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Asunto:[MESHIKO] Metaforas Discordantes del Gran (des)Concierto Ecologico / Sylvia Ma Valls
Fecha:Domingo, 3 de Marzo, 2002  02:46:07 (-0700)
Autor:Ricardo Ocampo-RedLuz <chicanos @...........mx>

Metaforas Discordantes del Gran (des)Concierto Ecologico / Sylvia Ma Valls


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FORO NUEVAS COMUNAS

Unete al renovado movimiento latinoamericano de ecovillas, permacultores y nuevos centros de desarrollo y promocion ambiental

http://www.elistas.net/foro/comunas  
comunas-alta@elistas.net

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METÁFORAS DISCORDANTES en el GRAN (des)CONCIERTO ECOLÓGICO

Por Sylvia María Valls
<mamadoc@prodigy.net.mx>

Ecología: del griego oikos, estancia o habitación y del latín logos, discurso.
Rama de la biología que estudia la relación entre los organismos y su entorno total, tanto animado como inanimado y, en sociología, la que se ocupa de las poblaciones humanas, su entorno, distribución espacial y los patrones culturales que resultan de ellos.
    

            Para empezar, tengo que confesar que hablo hoy a partir de una  pérdida  casi total de la esperanza, por no decir de la fe, sobre todo en eso que ha dado en llamarse el ´´desarrollo´´,  tan asimilado hoy a la idea de ´´progreso´´  here-dada a su vez de la época anterior a la Revolución francesa, hija esta misma en gran medida  de la ilustración dieciochesca y madre indiscutible de mucha de la ´´bobería´´ decimonónica de la cual aún padecemos hoy  (si bien no por mucho más tiempo, visto que no hay cuerpo que resista un mal tan duradero).

            Uno de los grandes maestros del siglo dice que él ha estudiado ´´la historia como antídoto contra la excesiva especulación sobre el futuro´´.   Para el historiador, comenta, ´´el presente aparece como el futuro del pasado´´.  Hoy puedo decir que el ´´futuro´´ que tanto nos aterrorizaba a los universitarios de los años sesenta ya llegó incluso antes de lo previsto dada  la aceleración vertiginosa con que ciertos acontecimientos se desenvuelven en la  actualidad, aceleración por lo demás sujeta a paros tan totales como imprevistos.    Sin embargo, cuando estudiamos la historia --si nos  remontamos hasta no mucho más allá de la década de los sesenta-- constatamos que la mayoría de nuestros presupuestos de hoy eran inimaginables para quienes vivían entonces:  Nuestras percepciones de hoy  difieren de las de ayer y para entender nuestros a prioris de la actualidad es necesario ver, aunque no sea sino por un momento, con los ojos de ayer y de antes de ayer... Tomemos, por ejemplo, esa tendencia actual a referirnos a los seres humanos como entes ´´necesitados´´, carentes de todo tipo de cosas.

            Aunque nos parezca mentira, la definición del hombre en términos de sus carencias  o  necesidades  es  una  invención  reciente --es lo que recalca  este historiador fuera de serie que es Iván Illich*.  El  le ha señalado a nuestra corta memoria (cada vez más corta)  que ´´el cumpleaños´´ del ´´subdesarrollo´´ es el 10 de enero de 1949, fecha en la que el Presidente Harry Truman lo incorpora a la existencia humana durante su discurso inaugural  como parte del programa de los Cuatro Puntos.   Otras definiciones a partir de lo negativo se cuelan  en el lenguaje de forma más sutil.  Un ejemplo es, en inglés, illiteracy como sustantivo, vocablo que aparece en Boston en 1982 en el Harvard Educational Review;  de ahí en adelante surgen otros sustantivos que van convirtiendo a los seres individuales en entidades que se definen a partir de deficiencias abstractas en lugar de peculiaridades de un contexto humano específico, culturalmente comprensible.  Y asegura que esta percepción de los seres humanos en tanto que entes necesitados constituye un rompimiento radical con cualquier tradición reconocible.  La igualdad ahora no proviene de la dignidad intrínseca de cada ser , sino de la  legitimidad de que se le reconozca como un ser desvalido, constituido por carencias. 

            A lo que Illich va con sus observaciones es al descubrimiento de cómo la transformación de las ´´culturas´´ en  ´´economías´´ nos priva de la facultad de comprensión de una realidad infinitamente compleja y variada:  ´´Los indicadores económicos sólo pueden medir abstracciones, comparar fenómenos en Tampa con fenómenos en Yakohama.  Por definición, pasan por encima de las dichas y de las penas a las que se puede tener acceso en una cultura específica´´ (Mirror, p. 43).  Tanto es así que, incluso en el Japón de hoy, ya no es factible hacerle frente a las ´´necesidades´´ creadas gracias a la reinterpretación de la vejez  a partir de un contexto económico y ya no cultural.  Es por lo que el profesor Ui Jun puede decir que  la mayor contribución que le han hecho los países pobres a la economía del Japón después de año 1970 ha sido proveer oportunidades para deshacerse de desperdicios de todo tipo que incluyen, por supuesto, a los viejos (por ejemplo, 1,000,000, de camas para ancianos japoneses en el México tropical a cambio de un paquete de desarrollo industrial).  Los ancianos que, hace poco eran vistos, al mismo tiempo que como una carga, como una fuente de bienestar --.de riqueza espiritual  y social--  se convirtieron  en  un  valor negativo -- en disvalue-- para la ´´economía´´.

