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Asunto:[UNION_GLOBAL_DE_LUZ] Ver es Ser -Boletin Claridad
Fecha:Viernes, 7 de Abril, 2006  10:43:49 (-0300)
Autor:Juan Angel Moliterni <claridad @.........ar>

Boletin Claridad

 
***Buena Voluntad +++ Buena Intención +++ Buenos Pensamientos +++ Buenas Acciones +++ Buen Vivir***

Centro de Educación para el Crecimiento, Transformación, Desarrollo e Integración Global del Ser Humano

Boletín Digital - Editado y Distribuido por el Centro Escuela Claridad


Ver es Ser en la dimension humana


 

La expresión “no hay dos personas iguales” implica que todos somos observadores diferentes. Como observadores, percibimos lo que sucede a nuestro alrededor y respondemos en consecuencia. Cada ser humano es único porque tiene su propia manera de ver y -así- la forma en que percibe raramente es la misma que para otro.


Por supuesto que observamos muchas cosas en común, ya que esto es lo que nos permite relacionarnos y cooperar. Sin embargo, a menudo tenemos diferentes respuestas frente a iguales circunstancias. Por ejemplo, las diferentes opiniones de amigos al terminar de ver un film, o las diferentes versiones de los testigos frente a un robo, o a un accidente de tránsito.

 

Aquello que observamos será siempre una “interpretación”. La complejidad del mundo, significa que no observamos las cosas que suceden: cada uno -a su manera- elige dónde poner su atención y el significado que desea darle a cada cosa.

 

“Todos somos diferentes observadores del mundo y, continuamente,

generamos y vivimos diferentes interpretaciones”.

 

 

¿Por qué nuestras observaciones (interpretaciones, percepciones) son tan importantes?

 

Simple -y muy profundamente- porque ellas forman los cimientos desde los cuales actuamos para resolver nuestros asuntos, personales y profesionales. La calidad de nuestra vida (cuán positiva -o negativamente- sentimos las cosas), surge de nuestras interpretaciones.

 

En nuestra vida personal y profesional vivimos permanentemente este dilema “¿Cuán bien sirven -nuestras interpretaciones- para mejorar la calidad de vida que deseamos, para nosotros y los demás?”.

 

Permítanos sugerirle un enfoque diferente. Uno que se centra en la manera en que estamos observando, y que está basado en la siguiente premisa:

 

“No conocemos cómo son las cosas,

sólo sabemos cómo las observamos”.

 

 

Cada uno de nosotros tiene su propia perspectiva de las situaciones que vive. Eso es todo lo que tenemos: nuestra perspectiva. Nuestra perspectiva son nuestras “interpretaciones”. Reaccionamos, respondemos y operamos desde nuestra perspectiva... pero muy raramente somos conscientes de la perspectiva que tenemos acerca de alguien, ni de cómo ésta dirige nuestras conductas. Uno de los procesos de aprendizaje más poderosos que podemos emprender, comienza por mirarnos. Esto nos permite preguntarnos, en primer lugar, “¿cómo estamos observando las cosas?” y luego, “¿cómo llegamos a observarlas como lo hacemos?”.

 

Echemos una mirada, para ver de qué está compuesta nuestra perspectiva... Esencialmente está hecha de opiniones: acerca decómo pensamos que son las cosas”, de “cómo deberían ser”, y de “cómo podrían ser”. El conjunto de esas opiniones, es la norma bajo la cual vivimos... A lo largo de nuestra vida, “tejemos” todas nuestras opiniones -de una manera muy coherente- dentro de nuestra historia. Pero nunca observamos el proceso fundamental que formó nuestra perspectiva.


Si pudiésemos ajustar algunas de nuestras opiniones, podríamos tener una perspectiva diferente y -también- una manera diferente de comportarnos. Sólo cuando estamos dispuestos a inspeccionar nuestra perspectiva y observar el proceso que la formó, podemos plantearnos:

 

“¿Qué es eso que hace, alguien difícil para nosotros?”.

