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Asunto:[MESHIKO] Necesidades / Ivan Illich
Fecha:Miercoles, 6 de Marzo, 2002  10:50:47 (-0700)
Autor:Ricardo Ocampo-RedLuz <chicanos @...........mx>

Ivan Illich  
NECESIDADES  
 
Un mundo adicto al progreso es un mundo esencialmente insatisfecho al que 
definen sus carencias, sus necesidades, afirma Ivan Illich en este ensayo. 
Su obra, que incluye libros como el Diccionario del desarrollo (Wolfgang 
Sachs, 1992), será próximamente publicada por el F.C.E. 
 
* * * 
 
Independientemente del lugar por donde Ud. viaje, el paisaje es reconocible. 
Todos los lugares del mundo están abarrotados de torres de enfriamiento y 
parques de estacionamiento, agronegocios y megaciudades. Pero ahora que el 
desarrollo está terminando ‹la Tierra era el planeta equivocado para esta 
clase de construcción‹ los proyectos de crecimiento se están transformando 
rápidamente en ruinas, en basura, entre las cuales tenemos que aprender a 
vivir. Hace veinte años las consecuencias del culto al crecimiento parecían 
ya "contrarias a la intuición". Hoy la revista Time las publicita en sus 
artículos centrales con historias apocalípticas. Pero nadie sabe cómo vivir 
con estos espantosos nuevos jinetes del Apocalipsis, muchos más de cuatro 
‹clima cambiante, agotamiento genético, contaminación, ruptura de varias 
inmunidades, niveles crecientes del mar y millones de desplazados. Aun para 
tratar estos asuntos queda uno atrapado entre el dilema imposible de 
fomentar el pánico o el cinismo. Pero aún más difícil que sobrevivir con 
estos cambios en el ambiente es el horror de vivir con los hábitos de 
necesitar que, por décadas, ha establecido el desarrollo. Las necesidades 
que la danza de la lluvia del desarrollo provocó no sólo justificaron la 
expoliación y el envenenamiento de la Tierra: también actuaron en un nivel 
más profundo. Transformaron la naturaleza humana. Convirtieron la mente y 
los sentidos del homo sapiens en los del homo miserabilis. Las "necesidades 
básicas" pueden ser el legado más insidioso que deja el desarrollo. 
     La transformación ocurrió en un par de centurias. Durante este tiempo 
la certidumbre radical fue el cambio, a veces llamado progreso, otras veces 
desarrollo, otras crecimiento. En este proceso secular los hombres aducían 
haber descubierto "recursos" en la cultura y en la naturaleza ‹en lo que 
habían sido sus ámbitos de comunidad‹ y los convirtieron en valores 
económicos. El historiador de la escasez relata la historia. Como la crema 
batida que se convierte bruscamente en mantequilla, el homo miserabilis 
aparece, casi de la noche a la mañana, como una mutación del homo 
oeconomicus, el protagonista de la escasez. La generación posterior a la 
Segunda Guerra Mundial presenció este cambio de estado en la naturaleza 
humana, del hombre común al hombre necesitado. La mitad de todos los 
individuos nacidos sobre la Tierra como homo son de esta nueva clase. 
     Las estimaciones arqueológicas colocan el número total de individuos 
