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Asunto:[MESHIKO] LA CIA, MEXICO Y CUBA
Fecha:Lunes, 24 de Marzo, 2003  19:10:01 (-0600)
Autor:RedLUZ/LUXWeb <redluz @...............mx>

LA CIA, MEXICO Y CUBA


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From: pedro gellert <mmsc2002@prodigy.net.mx>
Date: Mon, 24 Mar 2003 13:54:21 -0600
Subject: LA CIA, MEXICO Y CUBA

(tomado de la pagina de R. Progreso-Miami: http://www.progresosemanal.com/

Las Amenazas del Imperio: ¡Cuidado, México!

Por Saul Landau

“¡Todos somos estadounidenses!”
-- Declaración de Solidaridad del Presidente francés Jacques Chirac después
del 11/9.

“¡Si ustedes son realmente estadounidenses, procuren hacer lo que yo digo o
aténganse a las consecuencias!”
-- George W. Bush, en una discusión privada con Dios, antes de su Sesión
Prensa el 5 de marzo de 2003.

 “Cualquier país que no nos siga tendrá que pagar un precio muy alto”.

Esta advertencia la hizo un diplomático innombrado a funcionarios mexicanos
por si votaban en contra de la resolución de guerra de EE.UU. en el Consejo
de Seguridad.  La Casa Blanca ordenó a funcionarios estadounidenses que
fueran directamente a las capitales de los países miembros del Consejo de
Seguridad para hacer estas “advertencias”.

Después de que ocurrieron los hechos del 11/9, gran parte del mundo,
incluyendo antiguos adversarios como Fidel Castro, ofrecieron mensajes de
solidaridad. “Nous sommes Américains”, dijo el Presidente Chirac, resumiendo
los sentimientos de la mayoría de los europeos.  Desde entonces George W.
Bush, como vocero de un pequeño grupo de fanáticos imperiales, ha hecho que
ese sentimiento positivo se invierta durante el subsiguiente año y medio. Es
más, él debe haber interpretado el sentimiento pro-estadounidense como que
el resto del mundo ahora obedecerá sus órdenes -- en especial acerca de
hacer la guerra contra Irak, lo cual él enlaza místicamente, ya que no tiene
pruebas, con la tragedia del 11/9.

El mundo ha respondido a la actitud abusadora de Bush con temor y desprecio.
A mediados de marzo la mayor parte del mundo teme a Estados Unidos.  Los
encuestadores informan regularmente que europeos, asiáticos, africanos y
latinoamericanos creen que Estados Unidos, y no Irak o Corea del Norte,
constituye la mayor amenaza para la paz.

Se ha hecho aparente como resultado de las maniobras de EE.UU. para hacer
que el Consejo de Seguridad de la ONU apoye la guerra de Bush que Washington
usará lo que considere necesario para forzar a la ONU a aprobar la
apariencia de un acuerdo.

La táctica para alcanzar tal consenso durante los últimos meses puede haber
implantado nuevos récords de soborno, abierta coerción y prevaricación
pública, pero los métodos en sí se remontan a otros planes imperiales.
Washington se ha enviciado con dirigir el mundo y con usar a otros gobiernos
para alcanzar sus fines: hacer que las naciones del mundo obedezcan las
exigencias políticas estadounidenses, no importa cómo fluctúen.

Durante los últimos 50 años la CIA realizó operaciones encubiertas para
derrocar a gobiernos desobedientes en Irán, Guatemala, Brasil, Chile y
Nicaragua.  Esa es la lista corta.  Invadió a decenas de otros para eliminar
a gobiernos o a líderes gubernamentales.  Solamente en los años 80, piensen
en la intervención constante en varias naciones centroamericanas, la
invasión de Granada y el “arresto” del General Noriega en Panamá.  Por otra
parte, EE.UU. ha sobornado e intimidado rutinariamente a otros gobiernos
para que cooperen en sus planes encubiertos y sus trucos sucios.

Los funcionarios del gobierno mexicano debían tomar nota de documentos
recién desclasificados que revelan que a partir de 1964 la Administración
Johnson usó a México como fuente para espiar a Cuba.  El espionaje continuó
en los años 70 bajo Nixon.

A principios de marzo la revista mexicana Proceso publicó algunos de los
documentos  hasta entonces secretos obtenidos por Kate Doyle, de los
Archivos de Seguridad Nacional.  Los documentos debieran embarazar no solo a
aquellos funcionarios mexicanos que conspiraron entonces con la CIA, sino
que deben servir también de advertencia al Presidente Fox.

Bajo el Presidente Gustavo Díaz Ordaz (1964-70) y su sucesor Adolfo López
Mateos (1970-76), el gobierno mexicano cooperó con Washington para realizar
operaciones de espionaje y de hostigamiento contra Cuba y contra personas
que viajaban a la isla.  Sin embargo, los mexicanos impusieron una
condición: Washington aceptaría públicamente el barniz del status
independiente de México (ej.: Cuba) y reconocería el derecho soberano de
México a mantener relaciones con Cuba.  Washington aceptó gustosamente y a
partir de ese momento fingió incomodidad por el hecho de que México
mantuviera relaciones con Cuba.  Mientras tanto, la CIA usaba el territorio
mexicano y sus funcionarios gubernamentales para el espionaje y los trucos
sucios.

