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Asunto:[MESHIKO] La sociedad gestionada mediante computadoras / IVAN ILLICH / Revista Mutantia
Fecha:Jueves, 27 de Septiembre, 2001  18:02:43 (-0700)
Autor:Ricardo Ocampo-Anahuak Networks <anahuak @.............mx>

@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@ 
 
FORO NUEVAS COMUNAS 
 
Unete al renovado movimiento latinoamericano de ecovillas, permacultores y 
nuevos centros de desarrollo y promocion ambiental 
 
http://www.elistas.net/foro/comunas 
comunas-alta@... 
 
@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@ 
 
 
 
La sociedad gestionada mediante computadoras 
IVAN ILLICH  
 
[Resumen de una conferencia ofrecida en Tokio durante el Simposio "La 
Ciencia y el Hombre" en 1982. Traducción de Angello Ponziano] 
 
Fuente: Revista Mutantia, Numero 21, enero del 85 
<http://www.mutantia.21.freeservers.com/>; 
 
Ya se aprecia claramente que las máquinas que imitan al hombre están 
usurpando todas las facetas de la vida cotidiana y que tales máquinas están 
forzando a la gente a comportarse como ellas. Los nuevos artificios 
electrónicos tienen, por cierto, el poder de forzar a la gente a 
"comunicarse" con ellos y entre sí en los términos de la máquina. Todo 
aquello que estructuralmente no se adapte a la lógica de las máquinas es 
efectivamente "depurado" de una cultura dominada por el uso de éstas. El 
comportamiento maquinal de la gente encadenada a la electrónica constituye 
una degradación de su bienestar y su dignidad, lo cual, para la gran mayoría 
y a largo plazo, se ha de tornar intolerable. Las observaciones del efecto 
degradador de los entornos programados demuestran que en ellos las personas 
devienen insolentes, impotentes, narcisistas y apolíticas. El proceso 
político se resquebraja debido a que la gente deja de ser capaz de 
gobernarse a sí misma; pide ser conducida. Japón es tenido por la capital de 
la electrónica; sería maravilloso si se tornase, para todo el mundo, en el 
modelo de una nueva política de autolimitación en el área de las 
comunicaciones, lo cual, en mi opinión, será de aquí en adelante muy 
necesario si un pueblo desea permanecer autogobernado. La conducción 
electrónica como evento político puede considerarse desde diversas 
perspectivas. Propondría, al comienzo de esta consulta pública, intentar una 
aproximación al tema desde la ecología política. Durante la última década la 
ecología ha adquirido un nuevo significado. Es aún el nombre de una rama de 
la biología profesional, pero ese término sirve cada vez más para designar a 
un público general amplio y políticamente organizado que analiza e influye 
sobre las decisiones técnicas. Pretendo concentrarme sobre los nuevos 
hallazgos para la gestión electrónica como sinónimo de un cambio técnico del 
medio ambiente humano que, para ser benigno debe permanecer bajo control 
político (y no sólo de los expertos). Distinguiré al medio ambiente como 
bien común del medio ambiente como riqueza. De nuestra habilidad para hacer 
esta particular distinción depende no solo la construcción no sólo de una 
teoría ecológica sensata, sino también de una efectiva jurisprudencia 
ecológica. Se debe señalar la distinción entre los bienes comunales dentro 
de los que se enmarcan las actividades para la subsistencia de la gente, y 
las riquezas de la tierra (los recursos naturales) que sirven para la 
producción económica de aquellas comodidades sobre las que se asienta la 
vida actual. Si fuese un poeta, quizá pudiese hacer esta distinción de 
manera hermosa e incisiva para que llegase a vuestros corazones y 
permaneciese inolvidable. Desafortunadamente, no soy un poeta japonés. Debo 
dirigirme a vosotros en inglés, un lenguaje que durante los pasados cien 
años ha perdido la habilidad para hacer tal distinción. "Commons" es una 
palabra del inglés antiguo. Según mis amigos japoneses, está bastante 
próxima al significado que "iriai" tiene aún en japonés. "Commons", como 
"iriai", es un término que en la época preindustrial era usado para designar 
ciertos aspectos del entorno. La gente llamaba comunales a aquellas partes 
del entorno que quedaban más allá de los propios umbrales y fuera de sus 
posesiones, por las cuales --sin embargo-- se tenía derechos de usos 
reconocidos, no para producir comodidades sino para contribuir en el 
aprovisionamiento de las familias. La ley consuetudinaria que humanizaba el 
entorno al establecer los bienes comunales era, por lo general, no-escrita. 
No era una ley escrita no sólo porque la gente no se preocupó en escribirla, 
sino porque lo que protegía era una realidad demasiado compleja como para 
determinarla en párrafos. La ley de bienes comunales regulaba el derecho de 
paso, de pesca, de caza, de pastoreo y el de recolectar leña o plantas 
medicinales en los bosques. Un roble podía ser parte de los bienes 
comunales. Su sombra, en verano, estaba reservada al pastor y su rebaño; sus 
bellotas estaban reservadas para los cerdos de los campesinos próximos; sus 
ramas secas servían de combustible para las viudas de la aldea; en 
primavera, algunas de sus ramas jóvenes eran usadas para ornar la iglesia y 
al atardecer podía ser el sitio elegido para la reunión de aldeanos. Cuando 
la gente hablaba de bienes comunales, "iriai" designaba un aspecto del 
entorno que era limitado, que era necesario para la supervivencia de la 
