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Asunto:[UNION_GLOBAL_DE_LUZ] ¿EN QUE CONSISTE LA VERDAD?
Fecha:Martes, 4 de Noviembre, 2003  12:52:20 (-0300)
Autor:Escuela Claridad <claridad @.........com>

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¿EN QUE CONSISTE LA VERDAD?

de World Teacher Trust Entresacado de los artículos de H.P. Blavatsky

 

 

Cuando Pilatos preguntó a Jesús: ¿Qué es la Verdad?, éste no respondió. El silencio de Jesús en esta y en otras circunstancias, no ha impedido sin embargo a aquellos que se proclaman actualmente sus discípulos, obrar como si de El hubiesen recibido la Verdad última y absoluta. Ignoran que las palabras de sabiduría que se les ha dado no contienen sino una parte de la Verdad que ha quedado escondida en parábolas oscuras, aunque de incomparable belleza. Con tal sistema, el dogmatismo se ha desenvuelto gradualmente en las iglesias, en las ciencias y por todas partes. Una apariencia de verdad, oscuramente percibida en las regiones de lo abstracto, como la que se deduce de las observaciones y experiencias en el régimen de la materia, ha sido impuesta bajo forma de revelación divina y de datos científicos a la multitud demasiado ocupada para pensar por sí. Pero desde Pilatos hasta nuestros días, la cuestión de saber si un grupo cualquiera de hombres puede poseer la Verdad absoluta, ha quedado siempre en pie; nuestra razón nos dice que ello no es posible. En el mundo finito y condicionado en el que el hombre se encuentra, la Verdad absoluta no existe sobre ningún sujeto; no hay sino verdades relativas sobre las cuales debemos basarnos lo mejor posible.

 

En todos los tiempos ha habido sabios que alcanzaron la Verdad absoluta y que sin embargo no podían enseñar sino verdades relativas, pues en nuestra raza nadie puede dar a otro la Verdad total y final, que cada uno tiene forzosamente que encontrar por sí mismo y en sí mismo. Dos almas no son idénticas y por eso la luz suprema debe ser recibida por ellas mismas y no por intermedio de otra, según su capacidad. El más grande de los Adeptos (Hombres que han alcanzado su mayor desarrollo espiritual) no puede revelar de la Verdad universal sino tanto cuanto de ella es posible asimilar. El Sol es uno, pero sus rayos son innumerables, y su efecto es benéfico o maléfico, según la constitución y la naturaleza de las cosas que los reciben.

 

Cuanto más elevada es nuestra conciencia, más podemos impregnarnos de verdad. Pero la conciencia humana es como la flor: puede girar su faz hacia el lejano luminar, las raíces la mantienen unida al suelo y la mitad de su vida se pasa en la oscuridad. Sin embargo, sobre esta misma tierra, cada uno de nosotros puede alcanzar relativamente el sol de la Verdad y asimilarse los rayos más calientes y más directos, a pesar de la alteración que sufren a través de las partículas físicas del espacio. Hay dos métodos para llegar allí.

 

Sobre el plano físico podemos emplear nuestro polarizador mental, analizar cada rayo y escoger el más puro. Para alcanzar el sol de la Verdad sobre el plano espiritual, debemos trabajar de una manera absolutamente seria. Sabemos que paralizando gradualmente los deseos de nuestra personalidad inferior (voces de nuestra alma puramente fisiológica que depende de su vehículo, el cerebro físico) el hombre animal en nosotros puede dar lugar al Hombre espiritual; en este caso, los sentidos y las percepciones espirituales, una vez puestos en movimiento, se desenvuelven simultáneamente; y es esto lo que los Grandes Adeptos, los Yoguis del Oriente, hacen todavía en la actualidad. Antes de que pueda llegar a ser dueño de una verdad absoluta, el hombre debe conocerse a sí mismo y obtener las percepciones interiores que no engañan jamás.

 

La Verdad absoluta es el símbolo de la Eternidad, y como ningún pensamiento finito comprende lo eterno, ninguna verdad perfecta podría desenvolverse en ese pensamiento finito.

