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Asunto:[GAP] Testimonio: Insurrección argentina 19 y 20 diciembre 20 01 : Asambleas, cacerolas y piquetes/ Colectivo Situacio nes
Fecha:Miercoles, 24 de Marzo, 2004  08:23:29 (+0100)
Autor:cecilia rouvrais <cecilain @....fr>

Hace 28 años, el 24 marzo de 1976, se producía el golpe militar en Argentina,
que dejó una estela de huellas, separaciones y heridas.. 
 
Casi veinticinco años más tarde, el 19 y 20 diciembre 2001, la ciudadanía 
argentina 
 -inmersa en el fragor del despertar espiritual y del abuso por parte de sus
gobernantes-   dijo 'basta'  y dió  a luz,   formas  expresión civil y de acción
política  que pueden inspirarnos hoy.  
 
Comparto entonces este testimonio de esos días, siempre  maravillada  por la
irrupción en la historia de ese doble fenónemo, también presente en la ciudadanía
española tras el atentado terrorista en Madrid recientemente:  un No radical que
dice 'basta' al abuso y a la mentira, instalando la Soberanía,   y un inmenso  SI
que es todo en apertura, dignidad,  verdad,  generosidad, entrega y creatividad. 
 
Con amor, 
 
Cecilia 
 
 
www.altediciones.com  
 
altediciones@... 
     
 
 
------------------------------------------------------------------------------ 
 
 
 
  Asambleas, cacerolas y piquetes 
  Sobre la insurrección argentina del 19 y 20 de diciembre de 2001 
 
 
  Colectivo Situaciones 
 
  Este tercer borrador de investigación sobre las nuevas formas de protagonismo
pretende discutir, desde el interior mismo del proceso de movilización de
asambleas, piquetes y demás formas de una nueva subjetividad radical, algunos
elementos de la actual coyuntura. El borrador 1 estuvo dirigido a pensar las
formas de emergencia de una nueva radicalidad en el interior del llamado
"movimiento piquetero". Fue editado, luego, en el cuaderno número 4 de
Situaciones, "Conversaciones con el Movimiento de Trabajadores Desocupados -MTD-
de Solano". El segundo borrador se refirió por entero a debatir experiencias de
conocimiento no-utilitario, sobre la base de las vivencias de la Comunidad
Educativa Creciendo Juntos, del partido de Moreno de la Provincia de Buenos
Aires. Este tercer "Borradores" continúa reflexiones que iniciamos en la Cuarta
Declaración del colectivo, a propósito de la insurrección del 19 y 20 de
diciembre de 2001. Pero va más allá: está dedicado al movimiento de asambleas (y
su relación con los piquetes); a la vez, es un adelanto de nuestro próximo libro.

 
 
 
------------------------------------------------------------------------------ 
 
 
 
  I 
  Los días 19 y 20 de diciembre vivimos una insurrección de nuevo tipo. Se
mostró hasta qué punto es la potencia del pueblo en las calles lo que
verdaderamente cuenta cuando esta energía se desata. La novedad se expresó de
muchas formas: no hubo dirigentes, no hubieron promesas y no existieron
organizaciones centralizadas convocando u orientando la movilización.  
 
  Se trató de un verdadero "NO". Pero no fue simplemente una ocasión para
expresar el hartazgo. Se trató de un "no-positivo": una afirmación ética sin
precedentes que nos abre, como posibilidad al menos, nuevos caminos por recorrer.

 
  Está planteada ahora, precisamente, la exigencia de realizar ese recorrido
abierto ante nosotros buscando nuevas formas de participación, de reinvención de
la existencia, de producción de nuevos vínculos y modalidades de pensamiento.  
 
 
 
 
 
  II 
 
  Miles de personas se reúnen en decenas de barrios para discutir y desplegar
aquello que se puso en juego los días 19 y 20 de diciembre.  
 
  La asamblea ha sido adoptada como la forma de discusión, coordinación y
pensamiento colectivo por todos los que han decidido organizarse mas allá de las
formas clásicas de la política.  
 
  Las asambleas organizadas en la ciudad de Buenos Aires y en los alrededores,
en la Provincia de Buenos Aires, no nacieron de la nada.  
 
