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Asunto:[MESHIKO] Niños de la calle
Fecha:Sabado, 3 de Enero, 2004  12:42:06 (-0600)
Autor:Anáhuak Net <redanahuak @..........org>

Niños de la calle

Niños de la calle

Marcelo Colussi
La Insignia. Guatemala, enero del 2004.


El siglo XXI no ha comenzado de manera muy promisoria que digamos (pandemia de sida, amenaza de nuevo rearme atómico, aumento de la brecha entre ricos y pobres, entre otras cosas) aunque haya quien proclame triunfalmente que hemos alcanzado "el fin de la historia". Los dos negocios más expandidos en la actualidad, por delante del petróleo, son la industria de las armas (20.000 dólares por segundo) y el tráfico ilícito de drogas (medio billón de dólares al año).

Algo sucede en la cultura de nuestros tiempos. Por un lado una acumulación de riquezas sin precedentes, mientras que por otro lado muere de hambre una persona cada 14 segundos a escala mundial. ¿Ése es el fin de la historia? La historia la escriben los que ganan, lo cual quiere decir que hay otra historia, no la oficial sino la verdadera.

Nuestro inicio de milenio está marcado por una deshumanización altamente preocupante. ¿Cómo entender que las dos actividades más dinámicas sean la fabricación de instrumentos para matar y la producción de evasivos? Algunos llegan a decir que "sobra gente" en el mundo. ¿Es posible? ¿Es la gente la que sobra? La civilización dominante escribe la historia, y hoy eso se hace en términos de "triunfadores" sobre "inviables", de avance tecnológico no importa a qué precio, de destrucción de muchos humanos a mano de un pequeño grupo de semejantes.

El ser humano, en esta concepción, es prescindible. Lo dice el desarrollo imparable de la robótica. Hay un sexo cibernético donde con uno basta, el otro de carne y hueso no es necesario, es reemplazado por la realidad virtual. Incluso el medio ambiente es sacrificado en nombre del progreso sin importar que allí vive la gente. El único pequeño detalle que rompe esta lógica es que la gente sigue existiendo, y aumentado (5 nacimientos por segundo a nivel global).

Desde la década de los 50 en los países latinoamericanos se vive un proceso de acelerado despoblamiento del campo y crecimiento desmedido y desorganizado de las ciudades principales. La población escapa a la pobreza rural y a las guerras crónicas en esas áreas. El resultado de todo esto son megápolis desproporcionadas sin planificación urbanística, plagadas de barrios marginales.

Sumado a este proceso de industrialización tardío y éxodo interno tenemos las políticas neoliberales que desde los años 80 ("la década perdida" según la CEPAL) empobrecieron más las ya estructuralmente pobres economías latinoamericanas. Como consecuencia de esto último se dio un aumento de la miseria de los siempre pobres sectores agrarios y un aumento de la migración hacia las ya saturadas capitales. Los asentamientos precarios albergan casi tanta gente como los barrios formales. Si la "gente sobra" esto sólo puede darse en la lógica económico-social dominante, pero nunca en términos humanos concretos. La gente está allí y tiene derecho a vivir (junto a otros derechos que le aseguran una vida digna y con calidad). Uno de cada dos nacimientos en el mundo tiene lugar en un barrio marginal del Tercer Mundo.

¿Qué le espera a cada uno de esos niños al nacer?

Niños que, desde el inicio, para algunos "sobran". Seguramente no un mundo de rosas. Si tiene suerte y no muere de alguna enfermedad previsible o por inanición, trabajará desde muy pequeño. Quizá termine la escuela primaria, pero probablemente no. Casi con seguridad no asistirá a la escuela media; mucho menos a la Universidad. Se criará como pueda: pocos juguetes, mucha violencia, poco cuidado paterno; seguramente junto a muchos hermanos: seis, ocho, diez. Esto en el campo, donde se necesitan muchos brazos para las faenas agrícolas, es parte de la cultura cotidiana; pero en un asentamiento precario en medio de una gran ciudad es ante todo un problema. Deberá trabajar, y su trabajo será en las calles, no bajo la supervisión de sus padres. Trabajo, por otro lado, siempre descalificado, muy poco remunerado, siempre en situación de riesgo social: la violencia, la transgresión, las drogas estarán muy cerca. Esto se potencia en el caso de las niñas.

La pobreza de donde provienen estos menores no se concibe sólo en términos de ingreso monetario, siempre escaso por cierto. También lo es en cuanto a recursos en general para afrontar la vida, en conocimientos, en experiencias. Las familias "reproductoras" de niños que van a vivir a las calles son en general numerosas, con dinámicas violentas, con antecedentes de alcoholismo, en algunos casos promiscuas, a veces con historias delincuenciales.

