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Asunto:[UNION_GLOBAL_DE_LUZ] Construye tu destino 4 -Boletin Claridad
Fecha:Jueves, 22 de Junio, 2006  12:36:05 (-0300)
Autor:Juan Angel Moliterni <claridad @.........ar>

Construye tu destino

Manifiesta tu yo íntimo y realiza tus aspiraciones

Por Wayne W. Dyer

 
¿Cuántas veces, en un momento de desesperanza o de desconsuelo, te has dicho: «Necesitaría cambiar, pero soy así y no puedo hacerlo»? Todas esas veces te has engañado respecto a tu capacidad de actuar sobre tu destino. Porque dentro de ti tienes el poder para conseguir todo aquello que puedas desear. Para hacerlo, no tienes más que volcarte en tu interior. Esta obra te enseñará qué tienes que buscar en él: son sólo nueve principios, nueve pistas que no te convertirán en alguien nuevo, pero sí que te permitirán aflorar lo mejor que, dormido, tienes en tu interior. Principios tan sencillos como confiar en ti mismo, reconocerte en lo que eres y mereces, ser generoso y agradecido, aceptarte como parte de un todo, lo que hará que tú también seas ese todo.
Construye tu destino no te cambiará la vida. Pero será la indispensable herramienta para que tú la cambies.

 

Segundo principio

Confiar en ti mismo es confiar en

la sabiduría que te creó

 

 

Aprender a confiar puede ser difícil al principio. Será un ejercicio inútil si te basas en tu mente para crear confianza. Ello se debe a que la mente funciona sobre problemas materiales mediante la interpretación de datos sensoriales. Al volverse hacia las cuestiones espirituales, la mente intenta encontrar respuestas intelectuales mediante la utilización de pruebas, razonamiento lógico y teórico. Exige garantías y pruebas para establecer resultados tangibles.

 

En contraste, el método del corazón, centrado en la comprensión espiritual, supone un reconocimiento intuitivo del valor del amor. Mientras que la mente trata de conocer el espíritu estableciendo condiciones lógicas que deben satisfacerse para que se produzca una liberación de amor, el corazón emplea como método el amor intuitivo. No es la conclusión de ningún razonamiento. Es la forma de actuar propia de la espontaneidad, no el resultado de un regateo con el intelecto. El corazón confía en la sabiduría interior que siente y conoce espontáneamente, mientras que la mente exige pruebas científicas para poder confiar.

 

En occidente, a la mayoría de nosotros se nos ha enseñado que el centro de nuestra sabiduría se encuentra en la cabeza. Si se le pregunta a la gente dónde cree que está su capacidad para procesar el pensamiento y la experiencia, generalmente responderá que en el cerebro. Si se plantea la misma pregunta a personas conscientes espiritualmente, te indicarán que en el corazón.

 

Cuando la mente busca corroboración mediante pruebas específicas como ayuda para la comprensión espiritual, está invadiendo un ámbito mucho más apropiado para el corazón. Por esta razón, es necesario confiar en lo que el corazón sabe. Sin una confianza total es imposible conocer los milagros del yo superior y convertirse en un manifestador.

 

La vida espiritual no depende de la acumulación de información intelectual. La espiritualidad necesita del suelo fértil de los sentimientos que aporta la dimensión de lo invisible. Es imperativo confiar en el espacio de tu corazón para el crecimiento de una vida espiritual sana.

 

Eso significa cultivar una armonía entre mente y corazón y, para la mayoría de nosotros, eso supone a su vez terminar con la dominación del intelecto. La mente tiene que rendir su papel como juez permanente y permitir que el corazón contribuya con su sabiduría. Es este proceso de rendimiento el que permite que la confianza empiece a florecer, para sustituir a la duda.

 

La desconfianza se inicia pronto en la mayoría de los seres humanos. Es útil para darnos cuenta de por qué no se le ha permitido al espacio del corazón ser el centro de nuestro ser. A continuación se indican dos teorías que describen nuestro lugar en la naturaleza. Creo que estarás de acuerdo en que la primera teoría ilustra por qué se halla tan profundamente enraizada la desconfianza en nosotros mismos y nuestras capacidades divinas.

 

 

Dos TEORÍAS DE LA NATURALEZA QUE AFECTAN A NUESTRA CAPACIDAD PARA CONFIAR

 

Primera teoría: la naturaleza como un mecanismo

 

En la visión mecanicista de la naturaleza, todo es un artefacto hecho por un jefe que tiene muchos nombres diferentes. En la visión occidental, a ese jefe se le llama Dios.

 

Este Dios es representado a menudo como un ser masculino de barba blanca, que habita en el cielo y crea el mundo natural. En esta teoría, el mundo es un constructo y Dios el constructor. El Dios bíblico es paternal, autoritario, benéfico y, en muchos aspectos, tiránico.

 

Sigue la pista de todas las cosas y conoce con exactitud lo que hace todo el mundo, y cuándo se transgreden sus leyes.

 

Uno de los aspectos operativos de esta teoría de la naturaleza es la idea del castigo por los propios pecados. Este Dios/padre nos pide cuentas por las transgresiones, juzgadas por varios intérpretes de sus leyes que han afirmado, a través de la historia, tener acceso a lo divino. Esencialmente, el universo es una monarquía en la que Dios es el rey y nosotros los súbditos. Se considera que todos los súbditos nacen con la mancha del pecado como parte de su naturaleza y, en consecuencia, no son dignos de confianza.

 

Esta teoría de la naturaleza hace que mucha gente se sienta enajenada, fomentando así la opinión de que estamos separados del jefe. Cuanto más separados nos sentimos de este Dios, tanto más percibimos la necesidad de crear alguna forma de sentirnos valiosos. Así pues, creamos la idea de nuestra importancia basándonos en elementos externos a los que llamamos «ego».