  Porque lo cierto es que las luchas piqueteras fueron quienes primero tomaron
las calles. Ellas, en condiciones muy diferentes, abrieron el camino que ahora
comienzan a recorrer las asambleas. Esta es la verdadera hermandad entre piquetes
y asambleas. Los piquetes mostraron lo que hoy verifican las asambleas: que están
surgiendo nuevas formas de intervención en la lucha por la justicia, que ya no
pasan mayoritariamente por renovar los partidos políticos ni las élites
gobernantes.  
 
  En los piquetes y las asambleas comienzan a debatirse cuáles son esas formas
de protagonismo, una vez que han sido descartadas las vías políticas
tradicionales.  
 
  Esta es la riqueza del movimiento actual. No hay demandas capaces de agotar
las potencialidades de este proceso abierto. 
 
  Los piquetes no piden "sólo" trabajo, comida, derechos. Piden algo más, que no
puede ser enunciado por el lenguaje de la demanda. Más allá de las demandas, se
lucha por la justicia y el "cambio social".  
 
  Y lo mismo sucede con las asambleas. Más allá del discurso sociológico -de
políticos, "intelectuales" y periodistas- las asambleas están constituidas
alrededor de un deseo de justicia y protagonismo que ningún logro, por importante
que sea, puede agotar.  
 
  Esto no quiere decir que la movilización asamblearia sea irreversible. Sino
que, aún cuando las energías decayesen o el movimiento fuese dispersado -o, aún
peor, más o menos institucionalizado- pervivirá la marca ética de las jornadas de
los días 19 y 20 y de las experiencias posteriores que buscaron desarrollarla.
Porque la justicia no es algo que se vaya a alcanzar algún día: existe siempre
como lucha "por la justicia". No se realiza, sino que existe siempre como
exigencia que nos organiza, nos mueve, nos inspira. 
 
 
 
 
 
  III 
 
  Las asambleas son un lugar de investigación práctica. Allí se está elaborando.
Por eso, porque este es el valor de la experiencia, no hay peligro mayor que caer
en la ilusión de ser una "alternativa de poder". 
 
  Si no somos capaces de crear nuevas opciones, seremos testigos de una nueva
frustración. Y nada nos garantiza que este no sea el destino del proceso.  
 
  ¿Cómo evitar que el movimiento caiga en polarizaciones fáciles y sea absorbido
completamente en el juego de la política "seria", que no ve nunca más allá de lo
que pasa a nivel de dirigentes y gobiernos?  
 
  Las preguntas sobre las formas de sostener este movimiento abierto, activo y
ligado a la multiplicidad de aspectos que constituyen nuestra existencia, se
vuelven cuestiones fundamentales de esta experiencia. 
 
 
 
 
 
  IV 
 
  Si de lo que se trata es de recorrer este espacio de libertad que se nos ha
abierto, la forma de este recorrido no puede perder su radicalidad de origen. De
aquí, entonces, la permanencia de la consigna "que se vayan todos", y su
insistente aclaración, "que no quede ni uno solo". Aún sin tener un sentido
único, en las asambleas esta consigna va tomando una significación clara. No se
trata, como podría interpretarse ligeramente, de una consigna "negativa", sino de
un rechazo cuya potencia surge de lo que logra "abrir". 
 
  "Que se vayan todos" quiere liberar un terreno, un tiempo y la posibilidad de
una forma radical de practicar la experiencia del lazo social.  
 
  Y esta experiencia práctica, de pretensiones fundadoras, es lo que interesa,
porque implica una puesta en juego muy exigente de cada uno de nosotros. Pues
para ser realmente fieles a lo que se juega en este proceso, hay que empezar por
admitir hasta qué punto "no sabemos". Las asambleas son un proceso de
reelaboración colectiva sobre las formas actuales de la emancipación. 
 
  Por esto, una condición fundamental para el desarrollo de esta experiencia
asamblearia es la constatación de que "no hay línea correcta": la única "línea"
posible es la búsqueda, la elaboración puesta en práctica en el interior de las
asambleas y los piquetes.  
 
