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Asunto:[MESHIKO] Centenario de Sergio Mendez Arceo / Los tres volcanes de Cuernavaca - nuevo libro
Fecha:Sabado, 3 de Noviembre, 2007  21:53:52 (-0600)
Autor:Proyecto Interredes <lacasadelared @.....com>

Los tres Volcanes de Cuernavaca

A raíz de la propuesta para realizar una entrevista con el padre Rogelio Orozco, Lya Gutiérrez Quintanilla entró en contacto con el corazón y la memoria viva de 30 sacerdotes, religiosas y laicos quienes compartieron una parte muy importante de su vida junto al Obispo Sergio Méndez Arceo; y con otros dos grandes personajes, que con sus ideas y convicciones, pusieron a Cuernavaca en el centro de la atención mundial, Gregorio Lemercier e Iván Illich. Con su particular estilo narrativo, la periodista fue acuñando una a una esta serie de testimonios, que ahora se ven cristalizados en el libro Los tres Volcanes de Cuernavaca, editado por La Jornada Morelos y La Jornada, con motivo del Centenario del nacimiento de Don Sergio Méndez Arceo. Es precisamente el género de la entrevista, el que utiliza Lya Gutiérrez para llevar de la mano al lector en el conocimiento de todo un movimiento cuyo germen se encuentra en la llamada Teología de la Liberación, corriente de la Iglesia católica que busca romper con los esquemas tradicionales de la doctrina. A manera de introducción, el periodista León García Soler consigna acudir al testimonio, a las palabras y a los recuerdos atesorados; en suma, a la memoria viva de la época, para comprender el significado del "activismo tenaz y ambicioso", de Sergio Méndez Arceo, Iván Illich y Gregorio Lemercier. A su vez, el poeta Javier Sicilia asegura en el prólogo que la autora recoge el testimonio de quienes caminaron junto a ellos en el mismo sendero ideológico, "desde sus respectivas trincheras"; no sólo como un pequeño atisbo de la historia, sino como "el testimonio de aquello que siempre pervive". Las anécdotas, personajes conocidos, lugares comunes y algunas imágenes llenas de nostalgia se suceden uno tras otro en Los tres Volcanes de Cuernavaca; plasmados en sus páginas con la frescura de Lya Gutiérrez que engancha a los lectores, sin evitar envolverlos en el recuerdo de toda una época que sin duda, ha marcado la vida de quienes participaron en ella. Este homenaje a la memoria de tres Volcanes de Cuernavaca, remite a la reflexión y permite entregar a las nuevas generaciones un legado de su pensamiento, que trascendió las fronteras. Están aquí los testimonios de Marcos Manuel Suárez Ruiz, Valentín López González, Baltasar López Bucio, Graciela Rumayor Vda de Lemercier, Rogelio Orozco Farias, Gabriel Muñoz Muñoz, Gabriel Chávez de la Mora, Francisco Ramírez Badillo, Jean Robert, Julio Torres Alvear, Ángel Sánchez Campos, Eloy Ocampo Velasco, Rafael Figueroa Campos, Pierre Rollan Veerstrepen, Gerardo Thijssen Loos, Mónica Errejón Hernández, Ignacio Martínez Espinosa, Marcelo Domínguez Crespo, Samuel Ruiz, Arturo Lona Reyes, Raúl Vera López, José Luis Calvillo Esparza, Carlos Valentino Jiménez, José Luis Álvarez Ramírez, Filiberto González Moreno, Cecile d'Alselme, Aline Ussel Carrillo, María de las Nieves García y Leticia Rentería Chávez.
