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Asunto:[UNION_GLOBAL_DE_LUZ] Cuentos
Fecha:Domingo, 13 de Agosto, 2006  17:27:15 (-0300)
Autor:Juan Angel Moliterni <claridad @.........ar>

Ranas

 

Érase una vez... diez ranas que iban atravesando un bosque y dos de ellas cayeron en un hoyo bastante hondo. El resto de las ranas se reunió alrededor del hoyo. Cuando vieron que éste era muy profundo, les dijeron a las dos ranas que se dieran por muertas.

 

Las dos ranas ignoraron los comentarios y trataron de saltar con todas sus fuerzas para salir del hoyo. Las demás ranas siguieron diciéndoles que se detuvieran, que se dieran por muertas.

 

Finalmente, una de las ranas hizo caso a lo que las otras ranas estaban diciendo y se dio por vencida. Se dejó caer al suelo y murió. La otra rana continuó saltando tan fuerte como pudo.

 

De nuevo el grupo de ranas le gritó a la otra rana que no sufriera intentando salir y que mejor se dejara morir. Pero la rana saltaba más y más fuerte y finalmente logró salir. Resultó que esa rana era sorda y no le  era posible oír el consejo de las demás. En todo momento pensó que sus compañeras la estaban animando para que saliera.

 

La palabra tiene el poder de la vida y de la muerte: Una palabra de aliento a alguien que está pasando por un mal momento puede reanimarlo y ayudarlo a salir adelante, pero una palabra destructiva para esa misma persona puede ser lo único que se necesite para matarlo. Nuestras palabras deberían ser siempre de aliento para todos aquellos que se cruzan en nuestro camino.  A veces es difícil entender que una palabra pueda hacer tanto por alguien. Así que de ahora en adelante, reflexionemos lo que vamos a decir.

El gato montés y el zorro

 

En cierta ocasión, iba un hombre paseando por el bosque y vio un zorro que había perdido dos de sus patas. El hombre se preguntaba cómo podría sobrevivir, cuando vio llegar un gato montés que llevaba una presa en su boca. El gato montés ya se había hartado y dejó el resto de la carne para el zorro.


Al día siguiente Dios volvió a alimentar al zorro por medio del mismo gato montés. Él comenzó a maravillarse de la inmensa bondad de Dios y se dijo a sí mismo: “Yo también voy a quedarme en un rincón, confiando plenamente en el Señor, y éste me dará cuanto necesito”.


Así lo hizo durante muchos días; pero no sucedía nada y el pobre hombre estaba casi a las puertas de la muerte cuando oyó una Voz que le decía: “¡Oh tú, que te hallas en la senda del error, abre tus ojos a la Verdad! Sigue el ejemplo del gato montés y deja ya de imitar al pobre zorro mutilado”.


Frecuentemente vemos indigentes en las calles malnutridos y malvestidos y nos preguntamos ¿Por qué permite Dios esas situaciones? ¿Por qué no mueve los corazones de los hombres para remediarlo? Si escucháramos en los más profundo de nuestros corazones, sentiríamos el silencio de Dios que nos responde: “Sí que he hecho para solucionarlo. Te he hecho a ti”.

El asesino liberado

 

Sucedió una vez en un lejano país donde cada año, con motivo de las fiestas de aniversario de su coronación, el rey de un pequeño condado liberaba a un prisionero. Cuando cumplió 25 años como monarca, el mismo quiso ir a la prisión acompañado de su Primer Ministro y toda la corte para decidir cuál prisionero iba a liberar.


-Majestad, dijo el primero, “yo soy inocente pues un enemigo me acusó falsamente y por eso estoy en la cárcel”.


-A mí, añadió otro, “me confundieron con un asesino pero yo jamás he matado a nadie”.


-“El juez me condenó injustamente”, dijo un tercero.


Y así, todos y cada uno manifestaba al rey por qué razones merecían precisamente la gracia de ser liberados.


Había un hombre en un rincón que no se acercaba y que por el contrario permanecía callado y algo distraído. Entonces, el rey le preguntó: “Tú, ¿por qué estás aquí?


-El hombre contestó: “Porque maté a un hombre majestad, yo soy un asesino”.


-¿Y por qué lo mataste?, inquirió el monarca.


-Porque estaba muy violento en esos momentos, contestó el recluso.


-¿Y por qué te violentaste?, continuó el rey.


-Porque no tengo dominio sobre mí enojo.


Pasó un momento de silencio mientras el rey decidía a quien liberaría. Entonces tomó el cetro y dijo al asesino que acaba de interrogar: “Tú sales de la cárcel”.


Pero majestad, replicó el Primer Ministro, ¿acaso no parecen más justos cualquiera de los otros?


Precisamente por eso -respondió el rey- saco a este malvado de la cárcel para que no eche a perder a todos los demás que parecen tan buenos.


El único pecado que no puede ser perdonado es el que no reconocemos. Es necesario confesar que somos imperfectos y no tan perfectos como muchas veces tratamos de aparentar.