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Asunto:[UNION_GLOBAL_DE_LUZ] ¿De dónde viene el mal?
Fecha:Sabado, 22 de Octubre, 2005  10:29:59 (-0300)
Autor:Juan Angel Moliterni <claridad @.........ar>

¿De dónde viene el mal?

 

Un ermitaño vivía en el bosque sin tener miedo de las bestias feroces. E ermitaño y las bestias feroces conversaban juntos y se comprendían. Un día, el ermitaño se estaba tumbado debajo de un árbol; allí mismo se habían reunido, por pasar la noche, un cuervo, una paloma, un ciervo y una serpiente, que se pusieron a disertar sobre el origen del mal en el mundo.

El cuervo decía: 
- El mal viene del hambre. Cuando comes por el hambre que tienes, ensartado arriba de una rama y graznando, todo te parece risueño, bueno y alegre, pero estate sólo dos días en ayunas y no tendrás ni ánimo por mirar la naturaleza; te sientes alterado, no estás bien en ninguna parte, no tienes ni un momento de reposo. Y peor todavía si se te presenta en frente un pedazo de carne te echas encima sin reflexionar. Lo mismo da que te den bastonazos y te tiren piedras, o que te persigan los perros o los lobos, que es cuando se tiene que soltar el pedazo... El hambre en mata a muchos de los nuestros, así... Todo el mal viene del hambre. 

La paloma decía:
- Para mí el mal no viene del hambre. Todo el mal viene del amor. Si viviéramos aislados no tendríamos que padecer tanto; al menos estaríamos solos, para sufrir. Pero vivimos siempre en parejas, y aprecias tanto tu compañera que ya no tienes reposo. Todo el día piensas: "¿Ha comido?" "¿Está bien abrigada?" Y cuando se te aleja un poco te encuentras perdido. No te puedes quitar de la cabeza que el halcón se la ha llevado, o que los hombres la han cogido. Y te pones a buscarla y la pifias tú mismo, también, en las zarpas de un halcón o en las mallas de una red. Y si tu compañera se ha perdido ya no comes, no bebes, no haces más que buscar y llorar... Se mueren muchos, así, entre nosotros. Todo el mal no viene del hambre; viene del amor.

La serpiente decía:
- No, el mal no viene del hambre ni del amor, sino de la maldad. Si viviéramos tranquilos, si no nos buscáramos la desazón, todo iría bien, pero si una cosa no es como nosotros queremos nos alteramos y todo nos hace perder la cabeza. Sólo pensamos en descargar la rabia sobre alguien y, locos, silbamos, nos atornillamos e intentamos morder. Y no tenemos piedad de nadie; morderíamos al padre, a la madre, y el furor acaba por perdernos. Todo el mal viene de la maldad.

El ciervo decía:
- No, no es de la maldad ni del amor ni del hambre, que viene el mal, sino del miedo. Si pudiéramos no tener miedo todo iría bien. Tenemos los pies ligeros, cuando corremos, y somos vigorosos. De un animal pequeño podemos defendernos a golpe de cuernos; de un de grande podemos huir, pero no podemos dejar de tener miedo. Que se oye crujir una rama en el bosque, que se mueve una hoja, y acto seguido tiemblas de miedo y el corazón te empieza a hacer bum-bum, como sí te fuera a saltar del pecho, y te pones a volar como una flecha. Otras veces es una liebre que pasa, un pájaro que mueve las alas o una ramita que cae; te ves perseguido por una bestia feroz y precisamente lo que haces es correr hacia el peligro. Acto seguido, por evitar un perro, caes sobre un cazador; después, lleno de miedo, corres sin saber dónde, das un salto y caes dando volteretas por un precipicio dónde encuentras la muerte. No duermes más que con un ojo, siempre alerta, siempre asustado. No hay tranquilidad: todo el mal viene del miedo.

Entonces dijo el ermitaño:
- No es ni del hambre, ni del amor, ni de la maldad, ni del miedo, que vienen nuestras desgracias. Es de nosotros mismos, que viene el mal, puesto que somos quien engendra el hambre, el amor, la maldad y el miedo.