Foto: index.php?module=photoshare&func=viewimage&iid=3298

http://lajornadamorelos.com/index.php?module=pagesetter&func=printpub&tid=1&pid=30402

Los Volcanes de Cuernavaca: Sergio Méndez Arceo, Gregorio Lemercier, Iván Illich

En estas 30 entrevistas la autora nos hace viajar a esa época en la que tres grandes revolucionarios de la Iglesia: Sergio Méndez Arceo, Gregorio Lemercier e Iván Illich dejaron huella en la Cuernavaca de la segunda mitad del siglo XX. A manera de introducción León García Soler Convertida en farsa la epopeya de la alternancia, cuando la incontinencia verbal de Vicente Fox ya había ahogado en gesticulaciones la grandilocuencia del llamado a "hacer una revolución como la Cristera", Lya Gutiérrez Quintanilla se presentó en la redacción de La Jornada Morelos con los primeros apuntes y las incontenibles ideas para una serie de entrevistas con aquellos que acompañaron a Sergio Méndez Arceo en el largo y fecundo caminar del que fuera séptimo obispo de Cuernavaca; figura de pujante originalidad, comprometida con las mejores causas del hombre, con lo social, con los pobres, con el vuelo de los librepensadores y la sólida firmeza de la razón, de las luces; con las expresiones más audaces de una contemporaneidad en la que renacían lo lúdico y lo espiritual en formidable confrontación con la permanencia del antiguo régimen, de todo ancíèn régime, secular o religioso. Tiempos propicios para la memoria. Todo tiempo lo es. Pero cuando son demolidas las instituciones y se prepara la disolución del Estado laico, desde el poder constituido del propio Estado laico, es buen momento para revivir el combate interior de quienes enfrentaron al fundamentalismo y la desdeñosa soberbia de la ignorancia. La supina ignorancia entronizada por la cruel paradoja de la democracia como fin y no como medio, por el hartazgo de los mexicanos decididos a dar gran lanzazo al moro muerto del sistema político de la revolución que degeneró en gobierno, a la tecnocracia ramplona del priato tardío. El escándalo desatado por el activismo tenaz y ambicioso del "obispón rojo", Iván Illich y Lemercier; por la investigación constante y vigorosa, la rebeldía inocultable, la pasión por el humanismo, por la indivisible grandeza y fragilidad del individuo. Retomar ese debate, hacer suyo el proyecto de recuperar la memoria era tarea para La Jornada. Se lograron las entrevistas, se hizo la labor periodística. Ni por un momento creímos que debía ser una labor objetiva, neutra, impasible. Ni para la glorificación fetichista de personalidades cuasi mitológicas entre tirios y troyanos, para cristianos viejos y criaturas del aggiornamiento y sus respectivos compañeros de viaje. Se trataba de acudir al testimonio, a las palabras y recuerdos atesorados, a la memoria viva de la época. No hubo jamás la intención de tejer una colcha con remiendos biográficos y cuentas de abalorios de admiración deslumbrante. O del desprecio, el desamor, el odio que suscita el reformismo. Se trata de la labor modesta y constante, ambiciosa y tenaz de retomar, recomenzar el recuento la rememoración del individuo, del predicador, el pensador, el creyente: La ambiciosa intención de revelar, traer a la memoria la complejidad del hombre. Ese misterio. El imperio de los neoconservadores hizo de nuestros viejos reaccionarios mozos de estribo para el amo del Nuevo Orden Global. En casa aceleran la labor de zapa en su afán de destruir el Estado laico. Nunca mejor hora para recuperar la memoria y ver hacia atrás, no para convertirnos en estatuas de sal, sino para saber de dónde venimos y fijar la vista en el horizonte distante y brillante hacia el que vamos. La autora y los entrevistados son el instrumento de la memoria. La Jornada Morelos, vehículo para el reencuentro con Sergio Méndez Arceo. "Don Sergio", me grita la rigidez jerárquica. "Cadáver el de Juárez", me grita el radicalismo jacobino. Pero ahí está su huella. El texto del que escribo a manera de introducción ha de servir como ayuda de memoria. Nada tiene que hacer aquí la santurronería. En su biografía de San Francisco de Asís, el gran historiador francés, Jacques le Goff, nos recuerda la anécdota de Giordano di Giano: "Francisco comía carne con Pietro Cattani. Llega un hermano con las nuevas ordenanzas de la Orden que prohibían comer carne. Reacción de San Francisco: `Comamos, como lo enseña el Evangelio, lo que es puesto ante nosotros´. (Mangiamo, come