargo, en ese momento del devenir 
histórico y pese al hecho real de que las potencias victoriosas impusieron 
un orden político mundial con privilegios cada vez más irritantes para un 
minúsculo grupo de los Estados más poderosos, muchas naciones, instituciones 
y personas, concibieron la esperanza de que se iniciaba una nueva y 
prometedora etapa de la humanidad.  Más de 100 naciones o grupos de 
naciones, incluso grupos humanos que no habían alcanzado todavía un 
sentimiento nacional, recibieron el reconocimiento formal como Estados 
independientes.  Fue una época sumamente propicia a la ilusión y el engaño. 
 
El grupo numeroso de países que recibieron formalmente el status de Estados 
independientes estaba constituido, en su inmensa mayoría, por antiguas 
colonias, dominios, protectorados y otras formas de someter y controlar 
países, impuestas a lo largo de siglos por las potencias más poderosas. 
Su dependencia de las antiguas metrópolis era casi total;  su lucha por 
alcanzar y actuar con mayor soberanía ha sido difícil y no pocas veces 
heroica. Lo demuestra el terrible acoso a que son sometidos para apoyar los 
proyectos de Estados Unidos en Ginebra, o abstenerse de votar contra los 
mismos en último término.  Admirable resulta el comportamiento de esos 
Estados en la Asamblea General de las Naciones Unidas, que se expresa en el 
creciente y ya casi unánime apoyo a Cuba contra el bloqueo. 
 
Lo peor era que no pocos de los países que antes de aquella contienda eran 
ya supuestamente independientes, ignoraban hasta qué grado carecían de 
independencia, entre ellos Cuba.  La casi totalidad de los países 
latinoamericanos estaba en esa triste lista, lo que se demostraría con 
creces. Tan pronto nuestro heroico pueblo logró una verdadera y plena 
independencia, la casi totalidad de sus élites gobernantes se unieron a 
Estados Unidos para destruir la Revolución e impedir las conquistas 
políticas y sociales que rápidamente estábamos realizando. 
 
Desde el propio año 1959, se iniciaron las agresiones con el empleo de todos 
los medios económicos y políticos, incluidos la violencia, el terrorismo y 
la amenaza del empleo masivo de la fuerza militar de Estados Unidos. 
 
Lo ocurrido con Cuba contribuyó a demostrar cuánto había de ilusión y engaño 
en los elegantes textos sobre los principios y los derechos proclamados por 
la Organización de Naciones Unidas. 
 
La fuerza y no el derecho, como ha venido ocurriendo a lo largo de milenios, 
continuó siendo el factor fundamental en la vida de la humanidad. 
 
Cuanto ha sucedido hasta hoy, a partir de los primeros elementos históricos 
con que contamos, es fruto de una evolución natural y espontánea, tórpida y 
desordenada, de la sociedad humana.  A nadie podría culparse de los 
distintos sistemas políticos, económicos y sociales que se han sucedido a lo 
largo de cinco mil años. 
 
Las distintas civilizaciones surgidas en las más apartadas regiones del 
mundo: China, India, Medio Oriente, el Mediterráneo, Centro y Suramérica, 
obviamente en mayor o menor grado se desconocían entre sí, eran 
independientes, aunque en muchas cosas evidenciaron extraordinarios alcances 
en sus conocimientos.  Algunas nos deslumbran, como por ejemplo la llamada 
civilización griega:  su arte, su filosofía, su literatura, sus 
conocimientos de historia, física, matemática, astronomía y otros campos. 
 
Es creciente lo que se conoce sobre los mayas y otras civilizaciones 
preincaicas, lo que demuestra que el ser humano, aun separado por decenas de 
miles de años en el tiempo y decenas de miles de kilómetros en el espacio, 
era ya creador y capaz de extraordinarias obras;  pero en todas las 
civilizaciones que nos precedieron y en la actual, de una forma u otra, hubo 
y hay imperios, guerras de conquista, formas de esclavitud y de feudalismo, 
ricos y pobres, clases sociales privilegiadas dominantes y clases 
explotadas, marginadas y excluidas.  Ignorarlo sería ignorancia extrema. 
 