 

 

Eso que hace, alguien difícil para nosotros, es que no vive según nuestras normas y expectativas, y -para colmo de males- no somos capaces de influenciarle a hacerlo... ¡Esto hace sonar todas nuestras “alarmas”, porque nuestras normas definen nuestra dignidad e integridad! Definen el lugar y la manera de “pararnos” en esta vida. Y cuando sentimos que nuestras normas son “violadas”, tenemos una respuesta emocional. Esta respuesta puede ser instantánea, o puede transformarse en un estado de ánimo mucho más duradero, que viviremos cada vez que tengamos que lidiar con la persona difícil.


Los estados de ánimos “colorean” la manera en que vemos nuestra vida. Los estados de ánimo negativos, son lo suficientemente poderosos como para atraparnos siempre en la misma perspectiva. Además, como nuestros estados de ánimo están en nuestro cuerpo, también tenemos una reacción física, reflejada por nuestra respiración, la tensión muscular y la postura.


La manera tradicional de tratar a alguien “difícil”, es apuntarle con el dedo y hablarle de las características inaceptables de su conducta. Al permitirnos mirar nuestra propia perspectiva, podemos adoptar otro enfoque: uno que comience por apuntar el dedo hacia nosotros mismos y por reconocer “cómo estamos observando las cosas”. Es fundamental recordarnos continuamente que -aquello que observamos- es sólo una interpretación y, si bien pensamos que tenemos la “interpretación correcta”... la nuestra no es más que una entre miles!

 

Es muy fácil caer en la trampa de ver nuestras interpretaciones como “hechos”. En parte sucede, porque encontramos que otras personas también tienen similares interpretaciones. Pero esto sólo significa “consenso”, lo cual puede cegarnos a desarrollar caminos innovadores para lidiar con problemas complejos.


Entonces, ¿qué podemos hacer? ¿cómo podemos influenciar para mejorar las cosas, aún con la persona más intratable y “recalcitrante”? Las siguientes re-visiones, nos ayudarán a observar nuestras observaciones:

 

Revisión de normas: Clarifique la relación que está viviendo con la otra persona. ¿Cuál es la norma (los valores centrales, o el criterio para una conducta aceptable), que está siendo “violada”? ¿Cuán importantes son esos valores para usted? ¿Desea aferrarse a ellos a toda costa? Quizás su norma no sea negociable, pero la forma en que esa persona “cumple” su norma podría serlo... Quizás estemos atrapados en la opinión de cómo esa persona debería cumplir nuestra norma, como si existiera un “único camino correcto”. Las normas por las cuales vivimos, juegan un rol paradójico en nuestras vidas. Son indispensables y definen “quiénes y cómo deseamos Ser”... pero también nos atrapan en una rígida e inflexible manera de observar las situaciones!

 

Algo que bien vale una inspección: nuestra creencia que la otra persona conoce tan claramente nuestra norma como nosotros. O que esa norma debería ser tan importante para ella, como lo es para nosotros...


Revisión de estados de ánimo: ¿Qué estado de ánimo vive con esta persona (cuando piensa en ella, cuando alguien la menciona, cuando está en su presencia)? ¿De qué color podría decir que es su estado de ánimo? ¿Qué consecuencias tiene, este estado de ánimo, con la calidad de sus pensamientos y relaciones, con su calidad de vida? ¿Cuánto de ese estado de ánimo se “infiltra” en otras situaciones de su vida?


Nuestro pensamiento habitual -acerca de los estados de ánimo- es que no podemos hacer nada con ellos. ¿Dónde aprendimos eso? No somos “títeres”, por lo que es bueno preguntarse: ¿quién dirige nuestra vida emocional?


Revisión de nuestro cuerpo: Nuestra respiración, y las maneras sutiles en que configuramos nuestros músculos (los cuales influencian en todas nuestras posturas), tienen un enorme -pero subestimado- impacto en la manera que observamos. Cualquier historia negativa que vivamos es corporalizada, lo que contamina nuestra efectividad al relacionarnos con otros. ¿Cómo nos paramos, cuán rígidos estamos, cuán profundamente respiramos? Cualquier estado de ánimo negativo, se evidencia en un cambio de postura y respiración.