  Pero afirmar que "no hay línea" no quiere decir que no hay nada que hacer. Al
contrario: sólo nos indica que este "hacer" actual tiene que ser capaz de asumir
cuanto hay de inédito y de incierto en esta búsqueda.  
 
  Una vez que nos hemos decidido a abandonar las formas clásicas de la política,
las luchas y las experiencias que producen nuevas formas de existencias sociales
e individuales se ven despojadas de toda vieja garantía, de todo saber
"abstracto" sobre "qué hacer" y de toda forma tradicional de pensar, para arribar
a un suelo en donde las creaciones están a la orden del día.  
 
  Es este el tiempo que fue invocado durante las jornadas de los días 19 y 20 de
diciembre.  
 
 
 
 
 
  V 
 
  ¿Podrán las asambleas y los piquetes, efectivamente, deshacerse de todo el
peso de los discursos políticos tradicionales ("revolucionarios" y "reformistas",
"nacionalistas" y "ciudadanos", etc.) para asumirse, sin rodeos, como un
verdadero eje impulsor de nuevas experiencias, como un lugar de creación radical?

 
  No hay quien lo sepa de antemano. Pero hay algo auspicioso. No son pocos hoy,
en Argentina -y en América Latina-, quienes desarrollan prácticas de lo más
atractivas y potentes bajo la idea que no hay más "línea" que ser capaces de
pensar, en situación, "sin modelos".  
 
 
 
 
 
  VI 
 
  Por todo esto puede ser importante pensar qué significa esa sensación de estar
viviendo un momento histórico. Si efectivamente este momento tiene una densidad
histórica de proporciones para miles y miles de personas, es fundamental explorar
lo que hay por detrás de las imágenes que la memoria histórica asocia a esta
experiencia.  
 
  La emoción proviene, de hecho, de la impresión de estar re-viviendo jornadas
históricas -verdaderos mitos- de revoluciones pasadas. Pero todos sabemos que el
vértigo de estos tiempos no es un mero truco vacío de la imaginación, sino que
estos recuerdos históricos se activan al fragor de una inmediata actualidad, que
da sentido a cada marcha, asamblea, cacerolazo o movilización.  
 
  Esto puede ser visto en perspectiva.  
 
  De las revoluciones modernas surgieron los partidos políticos. Su función
esencial fue la de intermediar entre los movimientos de la base y el estado.
Claro que en esta relación entre tres -base social, partidos y Estado- el punto
clave siempre fue el Estado, lugar imaginado como el centro donde radicaba el
poder de la sociedad.  
 
  Con la ola de las revoluciones socialistas del siglo XX aparecieron los
partidos contestatarios al capitalismo (comunistas, socialistas, nacionalistas
revolucionarios, etc.) los cuales, a pesar de promover una revolución contra el
sistema, sostuvieron mayoritariamente la misma relación de "mediación" entre las
bases y el Estado y la misma fe en el poder estatal para transformar las
sociedades.  
 
  Todo un siglo de revoluciones anticapitalistas creyó, de una forma u otra, que
las sociedades podían ser transformadas desde arriba. Esta experiencia no puede
ser gratuita. Al contrario, es gracias a ella que hoy sabemos que son las luchas
de la base las que empujan los cambios, y van creando las nuevas formas de
sociabilidad.  
 
  Pero este "saber" no fue fácilmente adquirido. El fracaso del modelo de las
"revoluciones desde arriba" implicó un duro peso para las diversas luchas
desarrolladas durante la década pasada. Todos los que desarrollaban experiencias
de resistencia en los últimos años eran vistos como "utópicos" e "inviables".  
 
  Afortunadamente las luchas actuales ya no precisan decir cómo será el mundo
"mañana". Su legitimidad se vincula con su capacidad de producir, en la
lucha misma, nuevos valores de justicia, a partir de iniciativas y proyectos
concretos. 
 
  Los piquetes y las asambleas se desarrollan bajo estas circunstancias, y en su
constitución misma se están procesando estos nuevos elementos de un contrapoder
efectivo.  
 
