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Asunto:[MESHIKO] [interredes] Ni Derechos Ni Humanos / Eduardo Galeano
Fecha:Viernes, 6 de Septiembre, 2002  13:52:06 (-0500)
Autor:Ricardo Ocampo <redluz @...............mx>

[interredes] Ni Derechos Ni Humanos / Eduardo Galeano


----------
From: "Cecilia Acosta" <acecilia@ciudad.com.ar>
Reply-To: interredes@yahoogroups.com
Date: Fri, 6 Sep 2002 14:42:22 -0300
To: <interredes@yahoogroups.com>
Subject: [interredes] Ni Derechos Ni humanos


NI DERECHOS NI HUMANOS
por Eduardo Galeano

Si la maquinaria militar no mata, se oxida. El presidente del planeta
anda paseando el dedo por los mapas, a ver sobre qué país caerán las
próximas bombas. Ha sido un éxito la guerra de Afganistán, que castigó
a los castigados y mató a los muertos; y ya se necesitan enemigos
nuevos.

Pero nada tienen de nuevo las banderas: la voluntad de Dios, la amenaza
terrorista y los derechos humanos. Tengo la impresión de que George W
Bush no es exactamente el tipo de traductor que Dios elegiría, si
tuviera algo que decirnos; y el peligro terrorista resulta cada vez
menos convincente como coartada del terrorismo militar. ¿Y los derechos
humanos? ¿Seguirán siendo pretextos útiles para quienes los hacen puré?

Hace más de medio siglo que las Naciones Unidas aprobaron la
Declaración Universal de los Derechos Humanos, y no hay documento
internacional más citado y elogiado.

No es por criticar, pero a esta altura me parece evidente que a la
declaración le falta mucho más que lo que tiene. Por ejemplo, allí no
figura el más elemental de los derechos, el derecho a respirar, que se
ha hecho impracticable en este mundo donde los pájaros tosen. Ni figura
el derecho a caminar, que ya ha pasado a la categoría de hazaña ahora
que sólo quedan dos clases de peatones, los rápidos y los muertos. Y
tampoco figura el derecho a la indignación, que es lo menos que la
dignidad humana puede exigir cuando se la condena a ser indigna, ni el
derecho a luchar por otro mundo posible cuando se ha hecho imposible el
mundo tal cual es.

En los 30 artículos de la declaración, la palabra libertad es la que
más se repite. La libertad de trabajar, ganar un salario justo y fundar
sindicatos, pongamos por caso, está garantizada en el artículo 23. Pero
son cada vez más los trabajadores que no tienen, hoy por hoy, ni
siquiera la libertad de elegir la salsa con la que serán comidos. Los
empleos duran menos que un suspiro, y el miedo obliga a callar y
obedecer: salarios más bajos, horarios más largos, y a olvidarse de las
vacaciones pagas, la jubilación y la asistencia social y demás derechos
que todos tenemos, según aseguran los artículos 22, 24 y 25. Las
instituciones financieras internacionales, las Chicas Superpoderosas
del mundo contemporáneo, imponen la "flexibilidad laboral", eufemismo
que designa el entierro de dos siglos de conquistas obreras. Y las
grandes empresas multinacionales exigen acuerdos "union free", libres
de sindicatos, en los países que entre sí compiten ofreciendo mano de
obra más sumisa y barata. "Nadie será sometido a esclavitud ni a
servidumbre en cualquier forma", advierte el artículo 4. Menos mal.
No figura en la lista el derecho humano a disfrutar de los bienes
naturales, tierra, agua, aire, y a defenderlos ante cualquier amenaza.

