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Asunto:[GAP] Juan Pablo II, fiel servidor de los poderosos, enemigo de los oprimidos
Fecha:Viernes, 22 de Abril, 2005  11:39:26 (-0500)
Autor:Anahuak Home <redanahuak @...............mx>

From: carls <carls1974@...> 
Date: Sat, 09 Apr 2005 23:19:19 +0200 (CEST) 
To: meshiko@... 
Subject: Juan Pablo II, fiel servidor de los poderosos, enemigo de los 
oprimidos 
 
Juan Pablo II, fiel servidor de los poderosos, enemigo de los oprimidos 
 Por Juan Ignacio Ramos 
 
"La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el sentimiento de un 
mundo despiadado, y el alma para los que están vacíos. Es el opio de los 
pueblos"  
Karl Marx  
 
Después de una agonía de días y una decadencia física de meses, Juan Pablo 
II, el Papa más anticomunista y reaccionario que ha pisado la curia vaticana 
desde los tiempos de Pio XII, ha muerto. Tras 28 años de pontificado 
caracterizado por una involución de todos los aspectos de la vida eclesial, 
la figura de Juan Pablo II está siendo cubierta con la púrpura del elogio y 
la adulación más empalagosa. Una campaña en la que los medios de 
comunicación rivalizan por fabricar una biografía desmedida de un hombre al 
que sólo los más poderosos del planeta pueden guardar gratitud. Los 
oprimidos, los explotados y los marginados del mundo entero sólo han 
cosechado el despecho y los consejos farisaicos del mandatario del Vaticano: 
"Os salvaré del pecado, pero no de la injusticia" ha sido su máxima 
pontifical.  
 
Son días de acentuada propaganda religiosa. Toda la maquinaria de poder de 
la Iglesia Católica está funcionando a plena potencia, vertiendo una 
avalancha de manipulación, distorsión y envilecimiento de la verdad que da 
testimonio del importante papel que juega en el engranaje del sistema 
capitalista.  
 
Hace 150 años Marx explicó que la dominación de la clase capitalista no se 
sustenta tan sólo en el aparato represivo del Estado. Eso se reserva en 
especial para los momentos de enfrentamiento abierto contra los 
trabajadores. Entre tanto, la burguesía, como las clases dominantes que la 
precedieron, despliegan todo un arsenal de coacción y sometimiento sobre las 
clases oprimidas en el que los prejuicios, la ignorancia y los mitos 
religiosos siempre han jugado un papel destacado. La Iglesia católica nunca 
ha defraudado en ese sentido. 
 
Financiada por los capitalistas, ha nutrido de fundamento ideológico y 
justificación teológica a la explotación del hombre por el hombre. Siempre 
dispuesta a respaldar activamente a la burguesía en cualquier rincón del 
mundo contra los que han osado rebelarse, la Iglesia Católica ha constituido 
la espada espiritual del capital. 
 
Juan Pablo II ha sido un digno defensor de esta tradición. Su ascenso a la 
máxima dignidad pontificia fue una estrategia planificada y dirigida 
militarmente por el Opus Dei. Desde su arzobispado en Cracovia, Karol 
Wojtyla fue arropado por la Obra y cortejado como conferenciante en muchos 
de los seminarios de su Centro Romano. Corrían los primeros años de la 
década de los 70 y el futuro Papa daba forma a su perfil ideológico: la 
Iglesia debía fundirse con el Estado, actuando en todas las esferas de la 
vida civil, siempre desde una óptica ultraconservadora; en materia 
teológica, abandono de la apertura del Concilio Vaticano II y vuelta al 
tradicionalismo; máxima jerarquización y autoritarismo en la vida interna de 
la Iglesia; rechazo de los derechos democráticos de la mujer (divorcio, 
aborto); y por encima de todo, una visceral actitud anticomunista que le 
acompañaría hasta la tumba. 
 