Debo darle razón a Marx cuando esbozó la idea de que cuando existiera sobre 
la Tierra un régimen social verdaderamente racional, justo y equitativo, el 
ser humano habría salido de la prehistoria. 
 
Si todo el desenvolvimiento de la sociedad humana ha sido inevitablemente 
caótico, desordenado, imprevisible y sumamente cruel e injusto, la lucha por 
crear otro mundo diferente, verdaderamente racional, digno de la 
inteligencia de nuestra especie, constituye en este momento de su historia, 
que en nada se parece a cualquier otra etapa previa de la humanidad, algo 
que no era posible y ni siquiera imaginable en otras circunstancias:  un 
intento de que los seres humanos por primera vez programen su propio 
destino.  
 
Soñar con cosas imposibles se llama utopía;  luchar por objetivos no solo 
alcanzables, sino imprescindibles para la supervivencia de la especie, se 
llama realismo. 
 
Sería erróneo suponer que tal objetivo obedecería simplemente a una 
motivación ideológica.  Se trata de algo que va más allá de nobles y muy 
justificables sentimientos de justicia y profundos deseos de que todos los 
seres humanos puedan alcanzar una vida digna y libre;  se trata de la 
supervivencia de la especie. 
 
La gran diferencia entre la época de Grecia y la actual no está en la 
capacidad intelectual de nuestra especie;  está en el avance exponencial y 
aparentemente infinito del desarrollo de la ciencia y la tecnología que ha 
tenido lugar en los últimos 150 años, que supera por completo la exigua y 
ridícula capacidad política demostrada para enfrentar los riesgos de perecer 
como especie que realmente la amenazan. 
 
Hace menos de 60 años se hizo evidente, al estallar sobre Hiroshima el 
primer artefacto nuclear equivalente a 20 mil toneladas de TNT, que la 
tecnología había creado un instrumento cuyo desarrollo podría poner fin a la 
existencia de la vida humana sobre el planeta.  Desde entonces no ha parado 
un solo día el desarrollo de nuevas y hasta cientos de veces más poderosas, 
variadas y certeras armas y sistemas de este carácter.  Hoy existen decenas 
de miles de ellas, solo muy pocas han sido eliminadas en virtud de engañosos 
y limitados acuerdos. 
 
Un reducido grupo de países de los que monopolizan tales armas se arrogan el 
derecho exclusivo de producirlas y mejorarlas.  Las contradicciones e 
intereses de sus miembros sufren cambios, y la humanidad se desenvuelve bajo 
un tinglado de armas nucleares que amenaza su existencia.  Alguien podría 
afirmar algo parecido a lo que aquel emperador persa exclamó al aproximarse 
con un enorme ejército a los 300 espartanos que defendían el paso de las 
Termópilas:  “Nuestros misiles nucleares oscurecerán el Sol.” 
 
Las vidas de miles de millones de seres humanos que habitan el planeta 
dependen de lo que piensen, crean y decidan unas pocas personas.  Lo más 
grave es que los que poseen tan fabuloso poder no cuentan con psiquiatras. 
 
No podemos resignarnos.  Tenemos derecho a denunciar, presionar y exigir 
cambios y el cese de tan insólita y absurda situación, que nos convierte a 
todos en rehenes.  Nadie debe poseer  jamás semejantes facultades, o nadie 
en el mundo podrá volver a hablar de civilización. 
 
A este se suma otro letal problema:  hace apenas 40 años algunos comenzaron 
a expresar preocupaciones sobre lo que se ha dado en llamar el medio 
ambiente, a partir de una civilización bárbara que estaba destruyendo las 
condiciones naturales de vida.  Por primera vez se pone sobre el tapete ese 
delicadísimo tema.  No pocos pensaron que se trataba de personas alarmistas 
y exageradas, un neomalthusianismo al estilo de pasados siglos. 
 