adultos pertenecientes al homo sapiens que alguna vez vivieron en el planeta 
en no más de cinco mil millones. Vivieron entre los comienzos de la Edad de 
Piedra, en que fueron pintadas las escenas de caza de Lascaux, y el día en 
que Picasso estremeció al mundo con el horror de Guernica. Constituyeron 
diez mil generaciones y vivieron en miles de estilos de vida diferentes, 
hablando innumerables lenguas distintas. Fueron esquimales y pastores, 
romanos y mongoles, marineros y nómades. Cada modo de vida encuadró la 
condición única de ser humano de modo distinto: en torno de la azada, del 
huso, de las herramientas de madera, bronce o hierro. Pero en cada caso, ser 
humano significó el sometimiento comunitario a la regla de la necesidad en 
este sitio particular, en este momento particular. Cada cultura tradujo esta 
regla de la necesidad a un estilo diferente. Y cada visión de la necesidad 
fue expresada de manera diferente ‹fuera esto para enterrar a los muertos o 
exorcizar los temores. Esta enorme variedad de culturas da fe de la 
plasticidad del deseo y el anhelo que es saboreado tan diferentemente en 
cada individuo y cada sociedad. La fantasía llevó a los polinesios en sus 
botes a cruzar miles de kilómetros de océano. Llevó a los toltecas de México 
a construir templos en sus puestos de avanzada en Wisconsin, a los 
musulmanes de Mongolia Exterior a visitar la Caaba y a los escoceses la 
Tierra Santa. Pero a pesar de todas las formas de angustia y espanto, terror 
y éxtasis, lo desconocido tras la muerte, nada indica que la mitad de la 
humanidad ancestral experimentó algo como lo que damos por descontado bajo 
el nombre de necesidad. 
     La segunda ‹y mayor‹ parte de la humanidad nació en la época que puedo 
recordar, después de Guernica, en 1936. La mayoría de las personas que ahora 
son adultas son adictas a la energía eléctrica, a las ropas de telas 
sintéticas, a la comida chatarra y a los viajes. Viven más tiempo, pero si 
debemos creer a los osteopalentólogos que escudriñan los cementerios para 
estudiar los huesos, la segunda mitad de la humanidad contiene una gran 
proporción de gente desnutrida y físicamente impedida. Y la mayor parte de 
estos cinco mil millones actualmente vivos aceptan sin cuestionamiento su 
condición humana como dependiente de bienes y servicios, dependencia que 
ellos llaman necesidad. En justamente una generación, el hombre necesitado 
‹homo miserabilis‹ se ha convertido en la norma. 
     El movimiento histórico de Occidente bajo la bandera de la evolución / 
progreso / crecimiento / desarrollo, descubrió y luego prescribió las 
necesidades. En este proceso podemos observar una transición del hombre 
chapucero afanoso al hombre adicto a las necesidades. Divido este ensayo en 
dos partes. En la primera reúno algunas observaciones sobre la fenomenología 
de las necesidades, y en la segunda trazo la historia del homo miserabilis 
como es reflejado por el término "necesidades" en el contexto del discurso 
oficial sobre el desarrollo iniciado por el presidente Harry Truman. 
       