Tampoco figura el suicida derecho al exterminio de la naturaleza, que
por cierto ejercitan, y con entusiasmo, los países que se han comprado
el planeta y lo están devorando. Los demás países pagan la cuenta. Los
años noventa fueron bautizados por las Naciones Unidas con un nombre
dictado por el humor negro: Década Internacional para la Reducción de
los Desastres Naturales. Nunca el mundo ha sufrido tantas calamidades,
inundaciones, sequías, huracanes, clima enloquecido, en tan poco
tiempo. ¿Desastres "naturales"? En un mundo que tiene la costumbre de
condenar a las víctimas, la naturaleza tiene la culpa de los crímenes
que contra ella se cometen.

"Todos tenemos derecho a transitar libremente", afirma el artículo 13.
Entrar, es otra cosa. Las puertas de los países ricos se cierran en las
narices de los millones de fugitivos que peregrinan del sur al norte, y
del este al oeste, huyendo de los cultivos aniquilados, los ríos
envenenados, los bosques arrasados, los precios arruinados, los
salarios enanizados. Unos cuantos mueren en el intento, pero otros
consiguen colarse por debajo de la puerta. Una vez adentro, en el
paraíso prometido, ellos son los menos libres y los menos iguales.

"Todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos", dice
el artículo 1. Que nacen, puede ser; pero a los pocos minutos se hace
el aparte. El artículo 28 establece que "todos tenemos derecho a un
justo orden social e internacional". Las mismas Naciones Unidas nos
informan, en sus estadísticas, que cuanto más progresa el progreso,
menos justo resulta. El reparto de los panes y los peces es mucho más
injusto en Estados Unidos o en Gran Bretaña que en Bangladesh o Rwanda.
Y en el orden internacional, también los numeritos de las Naciones
Unidas revelan que diez personas poseen más riqueza que toda la riqueza
que producen 54 países sumados. Las dos terceras partes de la humanidad
sobreviven con menos de dos dólares diarios, y la brecha entre los que
tienen y los que necesitan se ha triplicado desde que se firmó la
Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Crece la desigualdad, y para salvaguardarla crecen los gastos
militares. Obscenas fortunas alimentan la fiebre guerrera y promueven
la invención de demonios destinados a justificarla. El artículo 11 nos
cuenta que "toda persona es inocente mientras no se pruebe lo
contrario". Tal como marchan las cosas, de aquí a poco será culpable de
terrorismo toda persona que no camine de rodillas, aunque se pruebe lo
contrario.

La economía de guerra multiplica la prosperidad de los prósperos y
cumple funciones de intimidación y castigo. Y a la vez irradia sobre el
mundo una cultura militar que sacraliza la violencia ejercida contra la
gente "diferente", que el racismo reduce a la categoría de subgente.
"Nadie podrá ser discriminado por su sexo, raza, religión o cualquier
otra condición", advierte el artículo 2, pero las nuevas
superproducciones de Hollywood, dictadas por el Pentágono para
glorificar las aventuras imperiales, predican un racismo clamoroso que
hereda las peores tradiciones del cine. Y no sólo del cine. En estos
días, por pura casualidad, cayó en mis manos una revista de las
Naciones Unidas de noviembre del 86, edición en inglés del Correo de la
Unesco. Allí me enteré de que un antiguo cosmógrafo había escrito que
los indígenas de las Américas tenían la piel azul y la cabeza cuadrada.
Se llamaba, créase o no, John of Hollywood.

La declaración proclama, la realidad traiciona. "Nadie podrá suprimir
ninguno de estos derechos", asegura el artículo 30, pero hay alguien
que bien podría comentar: "¿No ve que puedo?". Alguien, o sea: el
sistema universal de poder, siempre acompañado por el miedo que difunde
y la resignación que impone.

Según el presidente Bush, los enemigos de la humanidad son Irak, Irán y
Corea del Norte, principales candidatos para sus próximos ejercicios de
tiro al blanco. Supongo que él ha llegado a esa conclusión al cabo de
profundas meditaciones, pero su certeza absoluta me parece, por lo
menos, digna de duda. Y el derecho a la duda es también un derecho
humano, al fin y al cabo, aunque no lo mencione la declaración de las
Naciones Unidas.

Eduardo Galeano

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