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Asunto:[MESHIKO] El Pacifismo en los EEUU / Entonces, cual es la solucion? / Michael T. Klare
Fecha:Lunes, 26 de Noviembre, 2001  18:22:40 (-0700)
Autor:Ricardo Ocampo-Anahuak Networks <anahuak @.............mx>

 
De: Justicia y Paz para todos [mailto:peacenews@...] 
Enviado el: Viernes, 23 de Noviembre de 2001 07:42 p.m. 
Asunto: Opinion: EL PACIFISMO EN LOS EEUU 
 
PARTICIPA, DIFUNDE, MULTIPLICA....      ¡CONTAMOS CONTIGO! 
 
PEACE NEWS (PN) RETOMAMOS ESTE ANALISIS DE MICHAEL KLARE, PROFESOR DE 
ESTUDIOS PARA LA PAZ Y LA SEGURIDAD MUNDIALES EN LA UNIVERSIDAD HAMPSHIRE, 
MASSACHUSETTS, Y AUTOR DEL LIBRO "GUERRAS DE RECURSOS: EL NUEVO PANORAMA DEL 
CONFLICTO GLOBAL" (Metropolitan Books/Henry Holt and Company 2001) 
PUBLICADO POR EL DIARIO MEXICANO "LA JORNADA". CREEMOS QUE SE TRATA DE UN 
ANALISIS MUY PONDERADO EN TORNO AL PRESENTE Y EL FUTURO DEL MOVIMIENTO 
PACIFISTA EN LOS ESTADOS UNIDOS, CON LA SALVEDAD DE QUE ALGUNOS DE SUS 
CRITERIOS REFLEJAN LA MENTALIDAD PROPIA DE UN OBSERVADOR "BAJO PRESION", 
ESTO ES: LA IDEOLOGIA DETERMINANTE EN UNA SOCIEDAD SOMETIDA A LA DICTADURA 
DEL MENSAJE MASIVO DE LOS MEDIOS DE COMUNICACION ALINEADOS EN EL SISTEMA. 
ASI, POR EJEMPLO, RESULTA INTERESANTE QUE ALGUNOS DE SUS CRITERIOS SON 
APENAS UNA TIMIDA CRITICA AL IMPERIO, Y ALGO QUE LOS ANALISTAS NO 
NORTEAMERICANOS SE HAN CANSADO DE SEÑALAR DURANTE AÑOS. LA EXPLICACION, 
QUIZA, ESTA EN QUE SE TRATA DE UN ANALISIS DIRIGIDO A UN PUBLICO ESPECIFICO, 
TODAVIA MUCHO MAS PERMEADO POR LA DOMINACION IDEOLOGICA. EL TRABAJO ES 
LUCIDO Y APORTA ALGUNOS RECORDATORIOS IMPORTANTES, COMO QUE LA CASA BLANCA 
SE NIEGA SISTEMATICAMENTE A RESPALDAR NORMAS DE DERECHO INTERNACIONAL QUE YA 
HAN APROBADO LA MAYORIA DE LAS NACIONES.  PN/IGNACIO GONZALEZ JANZEN 
 
 
* * * * * * * * * * 
 
 
Entonces, ¿cuál es la solución? 
Michael T. Klare 
 
Como ocurrió con otros sectores de la sociedad estadunidense, el 
movimiento pacifista de Estados Unidos se vio en un estado de confusión tras 
los ataques terroristas del 11 de septiembre en Nueva York y Washington. 
Algunos veteranos activistas por la paz sucumbieron ante la ola de 
patrioterismo que barrió la nación: exhibieron banderas en sus casas y 
apoyaron el llamado a la respuesta militar. Otros organizaron vigilias y 
pidieron responder a los atentados de ma-nera moderada y no militar. Otros 
más compararon los ataques con los sufrimientos que Estados Unidos ha 
infligido a los iraquíes y otros pueblos, dando a entender que, de alguna 
manera, somos víctimas de nuestra propia conducta errónea. 
 
De ninguna forma, sin embargo, el movimiento pacifista tuvo éxito en su 
intento de articular una postura coherente y moralmente sustentable ante 
los ataques del 11 de septiembre. 
 
Si el movimiento pacifista ha de salir de esta crisis conservando alguna 
influencia o credibilidad en los meses por venir, debe trabajar tiempo 
extra en el desarrollo de una estrategia para enfrentar el tema del 
terrorismo y otras cuestiones relacionadas. Como todos los demás 
estadunidenses, debemos reconocer que todo ha cambiado desde el 11 de 
septiembre: nunca será posible volver a las políticas, eslóganes y tácticas 
que constituyeron nuestro repertorio acostubrado en el periodo previo a los 
ataques. De ahora en adelante se nos medirá por nuestra posición ante el 
terrorismo. 
 
