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Asunto:[MESHIKO] La "nueva economía"
Fecha:Sabado, 23 de Junio, 2001  05:33:27 (-0700)
Autor:Ricardo Ocampo-Anahuak Networks <chicanos @...........mx>

 
 
---------- 
From: Alianza Social Continental <asc@...> 
Date: Fri, 22 Jun 2001 15:07:31 -0500 
To: asc-l@... 
Subject: La "nueva economía" 
 
 
La «nueva economía»: una coyuntura favorable al poder hegemónico en el marco 
de la mundialización del capital 
François Chesnais 
ATTAC 
El texto que sigue es la versión aumentada del capítulo escrito por François 
Chesnais para un libro colectivo, actualmente en prensa: F. Chesnais, G. 
Duménil, D. Lévy, I. Wallerstein, Une nouvelle phase du capitalisme? [¿Una 
nueva fase del capitalismo?], Collection Séminaire marxiste, Syllepse, 2001. 
 
Hoy en día, Estados Unidos se confronta con una amenaza de recesión. La 
caída del Dow Jones, índice del mercado principal, y sobre todo el 
hundimiento del mercado de los valores tecnológicos, el NASDAQ, no son 
simplemente un reflejo de ello, sino que constituyen también un factor 
específico de arrastre, que exige la constante intervención de la Reserva 
Federal. Resulta de este modo más fácil contemplar con ojos críticos la 
«nueva economía» y medir el grado en que el mercado financiero funciona como 
eje de ésta. Una de las particularidades de la situación mundial es la 
interconexión entre la recesión japonesa, nuevo capítulo de una depresión 
que existe desde hace ya diez años, y la recesión estadounidense. No vamos a 
examinar aquí dicha interconexión, que implica un análisis de los vínculos 
existentes entre la crisis económica y la crisis «de la sociedad» japonesa. 
El objetivo de este trabajo, iniciado antes de que la amenaza de la recesión 
estadounidense apareciera en el horizonte, consiste en explicar las razones 
por las que la «nueva economía» no representa el anuncio de un largo período 
de crecimiento del sistema capitalista mundial, sino más bien la expresión 
de una coyuntura que se debe únicamente al poder hegemónico de Estados 
Unidos en el seno de la mundialización financiera. Nuestro trabajo no está 
completo, pues aún le falta la cuarta parte, anunciada en la Sección 5. 
Tiene un marcado tono «francés» e incluye en especial un debate teórico con 
diversos miembros de la École de la Régulation. Sin embargo, dicho cariz 
podrá atenuarse a medida que la discusión vaya incluyendo a economistas 
críticos que trabajan en otros países. 
1. Un término de profundo contenido ideológico 
El término «nueva economía» fue inventado por los periodistas 
estadounidenses, educados en el culto de lo «nuevo», con el que alimentan el 
«imaginario» de sus lectores. En este caso, la iniciativa surgió del 
semanario Business Week. En un momento en que Alan Greenspan juzgaba que el 
nivel de las transacciones de Wall Street era la expresión de una 
«exuberancia irracional» (estábamos en 1996, pero luego cambió de 
opinión...), la «nueva economía» parecía dar argumentos para atribuir el 
vigor del ciclo expansivo a factores arraigados en la economía real. La 
aceleración de la difusión de las tecnologías de la información y de la 
comunicación (TIC), así como la recuperación de la productividad laboral y 
de la productividad total de los factores parecían proporcionar una 
explicación satisfactoria del elevado precio de los valores. 
No resulta fácil encontrar una definición precisa de la «nueva economía» El 
informe publicado recientemente bajo este título por el Conseil d’Analyse 
Économique, que aporta su grano de arena a la consolidación del mito, 
considera de forma muy vaga «dicho término designa a un sector en plena 
efervescencia, el de las industrias de la información y de las 
telecomunicaciones y una nueva manera de entender la economía en su 
conjunto» [1] <>. El estudio principal se centra casi de forma exclusiva en 
esta «efervescencia», como si fuera posible hacer abstracción de la burbuja 
financiera y de los enormes riesgos financieros del sistema. Por su parte, 
la OCDE ha publicado en fechas recientes un estudio de título más precavido, 
puesto que va entre signos de interrogación [2] <>. Los autores señalan que 
el término nació en Estados Unidos y únicamente se justifica allí Los 
estudios disponibles permiten afirmar, como mucho, que la «nueva economía» 
podría ser el anuncio (la OCDE utiliza el tiempo verbal condicional) de una 
fuerte tendencia al crecimiento, resultante de modos de gestión más eficaces 
de las empresas, facilitados por las tecnologías de la información y de la 
comunicación y de un gran desarrollo de la productividad, de origen 
multifactorial. La «nueva economía» podría haber modificado el ciclo 
económico (igualmente en tiempo verbal condicional). Por último, y ésta es 
la única certeza para la OCDE, la «nueva economía ha modificado los sectores 
que permiten el crecimiento». 
