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Asunto:[UNION_GLOBAL_DE_LUZ] La Estrella de Belen, Un Hecho Mistico
Fecha:Viernes, 13 de Diciembre, 2002  14:48:12 (-0300)
Autor:Juan A. Moliterni <juan33 @.................com>

BOLETIN

CENTRO ESCUELA CLARIDAD
Centro de Educación para el Crecimiento y Transformación del Ser Humano

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LA ESTRELLA DE BELEN

UN HECHO MISTICO

Autor: Max Heindel

 

Hace más de 2000 años que nació en la Palestina un niño. Los niños nacen todos los días, todos los meses, de un año a otro, en toda la superficie del mundo, pero ese nacimiento era algo muy diferente de todos los demás. Fue un nacimiento que tuvo lugar entre una gran manifestación espiritual. Los coros angélicos fueron los heraldos del Pacificador, que hizo al hombre el más inestimable de todos los dones: Paz en la Tierra y Buena Voluntad entre los hombres. ¡Y cuán necesitados estaban de ella! Los Reyes Magos vinieron y lo adoraron, depositando sus presentes ante la cuna del niño, y el tiempo fue pasando. El niño creció, se hizo hombre, y dijo: “Yo no vengo a traer la Paz, sino una espada”, cosa muy diferente de lo que dijeron los heraldos angélicos que lo proclamaban el pacificador; muy distinta carrera fue la que él mismo se trazó de la que cantaron los ángeles en la noche santa. Y la historia demuestra que su profecía se cumplió...

 

Recordaremos que en cierto tiempo estábamos en el Sol; es decir, que aun en este Período Terrestre, cuando venimos a vivir aquí la última vez, nos encontrábamos en la materia en fusión central, y estuvimos allí hasta lo que se llama la Época Hiperbórea. En ella nos fuimos cristalizando hasta que no pudimos responder a las elevadas vibraciones de los otros seres solares, los Arcángeles actuales. Éstos pueden progresar en las vibraciones solares, pero nosotros no; por lo tanto cristalizamos una parte de la materia en fusión para nosotros, y fuimos arrojados del Sol. Entonces, cuando nos distanciamos lo necesario del Sol nos cristalizamos de nuevo y por último la Tierra arrojó esa parte que ahora conocemos como la Luna. Esos seres que están actualmente en la Luna se habían cristalizado demasiado; estaban tras nosotros, y por lo tanto hubo que arrojarlos. De esas dos fuentes vienen dos clases de vibraciones: las espirituales, del Sol y las tendencias endurecientes de la Luna. El equilibrio entre ambas vibraciones nos permite mantener unidos nuestros cuerpos. En ese tiempo el hombre era perfectamente inconsciente. Sus ojos no se habían abierto todavía. Y empleaba su fuerza para formar órganos internos. Entonces la Tierra se cristalizó más y más, hasta que a mediados de la Época Atlante, el Ego se hizo humano y el hombre poseyó todos los vehículos que ahora tiene. Entonces hízose consciente del mundo, si bien estaba muy distante del estado en que ahora se encuentra. Cuando la conciencia se despertó comenzó a trabajar como la levadura en la masa. Desde que estuvimos en la Atlántida y se abrieron completamente nuestros ojos, desde que la atmósfera se aclaró y vimos por vez primera las cosas en torno nuestro con claridad, desde entonces hemos estado obrando en la Tierra, en los materiales de nuestros cuerpos como obra la levadura en el pan. Y así hemos iluminado muchas condiciones y estamos continuamente iluminándolas.

 

