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Asunto:[MESHIKO] Simone Weil sobre el marxismo / Instituto Simone Weil, AC / Valle de Bravo
Fecha:Sabado, 29 de Enero, 2005  15:36:59 (-0600)
Autor:Anahuak Home <redanahuak @...............mx>

From: Sylvia María Valls <smvalls@...> 
Date: Sat, 29 Jan 2005 10:05:03 -0600 
To: redanahuak@... 
Subject: SW WEIL SOBRE EL MARXISMO (A.C. Instituto Simone Weil) 
 
 
SOBRE EL MARXISMO*  
 
Simone Weil  
  
 
[Una muestra más de los textos que aparecerán en el sitio de ³El Simona², 
con la criatura ya fuera del cuerpo de la madre y ¡a punto de escandalizar!] 
 
 
I  
 
  
La imagen de la contradicción en la materia es el choque de fuerzas que se 
oponen. Aquel movimiento hacia el bien, a través de las contradicciones, 
descrito por Platón como característica de la criatura pensante que se ve 
socorrida por una gracia sobrenatural, Marx simple y sencillamente se lo 
atribuyó a la materia, pero a una cierta materia: a la materia social. 
 
  
 
     Le llamó la atención que los grupos sociales fabricaran morales para su 
uso particular, morales mediante las cuales cada cual le sustrae al imperio 
del mal su actividad específica. De forma tal que contamos con la moral del 
hombre de guerra, la moral del hombre de negocios - y así sucesivamente -, 
moral cuya regla primera es negar que se pueda cometer ningún mal mientras 
uno se dedica, con regularidad, a llevar adelante la guerra, los negocios, 
etcŠ Además, todos los pensamientos que circulan en una sociedad, sea cual 
sean, son influidos por la moral particular del grupo que la domina. He ahí 
un hecho jamás ignorado y que Platón, por ejemplo, conocía perfectamente. 
Cuando se ha reconocido este hecho, uno puede reaccionar de varios modos, 
según la profundidad de la inquietud moral.  Se puede reconocer este hecho 
en la medida en que éste atañe a los demás, pero ignorarlo para sí mismo. 
Esto significa simplemente que uno admite como absoluta la moral particular 
del medio del cual se es miembro. Entonces se puede estar tranquilo. Pero 
desde el punto de vista moral, se está muerto. El caso resulta 
extremadamente frecuente. O bien se puede uno dar cuenta de lo endeble que 
es toda inteligencia humana. En dicho caso se siente uno invadido por la 
angustia. Algunos, para escapar a esta angustia, aceptan permitir que las 
palabras ³bien² y ³mal² pierdan todo significado. Ésos, al cabo de un tiempo 
más o menos largo, se descomponen, caen en la podredumbre. Es lo que a lo 
mejor le habría sucedido a Montaigne[1] sin su amigo estoico. Otros buscan 
ansiosamente, desesperadamente, un camino para salir del mundo de las 
morales relativas y conocer el bien absoluto. Entre éstos se pueden nombrar 
espíritus de valor muy desigual, tales como Platón, Pascal y ­por muy 
extraño que parezca- Marx. 
 
  
 
     El verdadero camino existe. Platón, y muchos otros, lo han recorrido. 
Pero éste no está abierto más que para aquéllos quienes, reconociéndose 
incapaces de encontrarlo, ya no lo buscan y, sin embargo, no dejan de 
desearlo sin tomar más nada en cuenta. Ésos gozan del don de nutrirse de un 
bien que, por estar situado fuera de este mundo, no está sometido a las 
exigencias de ninguna influencia social. Ése es el pan trascendental según 
el texto original del Pater. 
 