            A la sombra del crecimiento económico, por lo tanto, valores culturales muy positivos se encuentran desvalorizados.  Nos hallamos en la disyuntiva de tener que escoger entre  abstracciones carentes de un referente concreto real, pero a las que es posible atribuirle --por medio de todo tipo de artificios-- un precio rigurosamente exacto, y bienes culturales bien reales pero  a los que es prácticamente imposible ponerle un precio, ni siquiera modestamente aproximado.  Así es cómo el ´´valor económico´´  surge y opaca nuestras ´´bendiciones´´ doquier haya sido factible arrasar con el contexto cultura.   Por supuesto que esta forma artificial de atribuir valor, los conceptos económicos y las experiencias que tales conceptos inducen, no pueden ampararse de la plaza si antes no se ha logrado desvalorizar ciertos elementos culturales cuya presencia harían imposible el progreso de dichos esquemas.   Al convertirse el espacio en una infraestructura para vehículos o carros motorizados, se hace cada vez más difícil usar los pies.  ¿Podría decirse entonces que los pies se van haciendo cada vez más obsoletos?  Digan lo que digan los  productores de automóviles, nuestros pies jamás podrán ser considerados un ´´modo rudimentario de auto transporte´´.   Sin embargo, cuántos de nosotros nos hemos rebelado jamás contra esa agresión que constituye la apropiación de cada vez más espacio para vehículos motorizados a costa de lugares por donde solíamos poder andar y pasear libremente.  Muchos de los males físicos y morales que nos aquejan hoy en día en los países más ´´desarrollados´´son el producto de esa pérdida gradual de la posibilidad de darse el gusto de andar peripatéticamente por lugares aún no arruinados para el ´´auto transporte´´.    (Fíjense si no será cierto que caminar por el gusto de hacerlo, para muchos, se ha convertido prácticamente en un acto de ´´consumo conspicuo´´:  para poder   caminar sin demasiados peligros  hay que comprar e instalar una máquina especialmente diseñada para esta actividad  intra muros, o de lo contrario poder darse el lujo de  pagar un spa o de mudarse a algún enclave altamente elitista.)

            Si la idea del ´´desarrollo´´ data de este siglo y la del ´´progreso´´  sobre todo del dieciocho, el de la circulación de la sangre que le debemos a William Harvey tomaría por lo menos siglo y medio en ser aceptado por la profesión médica, con todas sus consecuencias para el modo de entender no sólo el cuerpo sino muchas otras cosas más.  Harvey anunció su teoría ante el London College of Physicians en 1610, pero no es sino hasta después de 1750 que la idea comienza a ser aceptada en medicina:  ``La idea de la salud personal basada en la rápida circulación de la sangre iba de la mano con el modelo mercantilista de la riqueza --justo antes de Adam Smith-- que se basaba en la intensidad de la circulación de la moneda´´(op.c., p. 147).  Para mediados del siglo XIX varios arquitectos británicos comienzan a hablar de la ciudad de Londres de acuerdo a este mismo paradigma, reconociendo repetidamente su deuda al ´´inmortal Harvey´´.   Estos conciben entonces a la ciudad como un cuerpo social através del cual el agua debe circular constantemente para llevar a cabo su labor de limpieza.  Es el agua lo que circulará, mientras más rápido mejor, llevándose con ella toda las pestilencias que tienden a pulular en los depósitos estancados de la sustancia vital. La ciudad de la modernidad obedece a este concepto:  si el agua no circula rápida y copiosamente, la ciudad se estanca y pudre.   ´´Así como Harvey había creado algo previamente inimaginable --la sangre como medio de la circulación y con ella el cuerpo que le pertenece a la medicina moderna--  de la misma forma, con la creación del flush [vocablo con cinco acepciones distintas sin un equivalente exacto en  español: mi Collins lo traduce como limpiar con un chorro de agua; hacer funcionar el W.C. --o water closet, que es como se le conoce al ´´inodoro´´ en la mayor parte del mundo] Chadwick y Ward y sus colegas inventaronn la ciudad como un lugar que requiere ser desahogado constántemente de sus desechos.

            Tales ´´aguas´´ del desagüe de la putrefacción (H2O)  hace mucho que dejaron de tener nada que ver con ´´las aguas de nuestros sueños´´:  ´´El agua de la ciudad de hoy atraviesa los límites de la ciudad:  entra como mercancía y sale como desperdicio.   .    .   Las aguas pertenecientes a la cultura oral, aquellas que solían fluir más allá de los límites de este mundo, se han convertido en la más preciosa provisión que un gobierno le suministra a la ciudad´´,  (op. c., pp. 147 y 149).  El problema es que, con raras excepciones, todas las ciudades a las que el agua llega desde lejos, por lo menos hasta hace poco,  tuvieron algo en común:  lo que el acueducto trae a la ciudad es absorbido por el suelo sobre el cual se asienta la ciudad.  No sería hasta más recientemente, cuando ya la máquina de vapor se había convertido en algo muy visto, que la idea arraigaría de que el agua que entra a la ciudad por medio de tubería debe salir de ella por medio de un sistema de alcantarillado, un sistema de drenaje que amenudo va a dar a plantas para el tratamiento de aguas negras.   Este procedimiento ha adquirido la apariencia de una especie de inevitabilidad y por supuesto que lo que las plantas de tratamiento de aguas negras producen está más lejos que nunca de ´´las aguas de nuestra ensoñación´´.  Para Illich, todo esto ha sido el producto de una ´´imaginación hechizada´´ cuyo exorcismo requiere que nos enteremos de cómo fue que el hechizo se apoderó de nuestra mente. 