comunidad, que era necesario para diversos grupos de maneras diferentes, 
pero que --en un sentido económico estricto-- no era entendido como escaso. 
Cuando hoy, en Europa, utilizo ante estudiantes universitarios el término 
"commons" (en alemán Almende o Gemenheit, en italiano gli usi civici) mis 
oyentes piensan de inmediato en el siglo XVIII. Piensan en aquellas praderas 
de Inglaterra en las que los aldeanos tenían unas pocas ovejas cada uno, y 
piensan también en el "cercado de los campos de pastoreo" que transformó las 
praderas comunales en recursos donde criar grandes rebaños con fines 
comerciales. En primera instancia, no obstante, los estudiantes piensan en 
la nueva pobreza que ese cercamiento trajo aparejada: el empobrecimiento 
absoluto de los campesinos que fueron forzados a abandonar las tierras en 
pos de un trabajo asalariado; piensan, por último, en el enriquecimiento 
comercial de los señores, los lores. En su inmediata reacción, los 
estudiantes piensan en el surgimiento de un nuevo orden capitalista. Al 
confrontarse con esa dolorosa novedad, olvidan que ese cercamiento trajo 
implícito algo más básico aún. Las valles en torno a los bienes comunales 
inauguraron un nuevo orden ecológico. El cercamiento no sólo transfirió el 
control de los campos de pastoreo de los campesinos al señor; también marcó 
un cambio radical en las actitudes de la sociedad frente al entorno natural. 
Anteriormente, en cualquier sistema jurídico, la mayor parte del entorno 
había sido considerada como bien comunal, con el que la mayoría de la gente 
podía abastecer sus necesidades básicas sin tener que recurrir al mercado. 
Después del cercamiento, el entorno natural se tornó principalmente una 
riqueza al servicio de "empresas" que, al organizar el trabajo asalariado, 
transformaron la naturaleza en aquellos bienes y servicios de los que 
depende la satisfacción de las necesidades de los consumidores. Esta 
transformación está en el punto ciego de la economía política. Este cambio 
de actitudes puede ilustrarse mejor si pensamos en las calles en vez de 
considerar las áreas de pastoreo. ¡Qué enorme diferencia vemos en los 
barrios de la ciudad de México durante los últimos veinte años! Entonces las 
calles de los barrios eran realmente bienes comunales. Alguna gente 
utilizaba la calle para vender hortalizas y carbón de leña. Otros colocaban 
sus sillas en las aceras para beber café o tequila. Otros se reunían en la 
calle para decidir quién sería el nuevo representante del vecindario, o para 
determinar el precio de un asno. Otros conducían a sus asnos por entre la 
multitud, caminando próximos a sus bestias de carga; otros montaban en sus 
sillas. Los niños jugaban en las zanjas y, aún así, los caminantes podían 
usar la calle para ir de un sitio a otro. Tales calles no fueron construidas 
por la gente. Como cualquier otro bien común, la calle misma era el 
resultado de la gente que allí vivía y tornaba habitable ese espacio. Las 
viviendas que franqueaban las calles no eran hogares privados en el sentido 
moderno: garajes para el depósito nocturno de los trabajadores. El umbral 
aún separaba dos espacios vivientes, uno íntimo y otro común. Pero ni los 
hogares en su sentido íntimo ni las calles como bienes comunales 
sobrevivieron al crecimiento económico. En los nuevos barrios de Ciudad de 
México las calles ya no son para la gente. Son ahora carreteras para coches, 
para autobuses, para taxis y camiones. La gente es difícilmente tolerada en 
las calles a menos que se dirija hacia la parada de autobuses. Si ahora la 
gente se sentase o detuviese en las calles sería un obstáculo para el 
tránsito, y el tránsito sería peligroso para quien así lo hiciere. La calle 
ha sido degradada de un bien comunitario a un simple recurso para la 
circulación de vehículos. La gente ya no puede circular por sus espacios. El 
tránsito ha desplazado su movilidad. Sólo puede circular cuando está 
precintada y se la traslada. La apropiación de los campos de pastoreo por 
parte de los señores fue desafiada, pero la más fundamental transformación 
de esas áreas (y de las calles) de bienes comunales a recursos, aconteció 
--hasta hace muy poco-- sin ser objeto de crítica. La apropiación del 
entorno por la minoría fue claramente reconocida como un abuso intolerable. 
En contraste, la aún más degradante transformación de las personas como 
miembros de una fuerza de trabajo industrial en consumidores fue tomada 
-hasta hace poco- como algo natural. Durante casi cien años la mayoría de 
los Partidos Políticos se negaron a admitir la acumulación de los recursos 
naturales en manos privadas. Sin embargo, este cuestionamiento se concentró 
en la utilización privada de esas riquezas, sin distinguir lo que sucedía 
con los bienes comunales. De tal modo ha sido así que aun los políticos 
anticapitalistas han reforzado la legitimidad de esta transformación de los 
bienes comunes en recursos. Sólo muy recientemente, en la base de la 
sociedad, un nuevo tipo de "intelecto popular" ha comenzado a reconocer lo 
que ha estado aconteciendo. El cercamiento le ha negado a la gente el 
derecho a esa clase de entorno en el cual --a lo largo de toda la historia-- 
se había fundamentado la economía moral de la subsistencia. El cercamiento, 
una vez aceptado, redefine la comunidad; socava la autonomía local de la 
comunidad. El cercamiento de los bienes comunales favorece tanto los 