Eran en realidad personas bien informadas e inteligentes que iniciaban la 
tarea de concientizar a la opinión pública sobre el tema, con la angustia a 
veces de que fuera demasiado tarde para adoptar las medidas pertinentes. 
 
Quienes por sus altas responsabilidades políticas debían mostrar las mayores 
inquietudes, no mostraban más que ignorancia y desprecio. 
 
Han pasado ya más de diez años desde la Cumbre de Río de Janeiro convocada 
por Naciones Unidas, y pese a la habitual proliferación de discursos, 
compromisos y promesas, muy poco se ha hecho.  Sin embargo, la conciencia 
del mortal peligro crece.  Debe crecer y crecerá la lucha. No hay 
alternativa.  
 
Hace muy poco se produjo en La Habana un encuentro sobre desertificación y 
cambio de clima convocado igualmente por Naciones Unidas, un importante 
esfuerzo de información, concientización y llamado a la lucha. 
 
Fui testigo en Río de Janeiro de la inquietud y el temor de los que 
representaban a las pequeñas islas del Pacífico y a otros países amenazados 
por el riesgo de quedar sepultados por las aguas de forma parcial o total 
debido al cambio de clima.  Es triste.  Los primeros en sufrir las 
consecuencias de la afectación del medio ambiente son los pobres. No poseen 
automóviles, ni aires acondicionados, posiblemente ni siquiera muebles, si 
es que disponen de vivienda.  Sobre ellos caen más directamente los efectos 
de las grandes emanaciones de dióxido de carbono causantes del calentamiento 
de la atmósfera y el efecto pernicioso de los rayos ultravioletas que 
atraviesan el deteriorado filtro de la capa de ozono.  Cuando se enferman, 
bien se sabe que no existen para ellos y sus familiares hospitales, médicos 
ni medicamento alguno. 
 
Un tercer problema:  en el más conservador de los cálculos posibles, la 
población mundial tardó no menos de 50 mil años en alcanzar la cifra de mil 
millones de habitantes.  Esto ocurrió aproximadamente en el año 1800, cuando 
se iniciaba el siglo XIX.  Llegó a dos mil millones 130 años después, en 
1930, siglo XX.  Alcanzó tres mil millones en 1960, treinta años después; 
cuatro mil millones en 1974, catorce años después;  cinco mil millones en 
1987, trece años después;  seis mil millones en 1999, solo doce años 
después.  Cuenta hoy con 6 374 millones. 
 
Es verdaderamente asombroso que en solo 204 años la población mundial se 
multiplicara 6,4 veces desde la cifra de mil millones alcanzada en 1800, 
después de no menos de 50 mil años, calculados de forma relativamente 
arbitraria y conservadora para disponer de un punto de arranque que deberá 
ser considerado ulteriormente.  Pueden ser muchos más años, limitándonos 
solo al tiempo en que alcanzó su capacidad actual. 
 
¿A qué ritmo crece en este momento? 
Año 1999:  población, 6 002 millones de habitantes; crecimiento,      77 
millones. 
Año 2000:  población, 6 079 millones;  crecimiento, 75 millones. 
Año 2001:  población, 6 154 millones; crecimiento, 74 millones. 
Año 2002:  población, 6 228 millones;  crecimiento, 72 millones. 
Año 2003:  población, 6 300 millones; crecimiento, 74 millones. 
Año 2004:  población calculada, 6 374 millones; crecimiento,           74 
millones. 
 
¿A cuánto ascenderá la población mundial en el año 2050? 
Los cálculos más reducidos afirman que a 7 409 millones;  los cálculos más 
elevados aseguran que a 10 633 millones.  Según el criterio de muchos 
expertos, la cifra será alrededor de 9 mil millones de habitantes. La gran 
alarma provocada por esta colosal explosión demográfica, unida a la 
acelerada degradación de las condiciones naturales elementales para la 
supervivencia de la especie, ha causado verdadera consternación en muchos 
países, ya que casi el ciento por ciento de los crecimientos mencionados 
tendrán lugar en los países del Tercer Mundo. 
 