            Según su encuesta, todo este lío en el que ahora nos vemos metidos comienza históricamente con la evolución del sentido del olfato.   Los detalles resultan tan sorprendentes como divertidos para quienes, o no los conocimos antes o logramos olvidarnos de ellos (que de tanto saber al  final ya no sabemos nada).   Veamos aquí una sinopsis del asunto:  Es sólo en el último año del  reinado de Luis XV que una ordenanza dispondría que la materia fecal fuese  recogida una vez por semana de los corredores de Versalles.  Vale recordar que, así como en la India, por ejemplo, las vacas sagradas han sido utilizadas desde tiempos inmemoriales como barrenderas --también como fuente de proteínas y de combustible, entre otras cosas  (ver sobre todo la excelente exposición del asunto en Cows, Pigs, Wars, and Witches:  The Riddles of Culture, del antropólogo Marvin Harris), en Europa es el cerdo quien más frecuentemente se ocupó de la labor del barrendero;  así, pues, puede entenderse que debajo de las ventanas del Ministerio de Finanzas de Francia, en los hermosos predios del Rey, como señala Illich, se sacrificaran cerdos a pastoral, ya que tan eficientes barrenderos pronto  harían los placeres del paladar:  las paredes se hallaban constántemente cubiertas de putrefactas costras de sangre de este animal, doblemente útil.  La gente, además, hacía sus necesidades contra las paredes de cualquier edificio o iglesia.  Como las tumbas a menudo no eran muy profundas, de ellas se desprendía una pestilencia que sólo a partir de 1737 recibiría atención por parte del Parlamento de París: sus emanaciones al fin son declaradas peligrosas para la salud.

            Philip Ariès, el gran historiador de  ´la vida privada´´,  ha documentado un nuevo temor que surge en esta época en relación a la muerte:   si en 1760 el Cementerio de los Inocentes servía como lugar de fiestas por las tardes, y por las noches para la fornicación, ya para 1780 la gente pide y logra que el mismo se cierre con tal de bloquear la fetidez de los cuerpos en descomposición.   La intolerancia contra los excrementos se llevaría  más tiempo en imponerse.  Entre 1750 y 1800 se escriben varios tratados sobre ´los siete puntos malolientes´´ del cuerpo humano;  se clasifican los ´´siete olores de la descomposición´´ etc... Pero los autores se quejan de la  insensibilidad pública ante la necesidad de deshacerse de tan inoportunas fragancias.  Ya para entonces hacía dos generaciones que el Rey no sostenía audiencia sentado en la silla (de cagar: la selle).  Es a María Antonieta a la que se le ocurre privatizar el acto de defecación con la instalación de una puerta  a su closet:  ´´Primero el procedimiento, después además el resultado sería apartado de los ojos y de la nariz´´ (p. 153).  Surgen los paños menores  fáciles de lavar con frecuencia y el bidet;  poder dormir entre sábanas en la propia cama adquiere relevancia moral  y médica;  las cobijas gruesas entran en desuso --pueden acumular el aura del cuerpo y provocar emisiones nocturnas.   Por este camino es que se llega a la declaración por parte de la Convención Revolucionaria, el 15 de noviembre de 1793, sobre el derecho de cada cual a su propia cama.  La dignidad del ciudadano exige un espacio aislante alrededor de cada cual, ya sea ´´en la cama, en la silla o en la tumba´´.   Actos de caridad se organizan dirigidos a salvar a las personas de un entierro en fosa común.  Las prisiones se convierten en foco de atención:  se supone que son los malos olores que emanan de ellas la causa principal de  su alto nivel de mortandad.  Dato curioso:  es para aliviar el mal olor de éstas que se inventa el ventilador.  En varias ciudades se adopta la idea que tuvieron en la ciudad de Berne de combinar la recogida de desperdicios de todo tipo mediando el uso de una nueva máquina:  una carretilla arrastrada por hombres atados por gruesas cadenas y por mujeres en cadenas a algo más finas que les permite moverse con relativa libertad para así llevar a cabo esa labor que una vez fuera la del cerdo (cuya libertad y buena alimentación estos barrenderos venidos a menos muy bien pudieron envidiar, incluso hasta en la hora del sacrificio final).

            La ciudad, por lo tanto, es vista como un organismo con sus propios puntos malolientes.  No sólo eso sino que el olor se convierte en un asunto de clase.  Los pobres son los que huelen mal, aunque amenudo no estén al tanto de ello.  La ciencia de la ´´osmología´´ intenta establecerse.  La buena educación así llega a verse asociada al hecho de no dejar escapar olor alguno del propio cuerpo ni de la propia casa.  Los olores fuertes asociados a las fragancias a base de grasa animal vuelven a estar de moda por un tiempo gracias a Napoleón, hombre del pueblo al fin, pero para la época de Napoleón III su uso evoca el libertinaje:  las damas usan fragancias vegetales ´´más volátiles, tienen que ser aplicadas con frecuencia .  .   .   convertidas  éstas  en señales de consumo conspicuo,´´  (p. 155).  La deodorización de la mayoría pobre, o de la pobre mayoría, se convierte en  tarea de la policía sanitaria.

