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Asunto:[MESHIKO] Y DE QUE VIVE UN POETA? / Alberto Blanco
Fecha:Miercoles, 3 de Septiembre, 2003  22:42:59 (-0500)
Autor:RedLUZ/LUXWeb <redluz @...............mx>

Y DE QUE VIVE UN POETA? / Alberto Blanco


----------
From: Magdalena Cravioto <magdalenacravioto@hotmail.com>
Subject: De "La Jornada"
Date: Tue, 02 Sep 2003 03:28:55 +0000

México D.F. Domingo 31 de agosto de 2003

¿Y DE QUÉ VIVE UN POETA?

Alberto Blanco

http://www.jornada.unam.mx

El pasado domingo el compositor Mario Lavista publicó en este diario un
texto de reflexión, ''¿De qué vive un compositor?'', en el que plantea una
serie de cuestiones que, me parece, son de gran importancia para muchos
-¿para todos?- los artistas en México. El texto me parece tan pertinente
como inteligente.

Al pasar revista a las dificultades y vicisitudes que enfrentan los
compositores en México, Lavista no deja de ofrecer ejemplos que atañen a
artistas de otras disciplinas. Así, por ejemplo, se pregunta:

''¿Cómo vive, de qué vive hoy un compositor de música clásica? Bueno, salvo
contadísimas excepciones, un compositor no vive, no puede vivir de la
composición, ya que -repito- su producto no está sujeto a las reglas o las
leyes del mercado. Sucede lo mismo con los poetas: no viven de escribir
poesía. ¿Cuántos ejemplares vende un poeta como Alberto Blanco o como María
Baranda?''

Más allá de dar una respuesta en cuanto al número de ejemplares que se han
vendido de mis libros de poesía (que, por cierto, varía mucho), me interesa
compartir con Mario Lavista y, por extensión, con los lectores de La
Jornada, algunas reflexiones que vienen al caso.

A lo largo de los más de 30 años que tengo de escribir y publicar en
México, he podido comprobar que existe un modo de operar en el medio
literario de nuestro país que me parece muy cuestionable. Y para
describirlo me atendré a mi experiencia personal como poeta, por más que
ésta no sea sino un eco y un reflejo de las experiencias de otros
escritores y artistas.

Lo diré sin rodeos, porque el hecho es muy simple: de un modo u otro,
sistemáticamente (porque aquí de un sistema se trata), se me pide que
regale mi trabajo.

No hay semana (y muchas veces no hay día) en que no se me pida un texto, un
poema, un ensayo, una traducción, una lectura, una presentación, una
entrevista, una carta, una aparición en radio o televisión, una
recomendación, una participación en un jurado, una clase, un curso, una
conferencia, una reflexión o una opinión en una encuesta, gratis o, si
acaso, mediante un pago que muchas veces (y casi me atrevería a afirmar que
la mayoría de las veces) se hace amparado en el calificativo de
''simbólico''.

¿Por qué? Ciertamente no por la naturaleza simbólica de la poesía.

Y yo me pregunto: ¿por qué si toda la demás gente que desempeña un trabajo
recibe un pago por ello, a mí (es decir, a todos nosotros, los escritores.
pero no sólo a nosotros, los escritores, sino a los compositores, y a los
intérpretes, y a los teatreros y bailarines, y un largo etcétera)
continuamente se nos está pidiendo -y a veces hasta exigiendo- que
regalemos nuestro trabajo?

La respuesta va, casi siempre, en esta línea: "es que, maestro,
desgraciadamente la poesía no se vende". No hay dinero para la poesía.

Sin embargo, sí hay sueldos para los que promueven la poesía, o para los
que la editan, o para los que la estudian, o para los que la usan en los
medios, o para los que la clasifican, la archivan, la exportan, la
critican, la analizan, la antologan, la catalogan o la venden.