Esto es un desafío de enormes dimensiones. Desde Pearl Harbor el 
movimiento por la paz no había tenido que lidiar con un ataque hostil en 
suelo estadunidense, o con la pérdida de tantas vidas civiles. Los ataques 
del 11 de septiembre implican un di-lema dolorosamente difícil para muchos 
pacifistas, también por otras razones. 
 
Algunas de las injusticias denunciadas por simpatizantes de Osama Bin 
Laden, por ejemplo el sufrimiento de los iraquíes comunes debido a las 
sanciones económicas impuestas por Washington y la agonía que han padecido 
los palestinos a manos de Israel, se cuentan entre las quejas de los 
pacifistas. Por un lado, queríamos afirmar la legitimidad de estas 
injusticias, y por el otro necesitábamos condenar los ataques terroristas 
en términos inequívocos. 
 
No tuvimos otra opción que tomar estos retos y diseñar la mejor solución 
posible. Como yo lo vi, esto significó encontrar una manera de apropiarnos 
de la rabia y la ansiedad experimentada por los estadunidenses comunes ante 
el traumatizante im-pacto del terrorismo y construir una respuesta a ello 
que fuera a la vez creíble y consistente con nuestros valores. 
 
Debemos ser capaces de hablar de terrorismo sin minimizar la amenaza que 
significa para Estados Unidos, ni intentar trasladar la discusión hacia 
nuestros propios motivos programados de preocupación. Esto no será fácil 
pero es algo que podemos y debemos hacer. 
 
Necesitábamos rechazar una definición puramente estadunidense de lo que 
está ocurriendo y de lo que debía hacerse. En cambio, necesitábamos hablar 
sobre la internacionalización, tanto de la crisis co-mo de la respuesta. 
 
Era demasiado fácil ver esta crisis exclusivamente a través de la lente 
estadunidense, dado el impacto que tuvieron los cuatro secuestros de avión 
simultáneos sobre el este del país, y el horror de ver a más de 5 mil 
personas inocentes cuando eran asesinadas en nuestro territorio. El 
presidente George W. Bush llamó, esencialmente, a adoptar una respuesta 
unilateral. 
 
La mayoría de los estadunidenses han elegido interpretar la situación de 
una forma similar a la de él, hablando de un nuevo Pearl Harbor y 
respaldando el duro contrataque estadunidense. La exhibición omnipresente 
de la bandera estadunidense y la extendida persecución a personas de 
aspecto medioriental son congruentes con este punto de vista. También lo es 
la intolerancia a cualquier crítica a la administración Bush o a la 
respuesta Washington-céntrica, que se prefirió dar a la crisis. 
 
Pero caer en esta definición de la situación, describir la crisis y la 
respuesta militar en términos puramente estadunidenses es una camisa de 
fuerza conceptual: Quedamos atrapados en ese estilo de "o están con 
nosotros o están contra nosotros". 
 
Obviamente no podíamos apoyar una respuesta militar condenada a producir 
nu-merosas víctimas civiles. Al mismo tiempo no podíamos basar nuestras 
objeciones a una acción así únicamente en el argumento de que la 
intervención militar estadunidense había tenido horribles consecuencias en 
el pasado, pues esas quejas sólo caerían en oídos sordos. 
 
Debíamos encontrar una respuesta al te-rrorismo que tuviera cierto grado 
de credibilidad y, al mismo tiempo, se resistiera a confiar en una acción 
militar ilimitada. La forma de hacer esto fue apoyar medidas 
internacionales que ilegalizaran y combatieran la violencia terrorista, 
acompañadas de esfuerzos por señalar los sufrimientos e inequidades que 
provocan que surja la violencia terrorista. 
 
Primero debemos comprender la naturaleza del terrorismo en sí. Las 
amenazas terroristas que el mundo enfrenta actualmente no están dirigidas 
exclusiva o predominantemente hacia Estados Unidas. Más bien apuntan a una 
amplia serie de objetivos en muchas partes del mundo. Típicamente estas 
acciones emergen de elementos marginales de movimientos sectarios o 
insurgentes que atraen la atención hacia su causa o siembran la discordia y 
la desesperación en el bando enemigo. En sentido estratégico, la intención 
es agotar la determinación del enemigo de seguir manteniendo una lucha 
costosa y difícil. 
 
Ejemplos de esfuerzos así incluyen la campaña del Ejército Republicano 
Irlandés (ERI) para expulsar a los ingleses de Irlanda del Norte, y la 
campaña de Tigres Tamiles para establecer un Estado exclusivamente tamil en 
el noreste de Sri Lanka. 
 