intereses de los profesionales y burócratas estatales como los de los 
capitalistas. El cercamiento permite al burócrata definir la comunidad local 
como un ente incapaz de proveerse de lo necesario para su propia 
subsistencia. Las personas se tornan individuos económicos que dependen para 
su supervivencia de las comodidades producidas para ellos. Fundamentalmente, 
gran parte de los movimientos ciudadanos representan una rebelión contra 
esta inducida redefinición de la gente como consumidores. Deseabais oírme 
hablar sobre electrónica, no sobre campos de pastoreo y calles. Pero soy un 
historiador; quise hablar primero sobre los bienes comunales del pasado, 
según los conocía, para luego decir algunas cosas sobre la presente y mucho 
mayor amenaza contra los bienes comunales por parte de la electrónica. Quien 
os habla es un hombre que nació hace 55 años en Viena. Un mes después de su 
nacimiento fue subido a un tren y luego a un barco que lo llevó a la isla de 
Brac. Allí, en una aldea de la Costa Dálmata, su abuelo deseaba bendecirlo. 
Mi abuelo vivía en la casa en la que su familia había vivido desde la época 
en que los Muromachi gobernaban desde Kyoto. Desde aquella época muchos 
habían sido los gobernantes de la Costa Dálmata: el Dux de Venecia, los 
sultanes de Estambul, los corsarios de Almissa, los emperadores de Austria y 
los reyes de Yugoslavia. Pero todos estos cambios en el uniforme y el 
lenguaje de los gobernantes, poco habían alterado la vida cotidiana durante 
los 500 años anteriores. Las mismas vigas de olivo soportaban aún el techo 
de la casa de mi abuelo. El agua se recogía en las mismas losas de piedra 
sobre el techo. El vino era prensado en las mismas cubas, el pescado cogido 
desde el mismo tipo de embarcaciones y el aceite provenía de los árboles 
plantados cuando Edo estaba naciendo. Mi abuelo recibía las noticias dos 
veces al mes. Cuando yo nací, para la gente que vivía alejada de las rutas 
principales, la historia aún fluía lenta, imperceptiblemente. Gran parte del 
entorno era aún un bien común. La gente vivía en las casas que ella misma 
había construido; se desplazaba por caminos que habían sido apisonados por 
el paso de sus propios animales: era autónoma en la obtención y el 
aprovechamiento de las aguas; dependía tan sólo de su voz cuando deseaba 
hablar alto. Todo cambió con mi llegada a Brac. En el mismo barco en el que 
yo llegué en 1926, arribaba el primer altavoz a la isla. Muy poca gente allí 
había oído hablar de tal cosa con anterioridad. Hasta aquel día, hombres y 
mujeres habían hablado con voces más o menos igualmente potentes. En 
adelante todo eso cambiaría. En adelante el acceso al micrófono determinaría 
qué voces serían las amplificadas. El silencio había dejado de ser un bien 
común; se tornó un recurso por el que habrían de competir los altavoces. De 
este modo el lenguaje en sí pasó a ser de un bien común local a un recurso 
nacional para la comunicación. Así como el cercamiento por parte de los 
señores incrementó la productividad nacional mediante la negación al 
campesino para que criase unas pocas ovejas, así la usurpación provocada por 
los altavoces ha destruido ese silencio que durante toda la historia le 
había otorgado a cada hombre y mujer su propia voz. Al menos que tengáis 
acceso a un altavoz, estáis silenciados. Espero que el paralelismo sea 
visible ahora. Así como los bienes comunales de espacio son vulnerables y 
pueden ser destruidos por la motorización del tránsito, así también los 
bienes comunales de expresión son vulnerables y pueden ser fácilmente 
destruidos por la usurpación que de ellos ejercen los modernos medios de 
comunicación. El tema que propongo debería ya estar claro: cómo oponerse a 
la usurpación --que realizan los nuevos artificios y sistemas electrónicos-- 
de aquellos bienes comunales más sutiles y más íntimos a nuestro ser que los 
campos de pastoreo y las calles. El silencio, tanto según la tradición 
occidental como la oriental, es necesario para que surja la persona. Nos lo 
arrebatan las máquinas que nos imitan. Fácilmente nos podemos tornar cada 
vez más dependientes de las máquinas para hablar y para pensar, del mismo 
modo que ya somos dependientes de las máquinas para trasladarnos. Semejante 
transformación del entorno, de bien común a riqueza productiva, constituye 
la forma básica de la degradación ambiental. Esta degradación tiene una 
larga historia, que coincide con la historia del capitalismo pero que de 
ningún modo puede reducirse a ella. Por desgracia, la importancia de esta 
transformación ha sido ignorada o minimizada por la ecología política hasta 
el día de hoy. Es necesario que se la reconozca si pretendemos organizar 
movimientos para la defensa de aquello que aún queda de los bienes 
comunales. Esta defensa constituye la tarea pública crucial para la acción 
política durante la presente década. Tal tarea debe emprenderse 
urgentemente, puesto que los bienes comunales pueden existir sin policía, 
pero las riquezas naturales no. Así como sucede con el tránsito, las 
computadoras requieren policías, en cada vez más cantidad y de formas cada 
vez más sutiles. Por definición, las riquezas requieren de la policía para 
su defensa. Una vez que están defendidas, su recuperación como bienes 
comunales se toma cada vez más y más difícil. Esta es una razón especial 
para tal urgencia. 
 
