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Asunto:[UNION_GLOBAL_DE_LUZ] Los Petalos del Alma (30-Final)
Fecha:Sabado, 30 de Noviembre, 2002  16:36:08 (-0300)
Autor:Juan Angel Moliterni <claridad @.........ar>

BOLETIN

CENTRO ESCUELA CLARIDAD
Centro de Educación para el Crecimiento y Transformación del Ser Humano

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LOS PETALOS DEL ALMA

Línea tras línea, precepto tras precepto, haga cuanto sepa hacer; el resto le será dado.

Lección 12
 
Amor

 

La manifestación del amor

 

¿Cómo puede la entidad, con el conocimiento de las ac­tividades de su propio ser en la tierra, a través de sus múlti­ples experiencias, aplicarse para ser más y más consciente de su propia unidad, para ser consciente de que aplica correcta­mente la ley del amor en su experiencia?

 

“Tal como Él nos enseñó: «Haced cuanto esté en vuestra mano, el resto se os dará por añadidura» No se vanaglorie, ni sobreestime, sólo diga: «Aquí estoy, Señor, haced de mí Vuestra voluntad. Permitidme que hoy sea un canal de ben­diciones para alguien. Que Vuestro amor, gloria y unidad se manifiesten no sólo en mi experiencia sino también en aque­llos con los que me relaciono cada día»”.

 

Puesto que el Gran Mandamiento nos recuerda la impor­tancia de amar a Dios con el corazón, la mente y el alma, debemos averiguar cómo podemos materializarlo en nuestro quehacer cotidiano. La respuesta es muy sencilla: a través de la oración, la meditación y la práctica. En efecto, orar y me­ditar son dos instrumentos imprescindibles para aprender a amar. Es más, a través de la meditación podemos experimen­tar el verdadero amor de Dios ya que el equilibrio mental nos proporciona una mayor conciencia del modelo divino al que todos aspiramos. En esencia, el modelo de la conciencia de Cristo y el amor son una y la misma cosa.

 

“Que dicha conciencia esté en usted como lo estaba en Cristo. No a través del yo, sino de los demás conocerá el amor de Dios. Así pues, que su vida sea la manifestación de dicho amor”.

 

Puesto que Dios es amor, el amor es también eterno. Cuando tenemos un amigo o un amante, el amor que senti­mos hacia esa persona no disminuye aunque conozcamos nuevos amigos. De la misma forma que amamos incondicio­nalmente a una sola persona, debemos también amar a todos nuestros semejantes, incluso a nuestro peor “enemigo” y a aquellos que no nos aman.

 

“Aquel para quien lo más preciado del amor es entregar­se desinteresada e incondicionalmente, sin esperar nada a cambio, abrirá su corazón hasta alcanzar la plena compren­sión de su yo”.

 

En las Escrituras, Jesús enfatiza la importancia de amar a los demás. De hecho, fue Él quien nos dio un “manda­miento nuevo” (Jn 13,34) que reza: “Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros”. Este amor es comple­tamente altruista. Cuando somos capaces de amar desinte­resadamente a otra persona, la relación que mantenemos con ella, así como la relación de dicha persona con Dios, se antepone a la relación que pueda tener con nosotros. Se trata de un tipo de amor incondicional, un amor que no espera recibir nada a cambio. Escuchar atentamente a una persona que nos necesita es un buen ejemplo de amor incondicional. Si somos capaces de concentrar toda nues­tra atención en sus palabras, actuamos como un canal de amor hacia ella.

 

Para la gran mayoría, una de las lecciones más difíciles es aprender a amarnos a nosotros mismos. Aunque el amor a los demás es crucial en nuestra vida, sólo podremos amarles si equilibramos nuestra propia autoestima. De hecho, cuando deseemos saber cómo mejorar nuestra relación personal con alguien en concreto, en primer lugar, debemos amarnos y conocernos a nosotros mismos. Aunque a priori nos pueda resultar difícil, debemos luchar por recordar que en nuestro interior todos albergamos el potencial de ser un canal del amor de Dios.

 

“Por lo que a su componente físico se refiere, el yo crece lentamente porque somos humanos, porque somos finitos; porque nuestra paciencia, nuestro amor, nuestra esperanza, nuestros temores, nuestros deseos, tienen un principio y un fin. Sin embargo, cuando las circunstancias nos son adversas, tal y como Él nos dijo, no podemos caminar solos y, por ello, nos ha prometido en la conciencia de Cristo darnos fuerza y hacer que nuestra vida sea más rica”.

 

Si deseamos avanzar por el camino que conduce a la heren­cia de nuestro destino, debemos empezar a amarnos (y a amar a los demás) de la misma forma que somos amados por Dios.

 

“Porque, si Dios condenara, ¿qué posibilidades tendría el hombre de encontrar el camino de regreso a Él? Así, cada individuo debe obrar con los demás de la misma forma que su Hermano, el Cristo, su Dios, el Padre, obra en Él y, por tanto, aplicar siempre su consejo: «Perdonadme, ¡Oh Dios!, como yo perdono a los demás. Descubrid mis faltas, ¡Oh Dios!, como yo descubro las faltas de mi hermano». Así, el hombre debe potenciar más el amor incondicional hacia los demás y conservar su fe. Porque el yo tan sólo puede sembrar la semilla de la verdad si antepone las necesidades de los demás a las suyas propias. Al igual que los hijos de Israel fueron conducidos a la Tierra Prometida por el amor que pro­fesaron al Padre, también nosotros encontraremos el camino de regreso a Él si amamos incondicionalmente a los demás”.

 

 

Conclusión

 

“Porque hay ocasiones en las que debemos poner todo nuestro empeño en preservar la universalidad del amor tal como fue y es anunciado por aquellos que buscan el camino en Él, que es la luz del mundo”.