  
 
     Marx buscó otra cosa, y creyó haber encontrado. Como las mentiras en 
materia de moral emanan de grupos particulares que buscan cada cual 
presentar la propia existencia como un bien absoluto, se dijo él que el día 
cuando ya no existieran grupos particulares, las mentiras desaparecerían. 
Admitió, de forma totalmente arbitraria, que el choque de las fuerzas 
sociales aportaría un día automáticamente la destrucción de los grupos. 
Sintiendo irresistiblemente que el conocimiento de la justicia y de la 
verdad es de alguna forma algo que se le debe al hombre cuyo deseo, en ese 
ámbito, es demasiado profundo para admitir que se le rehúse; habiendo 
reconocido --con razón-- que cualquier espíritu humano, sin excepción 
alguna, carece de la fuerza necesaria para sustraerse a los factores de la 
mentira que envenena la vida social; ignorando que existe una fuente desde 
donde esta fuerza desciende sobre aquéllos que la desean con completa 
humildad, admitió que la sociedad, por un proceso automático de crecimiento, 
eliminará su propio veneno. Admitió esto sin motivo alguno salvo el no poder 
hacerlo de otro modo. 
 
  
 
Es así que resulta necesario comprender lo que a menudo aparece en él como 
negación de las nociones mismas de verdad, de justicia, de valor moral. Por 
estar la sociedad aún envenenada, ningún espíritu es capaz de acceder a la 
verdad y a la justicia. Quienes pronuncian esas palabras mienten o son 
engañados por mentirosos. Quien quiera servir a la justicia no tiene sino un 
medio de hacerlo ­ el de apurar la operación del mecanismo que culminará en 
una sociedad sin veneno. Poco importa de qué procedimiento se sirva para 
llegar a tal efecto: son buenos si son eficaces. Así Marx, exactamente como 
los hombres de negocios de su tiempo, o los guerreros de la Edad Media, 
llegó a una moral que ponía por encima del pecado a una categoría social de 
la cual él formaba parte ­ a saber, la de los revolucionarios profesionales. 
Caía de nuevo en la debilidad misma que tantos esfuerzos había hecho él por 
evitar, como le sucede a todos los que buscan encontrar la fuerza moral 
donde ésta no se encuentra. 
 
  
 
     En cuanto a la naturaleza de ese mecanismo productor de paraíso, la 
deducía de un razonamiento casi pueril. Cuando un grupo dominante cesa de 
dominar; es reemplazado por un grupo que previamente se encontraba 
naturalmente más abajo. A fuerza de repetir ese proceso, el crecimiento 
social termina por llevar a la cumbre al grupo que antes se encontraba en lo 
más bajo. Entonces, ya no hay más inferioridad, más opresión, más intereses 
de grupo contrarios a los intereses generales, más mentira. 
 
  
 
     Dicho de otra forma, como resultado de una evolución en el curso de la 
cual la fuerza ha cambiado de manos, un día los débiles, aún como tales, 
tendrán la fuerza de su lado. Ése es un ejemplo particularmente absurdo de 
la tendencia a la extrapolación, que era una de las taras de la ciencia y de 
todo el pensamiento del siglo XIX --época en la que, fuera del campo de las 
matemáticas, se ignoraba la noción del límite. 
 
  
 
     La fuerza, al cambiar de manos, siempre conserva una relación de más 
fuerte a más débil, una relación de dominio. La fuerza puede cambiar de 
manos indefinidamente sin que jamás uno de los términos de la relación sea 
eliminado. En el momento de una transformación política, quienes se preparan 
a tomar el poder poseen ya un poder, es decir, un dominio sobre otros que 
son más débiles. Si no poseen ningún dominio, el poder no caerá en sus manos 
--a menos de no llegar a intervenir un factor eficaz aparte de la fuerza: 
cosa que Marx no admitía. El materialismo revolucionario de Marx consiste, 
en suma, en proponer, de un lado, que la fuerza por sí sola es la que 
regula, de forma exclusiva, los asuntos entre los hombres; de otro lado, que 
un día los débiles, sin dejar de ser los débiles, serían de todas formas, 
los más fuertes. Creía en el milagro sin creer en lo sobrenatural. Desde un 
punto de vista puramente racionalista, si uno cree en el milagro, preferible 
sería creer también en Dios. 
 
