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Asunto:[GAP] El ego, los espejos, los eternos caminos ...
Fecha:Jueves, 23 de Septiembre, 2004  20:07:49 (-0400)
Autor:mbelvede <mbelvede @....cl>

 
 
 
 
En el ser humano que aún no emprende voluntariamente el camino del 
autoconocimiento, de la develación de su ser, la voz de su naturaleza 
espiritual es como un sonidillo lejano, remoto, que provoca malestar e 
incomodidades, y que es acallada en forma sistemática, sin que llegue a 
tener nunca verdadera presencia en las actitudes y decisiones de la vida. 
 
Cuando el camino de la develación se ha asumido como un claro compromiso 
con uno mismo, es posible empezar a escuchar con claridad  -porque se le 
pone por fin oído- lo que se siente algo así como una segunda voz interna, 
que hace cacofonía con aquella a la que hemos estados siempre habituados. 
Se hace evidente una dualidad entre lo inferior y lo superior, y empieza 
una lucha, puesto que una voz indica una dirección y la otra, una 
contraria. La voz de siempre habla interpretando un sentir que es de 
autoreferencia, la voz "nueva" habla desde un sentimiento integrador con 
todo lo que existe. Es nuestra gran batalla. 
 
A medida que el camino continúa, la voz que integra y unifica va ganando 
terreno y el caminante se ve impulsado a ejercer una profunda atención a lo 
que ocurre en el mundo de sus pensamientos y emociones, así como a su 
necesario autodominio, sujetando sus palabras, actos y decisiones, dentro 
de todo lo posible, a aquella voz que entiende superior a sí mismo y que lo 
induce constantemente a trascender sus limitaciones. 
 
Hasta que un día, en el ara de una verdadera iluminación, la conciencia se 
expande, los mecanismos que antes servían a la autoreferencia, 
autocomplacencia y autoprotección, sirven ahora a un nuevo núcleo de 
conciencia,  y el amor y la compasión se instalan, permitiendo el 
conocimiento a través de la comunión y el poder a través del servicio. 
 
Hay una frontera, una muy peligrosa, en la que posan sus pies algunos de 
quienes han decidido un absoluto compromiso con su evolución espiritual, y 
sin embargo, portan todavía consigo de manera relevante ese mecanismo de 
visión y emoción que llamamos ego. Estos hermanos se distinguen porque, 
ante la atenta mirada del observador, se hace evidente que se mueven dentro 
de un gran sentido de su importancia personal. 
 
La importancia personal, es el sello distintivo de ese mecanismo que 
llamamos ego. Puede presentarse como un acuciante complejo de inferioridad 
o timidez, o, a partir de allí, recorriendo la gama, como el extremo 
opuesto. La importancia personal de un trabajador de la Luz, sabe en qué 
medio se mueve, y actúa en forma ladina, utilizando toda la inteligencia 
disponible para parapetarse, si le fuera posible, tras una imagen de 
grandeza espiritual, de perfección, inclusive de luz que guía a los demás, 
hasta alcanzar las formas del mesianismo. 
 
El mesianismo puede darse en quienes tienen un compromiso con la Luz 
-particularmente en ciertos "equipos de rayo"- , tanto como existe también 
en ciertas patologías psiquiátricas del orden de las psicopatías o las 
psicosis. El mesianismo hace sentir al individuo en cuestión, que es 
irremplazable, que tiene una jerarquía única, y que su inmenso valor radica 
en su gran capacidad de sacrificio y servicio -se siente de algún modo un 
salvador- y en su contacto directo con Dios o con alguna forma de deidad, 
que le habla a él-ella de forma absolutamente especial, en virtud de sus 
propios méritos.  Al entender que sus palabras y actos son una expresión 
directa de la divinidad que canaliza, se hace infalible, y al mismo tiempo 
intolerante, autodefensivo y detentor incontrovertible de la verdad. 
 
Cuando estos seres se dan  -tanto en la vida corriente, en el mundo social 
y político, como dentro de las corrientes espirituales-  pueden llegar a 
hacer mucho daño, porque quienes no tienen activos los mecanismos de la 
percepción interna, pueden ver en ellos-ellas una guía preclara de los 
caminos a recorrer y una autoridad que obedecer. Ellos-ellas pueden en 
efecto, en virtud de su inteligencia, orientación  y conocimiento, predicar 
caminos resplandecientes, y serán en sumo generosos y serviciales, a 
condición de no ser agredidos o contradichos más allá de cierto límite. Si 
esto último ocurre, su antes disimulada alma de dictador asomará sin dudas, 
con toda su capacidad de rabia y aun, de encubierta o evidente agresión. 
Algunos que se hacen llamar Maestros o Maestras, pueden estar dentro de 
este grupo: es un tramo del sendero que nos puede tocar recorrer. Otros, 
son verdaderas luces en el camino. Por sus frutos se reconocen. 
 
La sofisticación a que puede acceder el ego, su capacidad de mimetizarse, 
esconderse, disfrazarse y escabullirse de  "la mirada que ve", es inmensa, 
insondable. Porque el ego tiene miedo, miedo de perder, miedo de sufrir, 
miedo de no ser amado y valorado, miedo del ridículo, de ser expuesto, de 
ser visto "en menos", miedo inmenso de no tener poder, miedo de morir, 
siendo para él la transformación un sinónimo de muerte. Y entonces, ante el 
compromiso de la conciencia de buscar la Luz, él se dispone a jugar todas 
las batallas, para subsistir aun, si pudiera, en medio de esa Luz, 
vistiéndose de Luz, enroscándose en ella, como en una túnica de suprema 
majestad, lo que, en ausencia de cautela, puede alhajarlo antes que 
revelarlo. 
 
