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Asunto:[UNION_GLOBAL_DE_LUZ] Construye tu destino 2 -Boletin Claridad
Fecha:Miercoles, 7 de Junio, 2006  12:12:30 (-0300)
Autor:Juan Angel Moliterni <claridad @.........ar>

Construye tu destino

Manifiesta tu yo íntimo y realiza tus aspiraciones

Por Wayne W. Dyer

 
¿Cuántas veces, en un momento de desesperanza o de desconsuelo, te has dicho: «Necesitaría cambiar, pero soy así y no puedo hacerlo»? Todas esas veces te has engañado respecto a tu capacidad de actuar sobre tu destino. Porque dentro de ti tienes el poder para conseguir todo aquello que puedas desear. Para hacerlo, no tienes más que volcarte en tu interior. Esta obra te enseñará qué tienes que buscar en él: son sólo nueve principios, nueve pistas que no te convertirán en alguien nuevo, pero sí que te permitirán aflorar lo mejor que, dormido, tienes en tu interior. Principios tan sencillos como confiar en ti mismo, reconocerte en lo que eres y mereces, ser generoso y agradecido, aceptarte como parte de un todo, lo que hará que tú también seas ese todo.
Construye tu destino no te cambiará la vida. Pero será la indispensable herramienta para que tú la cambies.

 

Primer principio

consciente de tu ser superior

 

Dentro de ti mismo existe una capacidad divina para la manifestación y para atraer todo aquello que necesitas o deseas. Esta es una afirmación tan poderosa que te sugiero vuelvas a leerla para saborearla, antes de iniciar este viaje.

 

La mayor parte de las cosas que se nos enseña a creer acerca de nuestra realidad entran en conflicto con esa afirmación. No obstante, estoy tan convencido de que es cierta y valiosa que te animo a desprenderte de todas tus vacilaciones y permitir que ese pensamiento entre en tu conciencia: Tengo la capacidad divina para manifestar y atraer lo que necesito o deseo.

 

Ser consciente de tu ser superior no es algo que ocurra a través del esfuerzo físico, ni puede basarse en técnicas sobrenaturales como invocar a los ángeles para que realicen esa tarea celestial en tu nombre. De lo que se trata, esencialmente, es de aprender que eres un cuerpo físico situado en un mundo material, al mismo tiempo que un ser no físico que puede acceder a un nivel superior. Ese nivel superior se encuentra dentro de ti mismo y se llega a él a través de las fases del desarrollo adulto.

 

Son muchos los escritores que han explorado las fases de desarrollo de la infancia hasta la adolescencia, pero muy pocos de ellos han escrito sobre las fases de desarrollo de la edad adulta. Una vez que alcanzamos la edad adulta, cada uno de nosotros parece pasar por cuatro fases. Esas fases de nuestra vida representan una forma de pensar, aunque no están necesariamente asociadas con la edad o la experiencia. Algunos de nosotros avanzamos con rapidez a través de ellas, aprendemos a una edad temprana que somos un yo físico al mismo tiempo que un yo superior. Otros, en cambio, permanecen durante toda su vida anclados en una de las primeras fases.

 

Carl Jung, en El hombre moderno en busca de un alma, ofreció algunas percepciones críticas sobre las tareas de desarrollo de la edad adulta. Estaba convencido de que la conciencia de un yo superior constituye una tarea de desarrollo de la edad adulta. En la siguiente sección ofrezco mi propia interpretación de las fases del desarrollo adulto del doctor Jung.

 

Escribo sobre estas fases con un cierto grado de experiencia porque he pasado muchos años en cada una de ellas. Han sido como peldaños para ascender a mi conciencia de un yo superior. Cada fase supuso experiencias que me permitieron seguir avanzando en mi pensamiento y en mi conciencia. En último término, llegué al nivel en los que pude utilizar esos nueve principios para cocrear mi propia vida. Es decir, para manifestar mi propio destino.

 

Al leerlos, examina las fases personales y únicas de tu desarrollo adulto que encuentran un paralelo en los arquetipos del doctor Jung. Tu objetivo consiste en ser consciente de tu yo superior como una dimensión de tu ser que trasciende las limitaciones del mundo físico.

 

 

LAS CUATRO FASES DEL DESARROLLO ADULTO

 

El atleta

 

La palabra «atleta» no tiene aquí la intención de denigrar a los atletas o el comportamiento atlético, sino la de servir como una descripción del período de nuestras vidas adultas en el que nos identificamos fundamentalmente con nuestro cuerpo físico y en cómo funciona en nuestra vida cotidiana. Es el período en el que medimos nuestro valor y felicidad por nuestro aspecto y nuestras capacidades físicas.