  
 
     Lo que hay en el fondo del pensamiento de Marx es una contradicción. 
Esto no quiere decir que la no- contradicción sea un criterio de verdad. Muy 
por el contrario, la contradicción, como Platón bien sabía, es el 
instrumento sin igual de un pensamiento que se eleva. Pero existe un uso 
legítimo y un uso ilegítimo de la contradicción. El uso ilegítimo consiste 
en combinar afirmaciones incompatibles como si éstas fueran compatibles. El 
uso legítimo consiste, cuando dos verdades incompatibles se imponen a la 
inteligencia humana, en reconocerlas como tales y en hacer de ellas, por así 
decirlo, los dos brazos de una pinza, un instrumento para entrar 
indirectamente en contacto con el ámbito de la verdad trascendente 
inaccesible a nuestra inteligencia. La contradicción así manejada juega un 
papel esencial en el dogma cristiano. Sería fácil demostrarlo a propósito de 
un ejemplo como el de la Trinidad. Esta juega un papel análogo en otras 
tradiciones. Hay quizá ahí un criterio para discernir las tradiciones 
religiosas o filosóficas auténticas. 
 
  
 
     La contradicción esencial de la condición humana es que el hombre está 
sometido a la fuerza y que desea justicia. Está sometido a la necesidad, y 
desea el bien. No es tan sólo su cuerpo lo que está así sometido, sino todos 
sus pensamientos; y, sin embargo, el ser mismo del hombre consiste en un 
estar extendido hacia el bien. Es por lo que creemos todos que hay una 
unidad entre la necesidad y el bien. Algunos creen que los pensamientos del 
hombre concernientes al bien poseen aquí abajo la más grande fuerza. Ésos 
son a los que se les llama idealistas. Se equivocan doblemente: primero, 
porque esos pensamientos están desprovistos de fuerza; después, porque éstos 
no acceden al bien. Están influidos por la fuerza de tal forma que esta 
actitud finalmente es una réplica más o menos enérgica de la actitud 
contraria. Otros creen que la fuerza por sí misma está orientada hacia el 
bien. Esos son los idólatras. Es la creencia de todos los materialistas que 
no caen en el estado de indiferencia. Se equivocan doblemente también: 
primero, porque la fuerza es extraña e indiferente al bien; después, porque 
no es la idea del bien siempre y en todos lados la más fuerte. Los únicos 
que escapan a estos errores son aquéllos que pueden recurrir al pensamiento 
incomprensible de que existe una unidad entre la necesidad y el bien --dicho 
de otra forma, entre la realidad y el bien, fuera de este mundo. Éstos creen 
también que algo de esta unidad se comunica a quienes dirigen hacia ella su 
atención y su deseo. Pensamiento aún más incomprensible, pero 
experimentalmente verificable. 
 
  
 
     Marx era un idólatra. Su idolatría tenía por objeto la sociedad futura; 
pero, como todo idólatra requiere un objeto presente, la relocalizó sobre 
ese segmento de la población que creía él que estaba a punto de operar la 
transformación esperada, --es decir, el proletariado. Se consideraba a sí 
mismo su jefe natural, al menos en cuanto a la teoría y la estrategia 
general; pero, desde otro punto de vista, creía recibir de aquél la luz. Si 
se le hubiera preguntado por qué ­siendo que todo pensamiento está sometido 
a las fluctuaciones de la fuerza-- él, Marx, al igual que un gran número de 
sus contemporáneos, pensaba continuamente en una sociedad perfectamente 
justa, la respuesta hubiera sido fácil para él: a sus ojos, se debía ello a 
un efecto mecánico de la transformación que se preparaba y que, aún no 
completada, estaba en un estado germinativo lo suficientemente avanzado como 
para reflejarse en los pensamientos de algunos. De la misma forma 
interpretaba la sed de justicia total tan sumamente ardiente de los 
trabajadores de la época. 
 
  
 
     En cierta forma tenía razón. Casi todos los socialistas de aquel 
tiempo, él incluido, sin duda habrían sido incapaces de ponerse del lado de 
los más débiles si, al lado de la compasión provocada por la debilidad, no 
hubiera existido el prestigio asociado a una apariencia de fuerza. Ese 
prestigio venía, no de un futuro presentido sino de un pasado reciente, de 
algunas escenas deslumbrantes de la Revolución francesa. 
 