En la Lemuria el hombre tenía los tres cuerpos inferiores; el de deseos, el vital y el denso. Fuera de ellos flotaba el Espíritu. En ese tiempo la Tierra se encontraba en un estado ígneo. Había algunas masas sólidas o costras y en torno de ellas estaban las aguas hirvientes y las erupciones volcánicas eran sumamente frecuentes. El hombre disponía entonces de pulmones semejantes a tubos. Tenía una vejiga como la que hoy tienen los peces, con la que podía levantarse y saltar por encima de grandes hendiduras. Conforme la Tierra se fue condensando, la neblina ardiente de la Lemuria condensose en una neblina muy densa en la primera parte de la Época Atlante. Entonces aquellos tubos se transformaron en una especie de agallas, y el hombre respiraba análogamente a los peces. Esto puede verse hoy en el desarrollo embriológico, en el que el hombre pasa por los mismos estados que atravesó en aquel tiempo. El embrión flota en el fluido amniótico y tiene esas agallas, como las que el hombre tuvo en la primera parte de la Época Atlante. De esta manera respiraba en la acuosa y densa atmósfera de la Atlántida pero gradualmente aquella atmósfera se fue clarificando más y más y el hombre comenzó a respirar en la misma forma que ahora.

 

En el primer tercio de la Atlántida había una gran hermandad; la separación en naciones no había comenzado todavía. La humanidad era una fraternidad universal, y cuando se efectúa el rito del bautismo, que nos convierte en miembros de una congregación santa, como debiera ser la de la iglesia, una comunidad que debería ser el núcleo de una gran fraternidad universal, ese rito de consagración por el agua es un recuerdo de aquel tiempo, cuando el hombre era inocente y amable en verdad, pues no había mal alguno en él, de aquel tiempo en el que vivía en la atmósfera acuosa y densa de la primitiva Atlántida.

 

En el segundo tercio de la Atlántida todo eso cambió. El hombre comenzó a separarse en comunidades, porque la atmósfera se iba aclarando un tanto y comenzaba a respirar por los pulmones. El Ego humano era muy débil y necesitaba que alguien lo ayudara. Por lo tanto, Jehová, el más elevado iniciado del Período Lunar, el regente de los ángeles y arcángeles que trabajaron con el hombre, sopló en las fosas nasales del hombre su aliento y le dio pulmones, y además el Espíritu de Raza que está en el aire para dominar las tendencias endurecedoras del cuerpo de deseos, ayudándolo así a ponerlo bajo su dominio.

 

El cuerpo de deseos tiene control sobre los músculos voluntarios; todo movimiento que hacemos es producido por el deseo, destruyendo cada esfuerzo tejidos orgánicos, y endureciendo más y más cada partícula de los mismos. Por otra parte, Jehová trató de ayudar a la humanidad fuera de su cuerpo denso por medio de la ley. Las religiones de raza están todas basadas en la ley: “Yo soy un Dios celoso y si cumplís mis mandamientos yo os bendeciré y os multiplicaré como las arenas del mar”, decía el Dios de Raza, “pero si no me obedecéis haré que vengan vuestros enemigos y ellos ganarán la victoria sobre vosotros”.

 

Jehová es el regente de todas las razas y religiones. Dio a cada una de las razas un Arcángel para que fuera su regente, su príncipe especial. En Daniel 12-1 se dice que Miguel es el príncipe de los judíos y en el capítulo décimo otro Espíritu de Raza dice: “Voy a luchar contra el Príncipe de Persia y el Príncipe de Grecia subirá”. En esa forma trabajaron los Espíritus de Raza con el hombre, castigándolo por medio de otros pueblos, y dándoles premios o castigos según sus obras. El temor de Dios y el deseo de recompensa material se contrapuso a los deseos de la carne y por consiguiente esas religiones de raza de Jehová son conducentes a la formación del espíritu nacional. Subyugaron o más bien descuidaron al individuo para la salvación de la nación. Los intereses del individuo tenían que supeditarse a los de la nación. El judío no pensaba de sí mismo que era Salomón Levi, sino que su primera idea era que él era la simiente de Abraham. Si sus pensamientos llegaban más allá de eso, se identificaba con su tribu, y por último pensaba de sí mismo que era un individuo. El Espíritu de Raza cuidaba particularmente de ciertas clases de personas, por ejemplo de los Levitas, entre los judíos, quienes estaban destinados especialmente al sacerdocio y a los que se reunía en torno de los templos donde se les apareaba o cruzaba especialmente para que fueran los precursores o instructores de sus hermanos. Su método de generación y regulación de la fuerza sexual producía una desconexión entre los cuerpos vital y denso, necesaria para que la iniciación pudiera tener lugar, ayudando así al hombre a progresar. Mientras el Espíritu de Raza trabaje con nosotros estamos bajo la ley, estamos sólo sobreponiéndonos a las influencias del cuerpo de deseos, y bien dice San Pablo que la ley fue hasta la venida de Cristo. No hasta que Cristo vino hace 2000 años, sino “hasta que Cristo se forme en vosotros”, cuando nos liberemos de las cadenas de nuestro cuerpo de deseos y vivamos las vibraciones de nuestro cuerpo vital al quedar imbuidos por el espíritu de Cristo. Entonces, únicamente entonces, nos elevaremos sobre el principio nacional separatista. Entonces seremos también capaces de ser hermanos unos de otros. Ahora vemos por qué Cristo decía tan enfáticamente Antes que Abraham fuera, Yo soy. El Ego era antes que la nación y debe exaltarse por encima de ella. Con ese fin vino Cristo, pues mientras existan las naciones no puede haber fraternidad. Si tenemos cierto número de casas hechas de ladrillos no podremos hacer un solo gran edificio hasta deshacer aquellas. Cuando todos los ladrillos han sido separados entonces podemos empezar a edificar. Cuando todas las naciones háyanse dividido en individuos, podemos comenzar a formar la gran Fraternidad Universal humana.