La expresión «nueva economía», de manera mucho más marcada que el término 
«globalización», está teñida de una fuerte connotación ideológica. Debido 
precisamente a su vaciedad, ha ofrecido una interpretación tranquilizadora 
de la situación económica de Estados Unidos a quienes, en todo el mundo, 
esperan que el capitalismo estadounidense les muestre el camino del porvenir 
[3] <> El éxito del término ilustra también el modo en que el hermético 
campo analítico de la teoría estándar pone a la mayoría de los economistas a 
remolque de la prensa. Únicamente un pequeño número de teóricos de formación 
«heterodoxa» se libra de ello. En el caso que nos ocupa, podemos mencionar a 
Michel Aglietta, que en 1998 propuso, bajo el título de «el capitalismo de 
mañana» [4] <>, una teoría global del «régimen de crecimiento patrimonial». 
Su teoría es fuertemente apologética, pero tiene la virtud de proponer una 
interpretación sistémica, centrada en las finanzas, de elementos que otros 
confunden sin distinción bajo un término políticamente correcto. 
El análisis en este trabajo se inicia con los cambios estructurales de gran 
calado acaecidos en la economía capitalista mundial de las dos últimas 
décadas, delimitados con la ayuda de la noción de «régimen de acumulación 
con predominio financiero» Algunos de estos cambios, en especial el lugar 
dominante adquirido por los mercados y por los operadores financieros, se 
caracterizan por una enorme fragilidad sistémica y son, por lo tanto, 
reversibles. Su origen y su base principal de operaciones están situados en 
los países capitalistas avanzados y su análisis exige que no se pierda nunca 
de vista el estudio global de la economía mundial. Muchos hechos y 
relaciones propios de un país o de un grupo de países sólo pueden ser 
examinados y apreciados correctamente si se los observa como «elementos de 
una totalidad, como diferenciaciones en el interior de una unidad» [5] <>. 
Mucho más que en el pasado, la «globalización» exige que se considere la 
economía capitalista mundial «no ya como una simple adición de sus unidades 
nacionales, sino como una poderosa realidad independiente, creada por la 
división del trabajo y por el mercado mundial que domina todos los mercados 
nacionales» [6] <>. Por lo tanto, este trabajo concederá un peso analítico 
muy importante a la situación única de la que goza Estados Unidos en el seno 
de la economía y de las relaciones interestatales mundiales para tratar de 
responder a las preguntas siguientes [7] <> : ¿acaso la «nueva economía» 
anuncia la aparición de un «modelo» generalizable a otros países -aparte de 
Estados Unidos- y, por lo tanto, una verdadera «salida de la crisis» de la 
economía capitalista mundial al completo? ¿O se trata más bien de la 
manifestación de una coyuntura económica larga y específica, basada en 
relaciones sistémicas internas e internacionales, que no está al alcance de 
ningún otro país, y de la cual la burbuja financiera, convertida en algo 
casi estructural, es el rasgo más destacado? 
2. El régimen de acumulación con predominio financiero 
En este trabajo, los términos «régimen de acumulación con predominio 
financiero» designan, en estrecha relación con la mundialización del capital 
(relación que será definida más adelante), una etapa concreta de la 
evolución del imperialismo, entendido éste como la dominación doméstica e 
internacional por parte del capital financiero. La hipótesis de un régimen 
de acumulación sometido a unas finanzas que podrían erigirse 
-momentáneamente- en potencia económica y social «autónoma», tanto frente a 
la clase obrera como a todas las fracciones del capital, ya fue prevista por 
Marx, quien la vinculó al especial fetichismo que ejerce el dinero, en su 
expresión más extrema: «Debido a que el aspecto monetario del valor es su 
forma independiente y tangible, la forma A-A’ -cuyos puntos de partida y de 
llegada son el dinero real- expresa de la manera más tangible la idea de 
"ganar dinero", que es el motor principal de la producción capitalista. El 
proceso de producción capitalista apareció únicamente como un inevitable 
paso intermedio, un mal necesario para ganar dinero. Por eso, todas las 
naciones que funcionan según el modo de producción capitalista padecen 
periódicamente el vértigo de querer ganar dinero sin que medie el proceso de 
producción» [8] <> Más adelante veremos las formas con las que dicho 
«vértigo» se manifiesta desde que los inversores institucionales se han 
convertido en el eje de las relaciones macroeconómicas. No significa un 
desinterés por la maximización de la plusvalía. Las altas instancias 
corporativas buscan precisamente obtener la rentabilidad máxima del capital 
invertido mediante la secuencia A-M-P-P'-M-A'. El «vértigo» consiste en no 
quedarse nunca satisfechos y en basar igualmente los resultados financieros 
de los fondos de inversión en las operaciones derivadas de la creación de un 
inmenso capital ficticio, cuya expresión es la burbuja «permanente» en la 
Bolsa. Por eso, estos beneficios financieros, con toda la volatilidad 
inherente a su dependencia de los mercados bursátiles de acciones y 
obligaciones, son los que determinarán el grado de la demanda del que 
depende el cierre del ciclo A-M-P-M'-A'. 