     Ni necesidades ni deseos 
      
Es difícil hablar convincentemente sobre la historicidad de las necesidades. 
La existencia de necesidades humanas especificables y medibles ha devenido 
tan natural que estamos preparados a atribuir la necesidad de oxígeno a 
cierta bacteria, mientras al mismo tiempo reservamos una sonrisa 
condescendiente para Alberto Magno, quien habló sobre el deseo de una piedra 
pesada de caer hacia abajo hasta alcanzar el centro de la Tierra. 
     La condición humana ha llegado a ser definida por las necesidades 
comunes a todos sus miembros. Para la nueva generación, las necesidades que 
son comunes a hombres y mujeres, amarillos y blancos ‹más que la dignidad 
común o la redención común en Cristo o algún otro Dios‹, son el distintivo y 
la manifestación de la comunidad humana. Con benevolencia inescrupulosa, las 
necesidades son imputadas a otros. La nueva moralidad basada en la 
imputación de las necesidades básicas ha sido mucho más exitosa en ganar la 
lealtad universal que su predecesor histórico, la imputación de una 
necesidad católica de salvación eterna. Como resultado, las necesidades han 
devenido el fundamento universal de las certezas sociales comunes que 
relegan los supuestos culturales y religiosos heredados sobre la limitación 
humana, al dominio de lo que se llama valores personales que, en el mejor de 
los casos, merece un respeto tolerante. La diseminación de las necesidades 
que el desarrollo moderno ha forjado no se detendrá con el fin del discurso 
del desarrollo.  
     Es más fácil desechar los rascacielos con ineficientes acondicionadores 
de aire de San Juan de Puerto Rico que extinguir el anhelo por un clima 
artificial. Y una vez que este anhelo se ha convertido en una necesidad, el 
descubrimiento del confort en una isla expuesta a los vientos alisios se 
hará muy difícil. El derecho al pleno empleo habrá sido considerado como un 
objetivo imposible antes de haber desmontado la necesidad de las mujeres de 
tener un empleo de tiempo completo. Veinte años después del reconocimiento 
público de que las prescripciones médicas son marginales a la salud de una 
nación, el costo de una medicina profesional insalubre continúa sobrepasando 
el de un estilo de vida saludable. Será más fácil lograr un consenso en las 
Naciones Unidas en que la época del desarrollo ha llegado a su fin, que en 
que es tiempo de desligar la paz y la justicia de la satisfacción organizada 
de las necesidades, que en que se acepte la idea de que las necesidades son 
un hábito social adquirido en el siglo XX, y un hábito que requiere ser 
abandonado en el próximo siglo. 
     Para gente formada en el clima moral de los últimos cincuenta años, los 
cuestionamientos sobre la condición imaginaria de las necesidades suenan 
ofensivos al hambriento, destructivos de la base común de moralidad que 
tenemos, y adicionalmente inútiles. Esta gente necesita que se le recuerde 
que la reconstrucción social del homo sapiens (el hombre sabio y de buen 
sentido) en el hombre necesitado ha transformado la situación de la 
necesidad. De ser parte esencial de la condición humana, la necesidad fue 
transformada en un enemigo o en un mal. 
     Las décadas del desarrollo pueden ser entendidas como la época en la 
cual, a un costo inmenso, se ha celebrado una ceremonia de alcance mundial 
para ritualizar el fin de la necesidad. Escuelas, hospitales, aeropuertos, 
instituciones correccionales y mentales, los medios de comunicación, pueden 
ser entendidos como redes de templos construidos para consagrar la 
deconstrucción de las carencias y la conversión de los deseos en 
necesidades. Bien avanzada la era industrial, para la mayor parte de los 
seres que viven en culturas de subsistencia, la vida estaba aún predicada 
sobre el reconocimiento de límites que justamente no podían ser 
transgredidos. La vida estaba limitada dentro del dominio de necesidades 