Todo esto es más fácil que se de en un grupo marginado económica y socialmente (los que "sobran") antes que en los sectores integrados. Lo dramático es que la población "sobrante" aumenta, y por ende sus niños, que son quienes terminan poblando las calles.

En cualquier ciudad latinoamericana vemos como algo común ejércitos de niños deambulando por las calles. Desde muy tempranas edades, sucios, harapientos, a veces con su bolsita de inhalante en la mano, los niños y niñas ya forman parte del paisaje cotidiano: menores que venden baratijas, lustran zapatos, lavan automóviles, mendigan o simplemente pasan sus días en parques, mercados o terminales de buses.

El fenómeno es relativamente nuevo, de las últimas décadas; pero lo peor es que está en franca expansión. Se estima que en todo el mundo hay 150 millones de niños que trabajan o viven en las calles. ¿Por qué? ¿Cuál es la verdadera historia de los niños de la calle?

Establecidos en las calles es muy fácil que algunos se perpetúen allí. Y cuando esto sucede, cuando se cortan los vínculos con las familias de origen, la inercia lleva a que sea muy difícil salir de ese ámbito. Callejización, consumo de drogas y transgresión van de la mano. "Para una innumerable cantidad de niños y jóvenes latinoamericanos la invitación al consumo es una invitación al delito. La televisión te hace agua la boca y la policía te echa de la mesa" (Eduardo Galeano). Un niño finalmente se queda a vivir en la calle porque escapa así a un infierno diario de violencia, desatención, escasez material. Recordemos que pobreza no es sólo falta de dinero efectivo; es también falta de posibilidades para el desarrollo. Lo que, casualmente, se encontrará ante todo en los grupos más sumergidos, en las "poblaciones excedentes".

Son varias las instituciones que se ocupan del problema de los niños de la calle: las públicas ("centros de reorientación de menores", en general reformatorios o cárceles) con una propuesta más punitiva y en dependencia de dictámenes legales; las no gubernamentales con proyectos de corte humanitario o caritativo.

Más allá de buenas intenciones y diversidad de metodologías, el impacto de sus acciones es relativo; por supuesto que una atención puntual en un caso, o un apoyo para la sobrevivencia es mucho. Y ni hablar de algún niño rescatado de esta situación y reubicado en otra perspectiva. Ello es encomiable. De todos modos el fenómeno en su conjunto no se termina, por el contrario crece. Cada día, en cualquier mediana o gran ciudad latinoamericana, nuevos niños se integran a la vida en las calles.

¿Qué hacer ante esto?

Hay que partir por reconocer que la problemática concierne a todos. Cada niño durmiendo en una plaza o con su bolsa de pegamento es el síntoma que indica que algo anda mal en la base; taparse los ojos ante esto no soluciona nada. Los niños, el eslabón más débil de la cadena, son la esperanza de un futuro distinto; también los de la calle (convengamos en que la Historia aún no ha terminado).

Estigmatizarlos no servirá para contribuir a algo nuevo. "La continuada marginación económica y social de los más pobres está privando a un número creciente de niños y niñas del tipo de infancia que le permitirá convertirse en parte de las soluciones de mañana, en vez de pasar a engrosar los problemas. El mundo no resolverá sus principales problemas mientras no aprenda a mejorar la protección e inversión en el desarrollo físico, mental y emocional de sus niños y niñas" (UNICEF).

El problema de los niños de la calle, en definitiva, es un síntoma social, es la punta del iceberg. Nos habla de los enormes problemas estructurales que posibilitan que los más débiles entre los débiles paguen las consecuencias.

Trabajar sobre el síntoma, más allá de lo loable que pueda ser la iniciativa en términos morales, queda corto, no basta. Solucionar hoy el frío o el hambre de un menor en concreto puede ser bueno, pero tiene el agravante que consolida una cultura de la dependencia por parte de los sectores más desprotegidos. Es, sin más, caridad; y la caridad no alcanza para solucionar los problemas sociales.

Cada niño de la calle, sin siquiera abrir la boca, con sus ojazos tristes, desde su bolsita de pegamento, nos habla de las diferencias de clase, de la exclusión, de la discriminación, del norte y del sur, de los más de 500 años de injusticia que viven estas tierras, del fracaso del modelo neoliberal, del fracaso del sistema capitalista en definitiva. Si se trata de cambiar algo, es imposible comenzar por el último eslabón de la cadena.

http://www.lainsignia.org/2004/enero/soc_002.htm