Estados Unidos se ve ahora expuesto a este tipo de guerra por los 
esfuerzos de Bin Laden de expulsar a Estados Unidos de la región del golfo 
Pérsico. Particularmente el dirigente fundamentalista busca sacar de Arabia 
Saudita a las tropas estadunidenses para así derrocar al régimen saudita 
(cuya sobrevivencia depende del apoyo militar estadunidense), para 
establecer un gobierno del tipo del talibán. 
 
Al carecer de los medios militares para lograr dicho objetivo, Bin Laden 
optó por recurrir a ataques terroristas contra nosotros. Al justificar sus 
acciones, los terroristas aseguran estar actuando en pos de un más elevado 
propósito político, moral o religioso. Buscan la liberación de una 
ocupación colonialista, la libre determinación nacional, liberarse de la 
persecución religiosa además. 
 
Con frecuencia estos objetivos son compartidos por un segmento mucho 
mayor de la población. Por ejemplo, muchos católicos norirlandeses 
quisieran ver su territorio reunificado con la República de Irlanda, 
mientras que una gran cantidad de mu-sulmanes quisieran ver que Estados 
Unidos retirara sus tropas de Arabia Saudita. Pero apoyar una causa así no 
implica respaldar actos de terrorismo, especialmente aquellos cuyo 
resultado es la pérdida de vi-das humanas. 
 
Puedo afirmar, a raíz de mi visita a Irlanda del Norte, que muchos 
católicos están a favor de la meta futura de reunificarse con la República 
de Irlanda, pero aborrecen las tácticas violentas empleadas por el ERI. 
 
Comencemos con un precepto universal básico: nunca puede justificarse 
tomar vi-das humanas inocentes, ni moral ni políticamente, ni tampoco 
mediante el fervor religioso. Este precepto puede hallarse en todos los 
sistemas religiosos y legales, y no menos en el sistema islámico. Esto 
de-be tener continuidad en un segundo principio básico: los actos de 
terrorismo representan un asalto contra toda la comunidad humana, no sólo 
los de miembros de un determinado grupo que ha sido elegido como blanco. De 
esto se desprende que la comunidad internacional, como un todo, tiene el 
legítimo derecho de adoptar medidas comunes para protegerse del azote de la 
violencia terrorista, de la misma forma que tiene el derecho y la 
obligación de adoptar medidas comunes para combatir el genocidio y otros 
crímenes contra la humanidad. 
 
Esto significa que el lugar central en el que se localiza la actividad 
antiterrorista debe hallarse en los instrumentos formales con que cuenta la 
comunidad internacional: Naciones Unidas, la Policía Criminal Internacional 
(Interpol), los tribunales existentes para juzgar crímenes de guerra y, 
eventualmente, la Corte Criminal Internacional, que no ha sido ratificada 
aún por Estados Unidos. 
 
Estos organismos deben dotarse de las facultades necesarias para 
reforzar las de-fensas globales contra el terrorismo, para lograr frustrar 
eficazmente las actividades de las organizaciones terroristas (por ejemplo, 
al negárseles acceso al sistema financiero internacional) y aprehender y 
perseguir a quienes sean encontrados responsables de actos terroristas. 
 
Creo que debemos abogar por lo siguiente: el establecimiento de un 
tribunal internacional en Nueva York, que sea habilitado por el Consejo de 
Seguridad de Naciones Unidas, para acusar, aprehender, juzgar y castigar a 
los responsables de los ataques del 11 de septiembre. 
 
Al igual que se hizo en la resolución (nú-mero 827) de mayo de 1993, 
para la creación del Tribunal Criminal Internacional para la ex Yugoslavia, 
todos los estados miembros de Naciones Unidas deben unirse para ayudar al 
tribunal, aportando información sobre la identidad de los colaboradores de 
Bin Laden y su localización, y cooperar en esfuerzos multilaterales para 
arrestarlos y llevarlos a juicio en Nueva York. 
 
Como ocurrió en Bosnia, fuerzas multinancionales para el mantenimiento 
de la paz deben autorizarse para que éstas persigan a los criminales 
buscados donde quiera que se oculte, aun cuando esto implique enfrentarse a 
la resistencia armada de simpatizantes de los fugitivos. 
 
Sé que muchos estadunidenses serán reticentes a delegar la 
responsabilidad del esfuerzo antiterrorista a instituciones 
internacionales. Esto es comprensible, pero te-nemos un poderoso argumento 
para defender este enfoque: Estados Unidos no puede derrotar por sí solo al 
terrorismo. Esto se debe a que los colaboradores de Bin Laden se encuentran 
desplegados en escondites cuidadosamente planeados en todo el mundo, a 
menudo en lugares en los que difícilmente los agentes de inteligencia 
estadunidense pueden operar. Por más que se bombardee Afganistán y zonas 
aledañas, no se logrará sacar de combate a estos confederados. Sólo a 
través de una cooperación extensa de las policías locales y de las fuerzas 
de seguridad será posible desmantelar por completo la red terrorista de 
Osa-ma Bin Laden. 
 