inmutables. El suelo producía solamente cosechas conocidas; el viaje al 
mercado tomaba tres días; el hijo podía inferir del padre lo que sería el 
futuro. Pues "carencia" significaba necesariamente "cómo las carencias deben 
ser". Tales carencias, con el significado de necesidades, tenían que ser 
toleradas. 
     Cada cultura tiene la gestalt social asumida por la aceptación de 
carencias en un lugar y en una generación particulares. Cada una era la 
expresión histórica de una celebración singular de la vida dentro de un arte 
de sufrir que hacía posible celebrar las necesidades. Lo que mediaba entre 
el deseo y el sufrimiento difería de cultura a cultura. Podía ser buena o 
mala estrella ‹o pura suerte; bendiciones ancestrales y maldiciones‹ o karma 
personal; brujería y malos espíritus ‹o providencia. En una economía moral 
de subsistencia, la existencia de los deseos se da por descontada tanto como 
la certeza de que no podrían ser aplacados. 
     Cuando las necesidades ocurren en el discurso moderno del desarrollo, 
sin embargo, no son carencias ni deseos. Desarrollo es la palabra para una 
promesa, para una garantía ofrecida para romper la regla de la necesidad, 
utilizando los nuevos poderes de la ciencia, la tecnología y la política. 
Bajo la influencia de esta promesa, también los deseos han cambiado su 
condición. La esperanza de que se logre lo bueno ha sido reemplazada por la 
expectativa de que las necesidades serán definidas y satisfechas. 
Enfáticamente, las expectativas se refieren a un "todavía no" que es 
diferente a las esperanzas. La esperanza surge de la necesidad que promueve 
el deseo. La esperanza orienta hacia lo impredecible, lo inesperado, lo 
sorpresivo. Las expectativas brotan de las necesidades fomentadas por la 
promesa del desarrollo. Ellas orientan hacia reclamos, derechos y demandas. 
La esperanza apela a la arbitrariedad de un otro personal, sea éste humano o 
divino. Las expectativas cuentan con la operación de sistemas impersonales 
que van a entregar nutrición, cuidado de la salud, educación, seguridad y 
más. La esperanza enfrenta lo impredecible, la expectativa lo probable. 
     Las esperanzas se transforman en expectativas. Los deseos se 
transforman en reclamos cuando las necesidades languidecen a la luz del 
desarrollo. Cuando esto ocurre, la esperanza y el deseo aparecen como 
vestigios irracionales de una época oscura. El fenómeno humano ha dejado de 
ser definido como el arte de sufrir de necesidad; ahora se entiende como la 
medida de las carencias imputadas que se traducen en necesidades. 
     Esta traducción, para la mayor parte del planeta, ha ocurrido en los 
últimos treinta años. Las necesidades se han convertido sólo muy 
recientemente en una experiencia universal, y sólo justo ahora ha comenzado 
la gente a hablar de sus necesidades de abrigo, educación, amor e intimidad 
personal. Hoy se ha hecho casi imposible negar la existencia de las 
necesidades. Bajo la hipótesis tácita del desarrollo, un bypass cardiaco ya 
no se ve como un desenfrenado deseo o un capricho de los ricos. En el 
contexto de una obstinada rebelión contra la necesidad, el extraño se ha 
convertido en el catalizador que amalgama deseo y transgresión en la 
realidad sentida de una necesidad. Paradójicamente, esta realidad adquiere 
su legitimidad absoluta solamente cuando las necesidades que experimento son 
atribuidas a extraños, aun si es obvio que para la mayoría de ellos no 
pueden ser satisfechas. Las necesidades, entonces, aparecen como la 
condición normal del homo miserabilis. Representan algo que está 
definitivamente fuera del alcance de la mayoría. Para ver cómo se llegó a 
este atolladero es instructivo trazar las etapas mediante las cuales la 
noción de necesidades fue relacionada al desarrollo económico y social 
durante las décadas recientes. 
       
