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Asunto:[MESHIKO] Carta de un poeta argentino / Ultima botella al mar de una trista Patria
Fecha:Martes, 29 de Enero, 2002  01:52:03 (-0700)
Autor:Ricardo Ocampo-RedLuz <anahuak @.............mx>

 
From: luis bustamante valencia <bustas@...> Date: Tue, 29 Jan 
2002 00:31:20 -0600 Subject: carta de un poeta Argentino. 
 
ULTIMA BOTELLA AL MAR DE UNA TRISTE PATRIA 
 
Hermanos del mundo, esta es una carta de los argentinos - quizá nos hayan 
visto alguna vez por sus aldeas o por sus puertos. Somos aquellos coquetos 
engreídos que disimulaban su renquera haciéndose los presumidos, haciéndose 
los románticos, fanfarroneando a pura buena voluntad o diciendo piropos. 
 
Somos como nuestro tango. Así de buenos, así de malos. Hermanos de otros 
países, mandamos esta carta para despedirnos del mundo. 
 
Nos han botado de él. Claro, claro. Dirán ustedes: "Otra vez los argentinos 
endilgándole la culpa a otros". Algo de razón tienen; siempre todos tenemos 
algo de razón, incluso los argentinos. 
 
Pero esta vez es bastante distinto. Hubo gentes de otras partes abriéndonos 
las venas, internacionales fondos, mundiales bancos, migratorios 
capitalistas...y sobre todo gente nacida en este sur. 
 
Algunos aun figuran en las tapas de las revistas del jet set; son aquellos 
retratados junto a poderosos presidentes (el mentón altivo, la mirada un 
poco furtiva, los bolsillos henchidos). Delincuentes comunes, estafadores o 
genocidas a los ojos del mundo, que aquí en el último sur decían llamarse 
políticos. Y muchos de nosotros aceptábamos llamarles así. En Argentina 
simular concienzudamente ante una cámara de televisión el tiempo suficiente 
solía alcanzar para encarnar como verdad la patraña más grotesca. Créannos, 
era así. 
 
Pero los que mandamos esta carta somos los otros, los que no nos robamos 
entre sí, ni a ustedes, ni a nadie. Somos los que intentamos la dignidad de 
vivir día a día en nuestras casas, con la mujer amada, con el hombre amado. 
 
Tal vez no nos hayan visto nunca. Probablemente no nos verán jamás por sus 
aldeas y sus puertos. Porque esta carta es para despedirnos, sin habernos 
conocido. Sin embargo, para darles una semblanza, digamos que somos 
idénticos a ustedes. Nacimos de hombre y mujer amándose, tenemos apellidos 
parecidos, sajones, gallegos, napolitanos, judíos, polacos o japoneses. 
 
Cuando acariciamos nuestras raíces tocamos la calle de Alcalá, el agua 
antigua de un canal veneciano, los metales de Silesia o Cracovia y una 
porción de torta negra galesa. 
 
Esta carta va para todos ustedes y tiene un apartado especial para aquellos 
hermanos extranjeros que tienen alguna cuenta en bancos internacionales. 
Boston, City, Bilbao-Vizcaya, Santander, Banca Nazionale del Laboro, HSBC, 
ScotianBank y otros. 
 
Quédense tranquilos; no vamos a pedirles dinero. Eso lo hacían otros 
argentinos. Nosotros no. Simplemente queremos recordarles que cuando esos 
bancos publiquen en sus ciudades carteles satinados a todo color tentándolos 
con obsequios deslumbrantes, como tasas de interés, viajes, cuentas 
especiales, vídeo-grabadoras, seguros de retiro, complacientes 
financiaciones para recorrer el globo terrestre, relojes y lapiceras que 
honren vuestra confianza puesta en ellos, juguetes para vuestros niños, o 
sencillamente ofertando sonrisas destellantes de prolijísimos 
gerentes...sepan con qué se ha pagado buena parte de esos beneficios. 
 
Sépanlo aunque, por supuesto, no sea culpa vuestra. Los remitentes de esta 
carta han sido despojados de su dignidad como seres humanos para gloria de 
las finanzas internacionales. Para dicha gloria fue necesario que nuestro 
país careciera de industria. Así perdimos nuestros empleos. Para dicha 
gloria hacía falta descuartizar el concepto de Estado y de pueblo libre. 
 