Revisión del mensaje: Es fácil asumir que estamos siendo claros acerca de lo que queremos, pero ¿desde qué perspectiva? ¿Han sido nuestros pedidos expresados claramente y sin ambigüedad, al punto de existir una comprensión compartida -con la otra persona- de lo que pedimos? ¿Hablamos desde nuestras propias preocupaciones -apuntando nuestro dedo hacia nosotros- en lugar de “acusar” apuntándolo al otro? ¿Sentimos que aquello que queremos es válido y valioso, sin sobre-estimarlo?


Revisión de la perspectiva:
También podríamos llamar a este punto “nuestra perspectiva de su perspectiva”. O sea... ¿cómo piensa usted, que la otra persona está viendo las cosas? ¿Cómo piensa que le ve a usted? ¿Qué sucede en su mundo? ¿Parece feliz? ¿Tiene una opinión positiva de sí misma? ¿En qué estado de ánimo vive?... ¿Cómo incorporamos todas estas consideraciones en nuestro enfoque?

 

Una reflexión final: Es muy fácil subestimar la complejidad de las “dinámicas” presentes en una interacción humana. No somos máquinas, sino entidades biológicas complejas, algunas veces altamente impredecibles, pero -sobre todo- cada uno de nosotros es un misterio, tanto para nosotros como para los demás...


De nuestra capacidad para develar ese misterio, depende nuestra efectividad personal y profesional. Los Facilitadores son capaces de mostrar a las personas la manera en que sus formas de SER las limitan, para ser más efectivas y llevar una vida más plena y significativa. Construyendo confianza y estableciendo relaciones respetuosas, ellos les posibilitan:

 

  • volverse más conscientes de las interpretaciones en las que viven
  • explorar diferentes maneras de observar circunstancias de sus vidas
  • ver nuevas posibilidades de acción más constructivas, que no se habían revelado previamente

  

Este es el cimiento desde donde podrán incrementar su capacidad de aprender, expandir sus posibilidades, actuar más efectivamente, y conocer la manera de diseñar mejor su futuro para una vida mejor.

 

 

Amar

Historia extraída del libro de Annie Marquier, “La libertad del Ser”.

 

Aunque vivía una vida más o menos cómoda, Roma, un joven de unos veinte años, no se sentía a gusto en el mundo ordinario en el que cada uno sólo pensaba en sí mismo y en el que veía tanta violencia, tanta injusticia y tanta estupidez. Él aspiraba a otra cosa. Había oído hablar de un gran maestro espiritual que vivía en lo alto de una montaña. Soñaba con vivir a su lado y recibir a diario sus enseñanzas, pues parecía poseer el secreto de la sabiduría y de la felicidad. Pero el maestro siempre había rechazado toda compañía, cualquiera que fuese. A pesar de todo Roma decidió probar suerte y presentó al maestro su solicitud.

 

Sorprendentemente, el maestro aceptó que se instalara en una casita muy próxima a la suya. Era un privilegio. Roma se sentía feliz y con el corazón lleno de gratitud. El maestro le encargó varias tareas que tenía que realizar cada día. Roma seguía al pie de la letra sus instrucciones. Estaba muy contento y lleno de esperanza, porque estaba seguro de que el contacto privilegiado que tenía con el maestro, en medio del silencio y de la belleza de la naturaleza, lo conduciría a una gran realización espiritual. Algunos años después, efectivamente, Roma había conseguido dominar sus pensamientos y había tenido hermosas experiencias interiores.

 

Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, Roma sentía cada vez con más intensidad que le faltaba algo. Un día habló al maestro, diciéndole: “Maestro, usted me ha enseñado a hacer el silencio dentro de mí, me ha enseñado a escuchar el ruido del viento, el canto de la lluvia, los suspiros de la tierra, a conocer la sabiduría de los animales del bosque, a hablar a las estrellas y a entrar en contacto con la madre Divina. Sin embargo siento que me falta algo en el corazón ¿qué debo hacer?”.