La dominación ejercida por las finanzas, cuyo inicio se remonta a los años 
noventa, ha sufrido ya diversas configuraciones, paralelamente a los cambios 
de las relaciones entre los Estados y las fracciones del capital y de las 
relaciones políticas entre el capital y el trabajo [9] <>. La proximidad del 
término «régimen de acumulación» con la teoría de la regulación no es 
fortuita. Los regulacionistas han lanzado un desafío serio y enriquecedor a 
un marxismo momificado. Recurrir a la noción de «régimen de acumulación» 
conlleva reconocer que en la segunda parte del siglo XX, y en el contexto de 
diferentes niveles de relaciones políticas entre el capital y el trabajo, ha 
habido por parte de las burguesías una búsqueda de maneras distintas de 
estabilizar el movimiento de reproducción y de revalorización del capital y, 
por lo tanto, de asegurar su dominio. Así, entre 1950 y 1975, lograron 
integrar las importantes concesiones hechas a los asalariados y a sus 
organizaciones para convertirlas en uno de los elementos constitutivos de la 
reproducción expandida. El hecho de incorporar los cambios institucionales y 
las políticas de los gobiernos y de los bancos centrales dentro de un 
análisis del movimiento del capital nos permitirá comprender mejor las 
fuerzas y las debilidades en cada etapa, así como situar los puntos de 
emergencia y el recorrido de las contradicciones. 
La expresión «régimen de acumulación» es preferible a la de «régimen de 
crecimiento», y ello por dos razones relacionadas entre sí. Primero, porque 
remite explícitamente a la noción de capital. Aquí, el capital está 
considerado en calidad de valor -es decir, en calidad de masa de dinero 
centralizado- que busca incrementarse por un proceso de revalorización, que 
puede recurrir tanto a la forma «acortada» A-A' como a la «vía larga» 
A-M-P-M'-A'. En segundo lugar, porque la expresión «régimen de acumulación» 
indica la posibilidad teórica de que haya configuraciones politicoeconómicas 
en las que la importancia adquirida por la forma A-A' y por la creación de 
importantes capas sociales que dependen de ingresos financieros relacionados 
con el valor influyen enormemente en la forma A-M-P-M'-A' al convertirse en 
obstáculos para el crecimiento. La utilización que hace Michel Aglietta de 
la expresión «régimen de crecimiento» para describir un conjunto de 
relaciones sistémicas prácticamente exclusivo de Estados Unidos y que no ha 
conducido al crecimiento en ningún otro país, puede interpretarse como una 
vacilación por su parte en cuanto a la posibilidad de afirmar que tales 
relaciones sistémicas serán capaces de garantizar la acumulación real de 
capital a largo plazo, en el sentido clásico ricardiano-marxiano de la 
expresión tradicionalmente utilizado por la École de la Régulation [10] <>. 
El régimen de control financiero surgió del proceso de liberalización y 
desregulación iniciado partir de 1979 por los gobiernos estadounidense y 
británico, en el ámbito de las finanzas, de los intercambios y de las 
inversiones directas. Es indisociable de las derrotas sufridas por la clase 
obrera a manos de estos gobiernos y de su prolongación bajo la forma de la 
restauración capitalista en la URSS y las supuestas «democracias populares». 
La «mundialización» contemporánea es la mundialización del capital en sus 
tres formas: capital productivo, capital de negocios y capital-dinero. El 
proceso de liberalización y desregulación de las finanzas es la condición 
sine qua non de la existencia del régimen de acumulación actual. Sólo una 
liberalización y una desregulación tan completas como deseaban el capital de 
los intercambios financieros y el de las inversiones directas podía 
responder a las exigencias de apropiación de la riqueza que surgen en torno 
al funcionamiento de los mercados contemporáneos. Era preciso que las 
mercancías, cuya especialización se aseguraron de antemano los países 
avanzados, se vendieran sin problemas y que las empresas pudieran 
aprovisionarse donde lo deseen. Asimismo, con vistas a producir y apropiarse 
de la plusvalía en las condiciones más favorables, era también preciso que 
dichas empresas pudiesen recurrir libremente a la inversión directa en el 
extranjero (IDE). 
El proceso de liberalización, de desregulación y de privatización fue 
concebido por sus arquitectos ideólogos, «técnicos» y políticos, para que se 
extendiera al conjunto de los países del globo y fue impuesto por etapas a 
partir de la institución informal -pero muy poderosa- del G7, beneficiándose 
de la ayuda activa de organizaciones internacionales, ya fueran las 
existentes (el FMI y el Banco Mundial, así como la Comunidad Europea, 
convertida más tarde en Unión Europea), ya otras nuevas (la OMC surgida del 
Tratado de Marrakech en 1994 y la ALENA). Puesto que la «globalización» 
surgió de la liberalización, de la desregulación y de la privatización, 
difiere de las formas anteriores de internacionalización (basada en los 
intercambios y desubicación del capital productivo), que había prevalecido 
hasta principios de los años ochenta. Esto resulta tanto más evidente si 
consideramos los decisivos cambios que han tenido lugar en el ámbito 
financiero. 