     Las "necesidades" en el discurso del desarrollo 
 
     La búsqueda política del desarrollo introdujo las necesidades en el 
discurso político occidental. El discurso de investidura de 1949 del 
presidente norteamericano Harry Truman sonaba enteramente creíble cuando 
invocaba la necesidad de la intervención de los Estados Unidos de América en 
naciones extranjeras para realizar el "progreso industrial" del mundo. Él no 
mencionó la palabra revolución. Su propósito era "aliviar la carga de los 
pobres" y esto podía lograrse produciendo "más alimentos, más vestidos, más 
materiales de construcción y más potencia mecánica". Él y sus consejeros 
consideraban "la mayor producción como la clave de la prosperidad y de la 
paz".1 Habló de aspiraciones legítimas, no de necesidades. En realidad 
Truman estaba muy lejos de imputar al pueblo por doquier un conjunto 
católico de necesidades definidas que demandan la satisfacción que el 
desarrollo debe traer. 
     Cuando habló Truman, la pobreza ‹en los términos de una economía de 
mercado‹ era aún el destino común de la abrumadora mayoría en el mundo. 
Sorpresivamente, unas pocas naciones aparecían como habiendo superado esta 
fatalidad y, en consecuencia, estimulando el deseo de los otros de hacer lo 
mismo. El sentido común de Truman lo llevó a creer que era aplicable una ley 
universal del progreso, no solamente para individuos o grupos aislados, sino 
para toda la humanidad en su conjunto, a través de las economías nacionales. 
De esta manera, utilizó el término "subdesarrollado" para entidades sociales 
colectivas, y habló de la necesidad de crear "una base económica" capaz de 
satisfacer "las expectativas que el mundo moderno ha despertado" en los 
pueblos de todo el planeta.2 
     Doce años después, los norteamericanos escucharon que: "gentes en 
chozas y aldeas en la mitad del mundo luchan por romper las cadenas de la 
miseria masiva... Prometemos ayudarlos a ayudarse a sí mismos... Lo 
prometemos, no porque busquemos sus votos, sino porque es lo correcto".3 Así 
hablaba John F. Kennedy en su discurso de investidura de 1961. Donde Truman 
había notado el despertar de las expectativas, Kennedy percibió la lucha 
secular de los pueblos contra una realidad nefasta. Además de satisfacer 
nuevas expectativas, el desarrollo, por tanto, tenía que destruir vínculos 
heredados. Su declaración simbolizaba un consenso emergente en Estados 
Unidos de que la mayor parte de la gente es necesitada, que estas 
necesidades les otorgaban derechos y que estos derechos se convertían en 
títulos para ser cuidados y que, por lo tanto, imponían deberes a los ricos 
y los poderosos.  
     De acuerdo con Kennedy, estas necesidades no eran sólo de naturaleza 
económica. Las naciones "pobres" "han reconocido la necesidad de un programa 
intensivo de autoayuda", una necesidad de "progreso social que es condición 
indispensable para el crecimiento, no un sustituto para el desarrollo 
económico... Sin desarrollo social, la gran mayoría de los pueblos 
permanecen en la pobreza, mientras que los pocos privilegiados cosechan los 
beneficios de la creciente abundancia".4 
     Un año después de la llegada de Fidel Castro al poder, Kennedy prometió 
más que una simple ayuda económica o técnica: se comprometió solemnemente a 
la intervención política ‹"ayuda en una revolución pacífica de la 
esperanza". Además, él continuó hasta adoptar completamente la retórica 
convencional prevaleciente en la economía política. Tuvo que concordar con 
Jruschov, quien le dijo en Viena: "el continuo proceso revolucionario en 
varios países es el statu quo, y quienquiera que trate de detener ese 
proceso no solamente está alterando el statu quo, sino que es un agresor".5 
Entonces Kennedy subrayó "las condiciones chocantes y urgentes" y la 
necesidad de una "alianza para el progreso social". Para Truman era el mundo 
moderno el "que despertaba nuevas aspiraciones", y enfocaba la atención en 
"aligerar la carga de su pobreza". Kennedy creía que la mitad del mundo 
"vive encadenado por la miseria" con un sentido de injusticia "que alimenta 
la inquietud política y social". En la perspectiva de la Casa Blanca de 
1960, la pobreza dejaba de ser un destino; se había convertido en un 
concepto operacional: el resultado de condiciones social y económicamente 
injustas, la falta de educación moderna, la persistencia de tecnología 
inadecuada y atrasada. La pobreza se veía ahora como una plaga, como algo 
que ameritaba terapia, un problema por resolver. 
     En 1962, las Naciones Unidas empezaron a operacionalizar la pobreza. El 
secretario general se refería a "aquellos pueblos que viven debajo de un 
nivel mínimo aceptable". Daba crédito a dos nociones: la humanidad podía 
ahora ser dividida entre aquellos por encima y aquellos por debajo de un 
nivel medible; y se convocó entonces a una nueva clase de burocracia para 
establecer los criterios de lo que es aceptable y de lo que no lo es. El 