 

El maestro permaneció silencioso durante un momento; después, miró a Roma a los ojos y le dijo “Roma, tendrás que bajar de la montaña y volver al mundo. Toma esta pequeña cantimplora de cuero. Tienes que traérmela llena de agua”. Roma creyó haber oído mal, pero no; no había oído mal. Tenía que abandonar la montaña en efecto, para ir a buscar agua; le parecía absolutamente ridículo. La perspectiva de volver al mundo ordinario no le complacía en absoluto, ni aunque fuera por un rato. Protestó un poco, pero el maestro fue inflexible. Le dijo que debía marcharse al día siguiente por la mañana y que podría volver cuando hubiera llenado la cantimplora. Perplejo, pero confiado en que aquello le tomaría muy poco tiempo, limpió y ordenó su casita; al día siguiente descendió de la montaña.

 

Llegó al pueblo al final de la mañana, y se encontró en medio del bullicio del mercado. Había toda clase de gente, todo el mundo estaba atareado comprando o vendiendo. Un mendigo tan sucio que provocaba repulsión, le pidió un poco de dinero. Roma se alejó de el con asco y fue a comprar algunas frutas para comer. La vendedora de fruta estaba muy enfadada y le gritaba a un niño que acababa de volcarle unos cestos. El niño intentó esconderse entre las ropas de Roma, pero éste lo rechazo porque no quería tener problemas con la mujer ni mezclarse en modo alguno con todo aquel jaleo. Se sentía completamente extraño entre aquella gente y, por encima de todo, frío y distante con todos.

 

Tenía prisa por volver a lo alto de la montaña. Sabía que había una hermosa fuente en medio del pueblo y había pensado llenar allí la cantimplora. Tenía prisa, empujo a varias personas para acercarse a la fuente y llenó la cantimplora. Satisfecho, emprendió de nuevo el camino de la montaña. Un anciano, sentado al borde del camino junto a su carreta rota, le pidió ayuda, pero Roma le dijo que otras personas del pueblo, menos ocupadas que él, pasarían sin duda por allí y lo ayudarían. Él no podía entretenerse en el camino, tenía mucha prisa por volver a la paz y al silencio de la montaña.

 

Cuando llegó ante el maestro, feliz, se prosternó ante el y puso la cantimplora a sus pies. Éste la tomó, le dio la vuelta y no salió nada... “Roma, esta cantimplora está vacía -le dijo-, vuelve al mundo y llena la cantimplora”.

 

Roma frunció el entrecejo. Estaba seguro de haberla llenado y de haberla cerrado bien. Volvió a tomar la cantimplora, sin descansar siquiera un momento, pues tenía prisa por terminar con aquella tarea estúpida, volvió al pueblo para llenarla de nuevo. Se fijó bien, por si estaba agujereada, pero no lo estaba; y la cerró con mucho cuidado. Pero cuando llegó de nuevo ante el maestro, la cantimplora estaba otra vez vacía. Roma no comprendía nada. El maestro le dijo entonces: “Roma esta cantimplora sólo puede llenarse con una agua muy especial, no cualquier agua. Vuelve al mundo y encuentra el agua adecuada”.

 

Roma se puso en camino y fue al río. Seguramente la gente que vivía alrededor de la fuente había contaminado el agua con sus bajas vibraciones. La del río era limpia, pura y libre, seguro que era el agua buena. Lleno la cantimplora; pero una vez más cuando llego ante el maestro, estaba vacía. Se puso en camino de nuevo; cada vez tenía de ir más lejos a buscar fuentes y ríos. Ni siquiera necesitaba volver a ver el maestro. Después de haber llenado la cantimplora, él mismo veía que al momento estaba vacía. Esto duró varios meses. Roma estaba cada vez más nervioso, deprimido y desanimado. Empezó incluso a dudar de la validez de las enseñanzas de su maestro. Llego a pensar que se burlaba de él y que en definitiva no era un verdadero maestro, así que decidió no volver a verlo más puesto que, de todas formas, cada vez lo mandaba de nuevo hacia abajo sin explicaciones, y no tenía ninguna esperanza de poder quedarse en lo alto de la montaña mientras no llevara la cantimplora llena.