Tanto el régimen de acumulación existente en Estados Unidos, como el tipo 
actual de mundialización del capital estrechamente ligado al mismo, se 
centran en las nuevas formas de concentración del capital-dinero (en primer 
lugar, los fondos de pensiones y los fondos de inversión financiera), en los 
mecanismos de captación y descentralización de fracciones de valor y de 
plusvalía y, por último, en las instituciones que garantizan la seguridad, 
tanto política como financiera, de las operaciones de inversión financiera. 
Todo esto da lugar a lo que se denomina «autonomía de las finanzas» [11] <>, 
con el inmenso poder social que lleva consigo. 
La primera fase del «poder de las finanzas» fue la «dictadura de los 
acreedores», surgida, como cualquier otra dictadura, de una especie de golpe 
de Estado, cuando el interés real de los bonos del Tesoro estadounidense 
pasó en unos meses del 2-3% al 10-12% a principio de los años ochenta. Fue 
este un paso decisivo hacia la reconstitución del poder concentrado de las 
finanzas, mantenido bajo control en Estados Unidos después del New Deal y, 
de hecho, destruido en los grandes países europeos por la Segunda Guerra 
Mundial. Esta «dictadura de los acreedores» es un poder frente a los 
gobiernos –salvo el de Estados Unidos- y goza de la capacidad de modificar 
el reparto de la renta y de influir sobre el ritmo y la orientación de las 
inversiones en todos los países que poseen un sector público importante. Se 
trata de un poder pronto incrementado en el seno de los grupos industriales, 
a medida que la centralización de la propiedad de las acciones fue abriendo 
la vía al «gobierno de las multinacionales». Los inversores financieros 
recibieron como regalo de los gobiernos, empezando por el de Estados Unidos, 
el recurso generalizado a la financiación de los déficits presupuestarios 
mediante la emisión de acciones negociadas en mercados secundarios con gran 
liquidez. Este sistema les ofreció elevados tipos de interés y una gran 
seguridad en la recepción de los beneficios de sus préstamos. En el momento 
más elevado de la financiación de los presupuestos por medio de préstamos, 
el déficit Federal estadounidense, como el de muchos otros países, sobrepasó 
el 4% del PIB, de manera que casi la cuarta parte de los presupuestos se 
consagraban a la financiación de la deuda pública. Estos inmensos recursos 
financieros han permanecido en gran medida cautivos de las finanzas y han 
desembocado en la acumulación de activos financieros ingentes en manos de 
instituciones financieras no bancarias (en primer lugar, los fondos de 
pensiones y de inversión financiera), los cuales ha maniobrado con vistas a 
la plena reconstitución de mercados financieros «mundializados», capaces de 
garantizarles la «liquidez» en el sentido de Keynes y de André Orléan [12] 
<>. El big bang de los mercados bursátiles y, más tarde, la liberalización 
de los mercados financieros «emergentes», completaron el trabajo realizado 
de manera concertada por los Bancos centrales, los poseedores del mercado y 
los grandes inversores en los mercados situados en el corazón del sistema. 
3. Gobierno de las multinacionales y maximización de la plusvalía y de los 
beneficios 
El restablecimiento pleno de la liquidez como institución completó la 
emergencia del régimen de acumulación con predominio financiero. A la 
capacidad de influencia de las finanzas sobre los gobiernos se añadieron las 
consecuencias de una nueva forma de relación entre los accionistas, los 
dirigentes de empresa y los asalariados. Junto a los rendimientos de los 
títulos de deuda pública, los dividendos se convirtieron en un mecanismo 
determinante de apropiación del valor y de la plusvalía, y los mercados 
bursátiles, en una institución decisiva para la regulación del régimen de 
acumulación. A la presión «impersonal» de los mercados financieros, ejercida 
sobre los grupos industriales por medio de los niveles comparados del tipo 
de interés de los títulos de deuda y de los beneficios industriales, se 
añadieron nuevas formas, con gran poder coercitivo, de entrelazamiento entre 
«finanzas» e «industria» La entrada de los fondos de pensiones y de 
inversión financiera en el capital de los grupos ha dado lugar a cambios 
importantes en las formas de relación y en las modalidades de vinculación 
entre las finanzas de la gran industria, cuyas consecuencias negativas para 
los trabajadores todavía están lejos de haberse extinguido. El tipo alemán 
de interconexión entre los bancos y la industria, del que Hilferding era el 
arquetipo de capital financiero, se ha convertido hoy en una especie de 
«edad de oro» de las relaciones entre el capital-dinero concentrado y la 
industria. 