 

Esa es la razón por que fracasaron las religiones de raza, porque separaron al hombre en grupos antagónicos. Así que las religiones de raza han de quedar derogadas. Nada podemos hacer con las naciones  sino con el individuo separado. De ahí las guerras y las revoluciones, en las que el hombre se ha rebelado contra los reyes y señores instituyendo las repúblicas. Pero esto no es suficiente. Es necesario que seamos individualmente libres; es necesario que cada hombre sea una ley en sí mismo, y ahí es donde está el gran peligro. No podemos ser leyes en nosotros mismos, no podemos ser libres, hasta que hayamos aprendido a respetar los derechos de todos los demás.

 

De modo que bajo las religiones de raza el hombre desenvolviose por la obediencia a la ley. Bajo el régimen de Cristo que debe venir, el hombre sobrepasará a la ley, convirtiéndose en una ley él mismo. Como dice Goethe:

 

“De todos los poderes que encadenan al mundo Se libertará el hombre cuando se domine a sí mismo”.

 

Eso es la meta, el dominio propio, que todos tienen que adquirir, antes de que estén preparados para ser leyes en sí mismos –para sobrepasar a la ley- porque nadie a no ser el hombre indisciplinado, que se denomina a sí mismo anarquista, imaginaría mejorar las cosas por el sólo hecho de tener el poder de matar a los demás. Por esos medios solo conseguiríamos poner las cosas muchísimo peor que antes. El verdadero anarquista, el que busca en verdad la abolición de la ley, es el que vive la verdadera vida, la vida de pureza. Obedeciendo a todas las leyes se levanta por encima de ellas. Nosotros, por ejemplo, hemos sobrepasado a la ley contra el robo. Para nosotros, no es necesaria esa ley, pero para otros que no se han elevado aún tanto, es aún indispensable. No deseamos hurtar, y de ahí que no necesitemos la ley que dice “no robarás”. De esta suerte se eleva el hombre sobre todas las leyes. Entonces, únicamente entonces, puede convertirse en una ley en sí mismo. En el reino de Cristo el hombre obrará bajo la dirección del amor, y el “amor perfecto desterrará al miedo”.

 

Las religiones de raza obligaron al hombre a hacer el bien por temor, pero la religión de Cristo obligará al hombre por amor. Entonces no podrá hacer más que el bien. Todas las religiones de raza sin excepción mencionan al que debe venir. La religión egipcia indica a Osiris, el brillante Sol Espiritual; la persa indica a Mithra; y la babilónica a Tammuz. Todas esperaban al que debía venir a liberar la Tierra. Eso mismo se encuentra hasta en la mitología escandinava. Vemos que los antiguos escandinavos indicaban el “Crepúsculo de los Dioses”, para cuando pereciera, el régimen actual, y entonces vendría del Sur, Muspelheim, de la región del calor, el brillante Espíritu Solar, que haría un nuevo cielo y una nueva tierra. Y así en todas las religiones, hasta la religión cristiana está mirando a ese Sol Espiritual.