Ya quisiera yo ver que los que fabrican el papel o la tinta para los libros
de poesía no los cobraran, o que no cobraran los negativos, o los
negativeros; que no cobraran los que encuadernan, almacenan, venden o
transportan los libros. O que no cobrara la burocracia cultural que apoya,
publica, promueve y hasta disfruta la poesía.

De tal manera que sí hay dinero para la poesía. Bueno, más bien hay dinero
para muchos de los que tienen que ver, de un modo u otro, con la poesía.
Pero con frecuencia -qué cosa más curiosa- no para quien la hace, porque
''desgraciadamente la poesía no se vende''.

Yo aceptaría esta supuesta ''explicación'', a condición de que fuera
cierta. Aceptando, inclusive, que nuestros productos sui generis también
están sujetos a las reglas o leyes del mercado.

Porque creo que nadie en la comunidad está obligado a dar dinero por un
producto o por un servicio que no necesita o no quiere. Si yo fuera
zapatero (y a veces me gustaría serlo) aceptaría de buena gana que la gente
no comprara mis zapatos si mis zapatos no fueran de su gusto. Ya quedaría a
mi libre arbitrio cambiar los diseños o el precio de mis zapatos, o cambiar
de oficio, o de país, o hasta el morirme de hambre si es que mi vocación
por hacer zapatos fuera tan imperiosa como lo es todo auténtico llamado
artístico. Lo que acabo de decir vale también para la poesía. Nadie me
obliga a dedicarme a este ingrato y maravilloso oficio.

Sin embargo, ¿cómo es posible que no haya dinero para la poesía, ya que se
supone que a la comunidad no le interesa, y sí hay en cambio una solicitud
continua de poemas y/o de trabajo relacionado con la poesía, siempre y
cuando éste sea -salvo muy honrosas excepciones- regalado?

En otras palabras, ¿hay o no hay interés por mi trabajo? Cualquiera de las
dos respuestas -sí o no- me parece válida. La que me resulta inaceptable es
aquella que dice: sí y no. Al mismo tiempo sí y no. Sí nos interesa su
trabajo para publicarlo, usarlo, estudiarlo, venderlo, archivarlo,
antologarlo, traducirlo, usarlo... pero no nos interesa dar nada a cambio
por ello. O sólo estamos dispuestos a dar muy poco: algo simbólico.

Y es por esto que la existencia del Sistema Nacional de Creadores se vino a
constituir no sólo en un ancla de salvación para muchos -ya sean poetas,
escritores de otros géneros, o artistas de otras varias disciplinas-, sino
también en un modo de balancear una situación que está muy desequilibrada.
Sobre todo si consideramos que una de las razones principales para que este
mecanismo opere radica, justamente, en los subsidios que sistemáticamente
el mismo gobierno otorga a una serie de instituciones y proyectos
culturales que a duras penas logran sacar adelante sus propuestas, pues los
subsidios son pocos y casi nunca alcanzan para cubrir las necesidades
mínimas.

Sería deseable, desde luego -tal y como lo dejé asentado en la carta
abierta a las autoridades del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes'',
que se publicó en La Jornada el 4 de mayo de 1997 con el título de ''El
SNCA: una reflexión''- que sucediera otra cosa:

"¿No sería mucho más deseable vivir en un medio en el cual un artista
pudiera desarrollar su trabajo honestamente y, a la vez, pudiera vivir
honestamente del mismo?

"Claro está que es mucho más fácil decirlo que hacerlo. Lo que tendría que
suceder para que semejante cosa fuera posible es poco menos que un milagro.
En el caso de los escritores, por ejemplo, debería suceder que las
colaboraciones a periódicos y revistas se pagaran bien, desterrando la
práctica de los pagos "simbólicos" que todos hemos padecido; que hubiera
regalías suficientes derivadas de nuestros libros, lo cual implicaría más y
mejores lectores con el suficiente poder de compra; que se desterrara la
nefasta costumbre de ver el trabajo de un escritor como un regalo que vale
mucho, muchísimo, pero que no cuesta nada."