Conociendo el creciente deterioro y reducción de los recursos de tierra y 
agua, las hambrunas que tienen lugar en muchos países, la indiferencia y el 
despilfarro de las sociedades de consumo, así como los problemas 
educacionales y sanitarios de la población mundial, si no se resuelven, es 
como para imaginarse una especie humana en la que sus miembros se estarían 
devorando entre sí. 
 
Sería bueno preguntarles a los campeones olímpicos de los derechos humanos 
en el mundo occidental si alguna vez han dedicado un solo minuto a pensar en 
estas realidades, que en altísimo grado son consecuencia del sistema 
económico y social;  qué piensan de un sistema que, en vez de educar a las 
masas como cuestión fundamental para avanzar con el apoyo precisamente de la 
ciencia, la técnica y la cultura en la búsqueda de soluciones viables y 
apremiantes, gasta un millón de millones de dólares cada año en propaganda 
enajenante y consumista.  Con lo que se gasta en uno solo de esos años para 
sembrar ese singular veneno, se podría alfabetizar y elevar hasta el nivel 
de noveno grado a todos los analfabetos y semianalfabetos del mundo en menos 
de diez años, y ningún niño pobre carecería de enseñanza.  Sin educación y 
otros servicios sociales, el delito y el consumo de drogas jamás podrán 
reducirse y hasta casi eliminarse.  Lo afirmamos desde Cuba, el país 
bloqueado durante 45 años, acusado y condenado no pocas veces en Ginebra por 
Estados Unidos y sus socios más incondicionales, que está a punto de 
alcanzar servicios de salud, educación y formación cultural con niveles de 
calidad que jamás el Occidente desarrollado y rico ha soñado siquiera, y 
además absolutamente gratuitos para todos los ciudadanos sin excepción 
alguna.  
 
La globalización neoliberal impuesta al mundo, diseñada para un mayor saqueo 
de los recursos naturales del planeta, ha conducido a la mayoría de los 
países del Tercer Mundo, y de modo especial a los de América Latina, tras el 
fatídico 'Consenso de Washington', a una situación desesperada e 
insostenible. 
 
El primer fruto de esa funesta política fue la “década perdida” de 1980, en 
que el crecimiento de la región se limitó a uno por ciento; asciende a  2,7 
por ciento entre 1990 y 1998, muy por debajo de las falsas ilusiones y de 
necesidades apremiantes, para volver a caer al uno por ciento entre 1998 y 
el 2004. 
 
La deuda externa que en 1985, año del traicionero 'consenso', ascendía a 300 
mil millones de dólares, se eleva hoy a más de 750 mil millones. 
 
Las privatizaciones enajenaron en cientos de miles de millones de dólares 
bienes nacionales que se crearon a lo largo de muchos años, los cuales se 
esfumaron a la velocidad con que de estos países se fugan los capitales 
hacia Estados Unidos y Europa. 
 
El desempleo alcanzó cifras récord.  De cada 100 nuevos puestos de trabajo 
que se crean, 82 pertenecen al llamado “sector informal”, que incluye una 
larga lista de los que se ganan la vida de cualquier forma sin protección 
social ni legal alguna. 
 
La pobreza ha crecido de forma alarmante, en especial la pobreza extrema, 
12,8 por ciento hasta alcanzar el 44 por ciento de la población.   El 
desarrollo se estanca y los servicios sociales se deterioran cada vez más. 
 
En estos últimos, que incluyen en primer lugar la educación y la salud de la 
población, como era de esperarse, la globalización neoliberal produjo un 
verdadero desastre. 
 