Para los peregrinos, el jardín astral puede transformarse en el más 
seductor de los paisajes y su arrobadora luz puede ser confundida con la 
Luz de la Realidad. 
 
La posibilidad de cruzar con éxito estas instancias, tiene mucho que ver 
con la actitud de vigilar -vigilarse-, de mantener la atención sobre el 
propio yo y sus mecanismos constantemente, sin olvidar-se,   y con 
custodiar dentro de nosotros mismos un precepto que guía en el camino, el 
de la impersonalidad, esa impersonalidad capaz de mirar en forma esférica y 
no lineal, capaz de mirar desde el ojo de los otros, capaz de sentir desde 
la necesidad de los otros, capaz de ir en pos del bien común sin competir y 
entendiendo que Dios alcanza su máxima concentración por igual en todos los 
seres de la creación, sin que nos valore a nosotros ni siquiera un poco más 
que a cualquier otro, sin que nos escuche a nosotros ni siquiera un poco 
más que a cualquier otro, sin que vea en mí una importancia ni un poco 
mayor que la de cualquier otra alma. Suponer que Dios o la Suprema 
Jerarquía tiene predilecciones, es situar humanamente Su conciencia. 
Suponer que el predilecto soy yo por encima de los demás, es delirio y 
fantasía, nacidos de esa necesidad del ego de ser el regalón de Dios o de 
los Maestros. 
 
Todo esto permite reflexionar sobre el concepto de "Autoridad". En una 
perspectiva espiritual, ¿qué es autoridad? ¿quién es autoridad?  Si 
naturalmente, la autoridad significa mando y por lo tanto, obediencia, 
¿dónde hemos de situar la autoridad espiritual? ¿a quién o quiénes hemos de 
conceder nuestra obediencia?  Desde luego, no necesariamente a quienes 
están investidos de algún título especial, por impresionante que sea. 
Tampoco necesariamente a quienes sostienen serlo, pese a no tener títulos. 
Vamos otorgando y quitando autoridad a lo largo del camino. La autoridad es 
una experiencia y un aprendizaje, que va llevando también los ojos hacia 
dentro. 
 
Finalmente, en su correr y deambular, en su caer y levantarse, en su seguir 
los pasos de éste y del otro, el discípulo va encontrando que, en realidad, 
los brazos que nunca le fallan, que siempre lo acogen y recogen, que 
siempre evocan para él una respuesta válida y un bálsamo, son unos que le 
vienen desde dentro, desde lo profundo de la entidad que es y, entonces, en 
medio de todo y de nada, se descubre a sí mismo, y a una fuente de 
conocimiento y amor que hasta entonces utilizó miles de formas, miles de 
rostros, miles de libros y mensajes para llegar a él, una fuente que le 
guiñó desde cada experiencia, exitosa o errónea, y le propuso mil caminos 
desde distintas voces, una fuente que por fín surge clara y definida en el 
centro de su propio ser y le hace reconocer su verdadera grandeza, porque 
entonces intuye, con asombro, que en él vive Todo lo que Es, manifestado en 
el particular fuego de su conciencia. Cuando eso ocurre, contempla el 
reflejo de ese fuego en todos los seres y por todos los espacios, abandona 
serenamente los ropajes del miedo y del poder humano a la vera del camino y 
se reconoce con ternura en cuanto le rodea. 
 
No podríamos llegar a nuestro Centro y ahondar en él, sin el espejo que nos 
han proporcionado los incontables seres que han cruzado y cruzarán por 
siempre nuestro camino. Cada uno nos muestra una faceta de nuestro ser, en 
luz o en obscuridad, en atracción o en rechazo. Sin el "otro", no tenemos 
camino, porque no hay camino sin autoconocimiento y no hay autoconocimiento 
sin un "otro" que nos espeje. Todo autoconocimiento da pasos a través del 
reflejo de la conciencia en la energía, y la energía es nuestro prójimo, es 
el otro, es la vida. Por eso Dios mismo, a través de su infinita y eterna 
manifestación, va penetrando más y más en su propia naturaleza, en su 
propio Autoconocimiento. El camino de revelación es un proceso interno que 
se desarrolla sólo como producto del movimiento de la Vida, de la 
Interacción con el eterno Otro, en cualquier espacio o dimensión, con el 
roce de un átomo o de un universo.  Nunca podremos penetrarnos sino a 
través del mágico "Otro". Sólo cuando el Otro surge en el horizonte de la 
Vida, surge también a la manifestación nuestra propia conciencia y sabemos 
que somos. 
 
El sentido último de este recoger por parte de la conciencia, todo lo que 
el "otro" siembra a nuestro paso, no es vestirnos con sus ropajes, obedecer 
sus pasos o cantar sus canciones, si bien por un pequeño tiempo nos es 
permitido. El sentido último de esta perpetua danza con el "otro" infinito 
y eterno, es el encuentro cada vez más profundo con el Ser, con ese Ser que 
reconocemos propio al tiempo que lo vamos sintiendo latir en todos nuestros 
espejos. 
 
Fraternalmente, 
Myli 
 
 
 
 
 
 
 
 
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