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Asunto:[UNION_GLOBAL_DE_LUZ] Festival de Wesak -Boletin Claridad
Fecha:Jueves, 19 de Abril, 2007  16:33:37 (-0300)
Autor:Juan Angel Moliterni <claridad @.........ar>

 

Boletín Digital Claridad


Una Propuesta para la Síntesis planetaria: una cultura del alma

Educación - Meditación - Servicio  

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Centro de Educación para el Crecimiento, Transformación, Desarrollo e Integración Global del Ser Humano
Director
Juan Ángel Moliterni

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Festival de Wesak - Plenilunio de Tauro

Baño de bendiciones, aliento de unidad espiritual

 

 

No podemos historiar nuestro empeño de síntesis espiritual, sin hacer una directa mención al gran aliento unificador que supone la festividad de Wesak, uno de los tres grandes Festivales Espirituales Mayores instituídos por la Jerarquía planetaria. El festival reúne diferentes significados. Para unos supone una leyenda más colgada de las altas cumbres himaláyicas, para otros la miste­riosa ceremonia que congrega a excelsos participantes en un recóndito valle tibetano... Para los artesanos de la unidad: más allá del mito histórico, es un even­to cargado de simbolismo y representa el principio de la gran síntesis espiritual en ciernes.

 

Como ya hemos apuntado en los anteriores capítulos, Wesak, es la gran festividad en la que se concitan los servidores de la luz del mundo entero. Es la con­vergencia planetaria de carácter anual más trascendente. La Luna Llena de Tauro es la causante de esta afluencia particular de estos flujos cósmicos. Una generosa lluvia de bendiciones dirigida hacia toda la humanidad se escenifica en ese apar­tado rincón del planeta que ni los más curiosos terminan de ubicar en el mapa. Desde el techo del mundo, en esa especial ocasión, se libera una energía espiri­tual o “Fuerza del Gran Amanecer” que nos carga, un poder capaz de cambiar los asuntos del mundo “siempre que los hombres desempeñemos nuestra parte”.

 

Los pocos agraciados que han participado en el magno evento físico donde los Grandes de la Tierra, el Buda y el Cristo toman carne y se presentan a los ojos humanos. Al “valle del ánfora”, a ese misterioso lugar tapizado de corta pero robusta hierba, acuden una vez al año sólo las Mentes Iluminadas, los Maestros de Sabiduría y demás Jerarquías, amén de hombres santos e iniciados y algunos lugareños. Se trata de una ceremonia de recogimiento místico que deja huella indeleble en los presentes.

 

Para acudir a esta especial cita hay quien toma el camino cómodo y econó­mico de los sueños. Los afortunados en esta segunda modalidad de “viaje” per­tenecen a diferentes credos, a los más variados países y culturas, muchos de ellos ni siquiera habían oído hablar previamente del tema, sin embargo narran la misma experiencia onírica. Coinciden en la descripción de la misma ceremonia sin par. Se refieren a un idéntico guión y han sido agasajados por un parejo y sublime candor. Cuando un sueño es registrado por tan distintas personas; cuan­do se descubre que la ceremonia real tiene lugar en ese preciso momento del sueño, algo empuja a dar una cierta credibilidad a este ritual fuera de lo común al que han aludido místicos y sabios de nuestro siglo.

 

 

“No os dejaré solos”

 

Wesak es algo más que el breve descenso de Buda y el Cristo a su balconada himaláyica, algo más que otra ceremonia dentro del recargadísimo calendario religioso hindú y budista; Wesak sería ante todo la oportunidad para que la familia humana reciba “una extraordinaria fuerza espiritual capaz, a decir de los clásicos del esoterismo, de hacer cambiar la marea de desesperación, crisis e incertidumbre actual e inaugurar una era de paz y de cultura para el alma”.

 

En realidad, todo arranca de una promesa, cuando a Gauthama Buda se le ocurrió comprometerse “a no dejarnos nunca solos”. Siguiendo los dictados de su corazón aseguró que vendría una vez al año, que descendería del “corazón de la Deidad misma” durante la Luna Llena de Tauro. Su Presencia entre las más soberbias montañas de la Tierra apenas dura ocho minutos, pero lo suficiente para “bendecir a los pueblos de todas partes, e impartir su mensaie de sabiduría, luz y amor”. Por unos instantes nos recuerda que “el hombre está acompa­ñado”, que en realidad, siempre lo ha estado, que Dios no se olvida de su pueblo y que el Centro del Universo es compasión inalterable.