Las nuevas formas de interrelación comprenden un conjunto de mecanismos que 
van desde la remuneración de los altos directivos con stock options a una 
vigilancia casi continua de la estrategia de los grupos por parte de los 
gestores de los fondos de inversión, destinados a aproximar los puntos de 
vista de los dirigentes industriales y de los gestores financieros, cuando 
no a sellar una estrecha alianza entre ellos. En los años noventa, el 
«gobierno de las multinacionales» (“corporate governance”) logró obtener 
cifras muy elevadas de rentabilidad en las inversiones en acciones, y 
convirtió tales porcentajes en una norma casi inviolable. Dicha norma ha 
generado presiones cada vez mayores sobre las empresas, tanto en términos de 
ahorro en la utilización del capital en efectivo (capital fijo y capital en 
circulación fuera de los salarios)[13] <>, como del porcentaje de la 
plusvalía, cuya medida es la productividad del trabajo. No era posible, ni 
lo sigue siendo, dar satisfacción a los inversores sin que aumentaran las 
formas de explotación en el trabajo. 
La mundialización de la competencia, nacida por una parte de la 
liberalización y de la desregulación de los intercambios, de la inversión 
directa en el extranjero y de la desaparición del aislamiento de los 
oligopolios nacionales y, por otra, de las tecnologías de la información de 
la comunicación, han sido los factores decisivos que permitieron a las 
empresas que cotizan en las Bolsas de los mercados más importantes atenerse 
a las normas de los gestores. Tal como sugiere Frédéric Lordon, la 
introducción de la máximoa flexibilidad en el mercado de trabajo y en la 
organización cotidiana de la actividad, y el sometimiento de los asalariados 
con calificación media o baja a contratos-basura son un «intento de imponer 
al mundo laboral un equivalente de la liquidez con que el mercado financiero 
dota al capital» [14] <> (subrayado en el original). Es la pura verdad, pero 
sólo expresa una parte de la realidad. La flexibilidad salarial no es 
únicamente «la puesta en marcha del paradigma de la escapatoria [...] la 
aplicación al mundo del trabajo de esta búsqueda obsesiva de la reversión, 
del momento de inercia más bajo posible». Es también un elemento 
constitutivo fundamental del incremento de la explotación de la mano de 
obra, de lo que las empresas deben obtener y/o centralizar como masa de 
plusvalía, tanto en los países de origen como en los de implantación de sus 
filiales, con el fin de poder satisfacer la norma de rentabilidad, al menos 
de manera transitoria. Para alcanzar dicho objetivo, las empresas cuentan 
con el poderoso auxiliar de las tecnologías de la información y de la 
comunicación (TIC), cuya eficacia, sin embargo, no se puede disociar de la 
liberalización de la inversión directa en el extranjero y de los 
intercambios comerciales. Si las grandes empresas han podido utilizar dichas 
tecnologías en beneficio propio de manera tan eficaz es porque ellas pueden 
ahora hacer competir entre sí a asalariados de diferentes países, con muchos 
grados de cualificación –ya no solamente los menos cualificados- y porque 
pueden echar mano de un «ejército industrial mundial de reservistas», tanto 
por medio de los cambios de implantación territorial como por los flujos 
migratorios “diseñados a medida”. 
Nos encontramos pues ante un empeoramiento de la explotación, y no frente a 
la promesa de un “nuevo mundo” surgido de las nuevas tecnologías. Cuando se 
dirige a audiencias de habla inglesa, Jean Gadrey (véase la nota 3) afirma 
que las siglas TIC, en vez de corresponder a «tecnologías de la información 
de la comunicación», significan «tecnologías de intensificación y control”. 
Su empleo puede incluso reducir el aprendizaje a la mínima expresión. A 
corto plazo, las empresas que decidan basar sus actividades en la 
«ultraflexibilidad del empleo» pueden servirse para lograrlo de la muy 
«rígida» definición de las tareas que permite la programación informática. 
En una interesante síntesis de estudios de casos, Pierre Veltz recuerda que 
«para poder reemplazar de improviso a un asalariado es preciso que todo sea 
estrictamente reglamentario y esté bajo control». El costo es elevado en 
términos de aprendizaje y de innovación interactiva, pero tal enfoque 
satisface a los gestores financieros. En las empresas que lo han elegido, 
como por ejemplo las que se ocupan de subcontrataciones en los sectores del 
automóvil y de la gran distribución, la informática no sirve para «abrir 
espacios de diálogo», sino «para bloquear cualquier discusión»; sus reglas 
han sido creadas para que los actores no las puedan utilizar y «la gestión 
de los acontecimientos (de los incidentes imprevistos) no da lugar a 
aprendizaje alguno» [15] <>. 