 
 
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Querid@s amig@s: 
 
En Mexico ya estamos organizandonos con enorme entusiasmo para asistir en 
grupo al SEGUNDO ENCUENTRO DE LA RED IBEROAMERICANA DE LUZ, que se llevara 
como saben en Iztaru, Costa Rica, del 9 al 11 de noviembre proximos, con la 
asistencia de mas de 300 grupos ambientalistas, indigenistas y espirituales. 
Para los participantes mexicanos hemos conseguido una tarifa aerea especial 
muy economica que fluctuara alrededor de los 300 dolares (dependiendo del 
numero de viajeros), para el trayecto Cd de Mexico-San Jose-Cd de Mexico. La 
tarifa normal sube al cielo, especialmente despues del 9-11, hasta los 
US$771! Escribenos cuanto antes si deseas participar en este precio-paquete 
que nos ofrece de manera especial nuestra 'Agencia de Viajes de Luz' para 
saber cuantos volaremos a esta historica reunion. 
 
En los demas paises de la region latinoamericana, los exhortamos a 
organizarse de la misma manera para que tambien obtengan atractivos 
beneficios en sus tarifas aereas. Si requieren asesoria o contacto con la 
red, solo escribanme. 
 
Para conocer mas detalles del encuentro visita nuestra pagina web en 
<http://www.nuevaconsciencia.com/costarica/>; y para participar en el foro de 
dialogo previo al evento visita <http://www.elistas.net/lista/iztaru2001>; o 
simplemente envia un email a <iztaru2001-digest-alta@...>. 
 
Saludos fraternales! 
 
Ricardo Ocampo 
Red Anahuak 
<redanahuak@...> 
 
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