Además de los documentos, los Archivos obtuvieron transcripciones de las
conversaciones telefónicas grabadas del Presidente Lyndon Johnson, lo cual
extendía el campo del espionaje hasta la propia Cuba. Es más, como escribe
Susan Ferris en el Palm Beach Post  del 6 de marzo de 2003, “Johnson llegó a
un acuerdo secreto con México en 1964 que convertía al menos a algunos de
los diplomáticos mexicanos en Cuba en Nuestros Hombres en La Habana, espías
que pasaban directamente a la Casa Blanca información acerca de la isla y de
sus aliados soviéticos”.

Para julio de 1964 Estados Unidos había obligado a los otros gobiernos
latinoamericanos a que votaran a favor de expulsar a Cuba de la OEA y de
casi todas las organizaciones regionales, así como también romper relaciones
con la isla comunista.  Sin embargo, los conspiradores de la CIA alentaron a
los funcionarios  mexicanos que ostentaran su supuesto “rechazo” a las
presiones de Washington y mostraran al mundo cuán sólidamente independientes
eran.  Es más, poco después de su toma de posesión, el nuevo Presidente de
México proclamó su eterna amistad con Fidel Castro de Cuba. Sí, con amigos
como Díaz Ordaz, ¿quién necesita enemigos?

Internamente México utilizó su supuesta posición pro-Cuba para desatar sus
políticas   represivas contra su propia izquierda.  Mientras la policía
mexicana y unidades del ejército torturaban y asesinaban a revolucionarios
en todo el país, el Presidente Díaz Ordaz y su sucesor López Mateos
mostraban la carta cubana para mostrar su compromiso “revolucionario”
internacional.

En 1967 fui a México a tomar el vuelo de Cubana a La Habana para filmar un
documental de la televisión pública.  Fui testigo de algunas de estas
jugarretas de la CIA.  Primero, los mexicanos obligaron a los viajeros que
iban a Cuba provenientes de Estados Unidos y que deseaban regresar por
México, a obtener un permiso del Ministerio de Gobernación (Interior).

México requería que el viajero tuviera permiso oficial del Departamento de
Estado de Estados Unidos para el viaje.  Luego comenzaba el proceso, que
tomaba un par de días y un costo, en sobornos, de unos 100 pesos
(aproximadamente $30 dólares en la época).  Después de la revisión en el
mostrador de Cubana del aeropuerto de Ciudad México (la única ruta aérea a
Cuba en el hemisferio), fuimos a una habitación especial en el aeropuerto.
Allí funcionarios mexicanos de uniforme exigieron que yo y los otros
miembros del equipo de filmación nos tomáramos fotos mientras sujetábamos un
número  contra el pecho.  Después de eso pasamos al siguiente obstáculo.  Un
hombre con el uniforme de la policía de inmigración mexicana tecleaba en una
Underwood antediluviana nuestras respuestas a un cuestionario de seis
páginas con información personal y política de cada uno.  Pregunté al
funcionario por qué lo hacía y por orden de quién.  En vez de contestar me
amenazó: “Responda a las preguntas o lo deportaremos”.

Cuando los agentes de la CIA vestidos de funcionarios mexicanos terminaron
de fotografiar e interrogar a los pasajeros, otros funcionarios uniformados
llevaron a los viajeros al lugar más apartado del aeropuerto, una caminata
de casi un kilómetro cargando el equipaje de mano.  Luego subimos al avión
de Cubana, una especie de horno soviético que aparentemente no obtuvo el
permiso para usar la bomba de aire fresco usada por otros aviones
comerciales.  Después de lo que parecieron horas, otro funcionario
uniformado “inspeccionó” el avión, y cuando el calor pareció afectarlo, dio
su aprobación para el despegue.  No es necesario decir que los pasajeros
aplaudieron cuando el avión despegó.

Sufrí esta experiencia otras dos veces en 1968 y nuevamente en 1969 en otras
expediciones fílmicas.  Una vez en Cuba, tuve que validar el documento de
Gobernación en el consulado mexicano de La Habana (otro soborno).  De no
haberlo hecho, hubiera tenido que regresar a Estados Unidos vía Madrid o vía
Praga.

El nuevo documento arrojó más luz sobre las operaciones de la CIA,
previamente denunciadas por Philip Agee, un oficial de la CIA que renunció y
lo contó todo.  Agee estimaba que “el presupuesto anual de entonces de la
estación (de Ciudad México) era de $5,5 millones de dólares.  Y los
mexicanos eran muy complacientes.  Con la ayuda de la seguridad mexicana, la
estación pudo intervenir hasta 40 líneas telefónicas a la vez.  El
presidente del país en aquel tiempo, Díaz Ordaz, era un colaborador muy
estrecho de la CIA.  También su predecesor”.  En una entrevista con Playboy
en agosto de 1975, Agee aseguró que “el presidente mexicano Luis Echeverría
(1976-1982) fue también contacto de la agencia cuando fue ministro de
seguridad interna en el gobierno de Díaz Ordaz”.