Karol Wojtyla, una vez elegido Papa gracias a las buenas artes del entonces 
arzobispo de Munich, cardenal Ratzinger, tardó muy poco en devolver el 
favor: el Opus Dei conquistó la cúpula eclesial colocando a destacados 
peones al frente del gobierno del Vaticano. Todo ello cristalizó en la 
canonización de monseñor Escrivá de Balaguer y la elevación del Opus a la 
categoría de Prelatura personal, convirtiendo de esta manera a la Obra en el 
auténtico comité ejecutivo que ha gobernado la Iglesia con mano firme, 
aunque no electa, en estos últimos 28 años. 
 
¿El enterrador del "comunismo"? 
 
Si algo esta destacando en estos días de exaltación papal, ha sido la 
insistencia de la totalidad de los medios de comunicación, comentaristas y 
periodistas, en asignar a Juan Pablo II el papel de enterrador del 
"comunismo". Así parece que se escribe la historia, mintiendo sobre el 
pasado de la forma más descarada con el objetivo de que la población no 
entienda nunca las tareas del presente y del futuro. 
 
La crisis y el colapso de la URSS y de los demás Estados obreros deformados, 
que no del comunismo, fue el producto de la incapacidad de la burocracia 
estalinista para hacer avanzar la sociedad en líneas progresistas. La 
decadencia económica que se arrastraba desde finales de los años 60 sufrió 
un agravamiento decisivo a mediados de los 80, con una caída general de las 
condiciones de vida de la población. La asfixia autoritaria de la burocracia 
no impidió que en muchos de estos países, las masas se rebelaran 
espontáneamente demandando mejoras sociales y derechos democráticos. Incluso 
en Polonia, el movimiento de los trabajadores de los astilleros de Gdansk y 
de otras localidades obreras no tenía en sus inicios el carácter 
procapitalista que posteriormente le han asignado. Pero la naturaleza 
aborrece el vacío, y ante la ausencia de una dirección revolucionaria que 
orientase aquella rebelión en el objetivo de reestablecer las auténticas 
condiciones de la democracia obrera, toda una capa de arribistas y 
oportunistas, muchos de ellos salidos de los seminarios y con financiación 
imperialista pudieron auparse a la dirección del movimiento. Hay que decir, 
en honor a la verdad, que en el proceso de restauración del capitalismo 
muchos cuadros dirigentes de los mal llamados "partidos comunistas" echaron 
una mano inestimable. De hecho, la nueva burguesía de los países del antiguo 
bloque del Este está muy nutrida por este tipo de individuos, que de forma 
confortable han transitado desde las filas de los PC a los elegantes 
despachos de las empresas multinacionales. 
 
Juan Pablo II participó activamente en este proceso, amparado en todo el 
apoyo material y mediático que Ronald Reagan y Margaret Thatcher le pudieron 
proporcionar. Gracias a ello fortaleció la propaganda anticomunista de la 
Iglesia y el poder terrenal de la misma en todo el Este de Europa, actuando 
como un altavoz muy útil en toda la ofensiva furiosa que la burguesía 
mundial desató contra las ideas del socialismo y del marxismo. 
 
Contra la Teología de la Liberación, contra los pobres del mundo 
 
En su actividad política e ideológica, siempre en el bando de los poderosos 
y los imperialistas, Juan Pablo II combatió encarnizadamente a aquellos 
sectores de la Iglesia que reivindicaban una acción enérgica contra la 
injusticia social y la explotación de clase. Los sectores más avanzados de 
la Iglesia, agrupados en la Teología de la Liberación, fueron blanco del 
castigo papal y de la furia inquisitorial del cardenal Ratzinger, hijo de un 
policía y encumbrado a la máxima prefectura de la Congregación de la Fe, 
heredera del Santo Oficio y el Tribunal de la Santa Inquisición. 
 
Centenares de sacerdotes que vivían cotidianamente la penuria de millones de 
desheredados fueron condenados al silencio y empujados fuera de la Iglesia, 
como en el caso del franciscano brasileño Leonardo Boff. 
 