4. Régimen de acumulación con predominio financiero y mundialización 
Este régimen de acumulación está relacionado con la «globalización» o, de 
manera más exacta, con la mundialización del capital, que trataremos 
brevemente de explicar. El régimen financierizado es una «producción» de los 
países capitalistas avanzados, en particular de aquellos -Estados Unidos y 
el Reino Unido a la cabeza- donde las finanzas, consideradas como fuerza 
«autónoma» construida sobre la institución de la liquidez, habían arraigado 
más profundamente hasta la crisis de 1929. No se halla mundializado en el 
sentido de abarcar a la totalidad de la economía mundial [16] <>, pero su 
funcionamiento exige, hasta el punto de ser consustancial con su existencia, 
un grado muy alto de liberalización y de desregulación no solamente de las 
finanzas, sino también de la inversión directa en el extranjero y de los 
intercambios comerciales. Estas medidas no han de imponerse sólo en los 
países donde se instala el nuevo régimen de acumulación, sino en todas 
partes. En el lenguaje de la École de la Régulation, se dice que si antaño 
los países podían escoger con un amplio grado de libertad las formas exactas 
de su «inserción internacional» y de «adhesión» al régimen fordista, ahora 
ya no sucede desde que el régimen de predominio financiero ha sido 
establecido en los países más poderosos. Un proceso de construcción 
institucional internacional, tanto de facto como de jure, dirigido por 
Estados Unidos, el G7, el FMI y el Banco Mundial (es decir, los que 
elaboraron el supuesto «consenso de Washington»), formalizado en Europa por 
el Tratado de Maastricht y apoyado enseguida por la OMC, hizo que la 
«adhesión» de los demás países fuese obligatoria y redujo al mínimo su 
capacidad de elección en cuanto a dicha «inserción internacional» [17] <>. 
Queda claro que la «mundialización financiera» se ha dotado de la función de 
garantizar la apropiación, en condiciones lo más regulares y seguras 
posibles, de los beneficios financieros -intereses y dividendos- a escala 
«mundial» Su arquitectura inicial, al igual que las «reformas» introducidas 
a partir de la crisis asiática, tienen por objeto permitir la valorización 
del capital de inversión financiera en todos los países susceptibles de 
sostener un mercado financiero capaz de acoger inversiones extranjeras. Ha 
sido, pues, necesario que estos países se plieguen a las exigencias de 
liberación financiera del FMI. Sin embargo, el régimen de acumulación 
«financierizado» no podía contentarse únicamente con la liberalización de 
las finanzas. La nueva interrelación entre «finanzas» e «industria» exige 
que los grupos (cuyos beneficios y dividendos pagados son la única razón 
tangible del curso de las acciones), puedan elegir a voluntad los lugares de 
aprovisionamiento, de producción y de comercialización, y gocen de la 
liberalización completa de la inversión directa en el extranjero, así como 
de la abolición de cualquier impedimento de aprovisionamiento local. 
Estos son los fines que perseguía la creación, en un ámbito regional, de la 
ALENA y, en un ámbito mundial, de la OMC. El caso de la AMI resultó un 
fracaso, pero fue ampliamente compensado por la presencia en el Tratado de 
Marrakech de un marco de disposiciones draconianas para la apertura de los 
mercados públicos y para la apertura y la desregulación de los servicios 
públicos (objetivo del Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios, el 
AGCS). Gracias a tales instituciones y a tales mecanismos, el régimen de 
acumulación con predominio financiero está igualmente mundializado, pues su 
importante proyección internacional otorga a los países capitalistas en 
donde el régimen fue establecido en primer lugar la dominación absoluta del 
sistema. Tanto en el terreno de las finanzas como en el de la libertad de 
acción exigida por las compañías industriales, estos países ejercen un 
enorme control no sólo sobre los países más débiles -de subordinación 
«tradicional»- sino también sobre los países capitalistas avanzados que 
implantaron el nuevo régimen «con retraso». 
La mundialización del capital es, por su propia naturaleza, muy selectiva. 
Desde los años ochenta ha engendrado un sistema de jerarquías mucho más 
rígido que el que había prevalecido durante la internacionalización de los 
años 1950-1978. Con la consolidación del régimen de acumulación con 
predominio financiero, la jerarquización y la diferenciación se acentúan 
todavía más. El tamaño de cada país, sus recursos naturales y, sobre todo, 
las trayectorias históricas diferentes seguidas por cada uno de ellos, 
condicionan relaciones muy variadas con el nuevo régimen de acumulación. Nos 
limitaremos aquí a tres casos típicos. El primero es el de países como 
Francia, donde la burguesía financiera y los gobiernos «alternantes» de 
izquierda y de derecha tienen todavía el proyecto de implantar el nuevo 
régimen a domicilio, pero preparan, de manera consciente o inconsciente y a 
base de impulsos y retrocesos, su integración en un conjunto transatlántico 
de los cuales el eje serían los mercados financieros estadounidenses y la 
OTAN el brazo armado. El segundo caso es el de los numerosos países donde no 
es posible ni soñar en la implantación autónoma del régimen de acumulación y 
donde la elección consiste, bien en tratar de resistir y poner límites a la 
liberalización financiera, bien en aprovecharse -sin vergüenza alguna, en 
calidad de «provincia del Imperio»- de los beneficios permitidos por la 
libertad de acceso a los mercados bursátiles más atractivos. Por último, 
existe el caso particular -más exactamente, el caso único- de Estados 
Unidos, país que se beneficia de la afluencia permanente del capital de 
inversión financiero que le llega del resto del mundo. 