insigna il Vangelo, ciò che ci viene messo davanti)..." Buen provecho. Presentación Lya Gutiérrez Quintanilla Al pensar en mi madre, hoy, a poco más de 22 años de su partida, con frecuencia repaso esa época fascinante de los años sesenta, en que aún niña, me tocó vivir la efervescencia por la remodelación de la Catedral y las famosas homilías domingueras de la misa de las once, con mariachis y todo, de don Sergio, el "Obispo rojo", como lo llamaban tantos, entre ellos, mi mamá y su hermana, mi tía Nena, ambas tradicionales de corazón. A pesar de que nunca fueron santos de su devoción ninguno de los tres personajes que hoy me ocupan, creo que si pudieran leer el presente volumen, no solo se sentirían orgullosas del tema que elegí, sino lo mejor, al fin entenderían. Por muchas razones, es difícil medir con palabras escritas lo que significa para mí el haber entrevistado a este grupo de dignos sacerdotes, religiosas y laicos, todos unidos, abriendo su corazón y su memoria, de par en par, para recordar al obispo Sergio Méndez Arceo, a Gregorio Lemercier e Iván Illich. Si bien esta publicación se presenta con ocasión del centenario del nacimiento de don Sergio, no se puede hablar de uno sin referirse a los tres. Resolví adentrarme en la época a través de la entrevista, un género particularmente importante en un mundo que se mueve tan rápido que todo cambia sin dejar tiempo a la reflexión. De ahí que considere que la entrevista es una reacción contra lo inmediato, lo cotidiano. Y por ser la entrevista una labor de equipo, así las hice, en equipo con todos ellos. El orden de los entrevistados, lo dieron los temas que abordé con ellos. La mayoría, respondió con la fuerza intelectual de la erudición, los que no, lo hicieron con la vehemencia del corazón. Los escuché con los cinco sentidos del periodista como les llamaba Ryszard Kapuscinski: estar, ver, oír, compartir y pensar; porque a través de ellos, conocí su realidad, y lo mejor que fue descubrir, que la verdad nunca está en los juicios, sino en los hechos. Durante el trabajo, mi entusiasmo crecía momento a momento por lo que se me revelaba. A veces, asistí con mucho respeto a verdades dichas al borde de las lágrimas, o en el llanto mismo. Cómo entender a tantas personas tan dispares, con tan distintas mentalidades y diferentes orígenes, me preguntaba. Creo que la clave fue la curiosidad por acceder por primera vez a la verdad de mis entrevistados. Desde luego, sabía que no todo podría ser admiración. Me fue de mucha ayuda, el entrar en contacto con la historia. Todavía recuerdo, cuando en calidad de bastón, acompañé de niña a mi tío Antonio Quintanilla —que se encontraba mal de una pierna— a una visita que tenía que hacer. Fue a finales de los años cincuenta o muy al principio de los sesenta. Desde la terraza de esa hermosa casona de Felipe Teixidor, en la calle Netzahualcóyotl y mientras lo esperaba, veía a los asistentes, acostada junto a la alberca, como niña, impaciente por ya irme. Entre los pocos recuerdos que me quedan de ese día lejano, conservo el de un señor alto, todo de blanco, casi pelón. Con el tiempo supe que se trataba de don Sergio. Lo volví a ver esporádicamente a lo largo de su pastoral. Fui testigo de acres comentarios, que personas tradicionales, le dirigían: ¡Curas comunistas, queremos oír la Palabra de Dios!, pero también a muestras de fervor y admiración. Muchas. Ya de vuelta en Cuernavaca, y dedicada de tiempo completo al periodismo, me tocó cubrir a don Sergio en distintos acontecimientos, sobre todo en el de su muerte. Pero realmente a don Sergio Méndez Arceo, a Lemercier e Illich, los vine a conocer, miren lo que es la vida, ya muertos, a través de los 30 entrevistados. De esta manera me adentré en uno de los pasajes más fascinantes de la historia de Morelos que combinó espíritu, esperanza, mente y corazón. Todo empezó con una llamada telefónica en la que pidieron, para el periódico Correo Semanario, una entrevista a un sacerdote que yo conocía bien. Hacía tiempo no escribía en ningún diario nacional o estatal. Me encantó la idea. Mientras hablaba el primer entrevistado, fueron surgiendo, ante mis ojos asombrados, imágenes inéditas. Comencé a escuchar, de primera mano, todos los sucesos de la diócesis ocurridos a partir de los años cincuenta. Y decidí buscar a los demás, a los no entrevistados en su mayoría a lo largo de estas décadas; uno a uno me fueron conectando