En resumen: creo que mientras las condiciones generales no cambien en el
medio cultural -para lo cual, por supuesto, también tendrían que cambiar en
todo el país- es necesario mantener funcionando el Sistema Nacional de
Creadores, y tratar de homologarlo -con sus diferencias ineludibles- con el
Sistema Nacional de Investigadores.

No veo la justificación de un SNCA que nos obliga a "descansar" dos años
por tres de participación, toda vez que no se trata de una ''beca" (tal y
como muchos de los propios miembros del SNCA creen), sino de pertenecer a
un sistema nacional. La medida es, entonces, absurda.

Para colmo de males, este año en que a mí -y a muchos otros poetas y
artistas de otras disciplinas que ingresamos al Sistema Nacional de
Creadores en 1994- nos tocaría volver a recibir el apoyo -o la supuesta
"beca"- la convocatoria se ha retrasado tanto (debió haber salido a
principios de año) que es muy probable que se "brinque" todo un año, por
razones burocráticas que, por válidas que les parezcan a las autoridades
responsables, en nada remedian la difícil situación económica que muchos
padecemos.

Tiene razón Mario, cuando dice en su texto:

"En nuestro país la situación económica de los compositores mejoró
sustancialmente a partir de la fundación del Sistema Nacional de Creadores
y de los diferentes programas del Fondo Nacional para la Cultura y las
Artes (Fonca). Después de casi 10 años, el resultado es muy positivo, por
varias razones.

"Lamentablemente, esta situación ha estado cambiando lenta y sostenidamente
desde la aparición del gobierno del cambio. Baste recordar las absurdas y
complejísimas medidas fiscales de la Secretaría de Hacienda, la cual está
haciendo todo lo posible para acabar con la industria editorial. Está
también la virtual desaparición del área cultural de la Secretaría de
Relaciones Exteriores. Hay, además, y a pesar de la buena voluntad de las
autoridades culturales, una constante reducción presupuestal que cada año
resiente el mundo de la cultura. De seguir con estos recortes
presupuestales, a finales de este sexenio prácticamente habrá desaparecido
la mayoría de los programas del Fonca y el Sistema Nacional de Creadores."

No hay duda de que la situación económica de los artistas mejoró a partir
de la fundación del Sistema Nacional de Creadores y de los diferentes
programas del Fonca. A mí, por ejemplo, me permitió regresar de Estados
Unidos, donde había ido a dar clases para poder sostener a mi familia y
volver a México para dedicarme de lleno a lo que es mi trabajo: escribir.
La serie de libros que he publicado desde entonces dan fe de que la medida
funciona.

Las absurdas y complejísimas medidas fiscales de las que habla el texto de
Mario Lavista (y de las que no se salva ni su propia revista, Pauta, como
hemos podido comprobar sus colaboradores), ha dado como resultado que nadie
sepa ya a qué atenerse: cada revista, editorial o periódico paga y quita a
su buen o mal entender, dependiendo de las interpretaciones de los
contadores en turno. Y de los engorrosísimos trámites para publicar, mejor
ni hablamos. Cada vez son más, y más difíciles, hasta el punto de
empantanar muchas de las publicaciones.

Y si bien es verdad que resulta lamentable el desmantelamiento del área
cultural de la Secretaría de Relaciones Exteriores, más grave aún me parece
que, ''a pesar de la buena voluntad de las autoridades culturales'' (como
bien dice el texto de Lavista), sigan flotando en el ambiente amenazas de
desaparición de los programas del Fonca y del Sistema Nacional de
Creadores.

El dinero que un artista recibe por el hecho de pertenecer al Sistema
Nacional de Creadores no es una graciosa dádiva ni un cohecho. Es dinero
que ya hemos devengado -y que seguimos devengando- con nuestro trabajo
regalado o simbólicamente remunerado.

Con mi mejor voluntad.