5. Los ingredientes particulares del crecimiento estadounidense 
A la luz de la experiencia de Estados Unidos durante los años noventa, el 
crecimiento en régimen de acumulación con predominio financiero supone la 
capacidad de satisfacer diversas condiciones. Nada permite suponer que éstas 
se hallen al alcance de los países que no ocupan el lugar de Estados Unidos 
en el sistema mundial ni cuentan con la trayectoria histórica de su 
formación social. Si consideramos los componentes del crecimiento 
estadounidense de la segunda parte de la década de los años noventa, es 
preciso que una economía (la de un Estado-nación o la de una Unión de 
Estados): 
1°, posea un amplio abanico de empresas que buscan obstinadamente, en el 
marco de un entorno muy desregularizado y por medio de un gobierno absoluto 
de las multinacionales, la maximización de la productividad del trabajo y 
del capital; 
2°, posea mercados bursátiles muy implantados que les permitan «producir» 
durante un largo período beneficios financieros elevados, así como un 
conjunto de anticipaciones económicas establecidas en torno a los valores 
bursátiles; 
3°, esté igualmente en condiciones de asegurar y de sostener la creación de 
una cantidad muy elevada de capital ficticio, eso que comúnmente se denomina 
«burbuja financiera». El país (o la Unión) debe poder alimentar dicha 
burbuja durante largos años y su gobierno y sus autoridades monetarias deben 
poseer armas con las que hacer frente a los riesgos de un crash bursátil; 
4°, por último, esta economía debe disponer de un conjunto de mecanismos, 
internos y externos, que garanticen a las empresas los recursos en ciencia y 
en tecnología y en mano de obra especializada o especializada que sus 
propias inversiones no podrán asegurar. 
Es en torno a la segunda y tercera condiciones donde se concentran la mayor 
parte de los aspectos más determinantes -y menos fácilmente reproducibles 
por otros países- de lo que el crecimiento estadounidense del período 
1995-2000 le debe a la situación internacional única que ocupa Estados 
Unidos. Tienen que ver con la posición ocupada por el dólar en el seno del 
sistema financiero mundial y con su estatuto de país preferido por las 
clases capitalistas y las oligarquías rentistas del mundo entero para la 
inversión de capital-dinero. Pero el lugar particular que ocupa Estados 
Unidos en la mundialización del capital y la capacidad que tiene para sacar 
provecho de su estatuto de potencia hegemónica se debe asimismo a la cuarta 
condición. 
La publicación en un intervalo bastante corto de un conjunto de trabajos 
estadounidenses y franceses sobre la productividad estadounidense en sus 
numerosas facetas, permite apreciar mejor que nunca los aspectos del 
«gobierno de las multinacionales» en el sector productivo. Gracias a estos 
trabajos ahora es posible evitar el error de limitar el análisis del régimen 
de acumulación con predominio financiero a los mecanismos con que los fondos 
financieros valorizan la forma A-A' del capital-dinero. El aumento de la 
productividad es una de las razones, sin ser de ningún modo la única, del 
bajo nivel de inflación conocido por la economía estadounidense durante un 
período tan largo de expansión cíclica. Pero existe asimismo el nivel -más 
importante todavía- de las relaciones de explotación, que permite explicar 
de qué manera un régimen de acumulación tan marcado por un proceso de 
valorización del capital, en el que los dividendos y los intereses ocupan 
buena parte de los beneficios que las empresas reservan para la inversión y 
para la investigación y desarrollo, no se adentra de inmediato en un 
callejón sin salida. El aumento de los índices de explotación de los 
trabajadores ha equilibrado, al menos en parte, el crecimiento de los 
beneficios distribuidos a los accionistas. 
El aspecto complementario del crecimiento estadounidense -su otro «motor», 
ese cuyo atasco tanto se teme- ha sido una demanda ordenada en torno a los 
mercados bursátiles. La «paradoja» de la economía estadounidense de los años 
noventa [18] <> es que ha sido una economía espoleada por la demanda 
interna, donde la recuperación de la inversión se debió en parte al descenso 
de los precios del hardware informático y en parte al crecimiento del 
consumo privado. Dicho consumo se vio sostenido, de manera casi invariable y 
en algunos momentos determinante, por un crédito bancario muy permisivo, 
autorizado y a menudo alentado por la Reserva Federal. Este consumo es cada 
vez más dependiente de la influencia ejercida sobre él por los mercados 
bursátiles de Wall Street y del NASDAQ, mediante una combinación peculiar de 
efectos debidos a los beneficios y a la previsión de beneficios (los 
denominados «efectos de la riqueza») de origen bursátil. La singularidad de 
Frédéric Lordon en el seno de la École de Régulation consiste en haber 
avanzado la hipótesis de que la «burbuja financiera» ha dejado de ser «una 
aberración local, una deriva transitoria, un paréntesis en el curso de una 
dinámica financiera en general razonable, para convertirse en un carácter 
permanente del régimen de acumulación financierizado» [19] <>. En otras 
palabras, una vez que el engranaje del circuito económico global y de la 
creación de la demanda fueron reconfigurados para transitar por el ámbito 
financiero, ya no puede existir «régimen de crecimiento» sin burbuja, sin la 
creación de un capital ficticio sin precedentes. Pero la burbuja sólo puede 
asegurar plusvalías financieras a los inversores a condición de ser 
alimentada sin descanso. Es aquí donde intervienen los flujos exteriores que 
tanto benefician a Estados Unidos 
 
Notas 
[1] <> Conseil d'Analyse Économique, Nouvelle économie, La Documentation 
Française, París, 2000, página 9. 