 

En cierto tiempo se empleaba en el ritual de la Iglesia Católica la frase “Nuestro Señor el Sol”. Del Sol visible vienen todas las energías físicas. Y del Sol invisible, espirituales, vienen todas las energías espirituales. Actualmente no podemos mirar directamente al Sol. Nos cegaría. Pero podemos contemplar la luz solar reflejada en la Luna. De la misma manera el hombre no puede soportar las influencias o impulsos espirituales directos del Sol y por lo tanto tiene que recibirlas por medio de la Luna, a través de las manos y de la mediumnidad de Jehová, el Regente de la Luna. Ese es el origen de las religiones de raza. Posteriormente llegó el momento en el que el hombre podía recibir los impulsos espirituales más directamente, y Cristo, el actual Espíritu Terrestre, vino para preparar el camino.

 

La diferencia entre el Cristo Terrestre y el Cristo Cósmico se verá mejor por medio de una ilustración. Imaginémonos una lámpara colocada en el centro de una esfera hueca de metal pulido. La lámpara exteriorizará rayos en todas direcciones y reflejará otras lámparas en todos los puntos de la esfera. Así sucede con el Cristo Cósmico –el iniciado más alto del Período Solar, envía sus radiaciones. El está en el Sol Espiritual, El Sol es triple. Nosotros vemos el exterior, el sol físico. Detrás de ese, oculto en él está el Sol Espiritual de donde vienen los impulsos del Espíritu Cristo Cósmico. Fuera de esos dos está lo que llamamos Vulcano, que sólo puede verse como medio globo. En ocultismo decimos que ese es el cuerpo del Padre. Allí está el Padre, esto es, el Espíritu de Vulcano. Cristo es el Espíritu del Sol y Jehová el Espíritu de la Luna, quien nos envía la luz física y espiritual reflejadas.

 

Antes del advenimiento de Cristo todos los impulsos espirituales llegaban al hombre por intermedio de la Luna, como religiones de las razas. Únicamente mediante la iniciación era posible ponerse en contacto directo con los impulsos espirituales. El velo estaba ante el templo. Cuando llegó el momento en que el Cristo podía entrar en la Tierra, cuando nos habíamos elevado suficientemente, entonces un rayo del Cristo Cósmico vino aquí, y se encarnó aquí también en el cuerpo de nuestro Hermano Mayor Jesús. Después que el sacrificio del Gólgota se completó, después de la muerte de ese cuerpo que Él había ocupado, entró en la Tierra. Tomemos sus propias palabras. De ninguna otra manera podemos explicarnos su dicho “Este es mi cuerpo”. Y mostró el pan, pues el Espíritu de la Tierra es quien produce ese pan. “Esta es mi sangre”. En San Juan 13-18 del Nuevo Testamento se dice: “El que come mi pan me desprecia”. Lutero, que lo tradujo al alemán, y que no se encontraba embarazado por ninguna de las restricciones que tenían los traductores de la Biblia de la versión denominada King James (Rey Jaime), puso: “Aquél que come mi pan marcha sobre mí”. Nosotros marchamos, a cada paso tomamos el Espíritu de la Tierra y consumimos su cuerpo y su sangre y El está esperando el día de la redención, cuando nos hayamos liberado tanto de nuestras condiciones materiales que sea posible para el Espíritu de la Tierra el liberarse de su actual existencia densa y abrumadora. Así que el Espíritu Cristo fue el primer impulso espiritual directo.

 