 

Este significado interno de la celebración era reconocido hasta el presente sólo por determinados grupos metafísicos y espirituales. A pesar de que su influencia se va acrecentando de día en día, para la vasta mayoría no representa más que una simple, pero muy popular fiesta espiritual oriental. Mientras que para unos pocos es símbolo de grandes realidades espirituales, para el pueblo llano del Tibet o la India significa una ocasión más de culto y divertimento.

 

 

Ocho intensos minutos

 

Le llaman el Valle Secreto y así debe de ser pues dicen que allí se instala “la alegría del Infinito”. Se describe como una hondonada a una altura bastante ele­vada al pie de los Himalayas tibetanos. Este valle está rodeado por altas monta­ñas a excepción del noreste donde hay una estrecha abertura.

 

Al llegar la Luna Llena de Tauro, comienzan a afluir peregrinos y lamas de los distritos próximos. Sin embargo la presencia, tal como hemos apuntado, no sólo acontece en el plano físico, sino en “cuerpos espirituales” y en sueños. Al acto acuden en sus manifestaciones sutiles los miembros de la Hermandad Blanca, los Maestros de Sabiduría y sus respectivos séquitos.

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Los congregados se acercan ocupando la parte sur y central, dejando el extre­mo noreste relativamente libre. Allí se reúne también ese grupo de Grandes Seres que serían en la Tierra los custodios del plan de Dios para nuestro planeta y para la humanidad. Con su sabiduría, amor y conocimiento forman una mura­lla protectora para nuestra raza, tratando de guiarnos de la oscuridad a la luz, de lo irreal a lo real, y de la muerte a la inmortalidad. Este grupo de conocedores de la Divinidad, se sitúa en el confín del valle en círculos concéntricos, de acuerdo al grado de desarrollo iniciático, preparándose para un gran acto de ser­vicio.

 

Frente a la roca se encuentran los “Tres Grandes Señores”, elevados cargos den­tro de la Jerarquía planetaria: el Cristo, o Señor de las formas vivientes, el Manú que se sitúa a su derecha y el Señor de la Civilización, el Maestro Rakoczi (Saint Germain), que se halla a su izquierda. Los tres se colocan frente a la roca en la que descansa una gran copa de cristal llena de agua.

 

En la información que la Escuela Arcana distribuye al efecto, se describe de esta forma el momento culminante del ceremonial: “Al acercarse el momento de la Luna Llena, se produce una gran quietud en la muchedumbre y todos miran al Noroeste. Entonces tienen lugar ciertos movimientos rituales mientras se ento­nan palabras y frases esotéricas (mantrams). La expectativa de los asistentes aumenta. Parece sentirse un estímulo o vibración potente que tiene el efecto de despertar las almas de los presentes. El cántico y el movimiento rítmico se intensifican cada vez más y la multitud eleva sus ojos hacia el cielo, en dirección a la angostura del valle. Unos pocos minutos antes de la hora exacta de la Luna Llena puede verse a lo lejos un pequeño punto en el cielo. Poco a poco se van definiendo los contornos del Buda. Está en posición de loto, envuelto en su manto azafranado, bañado por una orla de luz y color. Cuando él llega a un punto sobre la peña, Cristo entona la oración mundial conocida por la “Gran Invocación”, y todos los presentes caen postrados tocando la Tierra con sus frentes. En ese ins­tante se produce una gran vibración o corriente de pensamiento”. La escuela que fundara la esoterista Alice Bailey alude a este supremo momento como la cul­minación de un esfuerzo espiritual y la vitalización de la humanidad. Afirman los seguidores que sus efectos duran en los siguientes meses.

 

A continuación, y siempre según la mencionada fuente, lentamente Buda se aleja hasta que nuevamente se puede ver sólo un punto en el cielo para desa­parecer y “retornar a ese alto lugar donde trabaja y espera”. Seguidamente el agua de la copa es distribuida entre la multitud. La ceremonia del agua respon­de a una necesidad de purificación espiritual y al deseo de compartir un ele­mento que pertenece a todos. Este agua magnetizada por la presencia de Cristo y el Buda tiene unas propiedades curativas.