  
 
     Los hechos demuestran que casi siempre los pensamientos de los hombres 
son modelados, como lo pensaba Marx, por las mentiras de la moral social. 
Casi siempre, pero no siempre. Eso también es cierto. Hace veinticinco 
siglos ciertos filósofos griegos, cuyos nombres ni siquiera nos son 
conocidos, afirmaban que la esclavitud era absolutamente contraria a la 
razón y a la naturaleza. Así como las fluctuaciones de la moral según los 
tiempos y países son evidentes, así también es evidente que la moral que 
procede directamente de la mística es una, idéntica, inalterable. Esto se 
puede verificar considerando a Egipto, Grecia, India, China, el budismo, la 
tradición musulmana, el cristianismo y el folclor de todos los países. Esta 
moral es inalterable porque es un reflejo del bien absoluto que está situado 
fuera de este mundo. Es verdad que todas las religiones, sin excepción, han 
mezclado de forma impura esta moral y la moral social, en dosis variables. 
No por ello constituyen menos la prueba experimental de la existencia de 
Dios.  
 
  
 
  
 
II  
 
  
 
La otra obra realmente capital de Marx es la aplicación de su método al 
estudio de la sociedad que lo rodeaba. Definió con una precisión admirable 
las relaciones de fuerza dentro de esa sociedad. Mostró que el salariado es 
una forma de opresión; que los trabajadores son inevitablemente esclavizados 
por un sistema de producción o desprovistos de conocimientos y de habilidad 
--reducidos casi a una nada, delante de la prodigiosa combinación de la 
ciencia y de las fuerzas naturales que se encuentra como cristalizada en  
la  máquina. Mostró que el Estado, al estar constituido por categorías de 
hombres separados de la población ­burocracia, cuerpos policiales, cuadros 
del ejército- forma él mismo una máquina que atropella automáticamente a 
quienes pretende representar. Se dio cuenta de que la vida económica se 
haría ella misma cada vez más centralizada y burocrática, acercando así a 
los conductores de la producción y a quienes conducen el Estado. 
 
  
 
     Esas premisas debieron llevarle a prever el fenómeno del Estado 
totalitario moderno y la naturaleza de las doctrinas que surgirían alrededor 
de éste. Pero Marx quería que ese oscuro mecanismo aportara justicia. Es por 
lo cual no quiso prever. Admitió el absurdo más escandaloso, lo más 
contrario a sus propios principios. Supuso que, la fuerza siendo la 
ordenadora de todo, un proletariado sin fuerza iba sin embargo a lograr un 
golpe de Estado político, a coronarlo con una medida puramente jurídica ­ es 
decir, la supresión de la propiedad individual-- y a encontrarse, por ese 
hecho, convertido en árbitro de la vida social en todos los ámbitos. 
 
  
 
     Había, sin embargo, descrito él mismo a ese proletariado saqueado de 
todo salvo de sus débiles brazos para las serviles tareas o de su sed 
ardiente de justicia. Había mostrado cómo las fuerzas de la naturaleza, 
canalizadas por las máquinas, monopolizadas por los dueños de las empresas 
industriales, reducen casi a una nada la simple fuerza muscular; cómo la 
cultura moderna, interponiendo un abismo entre el trabajo manual y el 
trabajo intelectual, relega al espíritu de los obreros entre los objetos sin 
valor; cómo la habilidad manual misma le había sido robada a los hombres y 
transportada a las máquinas. Había hecho ver, con la más cruel evidencia, 
que esta técnica, esta cultura, esta organización del trabajo y de la vida 
social conforman las cadenas que mantienen esclavizados a los obreros. Y, al 
mismo tiempo, quiso creer que, con todo y eso, el proletariado rompería la 
esclavitud y asumiría la jefatura. 
 