 

Esas capacidades son muy numerosas y singularmente personales. Pueden incluir cosas tales como la rapidez con la que podemos correr, lo lejos que arrojemos una pelota, lo alto que podamos saltar y el tamaño de nuestros músculos. Juzgamos el valor de nuestro aspecto físico por un canon de capacidad de atracción basado en la forma, el tamaño, el color y la textura de las partes del cuerpo, el cabello y la tez. En una cultura de consumo como la nuestra, el juicio se extiende incluso al aspecto de nuestros automóviles, casas y ropas.

 

Se trata de preocupaciones que tenemos cuando la persona se encuentra en la fase inicial del desarrollo adulto. Es el período en el que la vida parece imposible sin un espejo y una corriente continua de aprobación que nos haga sentirnos seguros. La fase del atleta es el período de nuestro desarrollo adulto en el que nos identificamos más completamente con nuestro rendimiento, atracción y logros.

 

Muchas personas dejan atrás la fase del atleta y llegan a hacerse consideraciones más significativas. Algunos de nosotros entramos y salirnos de esta fase, dependiendo de nuestras circunstancias personales. Unos pocos permanecen en la fase del atleta durante toda tu vida.

 

Que tú avances más allá de la fase del atleta es algo que viene determinado por cómo te obsesiones por tu propio cuerpo como fuente primordial de autoidentificación. Evidentemente, es saludable cuidar del cuerpo, tratándolo amablemente, ejercitándolo y nutriéndolo de la mejor forma que te permitan tus circunstancias. Enorgullecerte de tu aspecto físico y disfrutar de los cumplidos que se te hagan no significa, sin embargo, que estás obsesionado por tu cuerpo. No obstante, si tus actividades cotidianas giran alrededor de un criterio determinado de rendimiento y aspecto, te encuentras en la fase que he dado en llamar del «atleta».

 

No es éste un período en el que puedas practicar el arte de la manifestación. Para alcanzar la capacidad de saber y utilizar tu energía interior divina, tienes que superar la idea de que eres un ser exclusivamente físico.

 

 

El guerrero

 

Una vez que hemos dejado atrás la fase del atleta, entramos generalmente en la fase del guerrero. Se trata de un período en el que el ego domina nuestras vidas y nos sentimos impulsados a conquistar el mundo para demostrar nuestra superioridad. Mi definición del ego es la idea que tenemos de nosotros mismos como importantes y separados de todos los demás. Esto puede verse como un acrónimo de exclusivamente guía oportunista, puesto que el ego representa nuestra identificación exclusiva con nuestro sí mismo físico y oportunista en nuestro mundo material.

 

El objetivo del guerrero impulsado por el ego es el de someter y derrotar a los demás en una carrera por alcanzar el primer puesto. Durante esta fase nos ocupamos de alcanzar objetivos y logros en competencia con otros. Esa fase dominada por el ego está llena de ansiedad, y de una interminable comparación de nuestro éxito. Los trofeos, recompensas, títulos y la acumulación de objetos materiales es lo que nos sirve para registrar nuestros logros. El guerrero se siente intensamente preocupado por el futuro y por todo aquello o aquel que pueda interponerse en su camino o interferir con su estatus. Se ve motivado por eslóganes como: «Si no sabes adónde vas, ¿cómo sabrás que has llegado?»; «El tiempo es oro, y el oro lo es todo»; «Ganar no lo es todo, es lo único»; «La vida es lucha»; «Si yo no consigo lo que me corresponde, algún otro lo conseguirá».

 

En la fase del guerrero, el estatus y la posición en la vida se convierten en obsesiones. Convencer a los demás de nuestra superioridad es el motivo de este período de la vida en el que el ego es el director. Es el período en que tratamos de hacer lo que hacen los guerreros: conquistar y reclamar para nosotros los despojos de nuestras victorias.

 

La prueba para determinar si has abandonado esta fase o no consiste en examinar cuál es la fuerza impulsora en tu vida. Si la respuesta es conquistar, derrotar, adquirir, comprar y ganar a toda costa, está claro que todavía te encuentras en la fase del guerrero. Probablemente entrarás y saldrás con regularidad de esta fase como una forma de funcionar con efectividad en el mercado. Sólo tú mismo puedes determinar con qué intensidad esa actitud domina tu existencia e impulsa tu vida. Si vives fundamentalmente instalado en este nivel, no podrás llegar a manifestar, en el sentido que estoy describiendo.