            Una confrontación se desata al fin  entre los dos lados del Canal de la Mancha.  Durante la primera mitad del siglo XIX  los ingleses se dedican a limpiar sus ciudades y a ensuciar el río Támesis.  En Francia, y en general en el Continente,  la opinión pública se resiste a tan desastroso derroche.  El debate se prolonga sobre si se debe o no echar la mierda al  Sena.  Dice Illich:  ´´No es ninguna preocupación por el río, ni siquiera el prejuicio contra los ingleses, lo que motiva la decisión [de no echar les ordures al Sena] sino el cálculo del enorme valor económico que con ello se perdería´´ (ibid).   Hasta se discute la posibilidad de que los ancianos obtengan sus pensiones mediando la entrega de ´´fertilizantes´´ recogidos por ellos mismos:  ´´Ahora que la locomotora había llegado a la ciudad, por qué no usarla para permitirle a ésta fertilizar el campo, posiblemente convirtiéndolo en un jardín´´ (ibid.).

            Este debate sobre qué hacer con tanta merde enfrenta la brillantez de Victor Hugo con la estupidez del Príncipe de Gales de aquel entonces (el futuro Edward VII).   Victor Hugo proponía aceptar el mal olor antes que el envenenamiento que significaba tirar la mierda por el desaguadero.   En Inglaterra, donde el W.C. había sido visto como una curiosidad entre otras desde su invención en 1596 por un ahijado de la primera reina Isabel (Sir John Harrington, valga mencionarlo), el futuro rey predica el arte de la plomería:  de no haber sido príncipe hubiera sido plomero.  Sus oficios son la culminación del éxito obtenido ya en 1851 por el W.C., cuando 827,280 personas (14% de los visitantes) prueban su uso en el Crystal Palace durante el transcurso de la Gran Exhibición de ese año.  A partir de las mejoras que le hiciera  un tal Mr. Crapper, propietario de una fundición, al mecanismo de (j)alar la cadena (me imagino que de ahí vendrá eso de to take a crap...otra forma de aludir  en inglés a la evacuación intestinal), ya no habrá quien pare la marcha triunfal a través de los continentes del (mal llamado) ´´inodoro´´.

            La ciudad de Baltimore sería, históricamente,  la última del este de los Estados Unidos en producir sus fertilizantes ´´de forma natural´´ , hasta que por una ley de 1912 todos tuvieran que resignarse a ´´jalar la cadena´´.  Ya para entonces, sin embargo, las contaminaciones por medio de materia fecal habían comenzado a filtrarse en el agua de la pila (esto desde finales del siglo XIX).   Al fin, la noción de que las enfermedades fueran el  resultado de una corrupción  intrínseca del cuerpo entraría en desuso con el descubrimiento de las bacterias.  A partir de ello, los ciudadanos exigirían de los gobiernos sobre todo que el agua de la pila fuera agua limpia de microbios.  Para mediados del siglo, el ´´agua´´ que salía de la pila ya no era exactamente inodora y muchos dejaron de beberla o no pudieron hacerlo más sin trepidación y sin sus consecuencias:  ´´La transformación del H20 en líquido para la limpieza se convirtió entonces en asunto concluido´´, (p.157).

            La salvación de los lagos sería el próximo paso junto a la ´´purificación´´del drenaje:  el mayor gasto de todos los gobiernos locales.   Sólo las escuelas cuestan más, añade Illich con ironía, siendo  él  el más fino crítico tanto de la industria de la medicina y de los farmacéuticos como de la ´´industria´´ educacional.  Pero, ´´así como el agua de la ciudad en nuestra cultura tiene su comienzo, así puede que tenga su final...´´(ibid.).  Un final que espanta...

CULTURA Y AGRICULTURA

            Dicho todo lo anterior a modo de entrada en el meollo de la  materia en cuestión, que empieza y termina con el descalabro ambiental causado por nuestro modus vivendi y por nuestra  forma de percibir, de pensar y de hablar, quiero pasar a considerar aspectos de crucial interés para quienes, sin ser agricultores ni jamás  haber  arado la tierra --ya sea a mano, con una estaca,  con o sin buey, con o sin tractor-- dependemos de la salud de la tierra y de la salud y el buen trabajo de todo el que pueda hacerla producir y prosperar:  de los campesinos o agricultores, de esas familias que ´´la agricultura industrial´´ ha marginado y condenado sistemáticamente al desempleo durante  décadas enteras y ello a pesar de que sin sus destrezas, su conocimiento de la tierra y su amor por ella --sin sus labores diarias-- es imposible que las tierras prosperen, se reproduzcan:  la tierra es materia orgánica que crece, produce,  se gasta  y vuelve a crecer siempre que se le dé de comer todo lo que ella necesita --igual que nosotros-- o de lo contrario se gasta  y desaparece cuando no se envenena y además desaparece:  igual que nosotros...

            Vivimos como vivimos a veces por necesidad y a veces por simple error de cálculo, por ignorancia.  Claro que la ignorancia manipulada por los que derivan su provecho particular de la más generalizada ignorancia nos cuesta  más tarde o más temprano a todos por igual, incluso les costará a quienes  tanto se esmeran  por mantener las mentiras y la ignorancia pululando y haciendo de las suyas.  El sistema de  ´´educación de masas´´ que hasta ahora ha acompañado a la civilización industrial es en pareja medida síntoma y fuente de nuestro descalabro:  ´´más educación´´,  considerando lo que hoy  pasa por  ´´educación´´,  realmente significa un mayor envenenamiento y enajenación de voluntades ávidas de por lo menos un mínimo de coherencia y de decencia en sus vidas y en lo que se ven obligados a hacer. 