En 1969 Fidel Castro me reveló otra conspiración más de la CIA.  El gobierno
cubano había comprado a una compañía mexicana una cortadora hidráulica de
caña de azúcar.  La cortadora daba la posibilidad de cortar la caña en el
lugar adecuado del tallo hasta en terreno desnivelado.  Sin embargo, cuando
los técnicos cubanos ensamblaron la máquina funcionó mal inmediatamente.  Al
buscar en el manual de instrucciones encontraron un galimatías en vez de las
instrucciones reales de reparación.

Edward Lamb, el dueño de la fábrica, investigó el problema y descubrió que
la CIA había  saboteado la máquina y reescribió el manual de instrucción con
la cooperación de las autoridades mexicanas.

De manera similar, a principios de los años 70 la CIA envenenó un embarque
de posturas de piña que Cuba había comprado a una firma mexicana, de manera
que cuando llegaran a Cuba las pequeñas plantas hubieran muerto.

Bajo Nixon, las operaciones de la CIA se volvieron más gangsteriles.  En
1970 una joven estadounidense que iba a Cuba me contó su aventura.  Ella y
otros cinco estadounidenses activistas en contra de la guerra llegaron al
aeropuerto de Ciudad México donde los agentes mexicanos de la CIA les
mostraron credenciales falsas y pistolas verdaderas y los secuestraron.  Los
agentes armadas los pusieron en dos autos con las puertas traseras cerradas
y los llevaron sin detenerse, salvo para ir al baño, hasta la frontera con
EE.UU.  Una vez allí, autoridades de Inmigración de EE.UU., que los
esperaban, aceptaron a los seis y les dijeron que se fueran a casa.

Estos pocos ejemplos, tomados de miles, constituyen una interferencia ilegal
en el comportamiento rutinario comercial y de viajes entre Cuba y México. No
hubiera podido hacerse sin la complicidad activa del gobierno mexicano. En
su larga dominación de 71 años, el Partido PRI se aferró al mito de que
representaba el espíritu de la revolución de 1910 que buscó derrocar a la
corrupta camarilla dominante.  En realidad, como demuestran los nuevos
documentos, a Washington le fue relativamente fácil sobornar e intimidar a
los altos funcionarios mexicanos.

Actualmente México ocupa un asiento estratégico como uno de los 10 miembros
no permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU.  Una vez más,
funcionarios de EE.UU. vuelven a las exitosas tácticas del pasado: sobornos
e intimidación.  Hasta enviaron a Henry Kissinger, un intimidador de clase
mundial, para que advirtiera a México de las consecuencias de oponerse a la
posición de guerra de EE.UU.

Pero las condiciones han cambiado.  Los votantes mexicanos terminaron en el
2000 con siete décadas de dominación del PRI al escoger a Vicente Fox del
partido PAN como su nuevo presidente.  A medida que México se ha
democratizado durante años, la opinión pública ahora tiene cierto peso.  Fox
no ha cumplido sus promesas.  Es más, ha vacilado y ha dado marcha atrás en
compromisos claves, como obtener un tratado con Washington para legalizar a
más de tres millones de mexicanos que viven en Estados Unidos.  Él ha
descubierto que a pesar de su servilismo Washington no ha cedido en lo más
mínimo.

En el mundo mexicano de la caricatura política, Fox se ha ganado una nariz
color castaño debido a su costumbre de besar nalgas.  Ahora el delegado
mexicano a la ONU debe votar en el Consejo de Seguridad a favor o en contra
de Estados Unidos.  Washington, como siempre, dice: ¡”Voten con nosotros o
ya saben!”  Las encuestas mexicanas de opinión pública muestran que 90% o
más de la población adulta se opone a la política estadounidense de guerra
contra Irak.

A diferencia de los años 60, cuando Johnson permitió a México mantener su
fachada de independencia, las políticas de EE.UU. en el 2003 no permiten ni
siquiera una delgada capa de apariencia de desobediencia.  En su búsqueda
incesante de la guerra con Irak, Bush le exige al Presidente Fox y a los
otros jefes de estado de los países miembros del Consejo de Seguridad de la
ONU que traicionen los deseos de su propio pueblo, que se han manifestado
decisivamente en contra de la guerra.  Al igual que algunos de sus
predecesores, Bush no piensa dos veces acerca de alterar el destino de
millones de personas en el mundo.  Se tomó en serio el sentimiento posterior
al 11/9.  Comprendió lo que significaba cuando los franceses dijeron: “Todos
somos estadounidenses”,  Ahora él ha agregado a esa declaración:  “Ya que
admiten que son estadounidenses, ¡procuren hacer lo que les digo!”


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Saul Landau da clases en la Universidad Cal Poly Pomona y es miembro del
Instituto para Estudios de Política.