 

Es posible que se diga: “Desde que la comprensión de la Verdad absoluta es tan difícil, contentémonos, pues, con verdades relativas”. Seguramente muchas personas hablarán así; pero aun para aproximarse a la verdad terrestre, la primera cosa necesaria es el amor de la verdad misma, sin lo cual no se conseguirá ninguna cognición. Pero, ¿quién, en nuestro período, ama así la Verdad? ¿Cuántos entre nosotros están prontos a buscarla, a aceptarla y a seguirla, en un medio social donde todo lo que se llama éxito está basado sobre apariencias, no sobre la realidad, sobre convenciones y no sobre un valor intrínseco? No ignoramos los obstáculos que allí se encuentran. La Verdad divina no puede descender sino sobre un Alma imparcial, sin prejuicios, lo que raramente se ve en nuestros países civilizados. En nuestro siglo de vapor y de electricidad el hombre vive con velocidad prodigiosa que le deja apenas el tiempo de reflexionar, y pasa de la cuna a la tumba atado al lecho de tortura de las conveniencias y de los hábitos. El convencionalismo no es otra cosa que el simulacro del sentimiento, y por consecuencia no es la Verdad. Lord Byron decía muy bien que ésta se encontraba a una gran profundidad mientras que en la superficie todo era pesado por la balanza falsa de las costumbres. Aquellos que viven en medio del convencionalismo saben bien que a pesar de su más ardiente deseo, no se atreven a aceptar la verdad por miedo al feroz Moloch llamado Sociedad. Echemos, por todas partes, una mirada alrededor de nosotros: en la sociedad moderna, en la política moderna, en las religiones modernas, y en la vida moderna entera; observad la manera de proceder de todos los centros de civilización en los diversos países, allí donde el hombre blanco ha introducido su llamada civilización, y decid dónde está ese El dorado de felicidad en el que la Verdad es recibida como un huésped honrado, y en el que la mentira y la falsedad son tratadas como enemigas. ¿Podríais nombrarle? “Yo quiero la verdad –gritaba Carlyle– y no la mentira! ¡Que los cielos me aplasten si un país de estupidez celeste es la recompensa de la falsedad! ¿Pero quién, en nuestro siglo, osaría hablar como Carlyle? ¿La mayoría de los hombres no prefieren la pereza y el egoísmo frío, en los que creen encontrar la verdadera jauja? El egoísmo, hijo de la ignorancia, es el resultado de la creencia de que para cada niño nacido es creada una nueva Alma, separada, y distinta del Alma universal. Este egoísmo forma la gran barrera entre el Yo personal y la Verdad; es la madre de todos los vicios; la mentira nace de la necesidad de disimular, y la hipocresía proviene del deseo de enmascarar una mentira. Es el cáncer que crece, roe y destruye todo de nuestra naturaleza. Y ese egoísmo es la sola divinidad que no tiene que temer ser renegada por sus discípulos; reina, por consecuencia, en nuestro mundo de conveniencias, en aquel que llamamos mundo respetable. Pasad revista de arriba abajo a la sociedad: por todas partes el egoísmo y la falsedad están en acción por el yo bien amado; hipocresía y falsedad en cada individuo, hipocresía y falsedad en cada nación.

 

En el primer caso se ha convenido llamarlas virtudes domésticas; en el otro, patriotismo, aspiraciones nacionales. ¿Si el diplomático obtiene por engaño, astucia y mentira, lo que no puede obtener por la fuerza, debemos por esto aplaudirle? No es sino por su habilidad y no según la verdad que este diplomático consigue ventajas para su país, ventajas, por otra parte, que las procura en detrimento de un país vecino. Cada clase de la sociedad está basada sobre una mentira y sin esta mentira caería en ruinas. Las clases elevadas se sirven de ella para ocultar lo que llaman pecadillos y que nosotros llamamos grosera inmoralidad. Las clases medias están saturadas de falsas sonrisas, de falsas palabras. El amo va a misa para engañar a sus sirvientes; el cura predica lo que no cree, se inclina ante su obispo y éste ante su Dios. Los diarios engañan a sus lectores y aun la ciencia ha cesado de presentar los hechos tales como son; los hombres de ciencia prefieren ante todo imponer sus teorías e ideas personales a fin de añadir brillo a su nombre y aumentar su gloria. Un hombre científico es tan energúmeno para combatir testimonios que destruyan las hipótesis científicas del día, como el sacerdote para combatir la geología moderna y para tratar de mentir a la evolución.