 

 

Oportunidad desafiante

 

Wesak simboliza la unión del futuro. Es un festival de gran popula­ridad en Oriente, algo así como la Navidad para nosotros, sin embargo su alcan­ce es ya de orden planetario. Alice Bailey comenzó ya a promoverlo desde su Escuela Arcana, hace ya más de medio siglo. Desde entonces los movimientos de nueva conciencia lo han tornado como una de sus más significativas banderas. Wesak simboliza la oportunidad de reunir en una sola festividad mundial a Oriente y a Occidente, así como a las grandes religiones del mundo, un evento universal con vocación de ser reconocido por todos los hombres de cualquier creencia. La Luna Llena de Tauro sería el germen, el punto de arranque de la reli­gión unificada, más allá de las formas particulares de cada credo, la religión del espíritu por encima de las circunstancias del tiempo o geografía.

 

La señora Bailey en uno de los múltiples libros que le “susurrara” el Maestro Tibetano, “La exteriorización de la jerarquía” define el Festival de Wesak como una oportunidad desafiante. Apunta la esoterista inglesa que esta festividad pla­netaria es en realidad una gran puerta que los humanos podemos abrir para posibilitar el flujo de las “fuerzas regeneradoras de los Seres extraplanetarios que ofrecen su ayuda en estos momentos particularmente críticos”. A través de ella “los aspirantes y buscadores” pueden ponerse en contacto con energías difí­ciles de alcanzar de otro modo. Si los seres humanos superando los conceptos esclavizantes de separación y odio realizan el “esfuerzo debido”, los eventuales poderes de estas supuestas Potestades Superiores pueden ser llevados a su máxima actividad.

 

La fundadora de la Escuela Arcana dejó escrita una breve invocación con el objetivo de preparar la festividad de Wesak e ir procurando así “un impulso de gran potencia”: “Que las Fuerzas de la Luz iluminen a la humanidad. Que el Espíritu de Paz se difunda por el mundo. Que el espíritu de colaboración una a todos los hombres de buena voluntad donde quiera que estén. Que el olvido de agravios, por parte de los hombres, sea la tónica de esta época. Que el poder acompañe los esfuerzos de los Grandes Seres. Que así sea y cumplamos nuestra parte”.

 

 

Himalaya interno

 

Al día de hoy; durante esta jornada, numerosos grupos de las más diferentes geografías se recogen en meditación, se aúnan en un mismo “alma grupal” y se sintonizan con ese “altar del mundo” que representaría el enigmático valle himaláyico. En esta “convergencia planetaria” gentes de buena voluntad encua­dradas en los diferentes movimientos acuarianos, hacen un “esfuerzo espiritual” con “la finalidad de elevar a la humanidad más cerca de la luz y expandir una nueva conciencia”. Buena parte de estos esfuerzos están dirigidos al estableci­miento de una relación más estrecha entre la humanidad y la Jerarquía Planetaria o Hermandad Blanca, tutora de nuestro destino.

 

Quienes participan del Festival de Wesak, independientemente de su ubica­ción física, actúan como receptores‑transmisores de una gran fuerza de amor que en esos momentos se vierte sobre una humanidad aún sufriente y están faculta­dos para mejorar las condiciones de vida del género humano. A través de esos numerosos “puntos de luz”, la Tierra resulta irradiada. En su otra obra “Tratado sobre los siete rayos” Alice Bailey menciona que el esfuerzo acrecentado de todos estos grupos liberará una oleada de luz, inspiración y revelación espiritual de tal magnitud que producirá marcados cambios en la conciencia y mejorará las condiciones de este mundo.

 

Definitivamente no es preciso tomar la mochila, ni siquiera sería necesario embarcarnos en el viaje que puede arrancar en la diaria estación del sueño. En realidad, en cada ser humano existe un trozo de cordillera himaláyica; cada quien lanza sus crestas blanqueadas, más o menos ambiciosas y trepadoras hacia su supremo cielo; cada quien penetra, con más o menos éxito, en su blanqueado enigma. Afirman que cada cual alberga también su particular roca y su cáliz encima de ésta.

 

Así el escenario interno, Wesak representaría la invitación a alzar sobre la roca o realidad espiritual, nuestro cáliz de alegría y amor, para ser compartido entre la multitud, es decir entre la humanidad necesitada de ese preciado y aún escaso líquido.

 

Koldo Aldai

   
   
 

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