Hemos hablado de los diferentes movimientos de los planetas y de sus diversas influencias en cada momento del año. Sabemos que cuando el Espíritu Solar está en las regiones boreales, cuando el Sol está en el solsticio de verano. Entonces todos los influjos físicos caen sobre la Tierra. Obtenemos entonces todo lo bueno que hay en el Sol físicamente; entonces es cuando los granos y la uva maduran, y cuando todo se produce en el Mundo Físico. Durante ese intervalo los impulsos espirituales se amortiguan; pero cuando el Sol pasa al solsticio de invierno, en diciembre, el impulso espiritual es intensísimo, siendo mucho más fuerte de noche que de día. Hubo un tiempo en el que las iglesias permanecían abiertas toda la noche y se cerraban a mediodía, porque se sabía que entonces era la hora de mayor oscuridad, por lo menos en lo que concierne a las influencias espirituales. Sin embargo, al recordar estas cosas, podemos ver que cuando los días son más cortos y las noches más largas, en la Noche Santa por ejemplo, cuando nació Cristo, como Sol que ilumina nuestras tinieblas, esas influencias espirituales son intensísimas y son más fácilmente asequibles. Fue esta gran verdad la de la Estrella que lució en la noche sagrada, iluminando la noche más oscura y larga del año.

 

Cuando Parsifal partió con Gurnemanz al Castillo del Grial, preguntó el primero al segundo:

 

“¿Quién es el Grial?”

“No te lo diré, pero si por él has sido conducido verdad no quedará velada ante ti. El que lo busca solo conseguirá apartarse del camino, Salvo que el mismo sea su Guía”.

 

Eso significa que los tiempos antiguos anteriores a la venida de Cristo, sólo los elegidos podían seguir el sendero de la iniciación. Nadie podía buscar ese sendero –nadie podía ir más allá del punto en el que se encontraba el resto de la humanidad-, salvo los pocos elegidos, como los sacerdotes y los Levitas. A éstos se los llevaba a los templos, juntándolos allí. Se casaban unos con otros de cierta manera, y la procreación se llevaba a cabo con un propósito de desconexión entre los cuerpos vital y denso, cosa que es necesaria para la iniciación. Y tenía lugar una separación que permitía la salida de dos éteres, y la permanencia de los otros dos. Eso no se podía hacer con la humanidad ordinaria. Estaba todavía demasiado limitada por el cuerpo de deseos, y tenían que esperar otros tiempos futuros. Hasta con los agrupados en los templos era muy peligroso trabajar con ellos para liberarnos. Esto podía efectuarse con más facilidad en determinados momentos, y la noche más larga del  año era uno de ellos. Cuando el mayor impulso espiritual llegaba aquí se presentaba la mejor oportunidad para ponerse en contacto con él, oportunidad que no volvía a presentarse tan buena en todo el resto del año. Así que en la Noche Santa, que llamamos Navidad, era corriente que los sabios que estaban muy por encima de la humanidad, llevaran a los que estaban convirtiéndose también en sabios a los templos para iniciarlos. Se realizaban entonces ciertas ceremonias y los candidatos quedaban sumidos en un trance. No se podía iniciarlos entonces en plena conciencia de vigilia, y por eso se los ponía en trance. Cuando la percepción espiritual se despertaba en ellos podían mirar a través de la Tierra, no para ver los detalles, sino que la Tierra tornábase transparente por decirlo así, y entonces veían la Estrella de la Media Noche, el Sol Espiritual.

 

Antes de la venida de Cristo, la Tierra era trabajada desde afuera, en la misma forma en que el Espíritu-Grupo obra sobre los animales. Cristo vino para trabajar desde adentro. Anteriormente cuando se ponía a los neófitos en contacto con él, lo podían ver en esa Sagrada Noche, como la Estrella del Cristo, justamente cuando la Virgen Inmaculada estaba sobre el horizonte oriental, y el pequeño Sol infante del año venidero estaba dirigiéndose hacia el hemisferio Norte para salvarnos de la oscuridad, del hambre y de las necesidades que se producirían si no viniera. Entonces esos sabios podían ver la Estrella de la Noche Santa, que es la esperanza espiritual del hombre así como el Sol físico que nacía entonces era el salvador material.

 

No vaya a creerse que sólo brilló entonces pues es más fácil ahora que entonces el verla, porque cuando vino Cristo alteró las vibraciones de la Tierra, y las ha seguido cambiando desde ese momento. Él  “rompió” el velo del Templo y puso el Sanctorum –el sitio de iniciación- al alcance de “todo el que quiera”. Desde aquel momento ya no es más necesario el trance ni los estados subjetivos para pasar la iniciación. Se va conscientemente al Templo, y puede ir todo el que quiera. A su debido tiempo esa religión que Él nos trajo acabará con todas las tristezas, y enjugará las lágrimas de todos los ojos. Donde haya habido guerra habrá paz, y con la misma seguridad y certeza como que cuando vino trajo la espada que libertaría al hombre del espíritu nacional y lo convertiría en un individuo capaz de ser hermano de todos los hombres, así también se efectuará esa otra obra, y se realizará su gloriosa profecía de que el hombre transformará sus espadas en arados y sus lanzas en podaderas.