 

La mentira está de tal manera arraigada, que nuestra misma cronología nos fuerza a mentir, pues la manera de contar nuestras fechas, sea antes, sea después del Cristo, aceptada por judíos, paganos, cristianos, ateos, gnósticos, etc., es una mentira basada sobre otra mentira. ¿Dónde, pues, podemos encontrar ni la misma verdad relativa? Ya en el siglo de Demócrito aparecía bajo la forma de una diosa acostada en el fondo de un pozo profundo, tan profundo que ella tenía pocas probabilidades de salir de allí.

 

Lo que nosotros, miembros de la Sociedad Teosófica, debemos hacer, es ceñirnos estrictamente a nuestra divisa: ¡No hay religión más elevada que la Verdad! No debemos reconocer como verdad lo que fácilmente es reconocido como mentira en práctica. Sin embargo, aceptemos en nuestro seno miembros de todas las creencias. La Teosofía es el Saber divino y el saber es la verdad; cada hecho verdadero, cada palabra sincera, forma una parte de la Teosofía. Aquel que conoce la Alquimia divina, o aun aquel que no posee sino una percepción aproximativa de la Verdad, reconocerán a ésta en los datos erróneos tan bien como en los datos correctos. Porque la cantidad de oro extraída de un montón de materias inútiles sea pequeña, no es por eso menos preciosa.

 

Algunas veces es tan útil saber lo que una cosa no es, como saber lo que es. Cada filosofía y cada religión, por incompletas y ridículas que sean en apariencia, están basadas sobre un fondo de verdad; nosotros las comparamos, las analizamos y discutimos las enseñanzas que están en ellas contenidas. Tenemos siempre que escoger entre los dioses que se encuentran del otro lado de ese diluvio que ha sumergido las facultades del Pensamiento y el Saber divino, y los dioses de los hábitos y de la mentira social, y ciertamente la Filosofía, que tiende a disminuir los sufrimientos humanos en vez de aumentarlos, tiene que ser la mejor.

 

Para concluir diremos: Fuera de una cierta condición elevada y espiritual del Alma, por la cual el hombre es uno con el Alma universal, él no puede obtener sobre esta Tierra sino verdades relativas de cualquier religión o filosofía que sea; y aun, si la diosa que se encuentra en el fondo del pozo saliese de su prisión, no podría dar al hombre más de lo que él pudiera asimilar. Mientras tanto, cada uno de nosotros puede quedar en las orillas de ese pozo llamado el Saber y mirar en sus profundidades, esperando ver en sus sombrías aguas el reflejo de la imagen de la Verdad. Sin duda el investigador paciente podrá percibir de tiempo en tiempo el vago reflejo de alguna verdad, pero que tenga cuidado, el filósofo no descubrirá allí sino el de su propia forma.

 

Para evitar tal calamidad, trataremos de no promulgar verdades que no sean sino reflexiones de nuestros propios cerebros. Queremos ser liberales y nos oponemos a la santurronería y a la intolerancia que terminan en el sectarismo. Pero dejando la mayor latitud a nuestros adversarios, estos no pueden abrigar la esperanza de encontrar el reflejo de sus figuras en las aguas límpidas de la Filosofía.

 

En lo que concierne a las convicciones profundas y espirituales del verdadero teósofo, éstas no son sometidas a la discusión pública; cada uno conserva este tesoro profundamente encerrado en los pliegues más secretos de su alma. Tales convicciones, tales creencias, no deben ser divulgadas y profanadas por la mano ruda del público indiferente o puramente crítico. Ciertas verdades teosóficas pasan los límites de la especulación y deben, por consiguiente, quedar escondidas a la vista pública, pues la evidencia de las cosas que no son ni vistas, ni entendidas, ni sentidas; no constituye la evidencia sino para aquellos que pueden verlas, entenderlas y sentirlas. Un rayo de la Verdad absoluta no podría reflejarse sino en un espejo puro, hecho de su propia llama y esta llama en nosotros es nuestra conciencia más elevada. “La luz resplandece en las tinieblas, pero las tinieblas de la ilusión no la perciben”.


 

En Gratitud, Unidad, Orden, Luz y Amor...

¡Bendiciones Multiplicadas en todos los planos!

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