 
 
 
 
  VII 
 
  En el barrio de Floresta, el día siguiente del asesinato de los tres pibes
-cuando aún no expiraba el 2001- nacía la primera asamblea popular. 
 
  Los vecinos, reunidos, discutían propuestas de todo tipo: petitorios,
festivales y juntadas de firmas. Los amigos de los pibes merodeaban la asamblea
sin mucho interés, pensando silenciosamente qué hacer con las ganas de arrasar la
comisaría que protegía al asesino. Cuando los vecinos percibieron la aparente
indiferencia de los pibes respecto a lo que estaban discutiendo, les pidieron que
dijeran qué es lo que se podía hacer. Uno de los pibes tomó el megáfono y
explicó: "A mí lo que se discute en las asambleas mucho no me interesa; ¡aquí lo
que hay que hacer es estar!, no sé cómo, pero hay que estar, todos los días".  
 
  Esta es, seguramente, una de las formulaciones que más claramente nos revela
el significado de las jornadas del 19 y 20, y de la sucesión de hechos que se
continuaron: la importancia del "estar", no sólo como "opinadores" sobre lo que
debiera pasar -como tristes jefes a quienes ya no obedece la tropa-, sino de
ESTAR, simplemente, formando parte de un devenir que ya nadie puede aspirar a
controlar, de un proceso que se autoproduce más allá -y a través- de cada uno de
nosotros.  
 
  Esto no implica una posición pasiva, de espera. Al contrario, implica asumir
que la actividad se desarrolla sin centros, sin líderes y sin promesas sobre el
futuro, a partir de una indagación colectiva sobre las vías de un nuevo
protagonismo social.  
 
 
 
 
 
  VIII 
 
  Las asambleas no adoptan tampoco una forma al azar. Se organizan como
verdaderas operaciones prácticas por medio de las cuales se están verificando -y
nos estamos apropiando de- las condiciones en las que nos toca actuar. 
 
  Sabemos que las cosas han cambiado: esas transformaciones se expresan en
alteraciones en la política, la economía, en las subjetividades, en fin, en todo
los campos de la existencia. Pero estos cambios no pueden ser excusa para la
inacción. El discurso de la "complejidad", que nos dice que este mundo posmoderno
es "inentendible" salvo para los "técnicos", oculta que ni siquiera para ellos el
mundo es "manipulable".  
 
  Así, bajo la ilusión de que unos pocos manejan el mundo, el discurso de la
"complejidad" es un llamado a la pasividad de cada uno de nosotros. Las
cosas son "demasiado complejas" para esta ideología "tecnicista" que nos condena
a la impotencia, impidiendo una acción de reapropiación de nuestra situación, de
nuestra capacidad de pensar y de actuar en ella.  
 
  El proceso asambleario abre la posibilidad de abandonar toda pasividad. Sobre
todo, la pasividad que se deriva de la "posición de víctimas".  
 
  Con la activación de este movimiento, la cuestión de la apropiación de las
condiciones personales y colectivas puede ser tratada de otra manera,
estableciendo formas de soberanía sobre las capacidades y los recursos que el
proceso mismo brinda.  
 
  Es en este sentido que tanto las asambleas como los piquetes tienden a
desbordar lo que la militancia política clásica pretende de ellos. 
 
  Pero afirmar este desborde implica un trabajo: un rechazo contundente de los
"bajadores profesionales de línea".  
 
  Estos grupos de excesiva "luz" no pueden más que empobrecer la asamblea en la
misma medida en que no las respetan como lugar de procesamiento y reflexión. No
hacen el proceso con el resto. Ellos "ya saben", desde "antes", lo que conviene y
lo que no. Sus intervenciones -a diferencia de quienes aportan sus conocimientos
al conjunto- comienzan por destruir toda posibilidad de socializar experiencia
alguna. 
 
  Las asambleas trabajan, investigan, elaboran. Y en el interior de este proceso
se van desplegando posiciones diferentes. Lejos de preocuparse por esta
situación, la asamblea sabe hasta qué punto estas diferencias son parte esencial
del proceso de pensamiento. La discusión que divide para unir, y luego une para
volver a dividir va produciendo sus propias estabilidades, sin congelar a nadie
en posiciones definitivas, evitando así rupturas inútiles, movidas por
diferencias narcisistas, puramente imaginarias.  
 