 

Nos queda algo más que considerar: los presentes que trajeron los Reyes Magos sabios, dejándolos a los pies del Salvador, según nos cuenta la antigua leyenda, que dice que uno trajo oro, otro mirra y el tercero incienso. El oro se ha dicho siempre que simboliza el Espíritu. El Espíritu se encuentra simbolizado así por ejemplo en el Anillo de los Nibelungos. En la primer escena vemos a Rheingold. El río Rin (Rhein), se toma como emblema del agua, y allí se ve el oro brillando en las rocas, simbolizando el Espíritu universal en su perfecta pureza. Más tarde es robado y convertido en un anillo por Alberich, quien representa a la humanidad del medioevo Atlante, cuando el Espíritu había entrado en ella. Entonces el oro se perdió y fue la causa de todas las tristezas de la Tierra. Más tarde oímos hablar de los alquimistas que trataban de convertir los metales inferiores en oro; o sea una forma espiritual de decir que trataban de purificar su cuerpo denso, refinarlo y extraer de él la esencia espiritual. Por lo tanto el don de uno de los sabios es el Espíritu. El otro trae mirra.

 

La mirra es el extracto de una planta aromática que crece en la Arabia, una planta rarísima. Por consiguiente simboliza lo que el hombre extrae cuando se purifica. Cuando ha limpiado su sangre de toda pasión se hace análogo a la planta, casto y puro. Se convirtió en una planta invertida antes de hacerse puro como ella, lo que está simbolizado por la Rosa Cruz, por el Alma Diamantina, etc., y entonces su cuerpo es una esencia aromática. Esto es un hecho, no estamos hablando alegóricamente cuando decimos que hay hombres santos, que son tan santos que emiten un aroma de sí. Así se cuenta de algunos santos católicos, y es la verdad. Por lo tanto, la mirra es una alegoría de la esencia anímica que se extrae de las experiencias del cuerpo. Es el alma.

 

El tercer presente fue incienso. El incienso es una sustancia física muy ligera que se usa a menudo en los servicios religiosos, y sirve de vehículo a las influencias invisibles. Se encuentra una ilustración de las propiedades del incienso en la historia de los regicidas servios. El ministro del interior ha publicado sus memorias y menciona una circunstancia curiosa, la de que cada vez

que empleaba cierta clase de incienso para inducir a otros a entrar en la conspiración, siempre lo conseguía; pero cuando no empleaba el incienso, fracasaba. Esto demuestra que en determinadas ocasiones había suministrado –inconscientemente por supuesto- un vehículo a ciertos espíritus que querían ayudar a los conspiradores.

 

Hay pues una clave para los tres dones que ofrecieron los Reyes Magos: el Espíritu, el alma y el cuerpo. Como dijo Cristo, “Si queréis seguirme debéis vender todo cuanto tengáis. No debéis guardar nada para vosotros mismos”. Debéis dar cuerpo, alma y espíritu, todo, a la vida superior; todo por el Cristo. No a un Cristo exterior, sino al Cristo interno. Todos serán guiados a su debido tiempo por la estrella al Cristo. Pero compréndase muy bien esto, que no es a un Cristo exterior, sino al Cristo interno. Como decía Ángelus Silesius:

 

Aunque Cristo renazca mil veces en Belén,

Si en ti mismo no nace tu alma sigue extraviada;

No importa que en el Gólgota contemples levantada

La Cruz, si no es un Gólgota tu corazón también.


En Gratitud, Unidad, Orden, Luz y Amor...

¡Bendiciones Infinitas en todos los planos!

Juan Angel Moliterni
Filosofo y Astrólogo Humanista Dhármico

e-mail: claridad@arnet.com.ar


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