Por aquel tiempo Karol Wojtyla actuó como un auténtico mamporrero de los 
intereses del imperialismo norteamericano en América Latina. No tenía 
empacho en visitar y dar de comulgar a dictadores genocidas como Pinochet, 
al tiempo que en Nicaragua condenaba la revolución sandinista por atea, 
reprendía al ministro de Cultura Ernesto Cardenal o censuraba las pastorales 
del obispo salvadoreño monseñor Romero. Toda la oligarquía latinoamericana, 
manchada con la sangre de generaciones de oprimidos, llora la muerte de Juan 
Pablo II. Las razones son obvias. 
 
Un Papa al servicio de la clase dominante 
 
Si en algo también ha destacado el pontificado de Juan Pablo II ha sido en 
la fabricación de santos: nada menos que 474 hasta finales de 2003. Si Juana 
de Arco tuvo que esperar 600 años para su santidad, la madre Teresa tan sólo 
esperó seis.  
 
En la ampliación del santoral y del martirologio católico, Juan Pablo II no 
era inocente: se movía por firmes convicciones morales e ideológicas. 
Wojtyla elevó a los altares como mártires a 705 muertos del bando fascista 
de nuestra guerra civil, algo a lo que no se atrevieron ni Pío XII, ni Juan 
XXIII, ni Pablo VI. No es de extrañar que el Papa viajero se encontrara tan 
a gusto con la jerarquía católica española: ni él ni su nuncio en España 
alzaron la voz cuando la Conferencia Episcopal, reunida casualmente el 23-F 
de 1981, en lugar de condenar el intento de golpe de Estado del coronel 
Tejero recomendó a los españoles el piadoso ejercicio del rezo. 
 
Nada que sorprenda en un hombre que durante la ocupación nazi de Polonia se 
dedicó a ejercer de actor, muy lejos de las filas de la resistencia o del 
martirio de millones de judíos y que siempre ha gustado de los focos del 
prestigio social y la compañía de los jerarcas. Al fin y al cabo, dirigió la 
Iglesia como una monarquía absoluta en la que él mismo ocupaba el vértice 
del poder.  
 
Durante estos días hemos asistido a un espectáculo sin parangón. Todas las 
televisiones del mundo, toda la prensa escrita --incluida la "seria"--, han 
abrumando al personal con horas y horas de propaganda papal. Ya se alzan 
voces exigiendo la santidad de Juan Pablo II. Sin embargo algo falla en este 
montaje: las masas no llenan las calles, si exceptuamos la Plaza de San 
Pedro en Roma. Las imágenes de las vigilias han sido más bien pobres, poco 
nutridas, un tanto deslucidas. Y todo, a pesar de que ha existido un 
auténtico frente único entre la derecha y la izquierda reformista de todo el 
mundo azuzando esta campaña. 
 
En nuestro país, la televisión pública ha sido la campeona absoluta en horas 
dedicadas a glosar el acontecimiento. ¿De esta manera defienden el laicismo 
y la aconfesionalidad del Estado los dirigentes socialistas? No exigimos 
campañas a favor del ateismo militante desde la pantalla, pero esta 
postración ante la Iglesia católica muestra la total incoherencia del 
gobierno, muy interesado en reestablecer los puentes con la nunciatura 
vaticana.  
 
En cuanto al PP la gratitud está justificada: se ha muerto su Papa. Todos 
los opusdeistas, todos los Legionarios de Cristo, toda la reacción 
carpetovetónica, todo el atraso, toda la infamia de este país rinde homenaje 
a un valedor de oro. "En una habitación de la Plaza de san Pedro está 
sufriendo uno de los grandes hombres de la historia de la humanidad", 
afirmaba Ángel Acebes el día antes de la muerte del Papa. 
 
Nosotros, los trabajadores con conciencia de clase, que aspiramos al paraíso 
en la tierra, que sufrimos la explotación y el escarnio de este sistema 
inhumano, contemplamos la muerte del Papa con otro prisma muy diferente al 
de nuestros explotadores. No podía ser de otra manera. 
 
 
 
Fuente: macondoonline.com 
 
De : Juan Ignacio Ramos 
Miércoles 6 abril 2005 
 
 
 
 
 
 
 
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