Si a esto se unen viejas y nuevas formas de saqueo como el intercambio 
desigual, la fuga incesante y obligada de capitales, el robo de cerebros, el 
proteccionismo, los subsidios y los ucases de la OMC, a nadie deben extrañar 
las crisis y los acontecimientos que tienen lugar en Suramérica. 
 
Fue América Latina la región del mundo donde con más rigor y exigencia se 
aplicó la globalización neoliberal.  Ahora enfrenta el desafío del ALCA, que 
barrería las industrias nacionales y convertiría el MERCOSUR y el Pacto 
Andino en apéndices de la economía norteamericana:  un asalto final contra 
el desarrollo económico, la unidad y la independencia de los pueblos 
latinoamericanos. 
 
Pero si ese intento de anexión se consumara, tal orden económico seguiría 
siendo insostenible tanto para los pueblos de América Latina como para el 
propio pueblo de Estados Unidos, que ve amenazados sus empleos por una 
abundante mano de obra barata reclutada por las maquiladoras entre aquellos 
a quienes la pobreza, el desastre educacional y el desempleo reinantes les 
impidió obtener una adecuada calificación.  Mano de obra barata y no 
calificada es algo que pueden ofrecer masivamente las oligarquías 
latinoamericanas.  
 
La síntesis de cuanto he dicho expresa la profunda convicción de que nuestra 
especie, y con ella cada uno de nuestros pueblos, se encuentran en un 
momento decisivo de su historia:  o cambia el curso de los acontecimientos o 
no podría sobrevivir.  No existe otro planeta adonde podamos mudarnos.  En 
Marte no hay atmósfera, ni aire ni agua. Tampoco una línea de transporte 
para emigrar en masa hasta allí. O salvamos la que tenemos, o habrán de 
transcurrir muchos millones de años para que surja tal vez otra especie 
inteligente que pueda iniciar de nuevo la aventura que ha vivido la nuestra. 
El Papa Juan Pablo II ya explicó que la teoría de la evolución no era 
inconciliable con la doctrina de la creación. 
 
Debo concluir mis palabras.  No es poco el trabajo que nos espera en el 
2004. 
 
Deseo felicitar a nuestro pueblo por todo lo que ha hecho a lo largo de 
estos años, por su heroísmo, su patriotismo, su espíritu de lucha, su 
lealtad y su fervor revolucionario. 
 
Felicito de modo especial en este 45 aniversario a los que supieron cumplir 
gloriosas misiones internacionalistas, hoy simbolizadas en la ejemplar 
conducta de los Cinco Héroes Prisioneros del Imperio (Aplausos), que con 
impresionante dignidad se enfrentan a las injustas, vengativas y crueles 
acciones de los enemigos de su Patria y de su pueblo, y en los quince mil 
médicos que, derrochando sacrificios, desafiando riesgos y peligros, cumplen 
sus deberes internacionalistas en cualquier paraje de más de 64 países 
(Aplausos), proeza humana que no podrían realizar  jamás Estados Unidos y 
Europa por carecer de capital humano para demostrar cuáles derechos humanos 
están realmente defendiendo. 
 
Nadie podrá impedir la conducta solidaria de nuestro pueblo y la valentía de 
sus hijos con amenazas ni agresiones contra nuestros médicos, maestros, 
instructores deportivos o cualquier otro tipo de colaborador, porque muchos 
están dispuestos al honor de ocupar los puestos de aquellos que incluso 
perdieran la vida, víctimas de acciones terroristas estimuladas e impulsadas 
por funcionarios extremistas del gobierno de Estados Unidos. 
 
Felicito a todos los que luchan, a los que no desisten jamás ante las 
dificultades;  a los que creen en las capacidades humanas para crear, 
sembrar y cultivar valores e ideas;  a los que apuestan por la 
humanidad;  ¡a todos los que comparten la hermosa convicción de que un mundo 
mejor es posible! 
 
¡Lucharemos junto a ellos y venceremos! 
 
 
 
 
 
 
 
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