            Si  se fijan bien, el sistema educacional es un sistema diseñado para servir al sistema de producción industrial;  de ahí se deriva la mayor  parte de sus fallas (aunque habría que ir más lejos, si bien en otro momento). Y si al final, los graduados no encuentran trabajo simplemente porque no los hay,  o porque no están capacitados para hacer lo que de ellos se espera, o porque tendrían que gastar más para poder trabajar de lo que van a ganar, sucede con la agricultura industrial que su producto es cada vez más caro y cada vez menos asimilable.   Y es cada vez más caro, entre otras cosas, porque depende de procesos que incluyen, nada más y nada menos, que el envenenamiento de las tierras y  por lo tanto de los alimentos y, con ellos,  de quienes los ingerimos.

            Incalculable, tanto en términos ´´económicos´´ como ´´culturales, los  gastos que ha incurrido la humanidad al caer en la trampa del uso de aquel invento del siglo XVI convertido en panacea en contra de los malos olores durante el XIX.  Tirar como ´´desperdicio´´ el abono natural, el alimento sine qua non de la tierra:  lo que ella necesita recibir de nosotros a cambio de lo que nos da como parte de un ciclo inquebrantable --o quebrantable  so pena de muerte --de un do ut das, reciprocidad gracias a la cual la energía es reciclada, y tirar nuestros residuos digestivos nada menos que a las aguas, al agua --bendita -seas -y -no -cagada:  atreverse a contaminar el fluido vital como solución imaginada vía metáfora (circulación sanguínea=limpieza y buena salud) al
relativamente digerible problema de los malos olores de la urbe es algo que bien visto le resultaría totalmente inconcebible a cualquier ser cuya inteligencia no haya sido totalmente atrofiada por la falsa erudición:  cualquier salvaje sabe más.  O, a lo mejor, sólo los salvajes saben más.  (Y ya que estoy entre cubanos, confesaré mis dos citas favoritas de José Martí, a quien por lo general prefiero no citar.  Una es que ´´toda riqueza proviene de la tierra´´ y la otra que la ´´batalla final´´ será la batalla entre la ´´falsa erudición´´ y el ´´conocimiento´´.)

            El poder de las metáforas en nuestro proceso ideacional aparece como fuente de esa falsa erudición que se impone en un momento dado sobre el verdadero conocimiento y cuyo origen es en primer lugar  vivencial, corporal.   Wendell Berry observa que cuando la metáfora que gobernaba a la humanidad era la pastoral o agrícola, los ciclos naturales del nacimiento, el crecimiento, y la descomposición se mantenían claros en la mente de todos y eran fáciles, por lo mismo, de cuidar.  Las máquinas colaborarían con nuestro  desarraigo, primero, en la medida en que ya no sólo sirvieron para mejorar nuestras destrezas sino que las remplazaron.  Pero aún más, como metáforas:  ´´Comenzamos a ver a la Creación entera como materia prima para ser transformada por las máquinas en un paraíso manufacturado.  .  .  .  Nuestro éxito es una catastrófica demostración de nuestro fracaso´´ (The Unsettling of America, pp. 53-56).  Entre tanto, se instala en  nuestra  forma de percibir y de comprender un generalizado desprecio por cualquier tipo de límite, desprecio que él describe como una incapacidad para distinguir entre lo que puede ser una ´´cantidad enorme´´ y ´´una infinidad´´:  ´´Asumimos que una  cantidad que no podemos medir es infinita´´.  Sin embargo, aún cuando las cantidades de energía con las que calcularamos disponer en el ´´Paraíso futuro´´ fueran infinitas, imaginando que lo fueran, ´´las podemos utilizar sólo dentro de ciertos límites´´ (idem, p. 84).  Tal vicio logístico incluso produce la idea de ´´una infinidad destructible´´.   A las cantidades inconcebibles opone la noción de ´´patrones´´ o ´´diseños´´ concebibles que la mente que llamamos primitiva dominó miles de años antes de la ciencia moderna, no  precisamente por medio de la inteligencia analítica.   Se refiere a cierto tipo de ´´imaginación´´ que yo considero parte instintiva del ser humano y cuyo alimento son los sentidos (es corporal antes que intelectiva).

             Estos patrones concebibles son al mismo tiempo que universales extremadamente diversos.   Su universalidad radica en prácticas ajenas al desperdicio:  Producción, consumo y devolución constituyen  ´´los componentes de un orden moral  apropiado al uso de la energía biológica´´  (p. 82).   Siendo los límites biológicos más estrechos que los de las máquinas, es necesario ejercer  restricciones sobre el uso de las mismas.  La energía es algo ´´sobrehumano´´  en la medida en que no nos es dado crearla sino sólo refinarla o convertirla:  ´´no la podemos tener sino perdiéndola, aunque la podemos destruir para nosotros mismos malgastándola, es decir, convirtiéndola en algo que no puede ser usado de nuevo´´  (p. 81).   Desperdiciándola.   Curiosamente, el desperdicio, contrario a lo que la mayoría asumimos, ´´no es la consecuencia natural de la vida humana´´ (Illich, op.c., p. 79).     Este concepto de desperdicio, que tomamos como algo inevitable, ni siquiera aparece antes de 1830.    Antes de esa fecha, el vocablo que en inglés significa  waste,  como verbo y como sustantivo, ´´se relaciona a la idea de devastación, destrucción desertificación, degradación . . . ´´no es algo que pueda ser retirado´´ (ibid).  (Wasteland, terre gastine --como en la saga del Rey Arturo--tierra gastada...inerme.)