  No se trata de lograr consensos fáciles, ni menos aún de disputar hegemonías. 
 
  Estas formas de discusión reproducen las formas del poder que se está
rechazando tan radicalmente. Y nada sería más triste que construir pequeños
espacios burocratizados llenos de minúsculos poderes a la medida de "tiranos de
barrio".  
 
  Dominar una asamblea es anularla. En cambio, los verdaderos "dirigentes" son
siempre situacionales: son quienes mejor trabajan en el interior del piquete o de
la asamblea, organizando el pensamiento colectivo, desde el interior, colaborando
a que el conjunto se potencie a sí mismo, y nunca separándose de él, para
subordinarlo. 
 
 
 
 
 
  IX 
 
  ¿En qué consiste la unidad de los piquetes y las asambleas?  
 
  El problema de muchos de los que claman por esta unidad es que la imaginan
como una "alianza política". Esto sería solo una ilusión, un atajo. Una alianza
así, que pretendiese otorgar "coherencia" a la multiplicidad del movimiento
"desde arriba", no sería fiel a la potencia del proceso. 
 
  Las asambleas y los piquetes se desarrollan cada cual en sus condiciones. Pero
indudablemente tienen muchos puntos fundamentales de encuentro. Las demandas los
separan, pero la experiencia común de fundar nuevos modos de participación puede
implicar formas más profundas de intercambio.  
 
  ¿Por qué el vínculo debiera quedar reducido a simples "adhesiones" a
"encuentros nacionales"? ¿Por qué esa unión debiera ser sólo "política"?
¿Por qué seguir imaginando encuentros entre piqueteros y asambleístas sólo a
partir de las formas de la representación política?  
 
  Se habla, así, de "alianza de clases": "desocupados" y "clases medias". Cortes
de ruta y cacerolas.  
 
  De pronto el poder analiza todo lo que está sucediendo con un lenguaje "pseudo
marxista": todo se lee en términos de clases sociales, de intereses materiales,
de racionalidades fuertemente condicionadas por la inserción en la estructura
económica.  
 
  El modelo de "alianza de clases" oscurece los procesos en juego. Y no sólo
empobrece, sino que termina siendo utilizado para, por un lado, culpar a la
"clase media" -"incluidos"- por no haberse movilizado sino "hasta que les
tocaron sus bolsillos"; y por otro, para "confirmar" que los "excluidos" se
movían desde antes porque "ya no tienen nada en sus bolsillos".  
 
  Hay incluso, en ciernes, una reedición de la división social del trabajo
"político" entre asambleas y piquetes: las clases medias -"educadas"- serían
la dirección "cultural o ideológica" de un movimiento en el que los "excluidos"
serían "fuerza de choque" o "cuerpo obediente". 
 
  "Incluidos" y "excluidos", clases medias y desocupados -o "pobres"-, son
categorías de un pensamiento que concibe a la política como una operación
ideológica de la inclusión, olvidando -adrede- hasta qué punto la norma es
siempre excluyente y que desearla es ya empobrecer nuestra existencia.  
 
  Incluidos y excluidos son, entonces, categorías tramposas. No hay lugar para
los excluidos sino precisamente en donde están, en los márgenes. No hay inclusión
posible -presente ni futura- para quienes ya no quieren asistir pasivamente al
empobrecimiento -material, intelectual y espiritual- de la propia vida.  
 
  Por eso, el "clasismo" que todas "las clases" sacan a relucir ("somos de la
clase media argentina"; "los trabajadores y sus intereses", etc.) es una forma de
empobrecer lo que ha surgido, reduciendo la multiplicidad emergente a las
condiciones económicas de las que provienen. Piqueteros y asambleístas aspiran a
ser figuras de una indagación sobre la forma de construir una autonomía real,
irreductible a todo economicismo.  
 