 

 

El estadista

 

La fase de la vida dominada por el estadista es el período en que se ha logrado dominar el ego y cambiar la conciencia. En esta fase, queremos saber qué es lo importante para la otra persona. En lugar de obsesionarnos por nuestras propias cuitas, podemos preguntar con verdadero interés cuáles son las del otro. Hemos empezado a saber que nuestro propósito fundamental es el de dar, antes que el de recibir. El estadista sigue siendo alguien que trata de lograr cosas y, con mucha frecuencia, es atlético. No obstante, el impulso interior es el de servir a los demás.

 

La auténtica libertad no puede experimentarse hasta que no se aprenda a dominar el ego y dejar atrás la obsesión por uno mismo. Cuando te sientas alterado, ansioso o sin propósito, pregúntate en qué medida eso se debe a tu forma de valorar cómo estás siendo tratado y percibido. Sólo se es verdaderamente libre cuando puede uno desprenderse de sus propios pensamientos sobre sí mismo durante un prolongado período de tiempo.

 

Pasar de la fase del guerrero a la del estadista fue para mí una experiencia extremadamente liberadora. Antes de efectuar el cambio tuve que considerar todas las necesidades de mi ego cuando daba conferencias. Eso significaba abrigar preocupación acerca de cómo sería recibido y analizado, si la gente querría comprar mis libros y cintas, o acerca del temor de perder la compostura y alterarme.

 

Llegó entonces un momento en el que, sin necesidad de realizar ningún esfuerzo consciente, empecé a meditar antes de mis conferencias. Durante mi meditación, recitaba en silencio un mantra en el que me preguntaba cómo podía servir. Mi pronunciación mejoró significativamente una vez que me alejaba de mi ego y entraba en la fase del estadista.

 

La fase estadista de la edad adulta tiene que ver con el servicio y el agradecimiento por todo aquello que uno ha logrado en la vida. En este nivel te encuentras muy cerca de tu yo superior. La fuerza fundamental en tu vida ya no es el deseo de ser el más poderoso y atractivo, o el de dominar y conquistar. Has entrado en el ámbito de la paz interior. Siempre se encuentra la bendición que se busca cuando se actúa al servicio de los demás, independientemente de lo que hagas o de cuáles sean tus intereses.

 

Una de las historias más conmovedoras que he escuchado es la de la madre Teresa que, incluso superados los ochenta años, cuida de los menesterosos que encuentra en las calles de Calcuta. Una amiga mía de Phoenix tenía programado hacerle una entrevista radiofónica. Mientras conversaban, antes de iniciar la entrevista, Pat le dijo: «Madre Teresa, ¿hay algo que yo pueda hacer para ayudar a tu causa? ¿Puedo ayudarla a conseguir dinero o darle alguna publicidad?».

 

La madre Teresa contestó: «No, Pat, no necesita hacer nada. Mi causa no tiene nada que ver con la publicidad, y tampoco con el dinero. Se trata de algo mucho más elevado que eso».

 

Pat insistió y dijo: «¿De veras que no hay nada que pueda hacer por usted? Me siento impotente».

 

La respuesta de la madre Teresa fue: «Si realmente desea hacer algo, Pat, levántese mañana a las cuatro y salga a las calles de Phoenix. Encuentre a alguien que viva en ellas y que crea que está solo, y convénzalo de que no lo está. Eso es lo que puede hacer». Eso es una verdadera persona estadista, capaz de entregar a los demás todos y cada uno de los días de su existencia.

 

Al ayudar a otros a saber que no están solos, que también ellos tienen un espíritu divino dentro de sí, independientemente de las circunstancias de sus vidas, avanzamos hacia un yo superior que nos aporta una sensación de paz y propósito que no puede alcanzarse en las experiencias del atleta y del guerrero. Es aquí donde podemos recordar las palabras de la madre Teresa: «Cada día veo a Jesucristo con toda clase de doloridos disfraces».

 

Todavía existe una fase superior a la del estadista. La cuarta fase es hacia donde te he estado dirigiendo cuidadosamente en este viaje de desarrollo de la conciencia.

 

 

El espíritu

 

Al margen de la edad que tengas y la posición que ocupes, cuando se entra en esta fase de la vida, se reconoce la verdadera esencia, el yo superior. Al conocer tu yo superior, te encuentras camino de convertirte en el cocreador de todo tu mundo, de aprender a controlar las circunstancias de tu vida y a participar con seguridad en el acto de la creación. Así, te conviertes literalmente en un manifestador.

 

La fase espiritual de la vida se caracteriza por una conciencia de que este lugar llamado tierra no es tu hogar. Sabes que no eres un atleta, un guerrero o incluso un estadista, sino una energía infinita, ilimitada, inmortal, universal y eterna que reside temporalmente en un cuerpo. Sabes que nada muere, que todo es una energía que se encuentra cambiando constantemente.