            En términos cósmicos, han dicho algunos,  el balance total de una cultura es positivo si en ellas se privilegia la interacción del sol, la tierra y el agua.  Las sociedades humanas que producen desperdicio son las que destruyen la matriz tierra/agua de sus localidades y se convierten en centros expansivos  de la devastación a su alrededor. El desarrollismo, siguiendo de nuevo a Illich, es una forma programada de restarle valor a las protecciones que las sociedades llamadas primitivas mantienen como parte de su forma de vida con miras a la continuidad, a la permanencia.  Y una cosa es mantenerse dentro de los límites que la naturaleza impone y otra pretender ´´´progresar´´ por medio del ´´desarrollo´´ y de su noción colindante, el ´´crecimiento´´, hacia el ´´paraíso futuro´´.  Simona Weil, siempre tan preclara, dijo del futuro que ´´está vacío´´  y que sólo nuestra imaginación lo colma.  Soñar así sí nos cuesta  --a veces todo:  ´´El sueño de la razón produce monstruos´´ (Goya).

            La confusión entre ´´valores´´ que se miden de acuerdo con categorías económicas, y el bien al que una comunidad específica aspira, y por el que obra, entorpece sin tregua el juicio y las decisiones de quienes se han repartido la responsabilidad de conducirnos hacia  ´´un mundo mejor´´.   Hace treinta años todavía era posible soñar con un mundo feliz, por lo menos  bastante menos desigual.  Ya para los años ochenta, empero, las promesas de igualdad de oportunidades sonaban vacías.  E l ´´crecimiento´´ necesario para el ´´desarrollo´´ sólo ha logrado concentrar los beneficios económicos a la par que se devalúan a las gentes y los lugares, de forma tal que sobrevivir fuera de la economía del dinero se va convirtiendo en algo prácticamente imposible  (aunque, muy próximamente, sólo fuera de ella, a lo mejor,se podrá vivir):  la destitución y el desamparo han llegado a su punto máximo en la  humanidad. 

                        Peor aún, la  desacreditación de los conocimientos y prácticas  culturales de las comunidades tradicionales acontece sin que lo que se  suponía habría de tomar su lugar llegue o dé señales de poder llegar jamás.  Antes de que el W.C. haya entrado en nuestras vidas nos hemos olvidado de cómo devolverle a la tierra, de forma natural, lo que le corresponde.  Una nueva topología mental se ampara de las mentes --la ideología de la producción y del consumo bajo condiciones de  escasez ´´natural´´--  en tanto que ni el trabajo remunerado ni el dinero se ponen al alcance de quienes se encuentran doblemente destituidos.   Acontece una  autodegradación o subestimación de sí mismos como parte  del costo de crear las condiciones necesarias para el crecimiento de una economía del dinero en la cual, justamente,  el circulante a penas circula o lo hace sólo en la medida necesaria para que quienes poseen los medios continúen acaparándolo (si bien sólo dentro de los límites que la realidad, más tarde o más temprano,  impone).

Si como nos asegura Simona Weil, los peores males resultan del error perceptual de confundir lo que son simples medios con lo que puede legítimamente considerarse  el fin-en-sí, se entiende que las grandes acumulaciones de dinero, mucho de él escondido por ´´sucio´´ (y en busca de ser ´´lavado´´)  culmine en tanto mal.  Acaparar el dinero como si fuera un fin en sí resulta tan dañino como resulta perjudicial sobrevalorizar a ´´la vida´´ (algo que finalmente pertenece a la categoría de los medios) por encima de la justicia, de la verdad, de la belleza:   todos aspectos del único fin en sí  --que es el bien, que es el amor, que es eso- que-mejor-se-queda-sin- nombre.  Pero ya esto es harina de otro costal...              Pongamos una vez más, brevemente, los pies sobre la tierra defendida y tan bien entendida por Wendell Berry quien, además de ser poeta, novelista, filósofo y agricultor ha sido uno de los fundadores de los Amigos de la Tierra.  Lo de ecólogo sale sobrando:  El prevee que necesariamente habrá que regresar a las prácticas de la agricultura tan desastrosamente soslayadas por la mentalidad ya descrita.    Hé aquí, esquemáticamente, las falacias que más urge denunciar en relación a la práctica de la agricultura  (ver artículo adjunto para mayores detalles):

1.   :Que la agricultura pueda ser entendida y manejada como si fuera una industria.

2.    Que una economía agrícola sensata pueda basarse en los requisitos de un mercado de exportación.

3.   Que el mercado libre pueda preservar la agricultura.

4.   Que la productividad baste como criterio de excelencia de la producción.

5.    Que existen demasiados agricultores.

6.    Que la mano de obra es una mala cosa  (que haya provecho para la sociedad en el éxodo masivo hacia las ciudades de los ´´productores menos eficientes´´).

            Resumiendo lo ya visto y redondeando algunos puntos adicionales:  Berry insiste sobre el desarraigo y malestar social que resultan de la especialización, de la tendencia hacia las generalizaciones o abstracciones, de la mecanización, de olvidarnos de Dios para soñar con el Paraíso del Futuro, de la tendencia a desconocer los límites naturales, y de rechazar todo tipo de trabajo corporal como si fuera una salación en lugar de aceptarlo como una gran oportunidad para la autopreservación y la felicidad.   La especialización aparece como una enfermedad del carácter moderno:  ´´la sociedad se organiza más y más pero se hace menos y menos ordenada´´ (op. c., p. 19).  Se ríe a pasto de los ´´proteccionistas´´ que confunden ´´no usar´´ con ´´proteger´´:  el chiste no es usar o no usar sino cómo (p. 28) y la preservación de áreas vírgenes tiene ante todo un valor educativo pues para saber cómo es que vamos importa saber cómo estuvimos... Ridiculiza con humor característico la excusa ´´sanitaria´´ que se ofrecen con tal de  cerrar las plantas de operadores o procesadores pequeños e introducir en su lugar negocios más grandes:  ´´Uno de los milagros de la ciencia y de la higiene es haber conseguido reemplazar los gérmenes que solían estar en la comida con  venenos´´ (p. 41).  