   
 
    Esta creencia es igualmente contraria a los prejuicios materialistas de 
Marx y a la parte sólida, inalterable, de su pensamiento. Resulta 
inmediatamente de sus análisis más profundos que la transformación de la 
producción, de la cultura intelectual, de la organización social debe en su 
conjunto preceder a las conmociones políticas y jurídicas, tal como había 
sido el caso con la revolución de 1789. Pero Marx no quiso ver esta 
consecuencia tan sumamente evidente porque era contraria a sus deseos. Sus 
discípulos tampoco arriesgaban verla por la misma razón. 
 
   
 
    En cuanto a la interpretación marxista de la historia, de ella no puede 
decirse nada porque no la hay. No ha habido ninguna tentativa de explicar la 
evolución de la civilización en función del desarrollo de los medios de 
producción. Es más, al proponer que la lucha de clases es la llave de  la 
historia, Marx ni siquiera trató de establecer que es ése un principio de 
explicación materialista. Ello no es de ninguna forma evidente. La 
aspiración de libertad del alma humana; la codicia del alma humana con 
relación al poder, son susceptibles también de ser analizados como hechos de 
orden espiritual.  
 
  
 
     Al ponerle a éstos hechos la etiqueta ³lucha de clases², Marx solamente 
simplificó de una forma casi pueril. Se olvidó de la guerra, factor de la 
historia humana tan importante como la lucha de clases. De lo cual resulta 
que los marxistas siempre se han encontrado en una ridícula confusión ante 
todos los problemas que la guerra presenta. Por lo demás, tal olvido es 
característico de todo el s. XIX; al cometerlo, Marx dio prueba de aún más 
servilismo intelectual con relación a las influencias dominantes de su 
siglo. Igualmente quiso olvidar que las luchas de los oprimidos entre sí, de 
los opresores entre ellos, son tan importantes como lo son las luchas mutuas 
entre oprimidos y opresores, y ­ lo que es más-- que lo más común es que el 
mismo ser humano sea una y otra cosa al mismo tiempo. Puso la noción de 
opresión en el centro de su obra, pero nunca buscó analizarla. Nunca se 
preguntó en qué consiste. 
 
   
 
    Lo que ha hecho la prodigiosa fortuna del marxismo es ante todo esta 
yuxtaposición de dos doctrinas pobres, someras e incompatibles entre ellas. 
La humanidad siempre hizo reposar sobre Dios la esperanza de calmar su sed 
de justicia. Habiéndose ausentado Dios de las almas, se hacía necesario 
perder la esperanza o hacerla reposar sobre la materia. El hombre no tolera 
ser el único que quiere el bien. Le hace falta un aliado todopoderoso. Si 
ese aliado no es espíritu será materia. Se trata simplemente de dos 
expresiones diferentes del mismo pensamiento fundamental. Sólo que la 
segunda expresión es defectuosa. Es una religión mal construida. Pero es una 
religión. No es por lo tanto sorprendente que el marxismo siempre haya 
tenido un carácter religioso. Tiene en común con las formas de la vida 
religiosa más severamente combatidas por Marx un gran número de cosas, y 
--notablemente-- de haber sido frecuentemente utilizado como opio del 
pueblo. Pero es una religión sin misticismo, en el verdadero sentido de la 
palabra.  
 
   
 
    No solamente el materialismo en general, sino el tipo de materialismo 
propio de Marx, debía asegurarle una vasta influencia. El s. XIX creyó que 
la producción industrial era la llave del progreso humano. Era la tesis de 
los economistas, el pensamiento que permitía a los industriales hacer morir 
de cansancio a generaciones enteras de niños sin el más mínimo 
remordimiento. Marx simplemente tomó esta idea y la trasladó al campo 
revolucionario, preparando de esta forma la aparición de una especie muy 
singular de revolucionarios burgueses. 
 