con los otros. Si se busca la verdad, no hay mejor fuente que escuchar la voz de los protagonistas. No me cabe la menor duda que después del movimiento agrario de Emiliano Zapata, lo de don Sergio y su Catedral: la de aquí y la 'amplia, sin techos ni muros' que construyó para toda latinoamérica, es lo más interesante que ha vivido la entidad. Méndez Arceo, Lemercier e Illich fueron tres grandes revolucionarios de la Iglesia que se atrevieron a romper fronteras a través de una pastoral profundamente evangélica y solidaria en el caso de don Sergio, el VII Obispo de Cuernavaca; novedosa e insondable litúrgicamente con Lemercier y su monasterio benedictino en el que durante ocho años los monjes y su prior se hablaron de tú con Freud en su búsqueda de Dios y de respuestas, algunos las encontraron, otros no. Y con Iván Illich, uno de los más grandes pensadores contemporáneos, que desde el Cidoc sus ideas se convirtieron en profecías, a través de una aguda crítica de la sociedad moderna. La solidaridad en don Sergio era tan amplia y generosa que cuando el entonces prior benedictino quedó fuera del monasterio nadie, en el ambiente monástico, quiso saber la verdad de lo sucedido; y en el medio clerical, todos fueron meros espectadores. Y dejaron solo al 'acero belga', —como le decían sus monjes a Lemercier—, todos, menos el Obispo de Cuernavaca. En el caso de Illich, el 18 de enero de 1969, don Sergio recibió en Cuernavaca el veto al Cidoc emanado de la Congregación para la Doctrina de la Fe. No obstante el centro continuó con sus investigaciones otros siete años. Y es que las ideas de avanzada en renovación bíblica, litúrgica y monástica de estos personajes prendieron de inmediato en una diócesis única, dirigida por un obispo único, que de tradicional, como comenzó al inicio de su obispado, se dejó transformar poco a poco por el pueblo. ¿Por qué el libro de entrevistas se llama Los Volcanes de Cuernavaca? ¿Por qué ese nombre? En 1967, el periodista René Laurentin, escribió en una obra titulada Flashes sur l'Amérique latine, tres grandes artículos de investigación, entre ellos, uno: Mexique terre de volcans. En él se refiere a Méndez Arceo y su diócesis; a Lemercier y su monasterio del psicoanálisis. Y a Iván Illich y su centro de pensamiento crítico de las instituciones. No hay mejor título, decidí. Nuestros tres volcanes que hicieron erupción casi al mismo tiempo son muy de Cuernavaca, pese a que ninguno nació aquí. ¿Quién, que haya vivido en esta ciudad, en ese tiempo, no los recuerda? Acompañados de un espléndido y fiel equipo pastoral y de trabajo, que hasta el día de hoy los añora, proyectaron al Estado de Morelos a nivel mundial como una región donde estos tres hombres religiosos, cimbraron, cada uno a su manera, los cimientos de una institución milenaria. Dejemos que la distancia haga la valoración histórica necesaria porque yo al realizar estas entrevistas que hoy les comparto, ya lo hice. Por eso estoy aquí. Prólogo Javier Sicilia La década de los sesenta no sólo fue fundamental en la vida de la Iglesia, lo fue también para Cuernavaca. Si en 1962, en Roma, daba inicio el Concilio Vaticano II, en Cuernavaca —un pequeño poblado del México rural e insignificante en el mapa del mundo— el obispo Sergio Méndez Arceo (Tlalpan 1907—Cuernavaca 1992) ponía en práctica, antes de su clausura en 1965, muchos de los postulados que serían entregados al mundo a través de los documentos vaticanos. Con su actividad pastoral, su diálogo con las corrientes modernas y sus declaraciones públicas, Méndez Arceo colocaba a Cuernavaca y a México en el centro de la renovación católica, promovida por el Concilio. Su importancia, sin embargo, no sólo radicaba en haberse convertido y haber convertido a la Diócesis de Cuernavaca en la punta de lanza de una Iglesia que, después de muchos años de encierro, salía de su aletargamiento para encararse con la modernidad e iniciar un fecundo diálogo con el pensamiento moderno y las diversas tradiciones religiosas, sino en que esa transformación se realizaba contra viento y marea en un México profundamente conservador en lo católico y profundamente autoritario en lo político. Aunque la Iglesia Católica mexicana, de fuerte raigambre romana y euro centrista, había vivido a lo largo de su historia un largo y duro enfrentamiento con el Estado (las Leyes de Reforma, la promulgación en 1917 de la Constitución política que imponía y aplicaba