 

Como alma con un cuerpo, te sientes apasionadamente atraído hacia tu mundo interior. Dejas atrás los temores y empiezas a experimentar una especie de distanciamiento con respecto a este piano físico. Te conviertes en un observador de tu mundo y pasas a otras dimensiones de la conciencia. Esta energía interior infinita no está solo en ti, sino también en todas las cosas y todas las personas vivas o que hayan vivido en el pasado. Empieza a saber eso íntimamente.

 

Para evolucionar más allá del plano terrenal, necesitas aprender a dejarlo a voluntad para encontrar la fuente de esa energía infinita que es la responsable de llenar tus pulmones, hacer latir tu corazón, crecer tu cabello y permitirte leer las palabras de esta página. Tú, como ser físico, no haces crecer tu cabello; es la naturaleza la que lo hace por ti. La energía que tú eres se encarga de todos los detalles. Ese espíritu que tú eres no se halla contenido en modo alguno por el dominio físico. No tiene fronteras, ni formas, ni limites en sus bordes exteriores. Tú eres consciente de la verdadera fuente de la vida, aun cuando se te haya condicionado para pensar de otro modo.

 

Al alcanzar este nivel, te encuentras en el espacio en el que pienso como estar en este mundo, pero sin ser de este mundo.

 

Esa energía que eres, y que puedes llamar como quieras, espíritu, alma, no puede morir nunca y nunca ha muerto en el pasado. La mayoría de la gente piensa en el mundo espiritual como algo que sucederá en el futuro, que conocerán después de la muerte. A la mayoría de nosotros se nos ha enseñado que el yo superior es algo que no se puede conocer mientras nos encontremos atrapados en un cuerpo en este planeta. No obstante, el espíritu es ahora. Está en ti en este preciso momento y la energía no es algo que terminarás por conocer, sino que es lo que tú eres aquí y ahora.

 

La energía invisible que estuvo en un tiempo en Shakespeare, en Picasso, en Galileo o en cualquier forma humana, también está disponible para todos nosotros. Esa es la razón por la que la energía espiritual no muere, sino que simplemente cambia de forma.

 

Aun cuando nuestro cerebro racional haya sido entrenado para creer que cuando una persona muere su espíritu desaparece, la verdad es que no se puede destruir la energía. Tu yo superior es el espíritu actualmente existente dentro de ti. La energía que fue Picasso no fue su cuerpo, como tampoco la energía que fue Shakespeare estuvo en su cuerpo. Fueron los sentimientos internos y el genio creativo lo que tomaron la forma de un cuerpo y una creación sobre el lienzo o el papel. Eso no murió nunca. No puede morir porque no tiene fronteras, ni principio ni final, ni características físicas a las que podamos llamar forma.

 

Esa energía está dentro de ti. Si quieres conocerla, puedes sintonizar con ella y, cuando lo hagas, abandona las limitaciones de este plano terrenal para entrar en una dimensión sin límites que te permite crear y atraer hacia ti todo aquello que deseas o necesitas para este viaje.

 

En este nivel, te desprendes de tu apego emocional a lo que consideras tu propia realidad. Ese desapego se ve seguido por la conciencia de que el observador que hay dentro de ti, que observa siempre lo que le rodea y sus propios pensamientos, es en realidad la fuente de tu mundo físico. Esto, unido a tu voluntad de entrar en ese ámbito, es el inicio del aprendizaje para atraer hacia ti aquello que deseas y necesitas mientras te encuentras en un mundo físico.

 

Hasta ese momento es muy probable que no hayas podido desprenderte de tu apego por el mundo material. Quizá creas que no existe otro mundo. Si fuera así, has abandonado tu capacidad divina, lo cual es la causa de lo intensamente que te apegas al mundo sensorial. Adquirir la conciencia de que posees un yo superior que es universal y eterno, te permitirá acceder con mayor libertad a ese mundo y participar en el acto de manifestar los deseos de tu corazón.

 
Este es un Servicio del Centro Escuela Claridad (www.escuelaclaridad.com.ar) a traves de su Red Union Global de Luz. Boletín editado y distribuido por Juan Angel Moliterni (claridad@argentina.com). Alentamos a todos a redistribuir, sin fines de lucro, por via electronica, siempre y cuando se respeten los creditos del servicio, los autores y se mencionen la fuente y enlace. Si deseas realizar una contribucion amorosa visita: http://www.escuelaclaridad.com.ar/Colabora.htm