 

Roma regreso a vivir al pueblo. Como todo el mundo, pero no se sentía feliz. Un día, como la vida le resultaba cada vez más intolerante, decidió ponerse a buscar la buena fuente aunque pasara en ello el resto de su vida. Así que se puso en camino, probando las aguas de todas las fuentes, riachuelos, ríos y lagos. Hablaba cada vez más con la gente con la que se encontraba. Incluso comunicó a algunos su secreto. Pero nadie lo podía ayudar, y la cantimplora seguía vacía.

 

Tuvo que empezar a trabajar para ganarse la vida, pues lo que le había dado el maestro antes de partir lo había gastado ya. Aprendió a trabajar la madera. Encontró a una joven con la que decidió fundar una familia. Su ofició y sus obligaciones familiares lo tenían cada vez más ocupado. Ya no tenía mucho tiempo para buscar otras fuentes, pero siguió llevando atada a la cintura la pequeña cantimplora en recuerdo de su maestro. Aprendió a amar su trabajo y cuando nacieron sus hijos, aprendió a amarlos y a jugar con ellos. Cuando iba al bosque a buscar leña, sentía el corazón henchido de alegría. Casi siempre lo acompañaba su hijo mayor, al que estaba enseñando a trabajar la madera; también le enseñaba los secretos del bosque que le había revelado a él su maestro.

 

Un día caminando por la orilla de un rió de regreso a casa vio a lo lejos a su mujer. Estaba sentada a la sombra de un árbol, mecía al pequeño de sus hijos entre sus brazos y le cantaba una dulce canción. El mayor jugaba a su lado. El árbol estaba florido y formaba como una bóveda que los protegía. Ante un espectáculo tan sencillo, y al mismo tiempo tan hermoso, sintió una profunda emoción. Por primera vez en su vida, una lágrima resbaló por su mejilla. Resbaló por su mejilla. Resbaló por su rostro y cayó en la cantimplora, que se lleno de inmediato. Roma notó que pesaba; la toco, la abrió para estar seguro, espero unos instantes... la cantimplora no se vaciaba. Esperó un poco más... seguía llena. Su corazón vibraba de alegría. Podría volver a ver al maestro y vivir de nuevo en lo alto de la montaña... después de pronto se dio cuenta de que ya no tenía necesidad, ni tampoco deseo de subir allí. Entonces se le apareció el maestro en medio de una gran luz. Le miro con mucho amor y le dijo: “Es cierto, Roma, ya no necesitas volver a la montaña. Acabas de abrir tu corazón a la belleza, a la sencillez, al amor. Es todo lo que yo podría enseñarte. Ahora solo falta expresarlo con cuidado en la vida cotidiana, en cada uno de tus pensamientos, en cada una de tus palabras de tus actos. Has de saber que así yo estaré siempre a tu lado, más cerca de ti de lo que nunca he estado. Así la luz continuará creciendo en ti e iluminaras no solamente tu camino, sino también el de todos aquellos a quienes sepas amar".

 

 

No intentes retener tu luz

Por Javier Carvajal
 
Muere a toda expectativa y nacerá fresca la esperanza.
Renuncia a toda condición para que tu corazón se inunde de confianza.
Entrégate para que ganes la batalla.
Da lo que eres y así tendrás lo necesario.
Aprende del dolor y serás sensible al amor.
Actúa con responsabilidad y podrás vivir tu libertad.
No dependas de nada ni de nadie pero cuenta con todos para que todos cuenten contigo.
 
Observa como van bajando los ríos al mar.
Mira cómo descienden la lluvia y la luz, el fruto y las hojas secas.
Aprecia cuan bellamente se encienden en su descenso las estrellas fugaces.
Cae sin ninguna resistencia para que sea contigo la gracia de la levedad.
 
No intentes retener tu luz.
Que la luz sólo se puede revelar cuando la dejas pasar.
Vive de todas maneras en la transparencia.
Pues en ella viviendo, seguirás cada segundo muriendo, naciendo, siendo en la luz de tu esencia.
 
...Namaskarams

 

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