un ordenamiento jurídico restrictivo a la participación política de la Iglesia, la guerra cristera), a partir de los años 50, con el modus vivendi que se logró al final de la guerra, logró consolidar una jerarquía ultra reactiva que, al decir de Carlos Fazio, dio cobijo "a medio centenar de organizaciones laicas integristas y ante la emergencia de la revolución cubana en 1959 movilizó a su feligresía bajo la consigna de 'cristianismo sí, comunismo no'". Para esa jerarquía, reactiva al Vaticano II, que miraba en el comunismo y en la revolución cubana la presencia del demonio, y que día con día se acercaba al Estado hasta legitimar la matanza del 68, reformar, durante el periodo de Carlos Salinas de Gortari, los artículos Constitucionales que la afectaban y, con el ascenso del Partido Acción Nacional (PAN) al poder, retomar muchos de sus privilegios, Méndez Arceo y su diálogo con el marxismo y la apertura a las corrientes más radicales de la Iglesia, era la encarnación del mal—sus detractores lo llamaban "Méndez Ateo"—. Golpeado por arriba y por los flancos, blanco de todas las bombas de los sectores más conservadores de la Iglesia y de los intereses políticos del liberalismo, sosteniéndose con el pueblo y su fidelidad al Concilio Vaticano II, Méndez Arceo no sólo continuó su diálogo con el marxismo y su defensa de la Cuba de Castro y del Chile de Allende, sino que 1) creó las Comunidades Eclesiales de Base como nuevos sujetos de la vida eclesial y de la reflexión teológica, que hicieron posible la participación del pueblo de Dios y de la Iglesia fuera del templo; 2) fue influenciado litúrgicamente por las ideas de avanzada de Gregorio Lemercier y el monasterio de Nuestra Señora de la Resurrección y cobijó a Iván Illich y a la fundación del Centro Intercultural de Documentación. Si el monasterio de Nuestra Señora de la Resurrección se sumó a la tarea emprendida por el "Obispo rojo" para generar una de las renovaciones litúrgicas de la vida monástica más impresionantes de los últimos tiempos, al introducir el psicoanálisis en el convento y abrir, en el orden del Concilio Vaticano II, un diálogo con la tradición de Freud, Iván Illich y el Cidoc produjeron una de las críticas más penetrantes a la institución clerical y a sus hijas bastardas, las instituciones modernas. Vanguardia del pensamiento y el accionar más avanzado de su época y centro de la mirada mundial, la diócesis de Méndez Arceo, exacerbó los ataques de los sectores más integristas de la Iglesia. A finales de los sesenta, logran que el Vaticano reduzca al estado laical a Gregorio Lemercier y se borre del mapa el Monasterio de Nuestra Señora de la Resurrección; que el Cidoc, en 1975, cierre sus puertas e Iván Illich, que se niega a ser un sacerdote en escándalo, se convierta en un filósofo itinerante; por último, que el propio Méndez Arceo sea marginado, en 1978, de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla, que buscó desmantelar el Concilio Vaticano II y Medellín. Marginado y cercado por Girolamo Prigione, a quien la Santa Sede había enviado como Nuncio a México, con la finalidad de resolver "el caso Cuernavaca" y revertir el avance de la Teología de la Liberación, mantuvo, sin embargo, vivo el espíritu evangélico de la opción preferencial por los pobres y de una Iglesia popular, crítica y abierta a su participación en el mundo. Prigione y los sectores que no habían dejado de atacarlo tuvieron que esperar su retiro como obispo en 1983 para terminar de desmantelar su profunda y ejemplar pastoral social. No obstante esta labor de desmonte, la semilla sembrada por don Sergio, Illich y Lemercier, había calado hondo. En las periferias, en los rincones de Morelos, calladamente, continúa floreciendo. Aunque la figura central de Los Volcanes de Cuernavaca es Sergio Méndez Arceo, el libro recoge, a través de las finas y profundas entrevistas realizadas por Lya, el testimonio de aquellos que caminaron junto a él, Illich y Lemercier, y continúan, desde sus respectivas trincheras, sembrando y ahondando, esa parte mejor de la vida de la Iglesia que es su libertad, su opción por los pobres, la belleza del riesgo y su negativa a cualquier complacencia y a cualquier pacto con los poderes del mundo. Así, Los Volcanes de Cuernavaca, no es sólo es el testimonio de una época, sino ante todo, el testimonio de aquello que siempre pervive.

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