 

El amor de Dios no tiene límites. Al igual que el sol irra­dia su luz y calor a todos y a todo sin prejuicio o condición alguna, el amor de Dios envuelve a todo el mundo por igual. El Creador ama incondicionalmente lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, a quienes tienen fe y a quienes la han per­dido, a quienes odian y a quienes aman. El amor de Dios está presente en cualquier circunstancia y actividad, su presencia abarca toda la Creación. Amar al Señor, nuestro Dios con todo nuestro corazón, nuestra mente, nuestro cuerpo y amar al prójimo como a nosotros mismos es la ley global de Dios, el propósito de nuestro ser en la tierra.

 

“El propósito de vivir esta experiencia es glorificar dicha conciencia, la conciencia de Su presencia, de Su Espíritu entre nosotros. Así pues, manifiéstese de igual modo, de modo que ame a los demás día a día como Él le ama a usted”.

 

“Recuerde la ley. Poca es la cantidad de levadura que hace fermentar toda la masa. Avance, pues, poco a poco, línea tras línea, precepto tras precepto. No es que el hombre desconoz­ca o no sea consciente de las actividades necesarias para que en la vida de cada individuo se celebre diariamente el día del Señor, pero es necesario recordárselo continuamente. Todos somos hijos de Dios y todos buscamos nuestro camino. Sin embargo, como a veces nos alejamos de él, necesitamos que nos recuerden que debemos amarnos los unos a los otros tal y como Dios nos amó. Porque, aunque nuestra voluntad sea débil, si abrimos nuestro corazón, nuestros ojos y nuestra mente al amor incondicional del Padre, los hijos del hombre serán dignos de llamarse hijos de Dios”.

 

El amor no es contemplativo, sino conciencia vivida. El amor divino es el amor en su máxima expresión. El amor es un estado de conciencia que permite a Dios obrar a través de nosotros. El amor no es posesivo o condicional. El amor nun­ca es celoso o inseguro. El amor se guía por la conciencia de la unidad porque la impronta del Creador se halla en todo el universo.

 

Al margen de quienes seamos, en última instancia, nues­tra herencia común es cumplir plenamente el propósito para el que fuimos creados. Todos poseemos la capacidad de ser un canal desinteresado de la actividad de Dios en la tierra. Sólo de esta forma cooperamos con las Fuerzas Creativas. Hemos olvidado nuestra relación con lo divino, sin embargo somos hijos de Dios cuya responsabilidad no es otra que hacer que la tierra participe de Su espíritu. Conocer realmente nuestro ser de la misma forma que Dios nos conoce, requiere equili­brio y práctica.

 

Lo mejor que podemos hacer para vivir el amor incondi­cional es elegir la motivación apropiada, un ideal que enca­mine nuestra vida y dejar que la mente de Cristo se manifieste en nosotros. La rectitud de nuestro pensamiento y nuestras obras cultivará y potenciará la fe en lo más profundo de nues­tro ser. Gradualmente, a medida que nuestra fe aumente, aumentará también nuestra capacidad de ser un canal del espíritu. Nuestra vida será más virtuosa y nuestra compren­sión más amplia si somos capaces de expresar plenamente nuestra unidad interior.

 

Toda alma comparte este mismo modelo de unidad que aguarda hallar su expresión. A través de la amistad logramos la plena conciencia de nuestra relación con los demás y nues­tra unión con Dios; siendo pacientes, mayor posesión de la capacidad del alma que favorece que el amor, las leyes y la presencia de Dios fluyan en nuestra vida y se manifiesten en la tierra.

 

Allá donde nos hallemos, la conciencia de Cristo aguarda frente a la puerta de nuestra conciencia presente. Este modelo despertará en nosotros la conciencia de que nos hallamos siempre ante su eterna presencia. Todo cuanto te­nemos que hacer para expresar el espíritu de Cristo es supe­rar las cruces que se interponen entre nosotros y el conoci­miento de dicha conciencia. Él siempre guiará nuestros pasos. Puesto que Dios es inmanente a todo cuanto es y exis­te, todo cuanto existe es Dios. Nuestra entrega desinteresa­da favorecerá el cultivo de la conciencia de esta unidad divina y su manifestación. En última instancia, dicha con­ciencia y su expresión es el mayor regalo que Dios nos brin­da, Su amor.

“Aquel que tenga fe recibirá una corona de luz. Y Su nom­bre estará por encima de cualquier nombre; porque usted, que ha visto la luz, sabe en quien cree y sabe que en su propio cuerpo y en su propia mente se halla el templo del Dios vi­viente; sabe que si se entrega a los demás será un río de luz, una fuente de conocimiento, poseerá la fortaleza de las mon­tañas, será el alimento de los hambrientos, el reposo del aba­tido, la fuerza del débil. Así pues, conserve siempre la fe”.

 

Somos compañeros y coautores con Dios. De ahora en adelante manifestemos el amor que el Creador nos brinda permitiendo que dicho amor fluya y se extienda por todo el mundo. Y así, día tras día, mientras cumplimos Su voluntad, ser un canal de Sus bendiciones para los demás, seremos, por fin, dignos de ser llamados hijos de Dios.

 

“El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidio­so, no es jactancioso, no se engríe; es decoroso; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. [...] Ahora subsisten la fe, la esperanza y el amor, estas tres. Pero la mayor de todos ellas es el amor. (1 Co 13,4‑7 y 13).


En Gratitud, Unidad, Orden, Luz y Amor...

¡Bendiciones Infinitas en todos los planos!

Juan Angel Moliterni
Filosofo y Astrólogo Humanista Dhármico

e-mail: claridad@arnet.com.ar