primer instrumento que se creó para establecer estos patrones fue llamado el 
producto nacional bruto (PNB). Este dispositivo, que fue usado por primera 
vez públicamente a fines de los años 40, es una sorprendente batidora de 
huevos mental que agrega todos los bienes y todos los servicios producidos 
por toda la gente y define la tortilla resultante como el valor bruto de una 
nación. Esta mescolanza nacional bruta extrae de la realidad aquellas 
características, y sólo aquellas, que los economistas pueden digerir. A 
fines de los 70 era obvio que, bajo la égida del desarrollo, la mayoría de 
la gente se empobrecía a medida que el PNB crecía. 
     En 1973 el presidente del Banco Mundial declaraba que "el progreso 
medido con una única vara, el PNB, ha contribuido significativamente a 
exacerbar las desigualdades en la distribución del ingreso". Por esta razón, 
McNamara declaró que el objetivo central de las políticas de desarrollo 
debía ser el "ataque a la pobreza absoluta" que resultaba del crecimiento 
económico y que afectaba a "40% de los aproximadamente 2,000 millones de 
individuos que viven en las naciones en desarrollo". Según él, este efecto 
colateral del desarrollo es "tan extremo que degrada las vidas de los 
individuos por debajo de las normas mínimas de la decencia humana".6 Él 
estableció un grupo de asesores dentro del Banco Mundial que comenzó a 
traducir esas "normas de decencia humana" en medidas técnicas de necesidades 
específicas, descorporizadas, que podían expresarse en términos monetarios. 
La referencia a las "necesidades" se convirtió en el método por el cual, de 
allí en adelante, los científicos sociales y los burócratas podían 
distinguir entre el mero crecimiento y el verdadero desarrollo. 
     En la medida que la pobreza había sido un sinónimo de la condición 
humana, se la entendió como un hecho omnipresente en el panorama social de 
toda cultura. En primer lugar y sobre todo, se refiere a las condiciones 
precarias en las que la mayoría de la población debe sobrevivir la mayor 
parte del tiempo. La pobreza era un concepto general para una interpretación 
cultural específica de la necesidad de vivir dentro de muy estrechos 
límites, definidos diferentemente para cada lugar y tiempo. Era el nombre 
para un estilo singular y ecológicamente sustentable de hacer frente a una 
necesidad históricamente dada, más que técnicamente construida: la 
"necesidad" de enfrentar lo inevitable, no una carencia. La pobreza, en la 
Europa cristiana por lo menos, era reconocida como el destino inevitable de 
quienes no tenían poder. Denota la situación ontológica de todos aquellos 
que "necesitan morir... pero no ahora". Ciertamente ni el poder, ni la 
riqueza, ni la pobreza estaban relacionadas con la productividad de los 
grupos o de la gente. 
     Esta necesidad de aceptar la fatalidad, el destino, la providencia, la 
voluntad de Dios, había sido erosionada con la difusión de la Ilustración. 
En los comienzos del siglo XX, perdió mucho de su legitimidad a medida que 
el progreso vino a ser el nombre de la revuelta tecnológica y política 
contra todas las ideologías que reconocen el imperio de la necesidad. Ya en 
la época del vapor, el ingeniero había devenido el símbolo de la liberación, 
un Mesías que conduciría a la humanidad a conquistar la naturaleza. A 
comienzos del siglo XX, la sociedad misma había devenido el sujeto de la 
ingeniería manipuladora. Pero ésta era solamente la traducción social del 
progreso en el desarrollo profesionalmente guiado, que hizo de la rebelión 
contra la necesidad una infección programada. Nada muestra esto más 
claramente que la identificación de la caridad con el patrocinio técnico del 
progreso, como se refleja en las encíclicas sociales del papa Paulo VI. Este 
Papa era profundamente devoto de San Francisco de Asís, el esposo de la 
Virgen de la Pobreza. Y a pesar de ello, instruyó a sus fieles sobre el 
deber de incrementar la productividad y de asistir a otros en su desarrollo. 
       
     Las naciones individuales deben levantar el nivel de la cantidad y la 
calidad de la producción para dar a la vida de todos sus ciudadanos una 
verdadera dignidad humana y dar asistencia al desarrollo común de la raza 
humana.7 
       
     El desarrollo completo del individuo debe unirse al de la raza humana y 
debe ser logrado por esfuerzo mutuo.8 
       
     En frases de esta clase los conductores religiosos de todas las 
denominaciones, matices y creencias políticas han dado su bendición a la 
revuelta contra la condición humana. Paulo VI es notable porque, en cierta 
manera, se adelantó a la izquierda. En esta encíclica el Papa, sin embargo, 
aún habla en el lenguaje de los años 50. Como para Truman, la pobreza para 
él representaba una clase de terreno común: una condición de la cual parte 
el progreso. 
 
 
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