 

En último término, la dependencia del ego conduce a una mayor separación en la medida en que la vida se convierte en una contienda y una competencia con otros que nosotros mismos hemos designado. Pero la sensación de enajenación se ve parcialmente apaciguada por la actitud, dirigida por el ego, de «nosotros contra ellos». Se categoriza y se evalúa a la gente sobre la base de lo «egonómico», que incluye aspecto, tradición, lenguaje y características físicas.

 

Estoy convencido de que lo más preocupante de esta teoría de la naturaleza es el impacto que tiene sobre nuestra capacidad para movernos desde la seguridad que da confiar en uno mismo. Una vez que alguien se ha convencido de no ser digno, de ser básicamente un pecador, está perdido. Si no se es digno, ¿cómo puede uno pensar que lo es? No puede.

 

Todo se halla sujeto a duda cuando Dios es un jefe vengativo. Eso conduce a la confusión de dudar de todo, porque nuestras opiniones, sentimientos y convicciones no son dignas. En este marco, no se puede mantener siquiera la confianza en Dios, debido a la desconfianza hacia nosotros mismos. Y no confiar en ese Dios puede suponer el transgredir una de sus leyes. Es una situación sin salida.

 

Esta teoría de la indignidad de la naturaleza, por popular que sea, es absolutamente incompatible con el segundo principio de la manifestación. No se puede sintonizar con el poder y la energía del universo para crear y atraer una vida abundante si esa energía y ese poder radican fuera de uno mismo.

 

 

Segunda teoría: la naturaleza como espontánea e imparcial

 

Según esta teoría de la espontaneidad, Dios es inteligencia universal que fluye a través de todas las cosas, que inspira el despliegue del proceso natural. Se pone el énfasis en la necesidad de que reconozcamos la esencia divina que hay en todas las cosas, en lugar de esforzarnos por gestionar y controlar el mundo natural. La fuerza vital es imparcial y la responsable de toda creación.

 

En esta teoría, la naturaleza es un despliegue no forzado de las formas de la vida, y no hay «jefe» alguno. En lugar de aprender a gestionar y controlar el mundo natural, el impulso consiste en confiar en él. En esta teoría, Dios ama todas las cosas.

 

Los seres humanos son un aspecto de este Dios y son, por lo tanto, portadores de divinidad. En general, esta teoría considera a los seres humanos como el nivel superior de la vida. Confiar en este ser más evolucionado, supone confiar en la paradoja de lo que conocemos como comportamiento bueno y malo, egoísta y desprendido, avaricioso y generoso, de la misma manera que respetamos otras formas vitales confiando en sus procesos.

 

Si confiamos en nuestra naturaleza, no hay necesidad de inventar un ego que esté separado de lo divino. Sabremos instintivamente cómo vivir en armonía con la naturaleza. Cuando aprendamos a considerar a Dios como un poder invisible y amoroso que forma parte de todas las cosas y nos permite tomar nuestras propias decisiones, Dios se convertirá en una parte de nosotros mismos.

 

Estoy convencido de que nuestra naturaleza es mucho más fiable que nuestros pensamientos. Este segundo principio está orientado a fomentar el conocimiento de nosotros mismos, de modo que el proceso natural de lo que deseamos también nos desee a nosotros. Consideremos cómo nuestro sistema biológico atrae lo que necesita para que crezca el cabello, para digerir el alimento, para que las uñas sean duras o los pechos blandos, sin necesidad de que nuestros pensamientos dirijan el proceso. El pensar nos puede llevar a menudo pormal camino, mientras que nuestra naturaleza se despliega en forma de cuerpos y mentes que funcionan extraordinariamente bien. Cuando se confía en este proceso natural, se empieza a confiar en la naturaleza de todas las cosas. El Dios que hay en todo informa las propias y confiadas respuestas ante la vida.

 

El propio orden de la naturaleza es a veces tortuoso y otras veces recto, como se ve en las formas de las nubes o de las montañas. No siguen ninguna pauta que podamos percibir y, sin embargo, son perfectas. Cuando insistimos en controlar la naturaleza, estamos interfiriendo en ella.

 

La necesidad de corregir la naturaleza muestra desconfianza. Pero cuando nos relajamos y asumimos las infinitas variaciones del universo, estamos permitiendo que la divinidad de la naturaleza fluya y se despliegue a través de nuestra vida. Hemos sintonizado entonces con lo divino.

 

Piensa en ti mismo como una conciencia representada por Dios, del mismo modo que una ola forma parte del océano que está representado por el propio océano. Esta teoría de la naturaleza promoverá la clase de confianza que necesitas para atraer todo lo que te pertenece en el universo. Esa energía divina e invisible es el océano del que forma parte tu ola. Puedes llamarlo Dios, océano o cualquier otra cosa.

 

Se trata aquí de una toma de conciencia profundamente exquisita porque en tu interior sabrás que formas parte de todas las cosas. Y eso conduce a manifestaciones milagrosas en el sentido de que te encuentras realmente conectado con todo lo que deseas que se manifieste, y finalmente sabes que esta es tu verdad.

 
Este es un Servicio del Centro Escuela Claridad (www.escuelaclaridad.com.ar) a traves de su Red Union Global de Luz. Boletín editado y distribuido por Juan Angel Moliterni (claridad@argentina.com). Alentamos a todos a redistribuir, sin fines de lucro, por via electronica, siempre y cuando se respeten los creditos del servicio, los autores y se mencionen la fuente y enlace. Si deseas realizar una contribucion amorosa visita: http://www.escuelaclaridad.com.ar/Colabora.htm