   
 
   Pero le estaba reservado a nuestra época utilizar las obras de Marx al 
máximo. La doctrina idealista, utópica, ahí contenida no tiene precio como 
instrumento para sublevar a las masas, hacerlas llevar a un partido al 
poder, mantener a la juventud en estado de entusiasmo permanente necesario a 
todo régimen totalitario. Al mismo tiempo, la otra doctrina, la doctrina 
materialista, que congela todas las aspiraciones humanas bajo el frío 
metálico de la fuerza, le provee a un Estado totalitario un gran número de 
excelentes respuestas ante las tímidas aspiraciones del pueblo. De modo 
general, la yuxtaposición de un idealismo y de un materialismo, igualmente 
superficiales y groseros, es el carácter espiritual ­si se atreve uno a 
emplear esa palabra-- de nuestra época. 
 
  
 
El vicio de un pensamiento tal no es la combinación del materialismo y del 
idealismo, ya que deben ser combinados. El vicio consiste en situar esta 
combinación a un nivel demasiado bajo, siendo que su unidad reside en un 
lugar que se encuentra por encima del cielo, fuera de este mundo. 
 
  
 
     Dos cosas son sólidas, indestructibles en Marx. Una es el método que 
hace de la sociedad un objeto de estudio científico buscando definir a 
través de él las relaciones de fuerza; la otra es el análisis de la sociedad 
capitalista tal como existía en el siglo XIX. El resto no solamente no es 
verdad, sino que es demasiado inconsistente, demasiado hueco, para que pueda 
decirse que es erróneo. 
 
  
 
     Al olvidar los factores espirituales, Marx no arriesgaba equivocarse 
mucho en el análisis de una sociedad que en definitiva no les dejaba ningún 
lugar. En el fondo, el materialismo de Marx expresaba solamente la 
influencia de esta sociedad sobre él;  tuvo la debilidad de convertirse él 
mismo en el mejor ejemplo de su tesis sobre la subordinación del pensamiento 
a las circunstancias económicas. Pero en sus mejores momentos se elevaba por 
encima de esta debilidad. El materialismo entonces le horrorizaba, y lo 
estigmatizaba en la sociedad de su época. Encontró una fórmula imposible de 
superar cuando dijo que el capitalismo tiene como esencia la subordinación 
del sujeto al objeto, del hombre a la cosa. El análisis que hizo de ello es, 
desde este punto de vista, de un vigor, de una profundidad incomparables; 
aún hoy ­hoy, sobre todo-- es preciosísimo tema de meditación. 
 
  
 
     Pero el método general es aún más precioso. La idea de elaborar una 
mecánica de las relaciones sociales fue presentida por muchos espíritus 
lúcidos. Fue sin lugar a dudas el pensamiento de Maquiavelo. Como la 
mecánica propiamente dicha, la noción fundamental sería la de la fuerza. La 
gran dificultad consiste en comprender esta noción. 
 
  
 
     No hay nada en un pensamiento tal que resulte incompatible con la 
espiritualidad más pura. Es su complemento. Platón comparaba a la sociedad 
con un gigantesco animal que los hombres se ven en la obligación de servir y 
al que tienen la debilidad de adorar. El cristianismo, tan cercano a Platón 
de tantas formas, contiene no sólo el mismo pensamiento, sino la misma 
imagen; la bestia del Apocalipsis es hermana del gran animal de Platón. 
Elaborar una mecánica social es, en vez de adorar a la bestia, una forma de 
estudiar su anatomía, su fisiología, sus reflejos; y, sobre todo, buscar 
comprender el mecanismo de sus reflejos condicionados ­es decir, buscar un 
método para domesticarla. 
 
  
 
     El pensamiento fundamental de Platón, que lo es también del 
cristianismo, pero que ha sido bastante olvidado, es que el hombre no puede 
evitar ser esclavizado enteramente por la bestia, aún en el punto céntrico 
más secreto de su alma, excepto en la medida en que es liberado por la 
acción sobrenatural de la gracia. El avasallamiento espiritual consiste en 
la confusión entre lo necesario y el  bien; porque ³se ignora la distancia 
que separa la esencia de lo necesario de la del bien². 
 
