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Asunto:[MESHIKO] La mundalización de Cuba
Fecha:Lunes, 19 de Mayo, 2003  18:41:32 (-0500)
Autor:Sylvia Maria Valls <smvalls @...........mx>

 Puntos interesantes.  De www.cubaencuentro.com  
 
La mundialización de Cuba
La política exterior isleña se moviliza en torno a principios irreconciliables. Es aislacionista e internacionalista, provinciana y global.
por RAFAEL ROJAS, México D. F.
 

La política exterior del Gobierno cubano es víctima de una acuciante contradicción. Por un lado, pide al mundo occidental que respete la soberanía de la Isla, que deje a Fidel Castro gobernar a su antojo, sin sugerencias reformistas, persuasiones diplomáticas o críticas públicas, sin denuncias en foros internacionales ni sanciones económicas. Por el otro, ese mismo Gobierno pide la

Espejismo
Espejismo (Tomás Sánchez).
solidaridad de los países occidentales en su lucha ideológica contra el "imperialismo yanqui", la cual se basa en la certeza de que el capitalismo y la democracia —las estructuras históricas de Occidente— son injustos y destructivos. La política exterior cubana se moviliza, pues, en torno a principios irreconciliables: es aislacionista e internacionalista, provinciana y global, excepcionalista y normativa.

Cuba es un problema mundial gracias a ese evento decisivo de la historia contemporánea que fue la Revolución de 1959. Desde los años 60, la Isla ha desatado pasiones en el mundo por muchos motivos: por ser un pequeño país enfrentado a Estados Unidos, por encarnar la utopía de un socialismo diferente al soviético, por sovietizarse en plena Guerra Fría o por ofrecerle a los gobiernos occidentales algo  simbólico y, a la vez, muy útil: una relación diplomática que les permita afirmar su independencia frente a Washington. Muchas democracias europeas en el pasado y algunas democracias latinoamericanas en el presente, aunque defendieran un régimen político contrario al cubano, han valorado altamente esa relación compensatoria.

Para casi todos los políticos e intelectuales de la izquierda occidental, Cuba fue una opción relativamente defendible, por lo menos, hasta 1989. En los últimos quince años, esa misma izquierda occidental ha expresado, de múltiples maneras, sus reparos a la falta de democracia en la Isla. La crítica del sistema político cubano, mucho más que la crítica, por ejemplo, del sistema político chino o el norcoreano, se ha convertido en una seña de identidad de la izquierda occidental postcomunista. El rechazo de ese régimen es para esa izquierda un ajuste de cuentas con su propio pasado, un desplazamiento del mito revolucionario, que adoraron en la juventud, por la realidad totalitaria que desprecian en la adultez.

La excesiva norteamericanización del problema cubano, resultado, entre otras razones históricas, de la inscripción de Cuba como un tema electoral doméstico de la Casa Blanca, el Capitolio y sus relaciones con la colonia cubanoamericana, impide apreciar, en su justa medida, la importancia de esta crítica al régimen de Fidel Castro desde la izquierda occidental. Sólo la necesidad de romper con Cuba, para afirmar un perfil democrático postcomunista, explica que el tema cubano se incorpore cada vez más al debate doméstico en países como España, México, Argentina y Chile. En ninguno de estos países existe una comunidad exiliada tan poderosa como para crear una agenda cubana. Y como la derecha no tiene nada que agregar al tema cubano desde 1959, es la izquierda la que, impelida por la ruptura con su pasado revolucionario, coloca a Cuba en el centro del debate.

La desproporcionada norteamericanización del problema cubano ha demostrado ser un obstáculo al tránsito a la democracia en la Isla. Líderes disidentes, como Oswaldo Payá y Elizardo Sánchez, e importantes personalidades mundiales, como el ex presidente James Carter y el Papa Juan Pablo II, se han percatado de la ineficacia de esa agenda excesivamente protagónica de la Casa Blanca, basada en sanciones económicas contra el Gobierno cubano y apoyos ostentosos a la oposición y al exilio, la cual es aprovechada por el régimen de Fidel Castro para reprimir en nombre de la seguridad nacional. En este sentido, la mejor política de Washington hacia Cuba sería la no política, el rebajamiento del perfil, con el ánimo de favorecer la creciente  mundialización del problema cubano.

Estados Unidos, qué duda cabe, tendrá que jugar un papel importante en la transición a la democracia en Cuba. Pretender lo contrario sería pensar en contra de una geografía y una historia cada vez más globalizadas. Pero ese papel será más eficaz en la medida que sea más discreto y neutral. Cualquier vehemencia, aunque sea retórica, en la estrategia de Estados Unidos contra Cuba, es hábilmente utilizada por el Gobierno de Fidel Castro para escenificar una fantasía de amenaza inminente a la integridad territorial de la Isla y para prolongar ese estado de sitio, imaginario y real, que le permite imponer la unanimidad de su voluntad personal e identificar la democracia con la pérdida de la soberanía.

Fidel Castro hizo de Cuba un país mundial, y ahora el mundo quiere opinar sobre lo que sucede en ese país llamado Cuba.