[2] <> OCDE, Une nouvelle économie?: Transformation du rôle de l'innovation 
et des nouvelles technologies dans la croissance, París, 2000. El último 
informe económico publicado por la Administración Clinton no le hace ascos 
al tiempo verbal condicional. Véase el Economic Report of the President, 
Washington, D.C., 2001, página 23. 
[3] <> La fuerte connotación ideológica de la «nueva economía» está 
ampliamente documentada por Jean Gadrey, Nouvelle économie, nouveau mythe?, 
Flammarion, París, 2000. Por el contrario, en el informe del Conseil 
d'Analyse Économique, Nouvelle économie, op.cit., Gérard Maarek es el único 
que observa (página 149) que la expresión «recuerda la de "modelo sueco" o 
la de "milagro asiático", ateniéndose a precedentes hoy en día bastante 
criticados…». 
[4] <> Michel Aglietta, Le capitalisme de demain, Notes de la Fondation 
Saint-Simon, n° 101, noviembre de 1998. 
[5] <> Marx, Posfacio a la Contribución a la Crítica de la Economía 
Política. 
[6] <> Trotsky, Prefacio a La Revolución Permanente. 
[7] <> A la cual yo aporto, por el momento, sólo elementos de respuesta 
parciales y provisionales. 
[8] <> Marx, El Capital, Éditions Sociales, libro II, volumen 1, página 54. 
[9] <> Para una explicación más detallada, véase François Chesnais, «Etats 
rentiers dominants et contraction tendancielle: Formes contemporaines de 
l'impérialisme et de la crise», así como el capítulo complementario de 
Claude Serfati, «Puissance du capital financier: Les limites endogènes du 
capitalisme mondialisé», en Gérard Duménil y Dominique Lévy (coord.), Le 
Triangle infernal: Crise, mondialisation, financiarisation, Actual Marx 
Confrontations, PUF, París, 1999. 
[10] <> Michel Aglietta es consciente de este problema. Sus últimos trabajos 
vuelven a la acumulación así delimitada y plantean la cuestión de las formas 
de «gobierno de empresa» compatibles con ella. 
[11] <> Para una discusión de la noción de «autonomía de las finanzas», de 
su contenido efectivo y de sus límites, véase mi revisión del libro de André 
Orléan, Le pouvoir de la finance, dans L'Année de la régulation, 2000, 
Éditions La Découverte. 
[12] <> André Orléan, Le pouvoir de la finance, París, Odile Jacob, 1999. 
Este autor, de formación keynesiana regulacionista, concluye que «la forma 
"mercado financiero" no es una forma neutra. La liquidez expresa la voluntad 
de autonomía y de dominación de las finanzas. Es el producto de poderosos 
intereses. [...] Tiene consecuencias macroeconómicas generales sobre las 
relaciones de fuerza que recorren la sociedad mercantil, en particular en la 
relación entre acreedores y deudores y entre la finanza y la industria» 
(página 49). 
[13] <> Véase Marx, El Capital, volumen III, capítulo V, «Economía del 
capital constante». 
[14] <> Frédéric Lordon, Fonds de pension, piège à cons? Mirage de la 
démocratie actionnariale, Raisons d'Agir, París, 2000, página 62. 
[15] <> Pierre Veltz, Le nouveau monde industriel, Le Débat, Gallimard, 
París, 2000, páginas 120-21. En lo relativo a los sectores de servicios 
sobre esta misma cuestión, véase Jean Gadrey, Nouvelle économie, Nouveau 
mythe?, capítulo 4, Flammarion, París, 2000. 
[16] <> Se trata de un punto de vista sobre el cual mis explicaciones en 
textos anteriores carecen de exactitud. 
[17] <> Es el tema del libro, producto del desencanto, de Charles-André 
Michalet sur L'attractivité des nations, Economica, París, 1999, cuya 
aportación teórica se refiere al trastorno que le ocasiona la teoría del 
comercio internacional. En el nuevo régimen, son la IDE y los FMN quienes 
determinan las modalidades de participación de los países en los 
intercambios. 
[18] <> Véanse los «puzzling facts» señalados por Robert Boyer en «What 
constraints on European growth? Innovation, institutions and economic 
policy», ponencia en la conferencia inaugural del Centre Saint-Gobain para 
la investigación en economía, 10 de noviembre de 2000, tabla 3, línea 2. 
 
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