Así perdimos las escuelas y las universidades. Por dicha gloria se nos 
mueren en nuestra tierra 12.500 niños anualmente por enfermedades que 
ustedes curarían sin siquiera sufrir inquietud (¡Dios les bendiga siempre 
con esta misericordiosa gloria!). Cada beneficio que estos bancos les 
otorguen estará sustentando en ladrillos de muerte y miseria de nuestro 
pueblo. 
 
Por esta razón, además, nuestra carta es de despedida. Podrían firmarla al 
pie otros muchos hermanos de Paraguay, Bolivia, Nicaragua, Ecuador, Nigeria, 
Tailandia, Costa de Marfil. Podrían firmarla los esclavos negros hacinados 
en bodegas llenas de ratas que cruzaron el Atlántico dos siglos atrás. Y 
nuestros incas y nuestros aztecas y nuestros Pampas y nuestros Guaraníes y 
nuestros Mayas, que asesinados y saqueados originaron los barcos repletos 
del oro, que en el devenir de los tiempos dieron origen a la banca que hoy 
nos saquea y asesina. 
 
Hermanos del mundo, por favor, no queremos sonarles "lejanos" o extraños. 
Somos ustedes, lo fuimos hasta ayer: leíamos a Camus, llorábamos con 
Vittorio De Sica, cantábamos con Nirvana y comíamos los mismos espaguetis 
(aunque los escribiéramos distinto). Descorchamos nuestro vino de la 
pre-cordillera para festejar la caída del Muro, extendimos nuestra cuchara 
llena de cereal cuando el hambre nublaba la vida de vuestros abuelos, nos 
dejamos llevar por Lola Flores, Brassens, Paul Eluard, Luigi Tenco o 
Pavarotti. Escuchamos El Silencio con Bergman, hicimos nuestros los 
estribillos de la Guerra Civil Española y nos preguntábamos con ustedes 
"¿Qué culpa tiene el tomate que está solito en la huerta?". Amamos a 
andaluzas o romanas. Y ellas nos amaron. Redescubrimos la Bondad Humana con 
Kurosawa y garrapateamos en nuestros muros las consignas de un lejano mayo 
de París. 
 
Hoy no tenemos presente. 
 
Mañana no tendremos futuro. No habrá aquí trabajo ni se sabrá leer. 
Cualquier bacteria nos matará. Pronto vendrá la guerra por un pan que no 
encontramos, aun derrotado nuestro enemigo - que no será otro que el vecino. 
Hemos sido expulsados de aquel poema vuestro, La Declaración de los Derechos 
del Hombre. 
 
¿Alcanzará con decir "Ustedes votaron a esos criminales para que los 
gobernaran e iniciaran el saqueo"? Detrás de cada político siempre estuvo el 
mismo poder. Sépanlo. La otra opción era una casta militar fascista. No 
supimos o no pudimos hacer nada, porque esos mismos poderes asesinaron 
sumariamente a 30.000 mujeres y hombres que abrigaban un sueño. Cuando 
convino usufructuar de nosotros, lo hicieron. Hoy, en el nuevo siglo ya no 
servimos para nada ni para nadie. O tal vez sí. Servimos para nuestros 
hijos. Pero ello no será razón suficiente: nuestros hijos no sirven para 
nada. 
 
Teníamos vuestros mismos ideales, sudamos como sudan allá, hacemos el amor 
como ustedes lo hacen. Nos alimentaría lo mismo que los alimenta a ustedes y 
nos matan las mismas cosas. Y sin embargo somos menos humanos. Dicen que por 
razones político-económicas. Las razones del dinero son primero, aquí en el 
último sur, que la dignidad humana. No les reclamamos nada, hermanos. No 
queremos dar lástima. Sí queremos decir nuestras últimas palabras. Mientras 
podamos. No fuimos tan perversos ni tan tontos. O dicho de otro modo, si 
fuimos tontos, no fuimos perversos. No éramos mejores que ustedes. Pero 
tampoco el deshecho orgánico del liberalismo a ultranza que ahora somos. 
Mientras los seres humanos tengan bajo el sol el visto bueno de Dios, 
ustedes y nosotros, merecemos otra oportunidad. Si un humano la merece, 
todos la merecen. Lucharemos hasta el final por esto. Y de sucumbir lo 
haremos tan dignamente como lo harían ustedes. Porque somos sus iguales ante 
el reino de la vida. 
 
No nos olviden. Semejante olvido dañaría vuestras almas. 
 
Y es necesario que queden hermanos vivos que defiendan la justicia en el 
mundo que sigue. 
 
GUILLERMO SILVA Poeta y escritor argentino, el jueves 17 de enero de 2002 
 
 
 
 
 
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