            Si  los comunistas desplazaron a los campesinos por medio del ejército, la fuerza que ha actuado en este país para lograr exáctamente  lo mismo ha sido económica,  señala:  un mercado ´´libre´´ en el que ´´los más libres han sido los más ricos´´.  Y ello a pesar de que  lo único capaz de preservar la abundancia es ´´la excelencia´´:  ´´el alimento es un producto cultural .  .  . no puede ser producido por la tecnología exclusivamente´´ (error producto de la ´´falsa erudición´´ de un economista como Samuelson --hijo, creo, contribuyente de Newsweek-- cuya fe en la teconología se vio refutada hace poco por lectores armados de los sobrios  argumentos de un hombre de verdadero ´´conocimiento´´ como lo es el sabio Lester Brown):  ´´Una cultura sana es un ordenamiento comunal de la memoria, del  entendimiento, valor, trabajo, convivialidad, reverencia, aspiración.  Clarifica nuestros inevitables nexos con la tierra y con unos y otros.  Asume que se observarán los controles necesarios, que el trabajo requerido se hará y que se hará bien´´ (p. 43).

           Así que, la buena agricultura comprende una vasta, compleja  red de actividades que constituyen el legado de una generación a otra.  La concentración de muchos predios en pocas manos significa que la responsabilidad agrícola cede su lugar a demandas financieras y a la capacidad de las máquinas.  Al pasar de la agricultura al negocio de la agricultura, dice Berry, ésta comienza a ´´vivir del capital´´ en lugar de vivir de ´´los intereses´´.   En un sistema cerrado, unificado, de producción. .  . la ´´vida ajena es  la propia.  .  .la agricultura sólo puede darse en la naturaleza y la cultura dentro de la agricultura´´ (p. 47).  Pienso que ésta es su forma de expresar lo dicho por Roger Bacon hace aproximadamente setecientos años, una cortísima frase que Simone Weil consideró como ´´Biblia´´ suficiente para guiar nuestro espíritu en la tarea de fundar una nueva civilización:  la que podríamos llamar  nuestra civilización ´´alternativa´´, si es que ya pronto no nos quedamos pillados  entre un calentamiento global y su opuesto, ese invierno global que podría sobrevenirnos en cualquier momento (como, por ejemplo, a partir de la media noche del año 2000, cuando el ´´virus del milenio´´ muy bien podría  haber  entrado en una ya irremediable acción en cadena...(digan lo que digan y ojalá que no).  La frase clave que ella quiso distinguir como la suma más escueta posible del mayor y más amplio conocimiento:  ´´El hombre domina a la naturaleza obedeciéndola´´.   Para   Simone Weil, la ´´Virgen Roja´´, este principio de acción basta para definir ´´el verdadero trabajo, aquél que hace de los hombres seres libres, y ello incluso en el mismo grado en que constituye una sumisión consciente a la necesidad´´, (Oppression et liberté, Gallimard, p. 140; ver también mi  traducción abreviada de este ensayo seminal de ´´la Marciana´´ en Simone Weil, Profesión de fe, collección Molinos de Vieno, UAM, 1990  ).              Concluye Berry:  ´´Y es a partir de esta unidad que se logra  apreciar el horror y el desparpajo de lo fragmentario  --el tipo de mente, por ejemplo, que introduce una máquina para incrementar la ´eficiencia´ sin molestarse por su efecto en los trabajadores, en el producto, y en los consumidores;  que acepta y hasta aplaude lo ´´obsoleto´´ de una pequeña finca sin titubear  ante las posibles consecuencias políticas y sociales;  que puede recomendar la  continuación de enormes monocultivos por medio de un uso masivo de químicos sin aplicación de estiércol animal o de humus, sin preocuparse por la deterioración y pérdida de los suelos.  A patrones culturales de cooperación responsable hemos sustituido esta ignorancia moral que viene  siendo la etiqueta del ´progreso´ agrícola´´  (p. 48).   Todo ello en pos de un ´´futuro´´ cuyas exigencias se ofrecen como excusas para todo tipo de barbaridades en el presente. 

            Por supuesto que es inevitable pensar en el futuro:  ´´la visión y la esperanza´´ hacia ella se dirigen, pero guardémosnos de incurrir tan amenudo en ese tipo de peripecia mental promovida por corporaciones para las que el futuro resulta algo así como un continente recién descubierto y que sólo a ellas pertenece;  el tipo de peripecia mental gracias a la cual, de pronto,   ´´la única posibilidad de satisfacción es conducir ahora nuestro auto del futuro´´ (p. 58).  Actitud tan irresponsable hacia lo que se viene (hacia el futuro) como hacia el presente.   Mejor sería volver a poner al Paraíso donde ciertamente está, ha estado y seguirá, al menos para quienes asumen responsabilidad  por sus acciones:  en el Cielo, allá arriba, muy lejos de aquí, en ´´el otro mundo´´, o --si lo prefieren-- aquí mismo, en un ´´mundo fuera del mundo´´ al que el estado de gracia nos permite acceder, no sea más que por unas cuantas horas:  lejos del ´´mundanal ruido´´, como tan bien sabe todo sabio que en el mundo ha sido.