Para obtener ayuda, sin embargo, Estados Unidos deberá actuar de manera 
apropiada y observar principios. Tendrá que reconocer el papel primordial 
del esfuerzo internacional contra el terrorismo y adecuar sus acciones a 
las estrategias empleadas por la comunidad internacional. Esto significa 
claramente un impulso enfocado contra los actuales perpetradores de la 
violencia terrorista, no una avasalladora campaña contra todas las 
organizaciones y países que el presidente Bush considera hostiles a Estados 
Unidos. 
 
Lograr el apoyo de la comunidad internacional también significa volverse 
más sensible a las preocupaciones de los otros miembros de dicha comunidad. 
Estados Unidos no puede esperar contar con recibir toda la ayuda que 
necesita en tiempos de crisis sin prometer ser más receptivo a las 
necesidades expresadas por otras naciones. Por ejemplo, los países 
musulmanes esperarán un esfuerzo más vigoroso por parte de Estados Unidos 
para llevar a israelíes y palestinos a la mesa de negociaciones. De manera 
similar, Pakistán va a necesitar más ayuda para revivir su economía 
desmoronada y para dar asilo a millones de refugiados que huyen de 
Afganistán. Esto no quiere decir que se debe esperar que Es-tados Unidos 
haga un quid pro quo por cada muestra de apoyo; sólo que debe mostrarse más 
dispuesto a escuchar los pedidos de ayuda de otros miembros de la comunidad 
internacional. 
 
Si el mundo va a eliminar ultimadamente la amenaza de la violencia 
terrorista, de-be mencionar las condiciones que posibilitan que las 
organizaciones que lo practican hagan reclutamiento. Si bien Bin Laden 
puede estar motivado por su propia cruzada megalómana por el poder, muchos 
de sus simpatizantes creen estar sacrificando sus vidas por un propósito 
verdaderamente noble. Cuando éstos mueren o son capturados, pueden ser 
remplazados por otros que comparten sus creencias, siempre y cuando las 
condiciones que producen este tipo de ira sigan existiendo. 
 
Estas condiciones pueden incluir privación económica, que se les nieguen 
los derechos humanos básicos, discriminación religiosa o étnica, entre 
otras cosas. Dichas condiciones dan oportunidad a los demagogos de explotar 
la religión o el nacionalismo para propósitos terroristas. Pero cuando 
aquellos que sufren dichas condiciones tienen la posibilidad de expresar 
sus sufrimientos mediante procesos legales y democráticos, entonces el 
terrorismo rara vez se manifiesta. 
 
Normalmente cuando se niega la oportunidad de denunciar injusticias a 
quienes las padecen -o cuando sus peticiones no son escuchadas por la 
comunidad internacional- los más desesperados o ideologizados recurren a la 
violencia. Señalar estas injusticias, por lo tanto, es un elemento 
fundamental para promover la justicia a nivel internacional y protegernos 
de futuros actos de terrorismo. 
 
Una estrategia basada en la internacionalización de la campaña contra el 
terrorismo aún tiene mucho que ofrecer al movimiento pacifista 
estadunidense. Para empezar, provee una respuesta creíble a aquellos 
estadunidenses que exigen que sean castigados los autores de los ataques 
del 11 de septiembre y que desean una mayor protección contra la violencia 
terrorista. En segundo lugar, nos permite luchar por algo muy positivo: 
reforzar instituciones y le-yes internacionales, piedra angular para la paz 
y la estabilidad globales. Finalmente nos permite elevar nuestras 
preocupaciones humanitarias y sobre derechos humanos, al tiempo que 
apoyamos los esfuerzos internacionales para combatir el azote del 
terrorismo. 
 
Creo que una estrategia de este tipo nos ofrece la mejor oportunidad 
para avanzar hacia la causa de la paz mundial, al tiempo que nos mantenemos 
comprensivos hacia las legítimas preocupaciones de los estadunidenses 
comunes. El terrorismo es una amenaza para la paz y la libertad. No debemos 
mostrarnos menos vociferantes que otros estadunidenses cuando se trata de 
condenar el asesinato intencional de civiles inocentes. Pero debemos 
hacerlo de manera tal que se afirme nuestro interés común en reforzar a las 
instituciones internacionales y denunciar las dificultades e iniquidades 
que, si son ignoradas, permiten el surgimiento de la violencia terrorista. 
 
Traducción: Gabriela Fonseca 
 
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