  
 
     La bestia tiene una doctrina; la doctrina de la fuerza. Algunos 
atenienses, citados por Tucídides, lo expresaron crudamente con una nitidez 
maravillosa, cuando le dijeron a unos desdichados que les suplicaban: ³Sobre 
los dioses, nuestras creencias siguen la tradición, y sabemos en relación 
con los hombres, gracias a una experiencia segura, que siempre cada cual, 
por fuerza de  naturaleza, gobierna donde quiera que tenga poder para 
hacerlo². Bien se ve que esos atenienses eran recientes adoradores de la 
bestia, hijos de ancestros extraños al culto; los verdaderos fieles  a ese 
culto no expresan la doctrina como no sea mediante la acción. Para 
justificar tales acciones inventan idólatras. 
 
  
 
     Lo opuesto a esa doctrina, en lo que concierne a la divinidad, es el 
dogma de la Encarnación. ³Siendo igual a Dios, no tomó esa igualdad como 
botínŠSe vacióŠtomó la condición de esclavoŠSe hizo obediente hasta la 
muerte².  
 
  
 
     La bestia es la patrona aquí abajo. El diablo le dijo a Cristo: ³Te 
daré el poder y la gloria que ésta conlleva, pues me han sido otorgados². La 
descripción de las sociedades humanas exclusivamente en función de las 
relaciones de fuerza rinde cuentas de casi todo. No deja de lado más que lo 
sobrenatural.  
 
  
 
     La parte de lo sobrenatural aquí abajo es secreta, silenciosa, casi 
invisible, infinitamente pequeña. Pero es decisiva. Proserpina no creía 
cambiar su destino al comer tan sólo una pepita de granada y, desde ese 
instante, para siempre, el otro mundo fue su patria y su reino. 
 
  
 
     Esta operación decisiva de lo infinitamente pequeño es una paradoja que 
la inteligencia humana tiene dificultad en reconocer. Mediante esa paradoja 
se cumple la sabia persuasión de la cual habla Platón ­esa persuasión 
mediante la cual la divina providencia lleva a la necesidad a orientar la 
mayor parte de las cosas hacia el bien. 
 
  
 
     La naturaleza, que es espejo de las verdades divinas, presenta por 
todos lados una imagen de la paradoja. De la misma forma los 
catalizadoresŠlas bacterias. En relación con un cuerpo sólido, un punto es 
infinitamente pequeño. Sin embargo, en cada cuerpo, hay un punto que vence 
sobre la masa entera pues, si es sostenido, el cuerpo no cae: ése es el 
centro de gravedad. 
 
  
 
     Pero un punto sostenido no impide que una masa caiga a menos que ésta 
esté dispuesta simétricamente a su alrededor, o que la asimetría comporte 
ciertas proporciones. La levadura no hace que la pasta crezca a menos que se 
encuentre mezclada con ella. El catalizador no actúa sino al contacto de los 
elementos de la reacción. Igualmente existen condiciones materiales para la 
operación sobrenatural de lo divino presente aquí abajo en la forma de lo 
infinitamente pequeño. 
 
  
 
     La miseria de nuestra condición somete a la naturaleza humana a un peso 
moral que continuamente la tira hacia lo más bajo, hacia el mal, hacia la 
sumisión total a la fuerza. ³Dios vio que los pensamientos del corazón del 
hombre tendían siempre, constantemente hacia el mal². Esta carga es lo que 
obliga al ser humano, por un lado, a perder la mitad de su alma, según 
antiguo proverbio, el día en que se convierte en esclavo; y, por otro lado, 
a gobernar, según el decir de Tucídides, doquier tenga el poder de hacerlo. 
La miseria, como la pesantez propiamente dicha, tiene sus leyesŠ Desde que 
se las estudia, ya no se sabría ser demasiado frío, demasiado lúcido, 
demasiado cínico. En este sentido, en esta medida, hay que ser materialista. 
 
  
 
     Pero un arquitecto estudia no solamente la caída de los cuerpos sino 
también las condiciones de equilibrio. El verdadero conocimiento de la 
mecánica social implica el conocimiento de las condiciones en las que la 
operación sobrenatural de una cantidad infinitamente pequeña de bien puro, 
puesta en el lugar conveniente, puede neutralizar la pesantez. 
 