            Las recomendaciones que ofrece Wendell Berry convergen con las de E.F. Schumacher, padre del primer ´´clásico de la economía alternativa,´´  Lo pequeño es hermoso  (Small is Beautiful:  Economics as if People Mattered.).   ´´La cultura que sostiene a la agricultura y que se sostiene de ella está obligada a moldear su conciencia y aspiraciones a partir de la metáfora correcta de la Rueda de la Vida. . ..aspiraría a la diversidad, permitiría diversificar las economías, métodos y especies de acuerdo a los distintos tipos de terrenos. Siempre usaría  las plantas y los animales  conjuntamente, atenta tanto al proceso de la descomposición como del crecimiento, al  mantenimiento   como a la producción.  Le devolvería todos los desechos a la tierra, controlaría la erosión, y conservaría el agua.  Para permitir el cuidado y la devoción y salvaguardar a las comunidades locales y a las culturas de la agricultura, emplearía la tierra en propiedades pequeñas.  Aspiraría a que la granja dependiera lo más posible de su propia energía mediante el uso de la energía humana, de animales de trabajo, del metano, del viento o del agua y de la energía solar;  el aspecto mecánico de la tecnología serviría para apoyar a la energía ya existente en la granja.  No permitiría que las mismas fuesen reemplazadas por combustible importado, ni desplazar a la gente y sus destrezas´´, (p. 89).  El uso de los animales resulta beneficioso no sólo en relación a los ciclos de la Rueda de la Vida, como forma de asegurarle a la tierra el retorno a ella de su alimento, sino en la medida en que ellos le imponen al trabajo un paso lo suficiéntemente lento como para que el agricultor permanezca atento a todos esos detalles sobre los que depende su buen desempeño al mismo tiempo que se le impone cierto límite a esa ´´productividad´´ que generalmente resulta más ficitica que real:  contraproducente en la medida en que una cosecha demasiado abundante amenudo significa la ruina del granjero.

              En efecto, la contraproductividad, concepto bien elaborado por Illich, se define como el impacto inesperado de efectos indeseados que surgen espontáneamente y que vienen ´´desde afuera´´,  ajenos al proceso mismo de la producción:  constituyen el Némesis del desarrollo, un fenómeno que afecta incluso a una de las profesiones más prestigiosas hasta hace poco, la de la medicina (ver, sobre todo, su célebre Medical Nemesis:  The Expropriation of Health,  o ´´la salud expropiada´´).

            El trabajo  a  la sombra   (o ´´fantasma´)  y la ´´igualdad´´ de las mujeres sería el título del próximo segmento de este trabajo que, por fuerza, pienso que tendrá que quedar para otra oportunidad.   Incluye un análisis de las diferencias entre lo que signifíca freir un huevo hoy y lo que significó para nuestras abuelas.  El ´´trabajo a la sombra´´ viene siendo, según definición de Illich, el complemento del trabajo remunerado, considérese éste como parte de la economía formal reportada o de la no reportada.  Se trata de ´´cualquier labor mediante la cual el consumidor transforma un artículo comprado en un bien utilizable´´ (Illich, Gender, p. 50).  Y si bien es cierto que no hay distinción forzosa de géneros entre los asalariados y los que trabajan a la sombra o sin remuneración, han sido las mujeres las que han sufrido preponderantemente la carga de un tipo de labor aislante, monótono, interminable y poco reconocido.  La división genérica de las labores, antes de que el industrialismo se llevara a los hombres a la fábrica o a la oficina, otorgaba a la mujer un puesto reconocidamente crucial para el desempeño de las actividades necesarias para la sobrevivencia.  Cómo, con mayor trabajo y esfuerzo, su estatus ha ido disminuyendo en términos reales será tema a tratar.  Finalmente habrá que decir , no ´´Vive la petite différence´´ sino ´´Vive la grande différence´´.    Somos tan distintas de los hombres de la cintura para abajo como de la cintura para arriba.  Esto ya ha sido probado científicamente, y se demostrará en su momento.

            Las repercusiones políticas del reconocimiento de tales diferencias, si es que sobrevivimos al Niño y sus secuelas un rato más, y al ´´virus del milenio´´ etc... serán fundamentales. 

(Obras citadas de Illich, In the Mirror of the Past y Gender; de Wendell Berry, The Unsettling of America y Home Economics, ´´Falacias de la agricultura´´, mi traducción, selección de este libro publicado en la revista Argos, Miami, Florida.)

(COMPLETAR BIBLIOGRAFÍA AL MOMENTO DE PUBLICARSE...)

Ponencia presentada a finales del año ’97 en el Instituto Charles Simeon en Miami, Florida, con bastante resonancia.  Se suponía sería publicada a principios del ´98 en la revista Contrapunto de Miami que circula (¿o circulaba?) en Cuba dentro y fuera de los medios oficiales.  No sé que ha pasado...  Texto revisado el 16 de septiembre del año en curso (´98) con ligeras rectificaciones estilísticas etc...

Sylvia Valls, "Metáforas discordantes en el gran  (des)concierto ecológico"                    
Miami, Oct. de 1997, Instituto de Estudios Sociales Charles Simeon.