  Esta reducción de la multiplicidad del proceso al "clasismo" -económico- es
una condición que el poder exige para "representar" a cada una de estas clases en
el juego de la política (de partidos, candidatos y gobernantes). Por esta vía,
entonces, se corre el riesgo de la absorción de las energías desatadas. 
 
 
 
 
 
  X 
 
  A partir de las jornadas de los días 19 y 20 tomó forma algo que ya se venía
gestando. Ahora es totalmente visible, para todos, que por abajo transcurren
luchas muy intensas. Ellas están procurando sobre todo recuperar una dignidad
gravemente afectada durante décadas.  
 
  Las experiencias de los últimos años -en América Latina y en el resto del
mundo-nos ilustran claramente sobre el hecho de que ningún "gobierno", por sí
mismo, puede obtener este resultado.  
 
  Incluso un eventual gobierno popular debería aprender a respetar la soberanía
de las luchas que por abajo van creando y empujando el verdadero cambio social.
Porque toda vez que desde la política "contestataria" se pretende dirigir las
luchas de la base, se cierran los procesos verdaderamente democráticos y se
frustran las experiencias más potentes.  
 
  Hay que evitar en ambas experiencias en desarrollo -piquetes y asambleas- las
tendencias a la centralización, a la subordinación de esa multiplicidad. Su
autonomía debiera ser defendida, incluso, de la emergencia de eventuales grupos
de dirigentes/representantes surgidos de las asambleas y piquetes mismos, en la
medida en que intenten sustituir la dinámica de base. La expropiación del
protagonismo popular en manos de un grupo de dirigentes (no importa lo honesto
que éstos sean) es un riesgo mayor.  
 
  Porque apenas se forma una representación del movimiento, se empieza también a
ejercer el poder hacia adentro: se cree que se puede decir cómo debe actuar o
pensar un "vecino" o un "piquetero". La centralización sacrifica de un plumazo la
multiplicidad (que es la fuerza -la clave- de estos movimientos).  
 
 
 
 
 
  XI 
 
  El desafío es pensar al movimiento piquetero y al asambleario como
experiencias que se pueden desarrollar mucho mejor sin "centros", sin lugares
privilegiados de organización, ni de dirección. 
 
  Contestando a siglos de creencias en la superioridad de las estructuras
centralizadas y en la separación entre la teoría y la práctica, sabemos hoy que
la inteligencia atraviesa todo el cuerpo, y no vive encerrada en el cerebro. Las
ideas no fluyen de un centro director, sino que dependen de toda una red sensible
y perceptiva. Lo mismo es pensable con respecto al cuerpo asambleario o
piquetero. Sería realmente nocivo que cristalizasen lugares de "dirección" o de
"conciencia" de los movimientos, con respecto a los "dirigidos", "los de
abajo", los "puramente prácticos".  
 
  La experiencia de la asamblea interbarrial de Parque Centenario, por ejemplo,
es un momento esencial de la organización del movimiento. Pero hay que tener
cuidado que no sea el lugar por donde se cuelen, nuevamente, las tendencias a la
centralización que sustituyan el protagonismo de las asambleas. 
 
  Es importante, entonces, ir viendo cómo circulan saberes situacionales, de
contrapoder, entre las diversas experiencias de resistencia. No se trata de
simples "articulaciones" políticas, sino de verdaderos espacios de "composición",
de intercambios de experiencias, de pensar juntos, de iniciativas concretas.  
 
  La unidad no puede ser una consigna abstracta sino unidad de lo múltiple. 
 
  Lo que implica toda una labor consistente en crear espacios, territorios y
tiempos propios del piquete y de la asamblea, que permitan substraerse de las
interpelaciones del periodismo, del gobierno y de los partidos, para pasar a
asumir cada aspecto de la coyuntura desde -exclusivamente- la propia potencia de
los movimientos y la propia percepción de los desafíos y problemas que se
enfrentan. 
 
  Las asambleas y los piquetes son verdaderos experimentos de contrapoder, bajo
la forma de desarrollos de foros populares de discusión, de intercambio, de
investigación y de acción directa. Su fuerza es, precisamente, la multiplicidad.
Se juegan aquí formas nuevas y radicales de practicar la libertad.  
 
  12 de Febrero de 2002  
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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