  
 
     Aquéllos quienes niegan la realidad de lo sobrenatural se asemejan 
verdaderamente a los ciegos. La luz tampoco choca ni pesa. Pero por ella las 
plantas y los árboles trepan hacia el cielo a pesar de la pesantez. No se 
puede comer, pero las semillas y frutas que comemos no madurarían sin ella. 
 
  
 
     Igualmente, las virtudes puramente humanas no germinarían, fuera de la 
naturaleza animal del hombre, sin la luz sobrenatural de la gracia. Cuando 
el hombre da su espalda a esta luz, una lenta descomposición ­progresiva 
pero infalible-- lo somete finalmente todo entero, hasta el fondo de su 
alma, al imperio de la fuerza. En la medida en que ello le es posible a una 
criatura pensante, se convierte en materia. De la misma forma, una planta 
privada de luz es cambiada poco a poco en algo inerte. 
 
  
 
     Quienes creen que lo sobrenatural, por definición, opera de una forma 
arbitraria que escapa a todo estudio, lo desconocen tanto como quienes 
niegan su realidad. Los místicos auténticos, como San Juan de la Cruz, 
describen la operación de la gracia sobre el alma con una precisión de 
químico o geólogo. La influencia de lo sobrenatural sobre las sociedades 
humanas, aunque quizás aún más misteriosa, puede, sin duda, ser estudiada. 
 
  
 
     Si enfocamos de cerca, no solamente el medioevo cristiano sino todas 
las civilizaciones realmente creadoras, nos damos cuenta de que cada una, al 
menos durante un tiempo, ha tenido en su centro mismo un lugar vacío 
reservado a lo sobrenatural en su estado puro, a la realidad situada fuera 
de este mundo. Todo lo demás estaba orientado hacia ese vacío. 
 
  
 
     No existen dos métodos de arquitectura social. Nunca ha habido sino 
uno. Éste es eterno. Pero es siempre lo eterno lo que exige del espíritu 
humano un verdadero esfuerzo de invención. Consiste en disponer las fuerzas 
ciegas de la mecánica social alrededor del punto que sirve también de centro 
a las fuerzas ciegas  de la mecánica celeste, es decir, ³El Amor que mueve 
al Sol y las demás estrellas². 
 
  
 
     Ciertamente no es fácil concebirlo de una forma más precisa, ni 
realizarlo. Pero, en todo caso, para orientarse hacia él, la primera 
condición es pensar en él. No se trata de una de esas cosas que se pueden 
obtener de forma accidental. A lo mejor es algo que puede uno recibir al 
final de un largo y perseverante deseo. 
 
  
 
     La imitación del orden del mundo fue el gran pensamiento de la 
antigüedad prerromana. Sería también el gran pensamiento del cristianismo ya 
que el modelo perfecto propuesto a la imitación de cada hombre era el mismo 
ser de la Sabiduría ordenadora del universo. Este pensamiento, 
efectivamente, influyó de forma soterrada todo el medioevo. 
 
  
 
     Hoy, aturdidos después de varios siglos por el orgullo de la técnica, 
hemos olvidado que existe un orden divino del universo. Ignoramos que el 
trabajo, el arte, la ciencia, son tan sólo diferentes modos de entrar en 
contacto con ese orden. 
 
  
 
     Si la humillación de la desgracia nos despertara, si encontráramos esta 
gran verdad, podríamos borrar lo que constituye el gran escándalo del 
pensamiento moderno: la hostilidad entre ciencia y religión. 
 
  
 
***   
 
 
 
*    Oppression et liberté, Gallimard, 1954, pp. 205-220, Fragmentos, 
Londres, 1943 ; pp. 81-96 de Profesión de fe. 
 
[1]    Nota aclaratoria: Se trata de su gran amigo La Boétie, autor de un 
célebre texto teórico denunciando la tiranía: Discours de la servitude 
volontaire.  
 
 
 
 
 
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