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Asunto:[GAP] Catolicos hipocritas / Javier Sicilia
Fecha:Lunes, 17 de Abril, 2006  16:52:52 (-0500)
Autor:Ricardo Ocampo <casadelared @...............mx>

FELIPE CALDERÓN Y EL CATÓLICO HIPÓCRITA 
Javier Sicilia 
08-Abr-2006 
Apro 
      
Me contaba mi padre, un hombre frente al cual se podía mirar la grandeza de 
ser católico, que un día el hermano del doctor Rojo de la Vega -el famoso 
médico de los toreros-, en la cantina donde éste departía con algunos 
amigos, irrumpió exclamando: "¡Católicos de mierda!". El doctor, indignado, 
se levantó y lo increpó: "Recuerda que tu padre y tu madre eran también 
católicos"; a lo que el hermano respondió: "Sí, pero de mierda". El doctor, 
de un golpe lo puso en el suelo. Desde allí, el hermano, señalándolo con el 
dedo, lo llamó "Caín". 
 
La anécdota no dejaría de ser sólo una buena historia de sobremesa si no 
guardara una realidad espantosa. Ser, como mexicanamente se dice, "un 
mierda", es no valer nada humanamente; ser un católico así es peor: es haber 
llevado lo mejor de lo humano a lo peor, a su envilecimiento más atroz. 
 
Alguna vez, al referirme a Santiago Creel, usé la palabra pudrimiento 
(Proceso 1500). Pero, lo que en Creel, que terminó concesionando casas de 
apuesta a Televisa, gastando 26 millones de pesos en una precampaña inútil y 
utilizando el poder para su provecho personal, fue una lenta degradación, en 
Felipe Calderón, Diego Fernández de Cevallos -ese encomendero extraviado en 
el tiempo-, Espino y la mayoría de la bancada panista es su producto. Votar 
en favor de la Ley Televisa es no sólo haber golpeado la democracia y 
abierto las puertas al último de los totalitarismos -el más sutil de todos, 
porque se enmascara tras la apariencia de la libertad-, el del mercado y sus 
controles publicitarios, sino haber traicionado uno de los temas 
fundamentales del panismo y de la Doctrina Social de la Iglesia: la 
subsidiareidad, es decir, la no sustitución de los organismos pequeños por 
los grandes, y el apoyo del Estado para que aquéllos conquisten su plena 
libertad.  
 
Con la Ley Televisa, aquellos que desde su laicismo dicen representar el 
espíritu católico han hecho de Mammón el Dios, y de los valores más extremos 
e inanes de la burguesía, las virtudes del cristianismo. Ellos, tan 
estúpidamente preocupados por la píldora del día siguiente, por el condón, 
por los homosexuales, por mirar la paja en el ojo ajeno, no se han inmutado 
un ápice por arrodillarse y arrodillar al país ante el gran capital y sus 
monopolios ni por lo que eso trae de humillación a uno de los más altos 
valores del cristianismo y de la vida democrática: la libertad. Tras su 
puritanismo se esconde la hipocresía del libertino y del burgués, de 
aquellos que, arropados bajo el abriguito de la moral de las buenas 
conciencias, han hecho de los vicios privados virtudes públicas. 
 
Felipe Calderón, quien, como alguna vez dijo Denise Dresser, significaba 
para el panismo el regreso a los principios, prefirió, frente a la brecha 
que le lleva López Obrador en la contienda electoral, traicionarlos y 
vender, como Esaú, su primogenitura por un plato de lentejas. 
 
El asunto de su corrupción, sin embargo, viene de más lejos. Contra lo que 
su padre, Luis Calderón Vega, le enseñó del valor de la subsidiariedad que 
estaba en las bases del PAN -luchar "por crear una conciencia humanista, 
comunitaria, en los mexicanos, con el fin de hacerlos participar en los 
procesos políticos y satisfacer las exigencias del bien común" (Proceso 
380)-, Felipe, ya desde su condición de dirigente del PAN, optó, al impulsar 
la creación del Fobaproa, por servir a una sola clase, la de los 
empresarios. Desde entonces (el apoyo que le dio a la Ley Televisa lo 
constata de manera absoluta), no ha hecho más que arrastrarse ante los 
intereses legales más sucios y degradantes. 
 
Podrá objetarse, sin embargo, que, en el caso de la Ley Televisa, hizo lo 
mismo el PRI y, de una manera más sutil e hipócrita, el PRD. Sin embargo, lo 
que indigna de Calderón y los panistas es que ellos lo han hecho con la 
hipocresía del saduceo. Del PRI y del PRD no se esperaba menos. Son hijos de 
la corrupción que trajo la realpolitik a la nobleza de la política. En 
cambio, de un hombre que significaba el retorno a los principios panistas, 
de un hombre que fue formado en los valores cristianos, de un hombre para el 
que la dignidad de la persona debía estar por encima de todo y a ella debía 
servir la vida política, es intolerable. Su actitud, como la de todos esos 
que, llamándose católicos, lo han acompañado poniendo de rodillas al país 
ante los grandes monopolios, no sólo humilla a México, sino a aquellos que 
aún tenemos un alto sentido de lo que ser cristiano significa en un mundo 
como éste. 
 
Felipe y esos católicos que, con toda justicia, habría que llamar de mierda, 
al pugnar y aprobar la Ley Televisa, olvidaron que el diálogo a la altura 
del hombre cuesta menos caro que el evangelio de las religiones totalitarias 
-llámense marxismo, fascismo, mercado o ideología católica- monologado y 
dictado desde los solitarios púlpitos de los medios; olvidaron que, tanto en 
la familia como en la ciudad, el monólogo precede a la muerte; que los 
cristianos -no los rezanderos, como ellos-, por el simple hecho de anteponer 
al hombre por encima de todo, se comprometen a luchar contra la servidumbre, 
la mentira y la indignidad. 
 
Ellos han renunciado a su primogenitura, por las migajas que los nuevos 
dioses, los de los totalitarismos mercantiles, les han dado haciéndoles 
creer que mercado y cristianismo son iguales; que los valores de la 
burguesía, a la que han decidido servir, son los mismos que mecieron la cuna 
del cristianismo. Sus traiciones, sus corrupciones, no son más que la 
confirmación de la crítica que Emmanuel Mounier, tan caro a los fundadores 
del panismo, dirigió a la burguesía católica de principios del siglo XX, esa 
burguesía que, como ellos lo hacen ahora, había homologado los valores del 
mercado con los de la más alta tradición: "el desorden establecido del 
cristianismo", un desorden que en México hiede por todas partes. 
 
¿Hay una manera de redimir toda esta basura? Sí: que Vicente Fox, quien 
también se dice católico, rechace desde su investidura presidencial la Ley 
Televisa, y que Felipe Calderón y las huestes del PAN vuelvan a los 
principios y sitúen su campaña, no en la denostación a López Obrador, sino 
en una propuesta política que reivindique lo que algún día le dio al panismo 
su mejor presencia. Lo que sería un milagro porque, hasta ahora, Vicente 
Fox, Felipe Calderón y la mayor parte de las huestes panistas no se han 
distinguido de esos católicos que un día el hermano del doctor Rojo de la 
Vega definió con tanto acierto y de los que, para nuestra desgracia, sólo 
han sido odiosos representantes. 
 
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a 
todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, 
esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez y sacar a la Minera San 
Xavier del Cerro de San Pedro. 
 
 
www.proceso.com.mx 
 
 
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